Después de mis 3 intentos de suicidio

—Te ves muy hermosa en esa foto con él, ¿quién es? Sonríes de tal manera que muero de la envidia y me encantaría que sonrieras de esa forma cuando me miras. Viajé cientos de kilómetros para verte y ¿no respondes? En este momento tienes acumulados diez mensajes míos en el chat y quince llamadas perdidas con sus respectivos mensajes, ¿por qué no me contestas?

—Disculpa, estaba ocupada trabajando. ¿Cómo estás?

—Muy angustiado, creí que me estabas ignorando.

—Si quieres nos vemos esta noche después del trabajo y hablamos.

—Perfecto, no sabes lo mucho que anhelo ver tus ojos.

Esa noche, de vuelta a su casa, ella revisó su teléfono y se sorprendió al escuchar la serie de mensajes de voz de aquel chico. Uno tras otro, cada vez con un tono de voz más afligido. Sintió mucha pena por él, por lo que se apresuró a llegar a casa para ponerse un poco guapa para la cena. Al llegar al restaurante él la invitó a comer, no pidió nada para él, decía que prefería verla mientras degustaba cada bocado. Una vez acabó ella dio su última cucharada al postre, él le comentó que después de pagar la cuenta, ya no tendría dinero para regresar a su ciudad. Pero que verla comer había valido mucho la pena. Ella le ofreció pagar la cuenta, sin embargo, él no lo aceptó y fue a pagar. Sigue leyendo

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Máscaras

Cortinas de seda naciendo de los ángulos de los muros perpetuos,

vientos que bailan al compás de velas que ya no se encienden.

Pasos ausentes del sonido de la coreografía de lo que no puede ser olvidado,

en cada momento en el que la luz de la luna al salón acaricia.

 

Rostros ocultos a través de máscaras llenas de la sutilidad volátil de la magia,

escondiendo expresiones sentimentales congeladas en el tiempo.

Vestidos llenos de encajes amalgamados con piedras y telas de espiritualidad,

donde los dedos de las manos, llenos de amor, se tocan.

 

El aire esconde los protocolos de la diplomacia de la seducción,

donde un roce discreto es más sutil que un beso lleno de amor.

El hechizo del compás del vals queda atrapado en las ventanas,

en el arcoíris de las copas ausentes de la vida de las mañanas.

 

Las manecillas a pesar de no avanzar siguen contando el tiempo,

renaciendo constantemente como el fénix aburrido por su encantamiento.

Palabras de amor escondidas en las grietas de las paredes,

en espera de ser escuchada por aquellos oídos lejanos y ausentes.

 

Giros y cambios reflejados en el espejo reinante del recuerdo,

sonrisas carmesís acompañadas de mejillas maquilladas.

En las miradas ausentes de la pasión del fin de la eternidad,

que tan solo las máscaras que cubren los rostros de los fantasmas dejan observar.

La guerra de Axia – Capítulo 1. El sello se rompe

La oscuridad era casi total, a excepción de una especie de farolillos por ambos lados de un camino que se iban encendiendo según iba avanzando, todo lo demás estaba oscuro no se veía nada, por mucho que avanzara, el camino no se acababa. De pronto se golpeó con algo que le impedía seguir el camino, pero no veía nada, levantó la mano para palpar, de pronto su  mano se detuvo, pero no vio nada que la pudiera detener, aun así por mucha fuerza que hiciera no avanzaba. Parecía como si el aire se hubiese vuelto duro, como si un mimo estuviera haciendo uno de sus trucos de magia, pero esta vez era real. Recorrió esa extraña superficie con las dos manos de un extremo a otro del camino guiado por los farolillos. Nada, ni un hueco por el que pasar. Se quedó allí parado, reflexionando qué podía hacer ¿Dar la vuelta? No sabía cuánto tardaría en encontrar algo o a alguien, tampoco sabía qué había en la otra dirección y a lo mejor también habría otro muro invisible.

De repente un par de figuras circulares rojas y brillantes aparecen al fondo del pasillo, justo detrás del muro invisible. Oliver dio un respingo al verlas. Al principio se quedaron allí paradas, sin intención ninguna, pero poco a poco, como si se percataran de su presencia, empezaron a avanzar hacia él. Oliver se ponía cada vez más y más nervioso ante esas extrañas figuras que se iban haciendo más grandes mientras avanzaban hacia él. En un abrir y cerrar de ojos, esas figuras circulares chocaron contra el muro haciendo que este resplandeciera con una luz blanca y dejando ver una figura en forma de espiral en el medio del muro transparente que por un momento cegó a Oliver. Las dos figuras circulares se quedaron allí, quietas. Poco a poco según los ojos de Oliver se acomodaron a la oscuridad, empezó a ver algo más, ya que alrededor de las figuras circulares iba surgiendo lo que parecía ser una cara, después surgió la sombra de un cuerpo y conforme pasaba el tiempo iba apreciando que se iba definiendo. Su corazón estaba latiendo cada vez más deprisa, asustado por lo que estaba presenciando. La figura mostró su sonrisa blanca como la nieve dejando ver unos dientes en forma de colmillos, cuatro de ellos más grandes que  los demás. Sigue leyendo

Corazón de Arkham – Epílogo. Todo el mundo miente

Nos encontramos en el final de mi viaje, esta noche no puedo dormir, lo he intentado unas horas, pero es inútil. Trish, Dylan y el comisario descansan, reponen fuerzas. Probablemente entre pesadillas y laberintos mentales. Mañana volveríamos a la rutina, una vez más, caso tras caso, persiguiendo a criminales comunes, simples y aburridos, con mentes comunes, simples y aburridas. Llevo ya dos horas escribiendo estas memorias; este caso, narrado y transmitido de la forma más real y verosímil posible, con pocos adornos o adulterantes. He de confesar que he visto la otra cara de Arkham, he reclamado tantas veces su corazón que se me ha acabado ofreciendo. Mi instinto y lo acontecido me dicen que me aleje, que se acabó… Pero me temo que no. Pensaba que buscaba el abismo porque no tenía nada a lo que agarrarme, que mi adicción a los problemas, a lo imposible, desaparecería ahora que tengo esposa y un buen amigo. No, una vez más. El abismo me llama porque es interesante, complicado, rebosa información de la que no se dispone sin adentrarte en él lo suficiente como para no poder volver.

Lo diré de otro modo, cuando Alastor me hizo la propuesta de comprender, de adquirir una nueva dimensión en mi mente, no notaba el dolor de mi abdomen, ni sentía necesidad de morfina. Sé que eso implica que es psicosomático, que solo es por la adicción, que estoy loco. Soy autodestructivo. Me gusta serlo, lo necesito en mi vida, y no quiero arrastrar a los que han conseguido sacarme de mi miseria unos años. Sigue leyendo

El abismo y la montaña

Sin saber cómo había llegado hasta allí, agaché la cabeza y lo vi. La oscuridad espesa bramaba como las olas. Un conjunto de mil voces susurraba de manera ininteligible y profería sonidos guturales desde lo más profundo del abismo. La fuerza de aquellas voces me empujaba hacia abajo. No quería caer; no sabía qué estaba pasando. Pero no podía echar la vista atrás, ni adelante. Sólo podía mirar la negrura. La miraba de hito en hito hasta que se hizo extrañamente familiar; las voces se fueron aclarando y empezaba a escuchar. “Ven”, decían, cada vez con más fuerza. Poco a poco comprendí que esa negrura era parte de mí; era lo que me correspondía. Me pertenecía y yo le pertenecía a ella. Le hice compañía mucho tiempo, tanto como ella a mí. Había decidido ser uno con ella hacía tiempo.

Entonces la negrura desapareció de repente. Ante mí se alzaba una montaña. Un monte inmenso que tenía un claro inicio, pero cuya cima era imposible atisbar. Miraba atónito hacia arriba y en derredor, pero no había más que la montaña y yo. La elevación era de piedra viva, empinada de principio a fin y visiblemente escurridiza. Entonces supe que tenía que escalarla: no había otra opción.

Comencé con el vigor de un muchacho, profiriéndome gritos de ánimo a mí mismo y dando amplias zancadas. Los primeros metros, las primeras horas fueron especialmente sencillas. Fue entonces cuando encontré un saliente que me podría servir para descansar y guarecerme del frío que ya empezaba a sentir en los músculos. Sigue leyendo

Corazón de Arkham – Capítulo 7. Los detectives

Querría hacer aquí una de mis pausas, para decir que estamos acercándonos al final de la historia. Estábamos frente a lo más extraño que habíamos tenido oportunidad de ver en toda nuestra carrera como detectives, caza criminales o como quieran llamarlo. Esta situación me recordaba a mis primeras pesquisas en la parte más sombría de Arkham. No sabía lo que iba a pasar, no estaba seguro de que fuese a salir bien, incluso temía por mi vida. La diferencia respecto a esos días, es que, en este caso, también temía por aquellos que me importaban, porque ni siquiera sabía si mi mejor amigo aún estaba vivo. La emoción y la tensión me mantenían alerta, sufría también del habitual dolor agudo y punzante en mi abdomen, pero esa vez no podía confiar en la morfina, necesitaba todos mis sentidos, incluido poder sentir dolor. Era consciente de que no comprendía a lo que me enfrentaba, que esto iba más allá de mi capacidad de razonar. Nos habíamos adentrado a los límites humanos, algo arcano, antiguo, difuso.

Eso acrecentaba mi interés y reducía mis opciones a saber improvisar, a adaptarme a las reglas de un juego al que se nos tenía prohibido jugar. He de reconocer que, en el fondo de mis temores, mi miedo y mis pocas opciones de sobrevivir, había disfrute. Esto era algo distinto, real, nuevo, fascinante. Cuanto más sabía, más quería saber, y más me acercaba al peligro de la muerte o la locura. Ansiaba comprenderlo, pero debía conformarme en vencerlo. Por ello, decidí centrarme en lo que dijo Trish, siempre más terrenal y sensata que yo: salvar a nuestro amigo, salir de allí con vida, olvidar los criminales y los crímenes si es posible, una vez hecho, la fuerza bruta de Devitt debería bastar. Pero la duda estaba sembrada, estaba a una mala pregunta de ser el gato que siempre muere. Sigue leyendo

El adivino

Un día llegó al pueblo un adivino. El adivino no tenía dinero y pedía comida a cambio de leer el futuro. En pocos días, muchos eran los que iban de vez en cuando a dar comida al adivino a cambio la buena ventura. Curiosamente el futuro les deparaba repleto de éxitos, fortuna y gloria a aquellos que más asiduamente le traían comida, cosa que hacía que algunos le trajeran no sólo comida sino también dinero. En poco tiempo, se pudo permitir una casa y cada vez fue más ostentosa. Pese a los ostentosos regalos, el adivino continuaba con sus pertrechos del mismo día que había llegado al pueblo. En sus inmediaciones fueron apareciendo algunos ídolos y tótems, y la gente empezó a oír nombres de nuevos dioses en las oraciones y predicciones del adivino. Pero, algunos hombres del pueblo, descontentos con su fama inmerecida y recelosos de la veracidad de sus promesas y de sus nuevos dioses, amparados por la noche, decidieron raptar al adivino para echarlo lejos del pueblo. Sigue leyendo