El Mensajero

El caballo cabalgaba con velocidad, haciendo rebotar con rítmica cadencia el zurrón de cuero en el costado de Gonzalo. El viento gélido de Diciembre le azotaba el rostro, haciendo salir lágrimas de sus ojos, que se secaba con el puño de la casaca blanca del Regimiento de Voluntarios de Castilla. La lluvia calaba su capote, empapándole la espalda y chorreando por la caña ya colmada de sus botas de montar, helándole hasta el mismo tuétano de los huesos. Pero no había un solo segundo que perder. Las palabras de su capitán resonaban con un eco de urgencia en su memoria: “Gonzalo, es cuestión de vida o muerte. Debes hacer llegar el mensaje de socorro a la Junta Central de Sevilla. Toda la guerra depende de tu mensaje. No puedes perder ni un segundo”.

El día veintiuno el ejército de Lannes había rodeado Zaragoza, y había ocupado las zapas que ya se habían excavado en el verano, cuando los franceses intentaron el sitio por primera vez. Pero en el interior los defensores prácticamente igualaban a los atacantes, y el general Palafox ofrecía con su propia presencia la promesa de una victoria segura. La resistencia de la ciudad estaba garantizada, pero Napoleón en persona se encaminaba ahora hacia Andalucía, el último reducto de resistencia, y era necesario dar aviso de que ninguna tropa podría acudir en ayuda desde el frente del norte. Con el ejército español deshecho en Somosierra y Uclés, la resistencia en Sevilla parecía la última alternativa. Sigue leyendo

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Corazón de Arkham – Capítulo 6. Dylan

En el silencioso camino de vuelta a casa, tuve tiempo de reflexionar en mi sueño inducido. No acerca de nuestros próximos pasos, cosa que ya tenía clara, sino de la representativa figura de mi viejo compañero a lo largo de mi vida. Antes de conocerle, de hacernos amigos o de casi morir por sus impulsos; mis peculiaridades estaban a un nivel mucho más molesto y excéntrico que ahora. Dylan ha sido siempre un amigo cuando se le necesita, pero su gran aportación, es que cuando realmente me hace falta, sabe dejar de ser un amigo y convertirse en mi conciencia, mi humanidad. Las líneas morales y sociales siempre han sido realmente difusas para mí, él sabía aclararlas cuando era preciso, normalmente a modo de freno a mis intenciones, él me enseñó los límites. Todo cuanto sé por mi cuenta, lo aprendí porque creí que era vital, obviando términos y actitudes mucho más básicas y esenciales, pero Dylan siempre ha hecho lo posible por enseñarme a vivir siendo persona. A él le debo gran parte de lo que ahora valoro, incluso Trish, él me la presentó, y él me hizo soportable a sus ojos. Y sin embargo, allí estaba yo, mi conciencia ya no murmullaba nada, y estaba a punto de poner en juego la vida de mi mejor amigo por resolver un rompecabezas que iba más allá de mis conocimientos. Sigue leyendo

La canción de Amor

Un buen día, Arnalda, una joven trovadora, anunció que emprendería un viaje con el objetivo de componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Quería reflejar en sus palabras, acompañadas de la más sutil de las melodías, la auténtica esencia del Amor, para que así éste y sus misterios fueran asequibles a todos los seres humanos. ¡Tan grande era su empresa!

Así que, siguiendo su instinto, partió un buen día en solitaria peregrinación a la búsqueda de los seres de la naturaleza. Pensaba que, si los sabía escuchar con la debida atención y reverencia, éstos le revelarían el secreto de la etérea melodía del Amor.

Ni corta ni perezosa, anda que te andarás, siempre con la lira a su espalda, llegó hasta un hermoso jardín abandonado de la mano del hombre. El tiempo se encargaba ahora de esculpir las formas de los parterres con la abundancia generosa y desenfrenada de la naturaleza, y de adornar las rendijas entre las piedras del suelo con jóvenes plantitas. Sigue leyendo

Haití

Tenía que darse prisa para llegar a casa de Maguá antes del anochecer tal y como le había ordenado su madre. Las casas de madera al borde del mar eran del mismo color al menos una vez al día, cuando dejaban de ser verdes, amarillas, azules o rojas para tomar todas al mismo tiempo el tono ocre de la puesta de sol. Entre las chozas, Murie corría a casa del anciano, que era el más conocido y respetado de los huganes vudú de esa parte de la provincia y desde todos los rincones venían a consultarle, pedirle intercesión con los dioses o loás, incluso para ganarse el favor de Bondyé, creador de todas las cosas de la Tierra y regente del mundo de los espíritus. Su madre le había enviado a casa del hugán en aquella ocasión para pedirle protección a la loá Mama Brigitte. Ella es una diosa poderosa, protege las almas que nacen y guía a las que se van. Según Maguá se la podía ver por las noches paseando por el cementerio, cantando y bailando bajo la luz de la luna. Decía que era una mujer muy joven de rasgos dulces, con el pelo largo color negro intenso y de ojos claros. Mama Brigitte intercedería con el gran Bondyé para pedirle protección y evitar que Murie quedase embarazada tan joven. Nadie debía saber de aquella visita al brujo, y menos su propio tío. Su madre había empezado a tener ese temor desde hacía meses, justo desde que él comenzó a tomar la costumbre a venir a su casa por las noches en busca de la niña. Por si acaso ella ya tenía reservada su gallina negra que habría que sacrificar en honor de Mama Brigitte en el momento en que su primer bebé naciese, para que lo protegiera en su viaje desde el mundo de los espíritus al de los vivos. Sigue leyendo

Mai Ndombe

Patrice arrugaba su anciano rostro escrutando el camino entre los gigantescos manglares que dormían la angustiosa humedad de la selva. Su oscura leyenda entre la tribu de los nteke se extendía más allá del lago Tanganika, hasta donde llegaban las terribles historias de espantosas muertes que el brujo provocaba a sus víctimas. Con pócimas a base de raíces y hojas que sólo él conocía era capaz de despojar del alma al más creyente o de hacer creer al más juicioso que era una bestia de la jungla para luego desaparecer bramando enloquecido en la verde espesura. Durante días se encerraba en su choza de adobe y techo de palma rodeado de cientos de amuletos, objetos sagrados, fetiches con poder sobrenatural para conjurar los males de ojo. Olores a incienso y aceites mágicos, a locura y muerte; animales disecados, calaveras, colgantes de semillas y dientes humanos atiborraban la estancia que nadie se había atrevido a visitar. Los vecinos corrían despavoridos a esconderse al sentir el crujido de las bisagras de su desportillada puerta antes de que su enjuta figura se dejase ver y dejara caer sobre ellos el poder de sus terribles gri-gri. Esa mañana esperaba paciente en la colina hasta que por fin divisó la vieja camioneta descendiendo entre las parcelas de mandioca. Con gesto solemne, el brujo agitó hacia el cielo su amuleto de huesos de antílope y plumas de oca invocando todas las fuerzas del mal. Un ejército de furiosas hormigas inundó el interior del vehículo donde su víctima se ahogaba en un repentino olor a náuseas y muerte. El conductor perdió el rumbo para precipitarse a lo largo de la escarpada ladera. Al fondo, las aguas ensangrentadas del rio Kuango devoraron para siempre a la camioneta como habían hecho antes con muchos otros que habían osado desafiar al brujo. Hacía años que a aquel lugar se le conocía como Mai Ndombe, aguas negras. A menudo se veía a Patrice pasear por su orilla antes de que inexplicablemente no se volviese a saber nunca más de alguno de los vecinos de la aldea.

Baphomet

Para Aleister Crowley

En el fondo de mi mismo soy una mujer, lo sé y lo saben las pocas mujeres con las que he estado y por las que he tenido que pagar. No es que me desagraden del todo, admiro la hermosura de sus cuerpos redondeados, la tersura de su piel y esa especie de luminosidad que poseen cuando están felices, pero no me despiertan (ni yo a ellas) ningún tipo de curiosidad. Para empezar, cuando ven mi micropene se decepcionan, y cuando comenzamos a charlar y perciben mi sensibilidad se les despierta el instinto maternal y quieren ser mis amigas, no mis amantes.

Yo, por otro lado, tampoco me siento atraído por una mujer dominante y masculinizada, siento que son una farsa y que pierden su esencia femenina y sutil, esa que las hace mágicas y poderosas. Pero no puedo evitar observar a los hombres, esos de grandes cuerpos viriles y mentes despiadadas que me subyugan y me llaman a rendirme ante ellos. Los que parecen leones tras la caza de su presa, los infames, los inteligentes,  los patanes. No he tenido aún un encuentro íntimo con alguno pues temo inmensamente el rechazo, pero conocí a un hombre al que le dicen el Maestro Oscuro y temo y ansío al mismo tiempo su contacto. Sigue leyendo

El sótano de las ánimas

Había sido un día muy agotador para Elisa. Nada más llegar a casa, se tumbó en el chaise-longue del estudio. Aún tenía mucho que organizar, pues hacía poco que heredó la vivienda de su tío. Sin embargo, allí se sintió cómoda y enseguida un profundo sopor se apoderó de ella.

Estaba cansada de las advertencias de la gente del pueblo. Según decían, la propiedad que por tantos años anheló habitar estaba maldita. Hacía oídos sordos sin más; no pensaba caer víctima de un juego de niños.

Mientras dormía, veía como si ella misma recorriera, a cámara rápida, el puente cercano a la casa y las distintas habitaciones de la vivienda hasta llegar al sótano. Polvo, mugre, cucarachas correteando y arañas tejiendo velozmente eran partícipes del escenario.

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