Trascendencia

El doctor Fiber estaba recibiendo por parte del entrevistador una explicación a modo de resumen sobre el proceder de su entrevista.

—Antes vendrá un poco de teoría para situar al espectador. Cuatro imágenes bonitas de su archivo particular con cifras e infografías para la gente de encefalograma plano —Ambos rieron un poco, el doctor quizás más forzado—. Tenga en cuenta que todo esto va a ser editado, por lo que no hay razón para estar nervioso. Después ya es cuestión de intercalar las preguntas relevantes con imágenes genéricas del universo para dar consistencia. Parece una tontería, pero en una entrevista científica, si no les pones imágenes bonitas en medio, el 60% cambia de canal. ¿Preparado?

El cámara marcó la cuenta atrás con sus dedos. El doctor se secó el sudor de la frente y el entrevistador se aclaró la voz. Tres, dos, uno e hizo una seña.

—El doctor Fiber es poco conocido en la comunidad científica, pero hoy nos mostrará los resultados de su investigación. ¿Cómo se definiría a sí mismo doctor?

—Me considero un naturalista, en el sentido más clásico del concepto. Me siento alguien que quiere hacer una aportación a la ciencia del mismo modo que los grandes científicos lo hicieron en sus inicios. De ningún modo me estoy comparando con ellos, simplemente digo que cualquiera que tenga ganas e inquietud puede aportar algo a la comunidad científica. Sigue leyendo

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Camino a un destino glorioso

—¿Puede volver a decirme el nombre de esa bestia? —preguntó, ya que a pesar de sus innumerables viajes jamás había escuchado tal nombre.

—Brraskilor —respondió el guerrero montado en la parte trasera del carruaje— una extraña criatura de tiempos muy anteriores a los nuestros, tiempos que si no hubiesen sido guardados en los Volúmenes de las bestias de Qüar jamás sabría a qué me voy a enfrentar incluso aunque lo viese con mis propios ojos.

—¿Qüar? —preguntó todavía más extrañado y anonadado— ése reino desapareció hace más de 600 años por no decir de que está a más de tres meses de viaje a caballo.

—¡Vaya! Es usted mucho más sabio que la gente del lugar, normalmente la gente de Renavé se centra sólo en trabajar, beber y follarse a una ramera sin pagar mucho —Verrick sacó su espada y se puso a limpiarla con un paño que estaba cubierto de un líquido de color amarillo, mientras se reía pensando en lo que iba a decir a continuación— haciendo que la única cultura que tengan sea la de si un tomate está sano o si una moneda de latón no es de madera. Sigue leyendo

El Mensajero

El caballo cabalgaba con velocidad, haciendo rebotar con rítmica cadencia el zurrón de cuero en el costado de Gonzalo. El viento gélido de Diciembre le azotaba el rostro, haciendo salir lágrimas de sus ojos, que se secaba con el puño de la casaca blanca del Regimiento de Voluntarios de Castilla. La lluvia calaba su capote, empapándole la espalda y chorreando por la caña ya colmada de sus botas de montar, helándole hasta el mismo tuétano de los huesos. Pero no había un solo segundo que perder. Las palabras de su capitán resonaban con un eco de urgencia en su memoria: “Gonzalo, es cuestión de vida o muerte. Debes hacer llegar el mensaje de socorro a la Junta Central de Sevilla. Toda la guerra depende de tu mensaje. No puedes perder ni un segundo”.

El día veintiuno el ejército de Lannes había rodeado Zaragoza, y había ocupado las zapas que ya se habían excavado en el verano, cuando los franceses intentaron el sitio por primera vez. Pero en el interior los defensores prácticamente igualaban a los atacantes, y el general Palafox ofrecía con su propia presencia la promesa de una victoria segura. La resistencia de la ciudad estaba garantizada, pero Napoleón en persona se encaminaba ahora hacia Andalucía, el último reducto de resistencia, y era necesario dar aviso de que ninguna tropa podría acudir en ayuda desde el frente del norte. Con el ejército español deshecho en Somosierra y Uclés, la resistencia en Sevilla parecía la última alternativa. Sigue leyendo

Corazón de Arkham – Capítulo 6. Dylan

En el silencioso camino de vuelta a casa, tuve tiempo de reflexionar en mi sueño inducido. No acerca de nuestros próximos pasos, cosa que ya tenía clara, sino de la representativa figura de mi viejo compañero a lo largo de mi vida. Antes de conocerle, de hacernos amigos o de casi morir por sus impulsos; mis peculiaridades estaban a un nivel mucho más molesto y excéntrico que ahora. Dylan ha sido siempre un amigo cuando se le necesita, pero su gran aportación, es que cuando realmente me hace falta, sabe dejar de ser un amigo y convertirse en mi conciencia, mi humanidad. Las líneas morales y sociales siempre han sido realmente difusas para mí, él sabía aclararlas cuando era preciso, normalmente a modo de freno a mis intenciones, él me enseñó los límites. Todo cuanto sé por mi cuenta, lo aprendí porque creí que era vital, obviando términos y actitudes mucho más básicas y esenciales, pero Dylan siempre ha hecho lo posible por enseñarme a vivir siendo persona. A él le debo gran parte de lo que ahora valoro, incluso Trish, él me la presentó, y él me hizo soportable a sus ojos. Y sin embargo, allí estaba yo, mi conciencia ya no murmullaba nada, y estaba a punto de poner en juego la vida de mi mejor amigo por resolver un rompecabezas que iba más allá de mis conocimientos. Sigue leyendo

La canción de Amor

Un buen día, Arnalda, una joven trovadora, anunció que emprendería un viaje con el objetivo de componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Quería reflejar en sus palabras, acompañadas de la más sutil de las melodías, la auténtica esencia del Amor, para que así éste y sus misterios fueran asequibles a todos los seres humanos. ¡Tan grande era su empresa!

Así que, siguiendo su instinto, partió un buen día en solitaria peregrinación a la búsqueda de los seres de la naturaleza. Pensaba que, si los sabía escuchar con la debida atención y reverencia, éstos le revelarían el secreto de la etérea melodía del Amor.

Ni corta ni perezosa, anda que te andarás, siempre con la lira a su espalda, llegó hasta un hermoso jardín abandonado de la mano del hombre. El tiempo se encargaba ahora de esculpir las formas de los parterres con la abundancia generosa y desenfrenada de la naturaleza, y de adornar las rendijas entre las piedras del suelo con jóvenes plantitas. Sigue leyendo

Haití

Tenía que darse prisa para llegar a casa de Maguá antes del anochecer tal y como le había ordenado su madre. Las casas de madera al borde del mar eran del mismo color al menos una vez al día, cuando dejaban de ser verdes, amarillas, azules o rojas para tomar todas al mismo tiempo el tono ocre de la puesta de sol. Entre las chozas, Murie corría a casa del anciano, que era el más conocido y respetado de los huganes vudú de esa parte de la provincia y desde todos los rincones venían a consultarle, pedirle intercesión con los dioses o loás, incluso para ganarse el favor de Bondyé, creador de todas las cosas de la Tierra y regente del mundo de los espíritus. Su madre le había enviado a casa del hugán en aquella ocasión para pedirle protección a la loá Mama Brigitte. Ella es una diosa poderosa, protege las almas que nacen y guía a las que se van. Según Maguá se la podía ver por las noches paseando por el cementerio, cantando y bailando bajo la luz de la luna. Decía que era una mujer muy joven de rasgos dulces, con el pelo largo color negro intenso y de ojos claros. Mama Brigitte intercedería con el gran Bondyé para pedirle protección y evitar que Murie quedase embarazada tan joven. Nadie debía saber de aquella visita al brujo, y menos su propio tío. Su madre había empezado a tener ese temor desde hacía meses, justo desde que él comenzó a tomar la costumbre a venir a su casa por las noches en busca de la niña. Por si acaso ella ya tenía reservada su gallina negra que habría que sacrificar en honor de Mama Brigitte en el momento en que su primer bebé naciese, para que lo protegiera en su viaje desde el mundo de los espíritus al de los vivos. Sigue leyendo

Mai Ndombe

Patrice arrugaba su anciano rostro escrutando el camino entre los gigantescos manglares que dormían la angustiosa humedad de la selva. Su oscura leyenda entre la tribu de los nteke se extendía más allá del lago Tanganika, hasta donde llegaban las terribles historias de espantosas muertes que el brujo provocaba a sus víctimas. Con pócimas a base de raíces y hojas que sólo él conocía era capaz de despojar del alma al más creyente o de hacer creer al más juicioso que era una bestia de la jungla para luego desaparecer bramando enloquecido en la verde espesura. Durante días se encerraba en su choza de adobe y techo de palma rodeado de cientos de amuletos, objetos sagrados, fetiches con poder sobrenatural para conjurar los males de ojo. Olores a incienso y aceites mágicos, a locura y muerte; animales disecados, calaveras, colgantes de semillas y dientes humanos atiborraban la estancia que nadie se había atrevido a visitar. Los vecinos corrían despavoridos a esconderse al sentir el crujido de las bisagras de su desportillada puerta antes de que su enjuta figura se dejase ver y dejara caer sobre ellos el poder de sus terribles gri-gri. Esa mañana esperaba paciente en la colina hasta que por fin divisó la vieja camioneta descendiendo entre las parcelas de mandioca. Con gesto solemne, el brujo agitó hacia el cielo su amuleto de huesos de antílope y plumas de oca invocando todas las fuerzas del mal. Un ejército de furiosas hormigas inundó el interior del vehículo donde su víctima se ahogaba en un repentino olor a náuseas y muerte. El conductor perdió el rumbo para precipitarse a lo largo de la escarpada ladera. Al fondo, las aguas ensangrentadas del rio Kuango devoraron para siempre a la camioneta como habían hecho antes con muchos otros que habían osado desafiar al brujo. Hacía años que a aquel lugar se le conocía como Mai Ndombe, aguas negras. A menudo se veía a Patrice pasear por su orilla antes de que inexplicablemente no se volviese a saber nunca más de alguno de los vecinos de la aldea.