La guerra de Axia – Capítulo 1. El sello se rompe

La oscuridad era casi total, a excepción de una especie de farolillos por ambos lados de un camino que se iban encendiendo según iba avanzando, todo lo demás estaba oscuro no se veía nada, por mucho que avanzara, el camino no se acababa. De pronto se golpeó con algo que le impedía seguir el camino, pero no veía nada, levantó la mano para palpar, de pronto su  mano se detuvo, pero no vio nada que la pudiera detener, aun así por mucha fuerza que hiciera no avanzaba. Parecía como si el aire se hubiese vuelto duro, como si un mimo estuviera haciendo uno de sus trucos de magia, pero esta vez era real. Recorrió esa extraña superficie con las dos manos de un extremo a otro del camino guiado por los farolillos. Nada, ni un hueco por el que pasar. Se quedó allí parado, reflexionando qué podía hacer ¿Dar la vuelta? No sabía cuánto tardaría en encontrar algo o a alguien, tampoco sabía qué había en la otra dirección y a lo mejor también habría otro muro invisible.

De repente un par de figuras circulares rojas y brillantes aparecen al fondo del pasillo, justo detrás del muro invisible. Oliver dio un respingo al verlas. Al principio se quedaron allí paradas, sin intención ninguna, pero poco a poco, como si se percataran de su presencia, empezaron a avanzar hacia él. Oliver se ponía cada vez más y más nervioso ante esas extrañas figuras que se iban haciendo más grandes mientras avanzaban hacia él. En un abrir y cerrar de ojos, esas figuras circulares chocaron contra el muro haciendo que este resplandeciera con una luz blanca y dejando ver una figura en forma de espiral en el medio del muro transparente que por un momento cegó a Oliver. Las dos figuras circulares se quedaron allí, quietas. Poco a poco según los ojos de Oliver se acomodaron a la oscuridad, empezó a ver algo más, ya que alrededor de las figuras circulares iba surgiendo lo que parecía ser una cara, después surgió la sombra de un cuerpo y conforme pasaba el tiempo iba apreciando que se iba definiendo. Su corazón estaba latiendo cada vez más deprisa, asustado por lo que estaba presenciando. La figura mostró su sonrisa blanca como la nieve dejando ver unos dientes en forma de colmillos, cuatro de ellos más grandes que  los demás. Sigue leyendo

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Corazón de Arkham – Epílogo. Todo el mundo miente

Nos encontramos en el final de mi viaje, esta noche no puedo dormir, lo he intentado unas horas, pero es inútil. Trish, Dylan y el comisario descansan, reponen fuerzas. Probablemente entre pesadillas y laberintos mentales. Mañana volveríamos a la rutina, una vez más, caso tras caso, persiguiendo a criminales comunes, simples y aburridos, con mentes comunes, simples y aburridas. Llevo ya dos horas escribiendo estas memorias; este caso, narrado y transmitido de la forma más real y verosímil posible, con pocos adornos o adulterantes. He de confesar que he visto la otra cara de Arkham, he reclamado tantas veces su corazón que se me ha acabado ofreciendo. Mi instinto y lo acontecido me dicen que me aleje, que se acabó… Pero me temo que no. Pensaba que buscaba el abismo porque no tenía nada a lo que agarrarme, que mi adicción a los problemas, a lo imposible, desaparecería ahora que tengo esposa y un buen amigo. No, una vez más. El abismo me llama porque es interesante, complicado, rebosa información de la que no se dispone sin adentrarte en él lo suficiente como para no poder volver.

Lo diré de otro modo, cuando Alastor me hizo la propuesta de comprender, de adquirir una nueva dimensión en mi mente, no notaba el dolor de mi abdomen, ni sentía necesidad de morfina. Sé que eso implica que es psicosomático, que solo es por la adicción, que estoy loco. Soy autodestructivo. Me gusta serlo, lo necesito en mi vida, y no quiero arrastrar a los que han conseguido sacarme de mi miseria unos años. Sigue leyendo

El abismo y la montaña

Sin saber cómo había llegado hasta allí, agaché la cabeza y lo vi. La oscuridad espesa bramaba como las olas. Un conjunto de mil voces susurraba de manera ininteligible y profería sonidos guturales desde lo más profundo del abismo. La fuerza de aquellas voces me empujaba hacia abajo. No quería caer; no sabía qué estaba pasando. Pero no podía echar la vista atrás, ni adelante. Sólo podía mirar la negrura. La miraba de hito en hito hasta que se hizo extrañamente familiar; las voces se fueron aclarando y empezaba a escuchar. “Ven”, decían, cada vez con más fuerza. Poco a poco comprendí que esa negrura era parte de mí; era lo que me correspondía. Me pertenecía y yo le pertenecía a ella. Le hice compañía mucho tiempo, tanto como ella a mí. Había decidido ser uno con ella hacía tiempo.

Entonces la negrura desapareció de repente. Ante mí se alzaba una montaña. Un monte inmenso que tenía un claro inicio, pero cuya cima era imposible atisbar. Miraba atónito hacia arriba y en derredor, pero no había más que la montaña y yo. La elevación era de piedra viva, empinada de principio a fin y visiblemente escurridiza. Entonces supe que tenía que escalarla: no había otra opción.

Comencé con el vigor de un muchacho, profiriéndome gritos de ánimo a mí mismo y dando amplias zancadas. Los primeros metros, las primeras horas fueron especialmente sencillas. Fue entonces cuando encontré un saliente que me podría servir para descansar y guarecerme del frío que ya empezaba a sentir en los músculos. Sigue leyendo

Corazón de Arkham – Capítulo 7. Los detectives

Querría hacer aquí una de mis pausas, para decir que estamos acercándonos al final de la historia. Estábamos frente a lo más extraño que habíamos tenido oportunidad de ver en toda nuestra carrera como detectives, caza criminales o como quieran llamarlo. Esta situación me recordaba a mis primeras pesquisas en la parte más sombría de Arkham. No sabía lo que iba a pasar, no estaba seguro de que fuese a salir bien, incluso temía por mi vida. La diferencia respecto a esos días, es que, en este caso, también temía por aquellos que me importaban, porque ni siquiera sabía si mi mejor amigo aún estaba vivo. La emoción y la tensión me mantenían alerta, sufría también del habitual dolor agudo y punzante en mi abdomen, pero esa vez no podía confiar en la morfina, necesitaba todos mis sentidos, incluido poder sentir dolor. Era consciente de que no comprendía a lo que me enfrentaba, que esto iba más allá de mi capacidad de razonar. Nos habíamos adentrado a los límites humanos, algo arcano, antiguo, difuso.

Eso acrecentaba mi interés y reducía mis opciones a saber improvisar, a adaptarme a las reglas de un juego al que se nos tenía prohibido jugar. He de reconocer que, en el fondo de mis temores, mi miedo y mis pocas opciones de sobrevivir, había disfrute. Esto era algo distinto, real, nuevo, fascinante. Cuanto más sabía, más quería saber, y más me acercaba al peligro de la muerte o la locura. Ansiaba comprenderlo, pero debía conformarme en vencerlo. Por ello, decidí centrarme en lo que dijo Trish, siempre más terrenal y sensata que yo: salvar a nuestro amigo, salir de allí con vida, olvidar los criminales y los crímenes si es posible, una vez hecho, la fuerza bruta de Devitt debería bastar. Pero la duda estaba sembrada, estaba a una mala pregunta de ser el gato que siempre muere. Sigue leyendo

El adivino

Un día llegó al pueblo un adivino. El adivino no tenía dinero y pedía comida a cambio de leer el futuro. En pocos días, muchos eran los que iban de vez en cuando a dar comida al adivino a cambio la buena ventura. Curiosamente el futuro les deparaba repleto de éxitos, fortuna y gloria a aquellos que más asiduamente le traían comida, cosa que hacía que algunos le trajeran no sólo comida sino también dinero. En poco tiempo, se pudo permitir una casa y cada vez fue más ostentosa. Pese a los ostentosos regalos, el adivino continuaba con sus pertrechos del mismo día que había llegado al pueblo. En sus inmediaciones fueron apareciendo algunos ídolos y tótems, y la gente empezó a oír nombres de nuevos dioses en las oraciones y predicciones del adivino. Pero, algunos hombres del pueblo, descontentos con su fama inmerecida y recelosos de la veracidad de sus promesas y de sus nuevos dioses, amparados por la noche, decidieron raptar al adivino para echarlo lejos del pueblo. Sigue leyendo

¿Ejecutores de la paz?

¿Ejecutores de la paz? (Documental)

Ian Bennett, estudiante de Filosofía en la Universidad de California, participando en un debate estudiantil en 2011:

   Nuestra especie apareció en un ecosistema lleno de depredadores y escasez en donde normalmente solo sobrevivía aquel quien era el más manipulador, violento y egoísta. El ambiente “nos obligó” a ser así y no hemos cambiado prácticamente nada desde entonces. Lo único que hemos hecho es “camuflar” nuestra “naturaleza malvada” llamando a esas conductas violentas de otra forma o “dulcificándolas” un poco.

   ¿Qué es en realidad lo que llamamos competición deportiva o competición laboral o en cualquier otro ámbito? ¿Qué es en realidad la mentira en la mayoría de los casos? ¿Qué son las críticas destructivas, la envidia y los celos entre otras cosas? Son violencia “dulcificada”. Por eso, yo pienso que en realidad vivimos todavía en un estado de guerra. Una guerra “dulcificada” pero una guerra al fin y al cabo.

   El no estar nosotros como en las dos guerras mundiales o como están ahora en Siria y otros lugares matándose de forma literal entre sí, no significa que no estemos en guerra. La guerra de la mayoría de los países denominados del primer mundo se traslada al ámbito de las relaciones en sociedad. El “postureo” de las redes sociales; el que presume y se jacta de ser rico o ser jefe o el más popular, querido y/o temido u odiado de un determinado círculo social; aquel o aquella que consigue seducir a la chica o al chico atractivo de la fiesta; aquellos que critican al otro… Todo eso es violencia. Es estar en una continua guerra.

 

Evelyn Long, catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad de California:

   Sí, ellos eran normalmente los que iniciaban los debates en clase. Muchas veces, tenía que pararles porque revolucionaban a todos sus compañeros y eso hacía que el ritmo del temario que tenía que darse se ralentizara bastante.

   Eran muy inquietos y siempre estaban preguntando cosas. Recuerdo que discutimos mucho a cerca de la ética kantiana y del existencialismo de Sartre. Siempre salían con nuevos puntos de vista y casi siempre llegaban a relacionarlo todo con el comportamiento de los chimpancés y los bonobos. Eso para ellos era la clave para saber o entender el por qué el ser humano actúa como actúa. Yo no estaba de acuerdo con ellos en algunas cosas, pero ellos se convencían cada vez más de sus teorías. Luego organizaron aquel movimiento. Aquello fue el principio de todo.

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El Lago de la Sombra

—¿Has preparado todas tus cosas? —preguntó la madre entrando en la habitación del niño.

—Te he dicho un millón de veces que no pienso ir, mamá —le replicó observándola desde la cama.

—Venga. No hagas más el tonto que tu abuelo está esperando en el pueblo. No se ha pasado todo el fin de semana recogiendo la casa y limpiando el huerto para que ahora tú no te presentes.

Como cada verano, Óscar abandonaba su hermosa ciudad, aquella que tanto apreciaba y quería, rodeada de vida y edificios en cualquiera de sus rincones, y de gente un tanto estúpida con la que no le importaba lidiar siempre y cuando tuviera cerca de sus manos la tecnología. En el último año, desde que sus padres le compraron un móvil nuevo, el chico apenas había salido de casa. Se dedicaba a recluirse cada tarde para jugar a distintos videojuegos y chatear. Esa era su rutina. Su madre, preocupada por la obsesión que su hijo tenía con aquellos aparatos y por su notable bajada de notas en el colegio, decidió que lo mejor para él sería pasar unas vacaciones alejado de todo lo que pudiera contener tecnología: el pueblo.

Durante el trayecto, unos diez kilómetros, apenas se dirigieron la palabra. Óscar pasó todo el tiempo que pudo con su móvil, ya que cuando se internasen en los límites de aquella villa a la que odiaba con todo su ser, dejaría de funcionar. Sigue leyendo