Sígnum

12 de octubre de 2150. Marte. Asentamiento de Sígnum.

En la distancia, el cegador influjo del planeta artificial azul revelaba un orden que era único, exclusivo, inhumano.

La evolución se reducía a la profundidad con la que sus diamantes surcaban nuestra acristalada bóveda, quebrada en microscópicos fragmentos.

Nos gaseaban. Aun con el traje protector, era erosionado en carne viva, apenas podía reconocerme y menos aún distinguir personas entre los bultos que despresurizaban sus trajes, emitían balbuceos y se lanzaban de bruces contra el asfalto. Era un suicidio colectivo; nosotros, que creíamos en la universalidad. Máquinas desbrozadoras perforaban la tierra hasta las entrañas, y acidificaban su nueva propiedad con el fin de adecuarla para una estructura embrionaria de la Matriz Instructora de Ejércitos, cuya programación amparaba un solitario objetivo, acaparar en la vastedad material.

Aquellos a quienes observaba no eran sujetos, y no por la ciencia integrada en sus cuerpos. Eran el depredador perfecto.

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La maldición de la anciana sin ojos

Lo que te contaré es una historia que transcurrió en un pueblo de Italia, donde vivió mi bisabuelo.

Doña María, era una pobre anciana que había perdido los ojos en un accidente cuando era joven.

Su aspecto daba miedo a los niños del lugar, que la acusaban de vieja bruja y porque aunque no tenía ojos, podía verlos. Por esa razón, la llamaban “la anciana sin ojos”.

Los niños pasaban sus horas molestando a la anciana. La empujaban y se reían de ella; todo lo que le hacían a la pobre mujer era muy cruel. Pero en el pueblo también había gente que le tenía compasión.

Mi bisabuelo era un niño muy bondadoso y respetuoso con la gente mayor y siempre le golpeaba su puerta a Doña María para dejarle el pan colgado y seguía su camino.

Un día como otros, la anciana se encontraba en su casa cuando golpearon su puerta. Seguramente se trataba de aquel buen chico que siempre le dejaba el pan y convencida, la abrió. Para su sorpresa se trataba de aquellos malvados niños.

Estos empezaron a apedrear a la anciana que rogaba piedad, más no se detuvieron. En su agonía la anciana los maldijo. “Te veo y también me verás”, esas fueron sus últimas palabras. Los chicos solo rieron y escaparon de allí.

A la mañana siguiente, las autoridades la encontraron muerta. Por su avanzada edad, determinaron que la mujer se habría resbalado y golpeado la cabeza, provocándole la muerte. Lo que había pasado aquel día quedó en un profundo misterio.

Los muchachos, que sabían la verdad, guardaron el secreto de lo que habían hecho, prometiendo nunca jamás revelarlo.

Una noche uno de los niños se preparaba para dormir, y al apagar la luz de su cuarto sintió un susurro al oído:

—Te veo y también me verás.

Los gritos de terror despertaron a sus padres, que fueron inmediatamente a ver que le sucedía a su hijo.

Lo que encontraron fue algo terrible. El niño estaba muerto con su boca abierta y los ojos arrancados.

Dicen que la anciana sin ojos, asesinó uno por uno a aquellos muchachos, dejando solo con vida a mi bisabuelo, el niño que cariñosamente le llevaba el pan cada día.

Internado del infierno

Melanie, una dulce niña de ocho años de edad, había sufrido un desafortunado accidente en el cuál perdió una de sus piernas, que en reemplazo tenía una pierna ortopédica. A pesar de su complejo, era una niña muy fuerte.

Sus padres hacían lo imposible por resguardarla, pues no soportarían que alguien hiriera los sentimientos de su hija. A consecuencia de su obsesión, la enviaron a un internado.

Las hermanas del internado eran muy cariñosas con las niñas, excepto con Melanie, cuyo rechazo era más que evidente.

Sus compañeras tampoco la aceptaban, eran maliciosas con ella y se reían de su condición. Las monjas hacían caso omiso a sus peticiones para que la dejaran en paz.

El 12 de abril de 1825 a las 00:00 horas, la caldera del sótano estalló ocasionando un gran incendio en el lugar.

En medio del revuelo, las monjas lograron sacar a todas las niñas, olvidando a Melanie que se encontraba en su cuarto en el piso de arriba.

La niña se percató de lo que estaba sucediendo y pidió ayuda a gritos. Nadie la escuchó. Intentando bajar las escaleras, su pierna ortopédica quedó atrapada entre el hueco de las mismas. Ella no pudo escapar de ahí…

Después del incendio encontraron su cuerpo calcinado entre las ruinas del internado.

Sus padres no lo soportaron y se quitaron la vida.

Las monjas y las niñas que sobrevivieron a la noche del incendio, vivían en un nuevo internado y habían olvidado el terrible hecho que le costó la vida a la pobre Melanie.

El 12 de abril del año siguiente en el aniversario del fallecimiento de la pequeña, sucedió algo desconcertante.

Daba la medianoche cuando las monjas y las niñas dormían en sus camas. Al día siguiente las hallaron muertas. Todas llevaban una marca de quemadura en su rostro.

Después de mis 3 intentos de suicidio

—Te ves muy hermosa en esa foto con él, ¿quién es? Sonríes de tal manera que muero de la envidia y me encantaría que sonrieras de esa forma cuando me miras. Viajé cientos de kilómetros para verte y ¿no respondes? En este momento tienes acumulados diez mensajes míos en el chat y quince llamadas perdidas con sus respectivos mensajes, ¿por qué no me contestas?

—Disculpa, estaba ocupada trabajando. ¿Cómo estás?

—Muy angustiado, creí que me estabas ignorando.

—Si quieres nos vemos esta noche después del trabajo y hablamos.

—Perfecto, no sabes lo mucho que anhelo ver tus ojos.

Esa noche, de vuelta a su casa, ella revisó su teléfono y se sorprendió al escuchar la serie de mensajes de voz de aquel chico. Uno tras otro, cada vez con un tono de voz más afligido. Sintió mucha pena por él, por lo que se apresuró a llegar a casa para ponerse un poco guapa para la cena. Al llegar al restaurante él la invitó a comer, no pidió nada para él, decía que prefería verla mientras degustaba cada bocado. Una vez acabó ella dio su última cucharada al postre, él le comentó que después de pagar la cuenta, ya no tendría dinero para regresar a su ciudad. Pero que verla comer había valido mucho la pena. Ella le ofreció pagar la cuenta, sin embargo, él no lo aceptó y fue a pagar. Sigue leyendo

Máscaras

Cortinas de seda naciendo de los ángulos de los muros perpetuos,

vientos que bailan al compás de velas que ya no se encienden.

Pasos ausentes del sonido de la coreografía de lo que no puede ser olvidado,

en cada momento en el que la luz de la luna al salón acaricia.

 

Rostros ocultos a través de máscaras llenas de la sutilidad volátil de la magia,

escondiendo expresiones sentimentales congeladas en el tiempo.

Vestidos llenos de encajes amalgamados con piedras y telas de espiritualidad,

donde los dedos de las manos, llenos de amor, se tocan.

 

El aire esconde los protocolos de la diplomacia de la seducción,

donde un roce discreto es más sutil que un beso lleno de amor.

El hechizo del compás del vals queda atrapado en las ventanas,

en el arcoíris de las copas ausentes de la vida de las mañanas.

 

Las manecillas a pesar de no avanzar siguen contando el tiempo,

renaciendo constantemente como el fénix aburrido por su encantamiento.

Palabras de amor escondidas en las grietas de las paredes,

en espera de ser escuchada por aquellos oídos lejanos y ausentes.

 

Giros y cambios reflejados en el espejo reinante del recuerdo,

sonrisas carmesís acompañadas de mejillas maquilladas.

En las miradas ausentes de la pasión del fin de la eternidad,

que tan solo las máscaras que cubren los rostros de los fantasmas dejan observar.

Corazón de Arkham – Epílogo. Todo el mundo miente

Nos encontramos en el final de mi viaje, esta noche no puedo dormir, lo he intentado unas horas, pero es inútil. Trish, Dylan y el comisario descansan, reponen fuerzas. Probablemente entre pesadillas y laberintos mentales. Mañana volveríamos a la rutina, una vez más, caso tras caso, persiguiendo a criminales comunes, simples y aburridos, con mentes comunes, simples y aburridas. Llevo ya dos horas escribiendo estas memorias; este caso, narrado y transmitido de la forma más real y verosímil posible, con pocos adornos o adulterantes. He de confesar que he visto la otra cara de Arkham, he reclamado tantas veces su corazón que se me ha acabado ofreciendo. Mi instinto y lo acontecido me dicen que me aleje, que se acabó… Pero me temo que no. Pensaba que buscaba el abismo porque no tenía nada a lo que agarrarme, que mi adicción a los problemas, a lo imposible, desaparecería ahora que tengo esposa y un buen amigo. No, una vez más. El abismo me llama porque es interesante, complicado, rebosa información de la que no se dispone sin adentrarte en él lo suficiente como para no poder volver.

Lo diré de otro modo, cuando Alastor me hizo la propuesta de comprender, de adquirir una nueva dimensión en mi mente, no notaba el dolor de mi abdomen, ni sentía necesidad de morfina. Sé que eso implica que es psicosomático, que solo es por la adicción, que estoy loco. Soy autodestructivo. Me gusta serlo, lo necesito en mi vida, y no quiero arrastrar a los que han conseguido sacarme de mi miseria unos años. Sigue leyendo

El abismo y la montaña

Sin saber cómo había llegado hasta allí, agaché la cabeza y lo vi. La oscuridad espesa bramaba como las olas. Un conjunto de mil voces susurraba de manera ininteligible y profería sonidos guturales desde lo más profundo del abismo. La fuerza de aquellas voces me empujaba hacia abajo. No quería caer; no sabía qué estaba pasando. Pero no podía echar la vista atrás, ni adelante. Sólo podía mirar la negrura. La miraba de hito en hito hasta que se hizo extrañamente familiar; las voces se fueron aclarando y empezaba a escuchar. “Ven”, decían, cada vez con más fuerza. Poco a poco comprendí que esa negrura era parte de mí; era lo que me correspondía. Me pertenecía y yo le pertenecía a ella. Le hice compañía mucho tiempo, tanto como ella a mí. Había decidido ser uno con ella hacía tiempo.

Entonces la negrura desapareció de repente. Ante mí se alzaba una montaña. Un monte inmenso que tenía un claro inicio, pero cuya cima era imposible atisbar. Miraba atónito hacia arriba y en derredor, pero no había más que la montaña y yo. La elevación era de piedra viva, empinada de principio a fin y visiblemente escurridiza. Entonces supe que tenía que escalarla: no había otra opción.

Comencé con el vigor de un muchacho, profiriéndome gritos de ánimo a mí mismo y dando amplias zancadas. Los primeros metros, las primeras horas fueron especialmente sencillas. Fue entonces cuando encontré un saliente que me podría servir para descansar y guarecerme del frío que ya empezaba a sentir en los músculos. Sigue leyendo