A principios y mediados del siglo XIX, Edimburgo era una ciudad que se encontraba en la vanguardia de la filosofía y las ciencias. Tanto era así, que era conocida como la Atenas del norte. Entre estas ciencias, la medicina no era una excepción. Sin embargo, por tal de entrenar a los estudiantes de medicina y avanzar en el estudio de la anatomía, se necesitaban cuerpos, muchos cuerpos.

   Estos cuerpos podían ser obtenidos siguiendo procedimientos legales, usando los cuerpos de los ejecutados. Sin embargo, había muchísima demanda de ellos y la tasa de ejecuciones había bajado ostensiblemente debido a cambios legales. Por estas razones, empezó a florecer un nuevo tipo de comercio del que se obtenían muchos beneficios: los ladrones de cuerpos, donde las autoridades estaban dispuestas a hacer la vista gorda.

   Hay varios elementos que explican el florecimiento de éste tipo de acciones. En aquél entonces, había un vacío legal en cuanto al robo de cuerpos. Podías robar el cadáver, pero no las pertenencias que éste tenía. Por otra parte, la ciudad tenía serios problemas de espacio… incluso en los cementerios. Esto hacía que los cuerpos fueran enterrados a cada vez menos profundidad, unos encima de otros, hasta llegar a hacerlo muy cerca de la superficie.

   Siendo así las cosas, un buen día dos jóvenes estudiantes de medicina se encontraban en su clase de anatomía. El profesor se encontraba en el centro de todos los estudiantes, que miraban con interés aquello que él les enseñaba. Les enseñaba músculos y diferentes órganos de unos restos humanos en bastante mal estado. Pronto, la clase necesitaría uno nuevo y esto les dio a uno de los futuros médicos una idea.

   Entre los estudiantes siempre había habladurías sobre cómo se conseguían esos cuerpos. Se decía que la universidad pagaba a manos llenas por ellos pero, que su procedencia, era incierta. Algunos decían que eran los cuerpos de los colgados en la horca. Otros, decían que había familias pobres, que al morir uno de sus miembros, lo vendía a la universidad. Pero había otros que hablaban de prácticas aún más reprobables: la exhumación de difuntos de los abarrotados cementerios de la ciudad.

    La idea que le planteó a su compañero fue la siguiente: hace poco había muerto una vecina suya, una señora que rondaba los 50 y tanto años. Ella había pagado antes de morir, por ser enterrada a más profundidad de la habitual y no tener así otros cadáveres debajo de ella. La acababan de enterrar y estaría en perfectas condiciones, por lo que obtendrían una pequeña fortuna por ella. La desenterrarían y después, la venderían a un profesor de la universidad.

    Su amigo estaba de acuerdo y esa misma noche se pusieron manos a la obra. Se vistieron de negro, cogieron un saco grande, donde poder trasladar a la fallecida y sendas palas. Con todo a cuestas, se dirigieron al cementerio en el más absoluto silencio. El lugar estaba en un pequeño promontorio y se decía que había sido creado cómo resultado de enterrar cuerpos uno encima del otro durante generaciones. Puede que aquellos que habían sido infectados por la peste hace casi un siglo estuvieran enterrados aquí, a miles.

    Miraron por todos lados por tal de cerciorarse de que no había ningún tipio de vigilancia en la zona. Únicamente vieron lápidas de todo tipo dispersas por el campo santo. Se elevaban todas desde una áspera hierba de un intenso color verde. Había gruesas moles grises, con nombres y motivos grabados. También había cruces célticas y estilizadas, pero igual de solemnes. Por último, había repartidos aquí y allá pequeños obeliscos que servían para guiar a los muertos hasta su tierra.

    Llegaron al lugar donde habían enterrado a la señora. La tierra removida era señal de ello. El sitio estaba muy cercano a un mausoleo de paredes circulares y también de un gran árbol, cuya sombra era proyectado sobre ellos por la mortecina luz de la luna. Los dos se miraron largo rato, antes de atreverse a mancillar aquella tierra sagrada, pero acabaron clavando la pala en la blanda tierra.

   Poco a poco fueron descendiendo. Primero un pié de profundidad, luego otro más. Y así habían llegado a cavar muy profundo, hasta la extenuación. Para cuando se dieron cuenta, vieron las primeras luces del alba sobre ellos: era verano y la noche era extremadamente corta ahora. Ahora cavaban con todas las energías que tenían y aprisa; tenían miedo a que les descubrieran. En cualquier momento podría aparecer algún guardia o algún madrugador.

   Estaban por abandonar y marcharse corriendo, cuando golpearon algo duro, produciendo un sonido seco. ¡Habían llegado al ataúd! Con presteza se dispusieron a levantar la tapa y en efecto, allí estaba el cuerpo, tan fresco que aún no portaba el dulce aroma de la putrefacción. Cada vez había más luz en el firmamento y, ansiosos, despojaron a la señora de sus ropajes y joyas, después de todo, no querían cometer un delito.

    Sin embargo, encontraron un problema con el que no habían pensado. No conseguían sacar el anillo de casada del dedo de la señora. No había manera. Ni escupiendo, ni tirando con todas sus fuerzas, nada. No había tiempo para las dudas, se dispusieron para hacer lo que debían hacer: cortar el dedo de la señora con un golpe de pala. Cerraron el resto de sus dedos y pusieron el filo sobre el dedo anular. Tragaron saliva y los dos pusieron un pie a cada lado de la pala y empujaron.

   Entonces sonó un grito desgarrador. La difunta se incorporó violentamente, llevándose la mano a la herida que le habían provocado. Por su parte, los estudiantes se desmayaron del susto y los despertó el vigilante, que había venido corriendo al escuchar el grito. No se sabe con seguridad que acaeció a los dos jóvenes. Tal vez fueran expulsados de la universidad, o tal vez fueran obligados a pagar una multa. Incluso, puede que fueran recompensados por salvar a una anciana.

   Lo que si que se sabe, es que a partir de éste incidente se tomó conciencia en la ciudad de la cantidad de muertes aparentes que había. Por ello, no era extraño ver a partir de entonces que a los difuntos se les atase un cordel al dedo que se unía a una campanilla en el exterior. Es de aquí que proviene el dicho, “salvados por la campana”.

  Muchas gracias por la lectura,

  Jaime Armada.

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