A Chad le encantaban los espacios con mucha gente y abarrotados de sentimientos, quizás por eso le gustaba entrar en los tanatorios aunque no conociera a la persona a la que se estaba velando. Disfrutaba entablando conversaciones con familiares, amigos o compañeros del difunto. Admiraba el cúmulo de sentimientos que le transmitían: su pesar, su frustración y en algunos casos alegría. Le sorprendía cómo una cosa inerte podía causar tales estragos o explosiones de sentimientos en las personas. Encontraba fascinante como una persona se podía convertir en un Jesucristo crucificado particular por poco más de un día.

Normalmente se hacía pasar por un conocido del difunto, y nunca, y esa era su norma inquebrantable, debía conocer al difunto, ni visitar el mismo tanatorio como mínimo durante dos o tres años.

Con el tiempo había llegado a delimitar en tres los diferentes tipos de velatorios. Primero, el del ser querido por todos que deja a una familia orgullosa pero triste; este tipo era el preferido de Chad pues le creaba una sensación de calidez en el pecho. Segundo, uno de los que requería más esfuerzo por parte de Chad y daba menos recompensas sentimentales, se trataba de gente que no había destacado mucho en su vida y que en la estancia había solo familiares próximos y algún que otro compañero del trabajo que no quería quedar mal; en estos casos era difícil crear una historia creíble, por lo que limitaban las conversaciones de Chad; aunque lo compensaban los sentimientos de depresión general y la pureza de la tristeza sin ninguna esquirla de pasión. Por último, uno de los tipos de velatorio más divertidos aunque también poco fructíferos, eran los que el difunto fue una persona cruel y tosca, a diferencia de los del segundo tipo tenia algunos presentes más, pero la mayoría no solían hablar bien del difunto o solo venían para intentar sonsacar algo de la herencia; en estos casos Chad nadaba entre un mar de chismorreos y puñaladas entre familiares, que aunque resultaban ser un espectáculo entretenido se cansaba de descifrar indirectas o de intentar sonsacar un llanto fingido de una esposa o marido demasiado ocupados hablando con el abogado.

Chad hacía muchísimo tiempo que había renegado de toda su familia, se había cambiado de nombre y su trabajo le hacía ir de ciudad en ciudad. Después de años de terapia había conseguido olvidar los maltratos físicos ocasionales de su padre y la desatención de su madre; tampoco estaba casado ni tenía hijos, ni falta que le hacían, pues tenía en cada velatorio a una esposa, unos hijos y unos padres que le lloraban mientras le abrazaban con tal sentimiento que ninguno de los que pudiera haber tenido habría hecho. El amor que no le habían dado sus padres y que nunca le darían una esposa o hijos, se encontraba acumulado dentro de cuatro paredes alrededor de un difunto.

Aunque su trabajo le impedía echar raíces en algún sitio durante más de dos meses, al menos le había enseñado que era capaz de hacerse amigo de gente con solo hablar una tarde o que tuvieran una buena impresión de él con solo intercambiar cuatro palabras. Esa revelación, le ayudaba con las primeras filas de familiares y conocidos del difunto, allí empezaba su treta. Empezaba con algún grupo ya formado de gente que esperaba fuera del tanatorio. Bastaba con una expresión neutral y varios apretones de manos para que con algunas preguntas vacías le explicaran lo imprescindible para poder hilar los detalles de su coartada.

 Por lo que había podido componer, el de hoy se trataba de un velatorio del primer tipo, ya que todos tenían buena opinión del difunto. El hombre se llamaba John y era bastante joven, pero había tenido tiempo de casarse y engendrar a dos niñas, antes de que una curva demasiado cerrada hiciera que su camión se saliese de la carretera en una noche lluviosa. Un accidente fortuito, culpa de la suerte, del karma si me apuras, nadie diría que se lo mereciera. Solo de adentrarse en el pasadizo que llevaba al velatorio, podía oír los leves sollozos de impotencia de los familiares. Lágrimas de amor y desasosiego se podían oler al entrar en el edificio y Chad empezaba a notar una calidez en el pecho solo de imaginarse el muestrario de emociones que le iba a brindar aquella situación.

Era una sala relativamente pequeña por el volumen de gente que había en ella, Chad advirtió en un rincón a un par de niñas sentadas y enmudecidas por el sinfín de personas con trajes ennegrecidos, que no les paraban de recordar algo que ya sabían, que su padre era un buen hombre y que estaba muerto. Vio también una mujer hablando con un par de ancianas y esa misma mujer a la que Chad había reconocido como la viuda, por un momento dejó de hablar con las ancianas y por un instante dirigió una mirada de extrañeza hacia Chad. Esto lo desconcertó, no se trataba de la típica mirada de cuando intentas descubrir quién es esa persona, la mirada de la viuda delataba que lo reconocía pero le resultaba una visión imposible. Decidió no darle demasiada importancia, cuando hablara con ella ya se esforzaría en reafirmar su relación con su marido. A fin de cuentas podía irse cuando quisiera aludiendo un compromiso mayor si la cosa se ponía fea, aunque siempre solía salirse con la suya cuando empezaba a hablar con alguien.

Esperó turno elegantemente detrás de las dos vetustas ancianas y de un par de hombres con una fisonomía típica de camionero, para hablar con la viuda y poder así disipar cualquier sospecha, que lo pudiera delatar como alguien totalmente aparte del círculo de relación de su difunto marido. Pero antes que pudiera hablar con ella, la visión de una pareja de ancianos entristecidos, saliendo acompañados del pequeño cubículo donde reposaba el cuerpo del difunto, hizo empalidecer la cara de Chad.

Su intención al entrar en la habitación era intercambiar algunas palabras de consuelo con la viuda, dándole una versión coherente de la razón de su visita y recibir toda su descarga de rabia, impotencia, tristeza y amor en primera persona. Después iría a consolar a los padres por el hijo perdido, hablar con ellos de lo bueno que era e inventar alguna anécdota sentimental que creyera oportuna con el fin de captar su melancolía. Y luego pensaba acabar la velada charlando un poco con las niñas, invitarlas a algún chocolate caliente e incluso hacerles algún truco de magia para arrancarles una débil sonrisa; ya que la sensación agridulce de un niño que ríe mientras tiene lágrimas de haber llorado, suponía un pequeño éxtasis para Chad.

Pero reconoció a esa pareja de ancianos que salía de donde estaba el difunto: eran los padres de éste y también eran los suyos. Eso hizo que el ansiado torrente de emociones emergiera en su interior. Los ancianos con lágrimas de alegría por encima de las de tristeza, abrazaron a Chad. Le explicaron que después de que él se marchara y cortara cualquier comunicación con ellos, tuvieron otro hijo, John, su hermano. Ahora entendía la reacción de la viuda, debían tener bastante parecido. Le explicaron que después de su fuga, los dos se dieron cuenta de lo mal padres que habían sido y educaron al pobre John como debieron haberle educado a él.

Chad quedó estupefacto, la calidez en el pecho se había tornado en un frío que dolía y por primera vez se había quedado sin habla, ya que en cierto modo estaba asistiendo a su propio funeral. Al funeral de alguien que había vivido su vida, no la que él habría deseado sino la que él hubiera preferido.

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