Jamás ninguno de los allí presentes había llegado tan lejos, ni siquiera Osla. Los lobos seguían aullando en la profundidad del bosque y su sonido se perdía entre los árboles, retumbando de un lado a otro, como si estuvieran consumando una macabra danza a su alrededor. Un inhóspito lugar se levantaba ahora ante ellos; los árboles se habían tornado extraños, sus troncos eran negros como el hollín y sus raíces penetraban en la tierra y volvían a salir, enzarzándose las unas con las otras como gigantescas serpientes que intentan ahogarse entre ellas. Las ramas, desnudas de hojas, tejían el cielo y ocultaban las nubes de un gris tormenta. Sólo el viento soplaba entre aquella maraña, como bocanadas de un ser gigantesco que les esperara al final del mismo mundo en las puertas de Hel.

Los cazadores avanzaban. Todos sabían que debían seguir adentrándose y dar encuentro a los lobos. Su persecución se contaba por días ya, con sus eternas noches, arrastrados al límite por la férrea voluntad de dar fin a la vida de aquellas bestias. Osla había dado cuenta de ello, al igual que todos los que allí le acompañaban; aquel lugar maldito era seguramente un bosque sagrado y prohibido a los humanos. Aquellos a quienes perseguían no eran lobos corrientes. Muchos habrían abandonado ya la partida, pues en aquellas tierras la superstición era sensata y el respeto a los dioses una obligación. Pero los recuerdos del hambre y la muerte a la que aquellas bestias les habían arrastrado, no les dejaban otra opción que un loco desafío a las leyes de su tierra. Para Osla, perseguirlos era su deber y su honor para con el clan. Su corazón latía con valor recordando el horror de las noches acaecidas. Su espíritu, joven e ingenuo, ansiaba la oportunidad de batir a los monstruos de tal modo que los propios dioses debieran admitir la justicia del acero en su acción.

Frig era la única capaz de ver, en la demente maraña de árboles que les obstaculizaba, el rastro de las criaturas. Sus ojos de un gris lunar se percataban de las marcas en la escarcha, los arañazos en la oscura madera de los troncos y los pequeños pelos de plata que alguna retorcida rama había conseguido atrapar. El rastro se adentraba incansable, Guld blandía ágil su hacha y les abría el camino diestramente. Cortaba la madera muerta hacia donde las palabras de Frig le señalaban, Osla y Norn no dudaban en ayudar siempre que podían mientras mantenían una atenta guardia de las sombras y rincones que les rodeaban. El esfuerzo se volvía colosal a medida que el bosque se cerraba más y más a ellos, pero ya nada los podía detener y los sentían cada vez más cerca. Aún corrían tras ellos, pero daba la sensación que ya no intentaban escapar sino más bien que les estaban esperando; los aullidos venían de todas partes a su alrededor y avanzaban ya con ellos. Osla les desafiaba, animando a sus cazadores, con gritos que lanzaba a la inmensidad. Solo los perpetuos aullidos les eran devueltos. Norm y Guld gritaban para acompañar sus palabras y sentían su alma rugir también bajo el compás de la batalla venidera. Únicamente Frig guardaba silencio, totalmente atenta a descifrar el confuso rastro y no perderlos en el bosque. De vez en cuando soltaba una discreta instrucción hacia donde avanzar, atentos siempre a su voz, los demás obedecían.

Un claro se abrió ante ellos. Imperturbable, el llano, les precedía hasta donde sus ojos podían alcanzar y el bosque, tras ellos, moría por completo. La ventisca levantaba ahora una blanca bruma que les arrojaba hacia atrás y llenaba el aire de densa niebla. Todo se mezclaba en ella bañando el lugar de un inquebrantable y opaco gris a través del cual el círculo solar no lograba proyectar ninguna sombra. Grandes dólmenes marcados en rojas runas irrumpían el llano y se elevaban hacia el cielo, difuminándose en distintos tonos oscuros según se encontrarán más o menos lejanos. Cuando los cazadores se acercaban a alguno de ellos hacían centellear sus runas en escarlata y aquel inmenso llano parecía vibrar con fuerza ante su presencia.

Allí los aullidos cesaron para tornarse en profundos gruñidos guturales. Ante ello, Osla empuño su espada con señal de prepararse para un ataque. Entonces, en un tono de serenidad imposible, dijo:

– Que hermoso lugar para luchar.

Al poco de perderse estas palabras, desdibujadas figuras lobunas se perfilaron en negro, apareciendo y desapareciendo caprichosamente en la bruma. Pronto se dieron cuenta de que les rodeaban en un sinuoso baile que intentaba burlarse de ellos. Los cuatro se juntaron en el centro del círculo, casi juntando sus espaldas. Norn saco con delicadeza su flecha del carcaj y la puso en el arco, preparado para tensar la cuerda a la espera que se cruzara alguna caprichosa silueta. Osla, Guld y Frig mantenían las hojas en alto y éstas cortaban la ventisca soltando el aullido del hierro al viento. Al cerrarse, por fin, el círculo que las bestias trazaban, Norn dejó ir una flecha y el corto silbido que desprendió el aire que acariciaba, se ahogó en un furioso rugido. Un rugido de dolor, que alentó a los cazadores llenándolos de valor y esperanza. También con él, el círculo se rompió, la danza se desdibujo acelerándose con ira. Ahora los lobos cruzaban la bruma cual espectros adentrándose en sus profundidades, amenazando con abalanzarse sobre los simples humanos.

Finalmente sucedió y uno tras otro, con traicioneras cadencias, los lobos caían sobre los cazadores. Los duros norteños blandían con ferocidad sus armas y con cada arremetida las zarpas y los colmillos se encontraban con el implacable hierro. Los cazadores intentaban mantener su formación mientras esperaban y soportaban cada ataque, se movían con la destreza y la fuerza que solo pueden albergar la dedicación completa a la vida del guerrero y la voluntad de proteger a aquello que aman. Osla fue quien logró hundir su hoja en una de las bestias. Brotó una sangre negra como la tinta y el lobo cayó aturdido. Fue en ese instante cuando giró la vista hacia ellos y pudieron verlo con claridad; un cuerpo descomunal con un frondoso pelaje de un gris plata que se rompía sólo ante la sangre que brotaba de las heridas. Sus colmillos se juntaban en un terrible rostro iracundo aún cuando las flechas de Norn seguían clavadas en la grupa y cerca del cuello. En ese instante Guld le sentenció antes de que pudiera reincorporarse por completo con su brutal hacha.

– Aquello que sangra puede morir- pronóstico en un grito Guld, observando aún el cuerpo sin vida de su oponente.

Frig se rió con emoción y alegría, pero su risa se cortó por el silbido de otra flecha que dejó Norn volar, dando en el blanco. Claro era que no se trataban de lobos normales: mostraban una inteligencia cruel y soportaban dolores que habrían hecho caer a cualquier bestia rendida. La muerte del primero de ellos no les hizo cesar, los lobos arremetieron otra vez sin piedad y, como olas del océano, chocaban contra los cazadores. Éstos se mantenían en la extrema lucha, espalda contra espalda, inteligentes a la espera del siguiente ataque y de la oportunidad de acabar con otro de sus enemigos. La fortaleza de su espíritu y el valor que ardía en sus corazones les hacía prevalecer ante aquellas bestias que poco a poco cedían ante ellos y caían rendidas y sangrando, muertas. Los rugidos de rabia y dolor se iban extinguiendo uno a uno. La llanura se había llenado con la sangre de guerreros y lobos y la gloria de la batalla brindaba con la muerte. Frig logró entonces alcanzar al último de ellos ensartando su filo hábilmente por encima del cuello, ésta soltó un grito definitivo con la estocada. Fatigados, el sudor corría junto a la sangre de sus heridas, pero en sus caras dibujaba una sonrisa y en sus miradas satisfacción por haber luchado con tanto honor y haber triunfado. Se sentían ya victoriosos a pesar de que todos tenían el claro presentimiento de que un último enemigo seguía en pie y que nada había acabado aún.

Un brutal rugido surgió de la niebla, levantando la ventisca ahora con más rabia que nunca, mostrando la figura de un gigantesco lobo que se alzaba ante ellos. Era una bestia colosal, de un pelaje totalmente blanco puro ahora erizado de furia, sus ojos lucían uno azul y el otro verde, ambos claros como cristales al sol, sus grandes dientes, apretados de rabia, dejaron escapar un gruñido gutural que retumbo en el cielo y la tierra. Por su posición parecía que les iba a atacar en cualquier momento con la brutalidad de la bestia salvaje, pero sus ojos les miraban con una sabiduría que iba más allá de la humana. Su sola presencia era claramente divina y pareciera imposible no haberlo visto o notado durante el largo combate, pues era impensable que una criatura así se mantuviera oculta al hecho de existir. Notaron que su presencia se contenía en una existencia que iba más allá de la forma que contemplaban ahora con sus ojos, como una esencia perpetuada en muchas cosas. Ante él Osla descubrió que su sentir siempre había estado ahí; en la ventisca contra la que lucharon antes, pero también en la que soplaba en todas las tormentas de nieve allá en el poblado o en el aire que desprendía la calma de los bosques por la noche. También lo habían sentido en el aullido de todos los lobos, lo habían visto en sus miradas furtivas y en los espíritus de todo aquello que es salvaje y libre. Incluso dentro de ellos mismos cuando daban caza a cualquiera que fuera su presa.

Osla tenía ante él a un dios. Sabiendo que era una lucha ya perdida, arrojó su espada y se acercó al ser sin temor, consciente de que si tenía que morir no lo haría atacando a un inmortal.

– Soy Osla, oh dios, ¡oh Fenrir! Debes saber que no lucharé contra ti – le dijo con total sinceridad y abrió sus brazos ofreciéndose al sacrificio de su voluntad.

El gigantesco lobo mostró sus fauces y, sin vocalizar, solo con el suave movimiento de su respiración, empezó a hablar también. Su voz, profunda y ancestral, procedía de todas partes y se mezclaba en el viento.

– Osla ¿Quién eres? – Preguntó simplemente.

– Soy un hombre que vive más allá de tu bosque, en una pequeña aldea cerca del río que baja de las montañas del norte, soy un cazador y un guerrero – Le respondió.

Impasible a su respuesta el lobo preguntó:

– Osla, que vives más allá de mi bosque, ¿qué haces aquí?

– Vine para cazar y encontrar justicia – Respondió sin vacilar.

Una vez más, impasible el lobo habló:

– Osla, que viniste aquí, a mi bosque, a cazar, ¿Por qué asesinaste a mis hijos?.

– Fenrir, padre y madre de todos los lobos, tus hijos asesinaron a los nuestros y aterrorizaron a nuestras gentes – Respondió dejando escapar por vez primera algo de temor.

El dios lobo abrió los ojos con curiosidad.

– Mis hijos cazan, suya es la tierra y todo aquello que pueden alcanzar, ¿Cómo osas asesinarlos por ello?

– Así nosotros también les dimos caza y así hemos hecho lo que a nuestro parecer es justo, para un cazador y para un padre – le espetó, sometiendo todas sus emociones ante el riesgo de poder morir en la siguiente frase y de que ese dios, hasta ahora expectante, se tornase vengativo.

– Ni tuya es esta tierra, ni ellos te pertenecen para cazarlos – Le dijo con malicia en la mirada.

– Si tuya es la tierra para darla, acéptanos también en ella como tus hijos, pues igual que tus lobos hemos crecido en ella toda nuestra vida, siempre hemos cazado en ella y la hemos cuidado y hecho crecer. También le hemos dado hijos que luego nos fueron arrebatados.

La inteligente propuesta se perdió en la bruma unos segundos y volviendo a su estado impasible el lobo respondió:

– No soy tu dios humano y no puedo serlo aunque haya algo mío que en ti habita y quema casi olvidado. Hoy, ahora y aquí, hablas con la voz de tus dioses, muestras hacer tuya su voluntad inquebrantable y por ello tu espíritu les pertenece a ellos – le contestó.

Osla no estaba muy seguro de qué querría decir ello y de lo que pasaría ahora, pero entendió que existían dioses solo para los humanos y que no veía en él un hijo suyo sino de esos otros. Optó por quedarse en silencio y tras él sus compañeros permanecían callados también ante la escena que llegaba a su conclusión.

– Osla – declaró el dios -, que has dado caza a mis hijos en mi bosque, te perdono la vida. Sepas que, a pesar de ello, tus actos de hoy reflejan nuestros destinos y que éstos serán nuestra perdición. Ahora que ya no ejerzo poder alguno sobre vosotros, ahora que podéis asesinar todo aquello que una vez habíais temido y respetado y que en vuestras almas pugnan los espíritus de otros dioses, declaro que nuestros destinos se enfrenten así por siempre. Declaro esto, un ritual que cumplirá como una maldición sobre todos. En esta misma tierra se repetirá lucha tras lucha, hasta que esta silenciosa guerra eterna termine con todo. ¡Ragnarok! – profirió en un estruendo que hizo temblar la tierra. Y emitido su juicio o profecía la gigantesca figura se desvaneció retumbando en todos el eco de su último rugido.

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