Allí en la orilla del río se congregaban todos sus amigos y compañeros para poder darle su pésame por la muerte de su padre. No había sido una muerte dolorosa, no había sido traumática; sólo un hombre que había vivido demasiado.

Su corazón se paró una noche mientras cenaba con sus compañeros recordando viejos tiempos.

Icarean no estaba triste. Suponía que debía estarlo, pero no lo estaba. Miraba al cielo y veía el sol radiante que iluminaba el pequeño barco en el que su padre estaba metido, rodeado de troncos y con los regalos que sus compañeros decidieron hacerle para su viaje en la muerte.

Se acercó a su padre, se inclinó y le besó en la frente, sonriendo disimuladamente. Sacó su espada curvada y su daga y las puso en el regazo del fallecido. Se giró, mirando al resto.

– Amigos, ha llegado el momento de despedirnos de nuestro familiar y amigo, aquí a la orilla del río Nortjend, como es la tradición.-Sentenció ella, solemne.

Cogió la antorcha y la apuntó al cielo.

– Oh Dioses, aquí os enviamos a un gran guerrero y amigo, para que pueda combatir junto a vosotros en el día del fin.

Al unísono, todos los demás gritaron.

– ¡Lo enviamos!

Ella continuó con la ceremonia.

– ¡Oh, Thorborn! te honoramos y te pedimos que bebas junto a los dioses y que puedas combatir junto a ellos en el día del fin.

– ¡Te honoramos!

– ¡Oh, Frenlond, padre de todos! Te pedimos que honres a nuestro camarada a sentarse en tu mesa junto con sus antepasados.

-¡Te lo rogamos!

No dijo nada más. Tiró la antorcha al barco, que empezó a arder rápidamente y, con dos hombres más, empujaron la embarcación río abajo, hasta que vieron como se perdía en el horizonte.

Todos los allí presentes, alzaron sus armas, gritaron al cielo el nombre de Thorborn y cantaron algunas de sus gestas más graciosas o valientes, e incluso las vergonzosas.

– ¡Amigos! ¡Reunámonos en nuestro pequeño antro y brindemos! – Gritó Icarean desde una roca alta.- ¡Por Thorborn y por todos nuestros caídos!

¡Por Thorborn!” Todos corearon al unísono durante un rato, hasta que fueron desperdigándose para poder conseguir lo necesario para la fiesta que se avecinaba esa noche. Todos iban marchando riéndose y haciendo bromas, mientras Icarean los veía irse.

Por su parte, ella llegó la primera al lugar. Todo estaba a oscuras cuando entró, así que lo primero que hizo fue encender todas las velas del amplio salón de piedra y madera en el que se encontraba.

Encendió también la hoguera central, rodeada por las mesas y los bancos de piedra y esperó, en la antigua silla de su padre, esperó a todos los demás y se dijo a sí misma.

– Dioses, esta noche va a ser muy dura.

Continuará…

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Un comentario en “Saga: La sombra interior – Prólogo

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