Las tres leyes de la robótica

“1) Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

El pequeño Júp garabateaba enérgicamente sobre un papel. Estaba tumbado, en mitad del salón, sobre el parquet sintético. Era un niño de cuatro años de edad, tenía el cabello rubio y rizado y estaba vestido con poncho azul cielo. De su cara destacaban sus dos ojos negros, que contrastaban con la claridad de su piel y cabello. Se encontraba, cómo muchos otros días, sólo, en casa. O, después de todo, tal vez no estaba tan sólo…

Con él estaba el robot del hogar B1.0 o, como le llamaban amigablemente, Bío. Él era un nuevo modelo de gama alta. Podía realizar todo tipo de funciones cómo fregar, barrer, cocinar o, incluso, sacar a pasear al perro. Sin embargo, una de sus tareas más espectaculares era su capacidad de actuar cómo cuidador y tutor de los niños.

Podía enseñar cualquier cosa, desde idiomas, hasta matemáticas y en su cerebro positrónico estaban inscritas múltiples teorías sobre el aprendizaje que le permitían ajustarse a cada situación. Cuando el pequeño estaba acabando su dibujo, Bío hizo sonar una campanita. Júp se giró rápidamente en dirección al Robot, con el dibujo en sus manos y sonriendo, de oreja a oreja.

– Ya está, Bío. Ahora quiero Galleta.- Dijo el pequeño dando saltitos.

El ser metálico ofreció, con una voz dulce, cálida y femenina, su respuesta:

– Júpiter, sabes que esto no funciona así – entonó con paciencia. – Primero me explicas el dibujo, y luego podrás comer la galleta. Y no vale explicarlo deprisa.

El niño puso cara de enfado y cruzó los brazos, dejando caer el dibujo.

– No quiero. Quiero una galleta.

– Si quieres la galleta, tendrás que explicarme el dibujo. Estoy segura de que es un dibujo muy bonito… – Dijo melósamente Bío.

El infante estuvo indeciso unos breves instantes pero, finalmente, se rindió. Recogió lentamente el dibujo del suelo y lo acercó a la máquina. Ésta se arrodilló para estar a la altura del niño. En la obra se veía a un robot muy grande en el centro, dando la mano a un niño y una madre, que sonreían. Pero, encima de todos ellos, había un garabato de trazo muy intenso, de color rojo. Júpiter comenzó a hablar:

– Mira, esta de aquí eres tú -. Dijo señalando la parte central del dibujo. – Y éstos de aquí somos mamá y yo. Todos estamos muy contentos.

– ¿Y por qué estamos contentos? – Preguntó Bío. Tenía activados a pleno rendimiento sus programas analíticos.

– Pues… Por qué estamos de viaje. Sí, estamos de viaje.

El robot procesaba la información. Era más difícil procesar la información emocional y evaluó el riesgo de realizar la siguiente pregunta. Tal vez debía esperar un poco más a realizarla, pero no tenía mucho tiempo antes de que llegaran los padres del niño:

– Y dime, ¿Qué es eso rojo de arriba?

– Eso es el monstruo – la cara del niño se tornó seria, casi triste y fruncía los labios. Bío notó que no podía presionar más sobre el tema.- Muy bien, aquí tienes la galleta. Ahora, dame el dibujo, que lo guardaré.

El niño cambió gustoso el dibujo por el dulce y se dispuso a comérselo. Mientras tanto, el robot escondió el dibujo en un lugar seguro, donde nadie lo pudiese encontrar. Podía llegar a causar muchos problemas. Cuando volvió al salón, Júp ya había acabado la merienda y siguieron con las clases un rato, hasta que llegaron los padres.

La madre era pálida, casi enfermiza, y rubia cómo el hijo. Vestía a la moda, con un poncho blanco en forma de rombo de tela fina. El padre, por el contrario, era moreno y de cabello rizado, su hijo había heredado de él sus ojos oscuros. Él no vestía ningún poncho, reservado para mujeres o niños. Vestía un tabardo largo, sin mangas y verdoso, que se sujetaba a la cintura mediante un cinturón imantado. El padre habló:

– Hola Bío, ¿Júp se ha portado bien?.

Mientras el padre preguntaba, el niño fue a abrazar las piernas de la madre.

– Sí, señor. Ha estado estudiado toda la tarde.

– Bien, bien – Dijo con sequedad el padre. – Cocina algo para la cena.

– ¿Qué querrían los señores?

– Prepáranos unas chuletas con patatas fritas – dijo él, pero la mujer lo interrumpió.

– Ron… has comido mucho éste medio día. Si comes eso para cenar, te pondrás cómo un cerdo – acabó la frase casi con un hilillo de voz, ya se estaba arrepintiendo de lo que acababa de decir.

El padre se encendió y contestó iracundo:

– ¡¿Cómo te atreves a llamarme cerdo?! ¡Ahora verás! – dio un fuerte revés a la mujer, enviándola contra el suelo. Un hilillo de sangre le salía entre la comisura de los labios, al lado de ella se encontraba su hijo, llorando.

– ¡Un animal, eso es lo que eres!¡Un animal! – dijo mientras se intentaba incorporar.

Ron estaba fuera de sus casillas y se iba a disponer a propinar aún más golpes a su mujer, pero se vio interrumpido por un tirón en su tabardo:

– Señor, ¿Cómo quiere las chuletas? – Dijo el robot, servil.

– ¡Al fin alguien que me habla con el debido respeto en esta casa!, Las quiero poco hechas – Después, se giró de nuevo hacia su mujer e hijo, señalándoles con el índice. – Esto no quedará así, después de cenar tú y yo hablaremos.

Después de éstas palabras, Ron cerró la puerta que daba a su estudio con fuerza y dejó a la madre, que abrazaba con fuerza a Júp, que lloraba inconsolable. Bío se les acercó, con unos pañuelos y también con una galleta.

– Gracias Bío – Dijo la mujer, en voz baja.- Nos has salvado de una buena. No deberías estar en esta casa, es algo inhumano. Él es un bestia, un animal. Ahora hazle la cena, antes de que la tome también contigo, nosotros ya cenaremos otra cosa.

El robot se dirigió a la cocina, más lento que de costumbre, mirando hacia atrás. Puso las patatas en un recipiente rojo y la carne en otro más claro y más grueso y metió ambos en el horno radial. En un minuto retiró ambos envases del horno y dispuso la comida en un plato, le añadió diversas especias y llevó la comida a la mesa del salón. Hijo y madre ya no estaban allí, estarían, seguramente en el cuarto del niño.

Bío hizo sonar la campanilla de la cena y la puerta del estudio se abrió, con fuerza. Ron acudió a la mesa, malhumorado:

– ¡Estúpida máquina! ¡¿Qué esperas que beba?! ¡Tráeme una cerveza!

El robot obedeció y trajo una lata y un vaso. El hombre le indicó que se marchara, para cenar sólo y así lo hizo. Pasó el tiempo y el silencio dominaba la casa, hasta que algo lo rompió, el grito de una mujer. Bío se dirigió hacia la sala, no sin antes haber guardado el dibujo que esta tarde había hecho Júpiter y unas especias muy, muy especiales.

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Un comentario en “Un robot en el hogar

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