El doctor Grünberg gritaba “¡Está viva! ¡Está viva!”, mientras el cuerpo inconsciente de Marnie contestaba con un espasmo al impacto de los electrochoques en su pecho. Aunque ella no lo sabía, durante la operación había sufrido un paro cardíaco a causa de la anestesia y su avanzada edad. Se acababa de despertar de otra operación que le disimularía diez años de vejez de su cuerpo, que la dejaba con menos cuerpo del original y menos dinero en la cuenta de sus ahorros. Esta última vez se trataba de su frente y los pómulos, que con las pericias del cirujano habían sido parcialmente substituidos por injertos de piel de una donante más joven. Después de tantos liftings, la piel de Marnie ya no daba más de sí.

El trabajo del doctor en cirugía era excelente, había seleccionado personalmente los tonos de la piel de la donante para el injerto. Siempre se trataba de donantes que habían entregado su cuerpo a la ciencia después de su muerte, y a los que el doctor despojaba ilegalmente de trozos de piel y algún que otro órgano para sus operaciones clandestinas. El riesgo era elevado, más también lo era el beneficio.

Marnie llevaba años sometiéndose a operaciones para mejorar su belleza aparente y recuperar la juventud, años pagando sumas elevadas para costearse injertos en su cuerpo, años viendo como perdía poco a poco su ser. Y es que, a cada operación sabía que quedaba menos de ella misma, que su cuerpo solo era una maraña bien cosida de parches de otras personas. Sus músculos flácidos por la edad se cubrían por un velo de piel fina y joven, y algunos órganos atrofiados por el exceso, eran substituidos por los de donantes sanos.

El alivio era fácilmente apreciable en la cara del doctor Grünberg, pues el ver cómo Marnie abría los ojos era como si un gran peso se le quitara de encima. Una muerte en su quirófano habría desatado una investigación que podría costarle su carrera y la prisión. Al cabo de unos días de estar ingresada, el doctor le explicó que el riesgo de las operaciones había aumentado y que no le recomendaba hacerse más por las posibles consecuencias. Marnie aceptó a regañadientes la recomendación y asintió como pudo entre la amalgama de vendas que le cubrían la cara. Ese fue un movimiento astuto por parte del doctor, ya que sabía que aunque quisiera la mujer no se podía costear otra operación suya.

Al volver con el coche del hospital, un pensamiento le volvió a acechar la conciencia. Ya que con los años de repetidas operaciones, el sentimiento de no pertenecer a su propio cuerpo se había tornado recurrente. A veces se sorprendía a sí misma observándose una mano con extrañeza y preguntándose a quién debió pertenecer o cómo debía ser la vida de su anterior dueño. Y en algunas de las noches de insomnio por el postoperatorio, la aterraba imaginarse su cuerpo como un recipiente transparente, donde aparecían iridiscentes las diferentes partes de otra gente que la formaban, horrorizándose ante la evidencia de que las luces le ocupaban todo su cuerpo por fuera y incluso por dentro.

Era de noche cuando llegó a casa y se quitó las vendas. El espejo le mostraba un trabajo perfecto del cirujano, pero al acercar la mirada al espejo, allí empezaba su pesadilla. En su circulo de amistades femeninas, casi todas sus amigas habían pasado por las manos del doctor Grünberg. Y aunque todas ellas le decían que las operaciones eran inapreciables, Marnie había desarrollado la habilidad o la desgracia de poder ver sutiles cambios entre los pedazos de piel. Su paranoia era tal que podía incluso ver los surcos de cada una de las operaciones y discernir entre los diferentes injertos de piel. Notaba que su cuerpo ya no le pertenecía en su totalidad.

Ocurrió que por culpa de los días que pasó en el hospital, no fue consciente de que esa noche era la de Halloween. Por ello, muchos niños disfrazados correteaban por las calles de su vecindad pidiendo caramelos, y un grupo de esos niños alborotados empezaron a llamar al timbre de fuera de su jardín. Marnie sobresaltada no tuvo tiempo de volver a ponerse las vendas limpias. Pero ese fue el menor de sus problemas, ya que los niños al ver que les abría la puerta del jardín y no les traía caramelos, la empezaron a zarandear por el vestido, a modo de protesta inocente, exigiendo su premio. Tal fue el susto para Marnie que junto al zarandeo de los niños, los puntos de la operación empezaron a saltar dejando colgada parte de la nueva piel. Los niños se sobresaltaron y agitando sus linternas la empezaron a perseguir hasta la puerta de su casa gritándole “¡Le cuelga la cara!¡Parece un monstruo!”.

Marnie rápidamente se volvió a vendar la cara entre sollozos de espanto y rabia, y cuando vio que los niños se habían marchado, se dirigió hacia el hospital para exigir a su cirujano una explicación. Entró en la consulta privada del doctor y echó sin miramientos a la mujer que se estaba visitando. Marnie estaba furiosa y mientras se quitaba las vendas para mostrarle el horror al doctor, le exigió que se hiciera responsable de su creación. El doctor, impresionado por los desperfectos de la operación, le explicó que arreglarlo sería muy difícil y que lo más seguro es que los estragos fueran visibles en su cara. Al oír eso, Marnie montó en cólera y lo amenazó que si no hacía algo al respeto, iba a denunciarle, arruinando su vida y la de toda su familia. Lo remató diciendo que aunque era consciente de que le quedaba poco dinero en su cuenta, aún tenía algunos contactos que podían abrirle una investigación a sus actividades poco profesionales. Grünberg nervioso, cedió a sus exigencias.

Marnie pactó con el doctor que éste le intentaría recuperar su tez y que le pagaría una indemnización por cómo le había quedado su cara, pensando que ya que con su edad y su cara no podría encontrar a nadie que la quisiera por como fuera, sería querida por el dinero que tuviera.

Su cara no quedó como a ella le hubiera gustado, pero eso no le importó. Ya que en vista de que todas sus amigas habían acabado teniendo la misma cara que ella por las operaciones del doctor, pensó que al fin y al cabo, en un mundo donde todos son bellos, la extravagancia se acaba volviendo perfección.

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2 comentarios en “Grünberg o el moderno Prometeo

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