Icarean siguió sentada en la silla de su padre durante un rato, recordando la primera vez que entró en aquella sala; sólo tenía catorce años. Era tan solo una pequeña niña asustadiza que intentaba esconderse de las miradas de los compañeros de su padre.

La sala estaba igual que aquel día, ya que como en aquel entonces el cabecilla había muerto. Ella tuvo que presenciar la elección de un nuevo dirigente justo el día en el que entró en el grupo, y era normal, ya que no dejaban que el número de personas dentro de la asociación superara los quince miembros.

Ella era consciente de que aquella noche alguno intentaría traerse a un protegido para hacerle entrar en la comunidad. Sólo deseaba que no fuera como había sido como las veces anteriores.

Desde que ella entró, seis personas habían perdido la vida en el desarrollo de sus actividades, ya fuera por el ataque directo de algún guerrero valiente o por tomarse la píldora que todos llevaban para terminar con su vida en caso de ser capturados, pues nunca nadie debía saber donde se encontraba su santuario.

Cuando ella tuvo que superar las pruebas de admisión, tuvo que hacerlo con tres chicos más, todos algo mayores que ella y los tres murieron aquella noche.

Las pruebas para entrar empezaban sencillas, desde abrir una cerradura hasta extraer algo de un bolsillo ajeno o activar y desactivar trampas, pero al traspasar ese nivel de dificultad, la cosa se ponía complicada. La primera prueba del siguiente nivel era asesinar a alguien. Los dirigentes del grupo cogían a unos cuantos condenados a muerte y los ponían ante los aspirantes y ellos debían cortarles el cuello ante todos los integrantes, que recibían cada oleada de sangre entre vítores.

Uno de los chicos no pudo hacerlo; se puso a temblar y dejó caer la daga que le habían prestado en el suelo, mientras empezó correr. Evidentemente, no iba a escaparse tan fácilmente. La persona que le trajo, aquel que había confiado en él para tenerle como compañero, lanzó un cuchillo que se clavó justamente en el cuello del joven, que cayó al suelo y con su último aliento miró a aquel que le había traido y matado, con los ojos envueltos en lágrimas.

– Maldita sea chico, creí que serías capaz.- le espetó- No deberías haberme insistido tanto, niñato.

Se dio la vuelta y dejó que el chico se desangrara hasta morir.

– Excelente lanzamiento.- dijo Solbern, el jefe de asesinos.

– Habría sido más complicado acertarle a una gallina.- contestó Thom, áspero.- No me ha costado nada.

Todos se volvieron hacia el estrado donde quedaban tres aspirantes con cuatro prisioneros que debían morir. Cuando todos estuvieron mirando hacia los jóvenes, uno de ellos sonriendo cogió el cuchillo y le cortó la jugular a su objetivo y al del aspirante asesinado, y con un gesto behemente saludó al público, que empezó a congratular al joven con mucha fuerza.

El tercero de los iniciados lanzó la daga a un lado y fué a por una espada, con la que le cortó la cabeza de un sólo tajo a su condenado y la hizo rodar por el estrado hacia las personas que observaban, atentos y alegres, la escena.

Cuando fue el turno de Icarean, todos ya estaban sedientos de sangre y sin ganas de ser decepcionados así que, con las manos en alto, Icarean dijo:

– Amigos, concededme un minuto de silencio, por favor.

Cuando todos se hubieron callado, ella se agachó y le dijo al oído a su objetivo:

– ¿De donde eres, amigo?

– S-soy de Corrfin, vivo en… en el abrevadero.-Contestó él, cuando ella le hubo quitado las ataduras de la boca.

– Escúchame, ¿tienes a alguien a quién decirle unas últimas palabras?-preguntó Icarean.

– Yo… estoy casado, o lo estaba antes de estar aquí.

Ella le quitó la venda de los ojos y se puso delante de él, mirándole directamente.

– Escúchame amigo, sabes de sobra que no voy a poder dejarte salir de aquí, pero si me prometes que no harás ninguna locura te aseguro que le enviaré personalmente un mensaje a tu mujer, con un objeto que tu quieras que le dé.

Todos se quedaron pasmados. Era algo que no había pasado nunca. Un asesino nunca había hablado con su presa antes de matarlo. Todos continuaron callados, observando la escena.

Cuando Icarean miró a su padre por un segundo, él la estaba mirando con una gran sonrisa y asintió, orgulloso.

– Por favor, dile… dile que siempre la he amado, y que cuando llegue a las tierras de los dioses la esperaré.- Contestó él, incluso contento.- Dile que lo siento y dale esto.

No se acordaba que aún tenía las manos atadas e hizo un gesto muy curioso para intentar coger algo que tenía en un bolsillo. Icarean se dio cuenta y le desató las muñecas, ante la sorpresa de todos los testigos de tal espectáculo. El hombre sacó de su bolsillo un pequeño anillo envuelto en un fardo de ropa de arpillera, que se había arrancado el día que llegó a la cárcel. Al parecer, le dijo a los guardias que era un objeto religioso, y aunque estuviera en la cárcel, nadie le iba a quitar el derecho a rezar.

– Permíteme.- Icarean cogió el anillo y lo guardó con recelo.- Y ahora, si me permites…

Ella cogió su daga y se la puso en el cuello al hombre, que la miró y con una sonrisa le dijo:

– Muchas gracias.

Sin decir nada más Icarean le pasó la daga de lado a lado del cuello, haciendo que la sangre empezara a brotar por la herida rápidamente. La joven cogió al hombre y lo acompañó hasta el suelo, tumbándolo cuidadosamente, sin estruendos.

Un estruendo se produjo en la sala, cuando todos los que ahí estaban reunidos empezaron a comentar lo que Icarean había hecho.

– Menuda gilipollez, ha sido una pérdida de tiempo.

– Ha conseguido que el muerto le diera las gracias antes de matarle, impresionante.

– No hay que dejarle estos trabajos a una mujer, que los llenan de sensiblería.

– Ha sido asombroso.

– Un trabajo perfecto.

Los comentarios iban y venían en todas direcciones hasta que el maestro de ceremonias, alguien vinculado a la hermandad pero sin formar parte de ella directamente, hizo callar a todo el mundo.

– ¡Silencio he dicho!- Gritó, y esperó a que todos estuvieran en silencio.- Bersi, Grunnsteinn e Icarean han demostrado ser dignos de pertenecer a nuestro pequeño grupo. Como bien sabéis, sólo uno de ellos podrá ingresar, así que… votemos.

Todos colocaron el nombre de su elección en un trozo de papel que dieron, uno a uno, al maestro de ceremonias para que realizara el recuento; al cabo de unos minutos, el anciano volvió a hacerlos callar a todos.

– Habiendo terminado el recuento, debo informar de que se ha producido un empate.-Los murmullos inundaron el gran salón. Tuvo que alzar la voz para ser oído.- Icarean, seis votos; Bersi, dos votos; Grunnsteinn, seis votos.

Icarean i Grunnstein se miraron, sin saber qué iba a pasar. Bersi, empezó a temblar de miedo suponiendo lo que le ocurriría; una flecha salió disparada desde el arco de Ulf, que fue quien lo había traído, dándole en el corazón.

El maestro continuó hablando.

– Habiendo eliminado cualquier otro impedimento, continuaremos con la ceremonia.- hizo una pequeña pausa.- Las reglas escritas en el libro de ónice son claras: si al intentar ingresar a la hermandad hay un empate, se decidirá el ganador mediante una sola prueba… combate a muerte.

Continuará…

Anuncios

¡Nos encantaría que comentaras tus impresiones sobre el relato!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s