Ante el espejo su mirada se perdía en los pequeños detalles sin importancia. Esos que, sin embargo, se toman demasiado en cuenta cuando no se sabe reaccionar ante una situación. Ahora la cuestión era la camiseta; el color, diseño e incluso, el propio hecho de ser camiseta eran cuestionados y puestos a prueba. Implacable, su mente, ejercía el interrogatorio; ¿Qué pensaría si se presentaba allí con una camiseta de un marrón claro?, ¿Era adecuada la impresión simplista de un úrsido en el centro?, ¿Qué revelaba de él todo aquello?, ¿Dónde le situaba en cuanto a gustos, forma de vida que seguía o bien grado de madurez? Quizá desvelaba su ideología ética y política, la educación recibida, la clase social a la que pertenecía u otros factores que, en realidad, eran totalmente imperceptibles en su simple y burda camiseta comprada en el asteroide Galamos IV. Lo que realmente subyacía en esa escena, no era más que una tierna expresión de ansiedad. El fiel reflejo del nerviosismo ante lo desconocido e impredecible. Una clara y secreta muestra de debilidad hacia una chica que lograba despertar curiosos vaivenes en el estómago de Thomas Mills. Nada distinto a lo que ha pasado durante eones en toda la humanidad y la ha llevado a elaborar los complejos y fútiles rituales previos a una primera cita.

Trabajador indefinido e insustancial, atado a una cuidad monotonía gris. Thomas, necesitaba de algo o alguien que alterase su inercia vital. Su actitud prolongadamente expectante, ante la mayoría de hechos de la vida, lo había sumido en una larga espera y un letargo emocional que rallaban ya lo insoportable. De ello, en parte, se explicaba su ansiedad ante la elección de la camiseta, así como el cuidado de otros innecesarios detalles previos al encuentro. La otra parte de la culpa se recababa en una chica llamada Elandra Hal. De temperamento tranquilo y paciente, alegre y lo suficientemente amable como para dar más de una oportunidad a todo el mundo, Elandra, había irrumpido de mera casualidad en la vida y el corazón del joven Thomas. Sus inquietantes ojos oscuros, tan penetrantes, tan abiertos y vivos, lo habían conquistado ya desde el primer momento. De hecho, siempre que su memoria la evocaba, usaba la misma imagen; ella se encontraba sentada ante una mesa de claro cristal, el largo cabello caoba oscuro le caía elegantemente por encima de los hombros, su piel tenía un tono claro de porcelana y en su postura mostraba la tendencia hacia los delicados y sensuales gestos puntillistas y hacia una naturalidad vital. Un sencillo vestido blanco y su sonrisa desintencionada eran los únicos y necesarios adornos en aquella imagen que le mantenía en continuas ensoñaciones.

Lo cierto era que varias semanas de largas e irremediables conversaciones holográficas, debido a las distancias interplanetarias que les separaban, habían terminado por enamorarlos el uno del otro. Aquellos diálogos se alargaban hasta altas horas de la noche y los llenaban de momentos en que compartir secretos, intimidades, verdades y preocupaciones. Se animaban a soñar el uno al otro y el uno con el otro, pero sobre todo, aprendieron a vivir mejor a base de compartir su dispersa cotidianidad y reírse de ella. A pesar de todas las evidencias que pudieran haberse revelado en esas largas charlas, aún eran insuficientes para Thomas, que seguía sin comprender que el deseo del uno por el otro era ya una mutualidad. Así pues, cuando por fin con cierto temblor en la voz se atrevió a lanzarle la propuesta de verse y ella contestó, suave y tierna, “me encantaría Tom”, éste no cabía en sí mismo de alegría y sorpresa. Casi como un autómata, Thomas empezó a desprender los detalles de su idea de encuentro, por los cuales Elandra se dejó llevar sin objeciones, encantada y con una viva sonrisa que se proyectaba en el hológrafo a través de años luz de distancia. Lo hizo de tal modo que la perfecta situación no pudo romperse en modo alguno y durante los segundos posteriores a que el holograma de Elandra se desvaneciera, Thomas fue, objetivamente, el hombre más feliz a aquel lado de la galaxia.

Marade era un planeta famoso por su apacible clima, sus grandes parques, así como también por sus cafeterías con paredes de rustica piedra y techos de madera oscura. En esta época, sus bosques y caminos gozaban de lucir tonos ocres y de llenar el aire con olor a hojas caídas. Características que, además, encajaban en la definición de “romántico” de Thomas. Marade también era un planeta a medio camino entre él y Elandra. El viaje había constado de cincuenta y ocho minutos y un par de saltos estelares, cosa que le había comportado un retraso de veinte minutos sobre lo estimado. El piloto de la nave de transporte, obcecado con temas que le eran de mayor importancia que efectuar una adecuada lectura de las cartas de navegación, les había llevado en su primer salto demasiado cerca del campo gravitacional de un sol. Por ello estuvieron perdiendo el tiempo para poderse desprender de su influencia y efectuar finalmente un segundo salto, esta vez sí ante la órbita de Marade. Evidentemente Elandra fue advertida de la eventualidad, no sin gran ansiedad, por el pobre Thomas que, de antemano ya había adoptado el catastrofismo en su imaginario y asumía que ese era el inicio de su cambio de suerte.

Cuando por fin llegó, atardecía ya. Las nubes se arremolinaban en una mezcla particularmente bella de colores naranjas, rosados y azules marino. Los bosques a su alrededor oscurecían románticamente llenándose de nuevas sombras y desprendían el olor a lluvia reciente. El precioso espectáculo crepuscular se podía contemplar desde la cafetería, de rústicas paredes de piedra y techo de madera oscura, en la que habían quedado. Thomas, hecho un manojo de nervios, fue sorprendido ante la imagen que se encontró. Elandra estaba hablando con alguien. Sus oscuros ojos, fijos en su locutor, brillaban y toda ella parecía a punto de romperse en modo alguno. Cuando Elandra vio a Thomas a través del cristal, saludándola, empezó a llorar, su cara enrojeció en una sufrida mueca y las lágrimas se precipitaron vivamente por sus mejillas. Aguantó unos segundos la imagen de Thomas saludándola y vio nacer la preocupación en su rostro hasta que esa situación se le hizo al fin demasiado insoportable. Se levantó bruscamente, corriendo hacia la puerta, tintineó la campanilla que anunciaba la entrada y salida de los clientes y, sin cruzar una palabra con Thomas, cuyo desconcierto le desbordaba hasta la inacción, se marchó sollozando ahogadamente.

El extraño con el que hablaba Elandra se giró también para contemplar la escena primero y luego a Thomas. Sus miradas se encontraron y así fue como Thomas se vio a sí mismo, algo cambiado, claro. Algo más taciturno, oscuro, demacrado y viejo, pero indudablemente, él era esa persona que estaba sentado en la mesa y que hacía un instante hablaba con Elandra. Ese Thomas Mills era como un fiel reflejo de sí mismo, pero en un espejo mal ajustado, que distorsiona las emociones y el tiempo de aquel que se proyecta en él. El Thomas Mills que estaba dentro de la cafetería salió con inusitada calma, tintineo una vez más la campanilla de la puerta y se plantó ante el Thomas Mills de fuera la cafetería. Su mente justo estaba intentando empezar a encajar las piezas de todo aquello cuando sin saludar y con un aire eminentemente patético le dijo:

– No sabéis el daño que os ibais a hacer el uno al otro, tu vida se habría arruinado. Tenía que evitar que se repitiera para ti.

Thomas escuchaba a Thomas, pero solo pudo articular un “¿Cómo?”

– Ibas a quedar destrozado, tu vida, después de ella, no volvería a ser la misma. Aún hoy, después de tantos años, no he sido capaz de superarlo. Tenía que evitar que te pasara aunque para mí ya esté todo perdido.

Con cada palabra parecía entristecer un poco más que antes y tan siquiera era capaz de mirarse a los ojos mientras decía todo aquello. Hubo un pequeño silencio, recogió un poco de ánimo y insistió otra vez:

– Siento que haya sido así, le he contado todo lo que os… bueno, nos iba a pasar… era la única manera de lograr que no llegará más allá… de que terminara aquí, si lo hubiera hecho más tarde hubiera sido peor para ti y para ella.

El Thomas Mills, ya no tan desconcertado, hubiera podido preguntar qué fue lo que le dijo a Elandra, en esos veintitrés minutos y cuarenta y dos segundos que habían hablado. Podría haber indagado, también, cuál habría sido su futuro con aquella chica o cuál hubiera sido el suceso que hubiera destrozado su vida tan irremediablemente. Sin embargo, su curso de pensamiento era otro. El Thomas Mills ya no tan desconcertado, pensaba (y era cierto) que la tecnología que permitía los viajes en el tiempo debía ser tan cara de usar en el futuro como lo eran ahora, además, también debía ser igualmente cierto que solo podían hacerse saltos hacia atrás en el tiempo o que su duración estaba limitada a como mucho unas pocas horas de duración. Pero sobre todo, y ahí se centró realmente el pensar de Thomas, tenía que ser igualmente cierto, que no podían alterar la línea temporal de la que se procede. Los viajes en el tiempo, solo servían para crear una realidad restringida a un pasado que a partir de ese momento se separaba en una nueva línea temporal aislada e independiente de aquella de la que uno pudiera proceder. Una realidad de la que uno no podía más que la satisfacción de haberla producido. Pues, una vez se volvía a su línea temporal, todo seguía tal cual estaba antes. De esta forma resultaba que cada línea temporal sólo podía ser consecuente a los hechos que ya se habían producido y no a las nuevas alteraciones logradas por medio del viaje en el tiempo.

Así pues, de todas las preguntas que podría haber efectuado el ahora airado Thomas Mills, no hizo ninguna. En su lugar, pensó en el hecho de que, en un futuro, él mismo hubiera decidido volver atrás en el tiempo para evitar el curso de un destino que le hubiera llevado a tener una relación de auténtico amor con Elandra. Quizás la única relación de auténtico amor de su vida. Haciéndolo, además, de forma asquerosamente gratuita, ya que, cuando volviera al cabo de unas horas a su tiempo, seguiría siendo igual de miserable a como lo fuera antes de iniciar su viaje. Solo una cosa había cambiado y era su realidad, una realidad que le había sido negada sin preguntarle. Por ello, el airado y ya desbordado Thomas Mills, optó por pegarse un puñetazo a sí mismo, o sea, al Thomas del futuro. Y tal fue el puñetazo y tan inesperado, ya que, de hecho, era el primer puñetazo que daba en su vida Thomas Mills (tanto el del futuro como del presente) que lo mandó directo al suelo. Dejó así al Thomas del futuro sangrando por la nariz rota y mareado, al borde de la inconsciencia. Aturdido y en el suelo apenas pudo ver o comprender que el Thomas del presente había salido corriendo tras de Elandra, desesperado.

Después de meses de insistentes llamadas a Elandra, de desesperadas esperas a su puerta y de casi persecuciones para poder hablar con ella, Thomas, no pudo más que aceptar su derrota. Se rindió ante la posibilidad de recuperar a la que ya creía la chica de su vida y que se negaba a dirigirle una sola palabra desde la fatídica tarde. Fue entonces cuando cegado y sin poder ver otra salida decidió férreamente que haría un viaje en el tiempo. Tardaría años en ahorrar la ingente cantidad de dinero. Pero se prometió con gran determinación que iría hasta su pasado y allí se pararía a él mismo, no permitiendo que se produjera la conversación con Elandra, salvando así el destino de su primera cita. Dependería, entonces, de ese otro Thomas, de esa otra línea temporal, al que sí se le permitirá el romance con Elandra, volver a determinar si tiene que volver a hacer él también un viaje en el tiempo para detener, otra vez, el plan del presente Thomas y no permitir que se conocieran. Evitando así que se produjera ese desastre que solo el destino de su primera cita desataba inexorable sobre ellos.

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2 comentarios en “Primera cita

    • Muchas gracias por la lectura y compartir tu opinión. La verdad es que como dices, ante un tema sobre el que se han creado tantos y tan complejos argumentos, tome la decisión de adoptar la filosofía de “menos es más”. Incluso las propias leyes que he adoptado para los viajes en el tiempo en este relato son bastante simples, de forma que solo pudieran dar lugar a la gran paradoja final. Igual esto ha hecho que quede muy simplista. Lo cierto es que al idearla me di cuenta que prácticamente no hay acción y que gran parte del relato sería una mera puesta en escena que seguiría una marcada linealidad.

      Nació prácticamente como un reto personal, quería probar si era capaz de crear un relato simple, descriptivo, cotidiano incluso y que fuera igualmente interesante.

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