Me despierto. Todo está borroso, y me duele horrorosamente la cabeza. Es de noche y sólo la luz de una farola se filtra desde el exterior. Estoy en una butaca, posiblemente me haya quedado dormido. Junto a mí, hay una mesita, con un vaso de Whisky, sin hielo y pastillas desparramadas por la superficie de madera. Me viene el regusto a la boca y tomo un sorbo, está ligeramente aguado, alguien puso hielo en su momento a la bebida.

 

Miro a mi alrededor, el polvo, iluminado por la luz fantasmal, flota por la habitación. Libros a medio quemar y papeles se amontonan en una chimenea. Hace frío y busco unas cerillas, pero no encuentro nada, sólo envoltorios vacíos. Decido levantarme. Todo me da vueltas. Tropiezo con algo y me apoyo en la repisa de la chimenea para no caer. Es una botella de licor vacía.

Esquivo la botella y diversos restos que hay por el suelo: trastos, envoltorios… y acabo llegando a la puerta. Está en pésimas condiciones, parece que la hayan golpeado y hayan lanzado cosas contra ella. Antes de abrirla, tomo un poco de aire; con los pocos pasos que he hecho, estoy agotado.

Pongo la mano en el picaporte y tiro hacia mí. Las bisagras graznan y se escucha algún movimiento más allá pero, cuando la puerta se abre finalmente, no veo a nadie. Sólo está el pasillo del piso. Un pasillo alargado con más restos por el suelo. Apenas entra la luz por una ventana que se encuentra en la mitad del pasillo. No acabo de ver donde acaba. Sin embargo, hay un olor que me resulta familiar, pero no sé de qué.

Por más que lo intento, no consigo recordar nada. Me vienen algunas imágenes del pasado, una sonrisa, una mujer, una vida. Pero no retengo nada en mi cabeza. No llevo tampoco nada encima. Salgo al pasillo. Hacia mi derecha parece haber otra habitación, pero decido tirar recto, pasillo abajo. Pero algo me dice que debo tirar por ahí.

Avanzo con una mano en la pared, veo con dificultad. El polvo se ha ido acumulando y noto como se deposita suavemente sobre el suelo. El tacto helado del muro me provoca un escalofrío. Llego hasta la ventana. Desde allí se ve un pequeño patio interior con un árbol sin hojas iluminado por la luna. Todos los pisos que se ven desde aquí parecen abandonados, sin usar desde hace mucho tiempo. Algo me llama la atención, mi reflejo en la ventana.

Levanto poco a poco la mano para tocarme la cara. Noto como mis dedos fríos recorren las arrugas de mi rostro. Huelo el olor intenso del polvo en las yemas de mis dedos y me paso la otra palma por la cabeza. Apenas tengo pelo. No sé por qué, pero me siento muy triste. Una lágrima se me cae al suelo, resonando contra el suelo.

Escucho un fuerte ruido, cómo el de un salto. Me sobresalta. Me quedo quieto, sin moverme. Las nubes cubren la luna y no consigo ver nada. Se ve un leve reflejo de luz en el cristal. La respiración se me acelera y escucho el latir de mi corazón. Detrás, unos papeles salen volando y me doy la vuelta agitado, con las manos extendidas.

Veo tenuemente ahora. Vislumbro una maleta maltrecha arrimada contra la pared. Miro hacia atrás y me aproximo, cuidadosamente. Me agacho y pongo ambas manos sobre los pulsadores. La maleta se abre con el chirriar del metal oxidado. Está maltrecha y parece tener alguna mancha de tonalidad granate.

Dentro de ella encuentro ropa. La saco, tirándola. En el fondo, hay fotos y pequeños objetos. Una cuchilla de afeitar oxidada, medicación, una jeringuilla, la caja de un perfume, un paquete de cigarros… cojo una foto, pero a penas veo nada y busco en el paquete de tabaco alguna cerilla. No hay cigarros pero, por suerte, encuentro una cajetilla de cerillas. Sólo hay unas pocas. Enciendo una y me dispongo a mirar, agachado, las fotos.

Escucho un ruido a mi derecha, pero no encuentro nada cuando miro con la luz de la cerilla. Cojo una foto. Parece antigua. En ella aparece una pareja, los dos sonrientes. Un hombre y una mujer, en juventud. Me quedo mirándola, me resulta familiar. Cuando intento recordar, me duele la cabeza y veo todo un poco borroso. Se apaga la cerilla. Enciendo otra, veo que hay más fotos y las repaso.

Son fotos en blanco y negro. Hay gente joven, gente mayor, todos sonrientes. Luego veo otras. Fotos más recientes, en color. En algunas aparece una pareja. Otras están rotas, falta gente. Se me apaga la cerilla. Escucho un sonido entre una respiración y un silbido, siento miedo y, me quedo inmóvil. Lentamente, cojo la última cerilla y la enciendo. Me giro despacio.

No hay nada, hay una ventana. Me dirijo a la ventana y, cuando llego, me miro en ella. Veo bien el reflejo de una cara en ella. Es la mía. Veo las arrugas que lo surcan y la falta de pelo. Mis uñas… parecen estar raras, no sé en qué… Pero de repente, me quemo los dedos y la agito. Una cerilla cae al suelo. Noto la cajetilla en la otra mano e introduzco los dedos para coger una cerilla pero no queda ninguna, tiro la caja al suelo.

Avanzo por el pasillo, con envoltorios tirados por el suelo. Apoyo la mano en la pared y voy mirando al suelo, para no resbalar y caer. Veo una jeringuilla. Huelo algo en el aire que me suena familiar, pero no sé que es. Miro al frente y veo una puerta entre abierta. Parece que el aroma viene de ahí. El corazón se me acelera, me cuesta tomar aliento. Algo parece no ir bien.

Dudo de si abrir la puerta o no hacerlo. Pero el olor me hace abrir la puerta finalmente. La habitación está muy oscura, ya que tiene las persianas cerradas. Parece ser un dormitorio, ya que al fondo se distingue la forma de una gran cama. Estoy muy cansado. Tal vez me vendría bien dormir.

Palpo con los pies, el suelo parece enmoquetado. El polvo se levanta a cado paso que doy, inundándolo todo. Tropiezo con una mesilla y algo se mueve en ella. Tanteo con las manos y noto que es algún tipo de jarrón con flores. Las toca, se rompen a mi tacto, están marchitas. Cojo una de ellas y la huelo, no es el olor que busco. Me siento en la cama. Viene de aquí. Parece la fragancia de un perfume. Un perfume floral.

Me dispongo a descalzarme, pero no llevo zapatos. Hay unos justo delante mío. Me los pruebo, para ver si son de mi número. Lo son. Son cómodos. Parecen ser de piel y confortables. Apoyo la mano en mi derecha, y noto una almohada. Una almohada muy cómoda. Me recuesto. Huele a humedad, pero esta cama realmente es muy cómoda, me gusta.

Por alguna razón, no acabo de estar cómodo. Falta algo. Me revuelvo en la cama, inquieto. Toco algo con la mano. Algo pequeño y frío, como si fuera un vaso. Lo palpo y reconozco lo que realmente es. Es un perfume y lo vaporizo en el aire. Los sentimientos me empiezan a embargar. La añoranza, la pérdida, la soledad, la tristeza… Una vez alguien usó este perfume, alguien del pasado. ¿Cuándo se fue? No lo sé. Ya no está y nada tiene sentido.

Dejo caer el perfume en la cama y queda oculto, en las sombras y me dirijo pasillo abajo, alejándome de la pena, del dolor. Llego a un cuarto oscuro y sólo la luz de una farola se filtra desde el exterior. Hay una butaca y junto a ella hay una mesita, con un vaso de Whisky, sin hielo. Veo una foto en color en el suelo. La cojo. Hay dos personas mayores en ella. La rompo en dos y la arrojo a la chimenea. Me siento en la butaca y tomo un trago del vaso. A mi izquierda veo unos cuantos medicamentos y me pregunto, ¿Cuantos harían falta para matarme?

El Alzheimer borra la memoria, no los sentimientos” Pasqual Maragall.

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Un comentario en “En la espiral del olvido

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