Sentado y desde la esquina del parque, Joshua observaba fascinado, cómo un niño aplastaba con su mano un caracol. Aunque ese pueda resultar un gesto insignificante, Joshua sabía que el niño no lo hacía con desconocimiento, no lo hacía para descubrir o por inconsciencia; era plenamente capaz de saber que eso no estaba bien, sabía que era un ser vivo, sabía que no debía de haberlo hecho; pero su justificación era el propio hecho de haberlo realizado, su justificación era la capacidad de poder hacerlo. Esa reacción pérfida hacia la vida misma, fue lo que extasió a Joshua desde su silla plegable.

La meticulosidad de Joshua, le obligaba a nunca salir de su casa sin su silla plegable de pescador. No le gustaba pescar, no al menos de la misma manera que la mayoría de gente pensaba que se pescaba. No tenía muchos hobbies conocidos o que definieran significativamente su vida, tan solo viajar y pasear por las calles. Los días de trabajo solía salir temprano de casa para poder deambular tranquilamente por la calle. Los días festivos en cambio, solía dedicarlos a viajar a algún país o estado lejano, o a realizar largos paseos por su ciudad natal. Lo que Joshua encontraba tan interesante en esos paseos o viajes, que ocupara todo su tiempo libre, era observar la simple cotidianidad de las personas y con ello, los pequeños cambios imperceptibles en su alma y en su manera de ver el mundo, ante situaciones que hacían dudar su ética. Pues Joshua podía distinguir cuando una persona realizaba una acción malvada o que les comportara una confrontación de sentimientos.

Normalmente veía a las personas como las veríamos nosotros mismos. Pero en el instante en que a esa persona en su mente se le planteaba un dilema o directamente realizaba una maldad, Joshua podía ver como esa persona se volvía ligeramente translúcida y en el momento en que el acto se había realizado, un líquido negruzco aparecía, llenándolo por dentro. Por eso no le sorprendía ver en la televisión a según qué personajes mediáticos o importantes, llenos hasta la frente de ese líquido negruzco al decir lo que según ellos eran verdades.

Con el tiempo y la observación, Joshua había atribuido a ese líquido negro, el valor de una especie de contador de maldades. A cuántas más realizadas, más difícil de llenar le resultaba a la persona. Consideraba pues, que si existía un cielo o un infierno, quien estuviera hasta las cejas de ese alquitrán lo tendría bastante difícil, para defender su alma ante quien fuera el juez de su alma. A Joshua, el trabajar en un banco le había brindado las más continuas roturas éticas que pocos trabajos le pudieran ofrecer. Pero el ver banqueros hasta las cejas de masa oscura al mentir a unos pobres inocentes sobre las cualidades de un préstamo abusivo, ya no le resultaba estimulante. Por eso su mirada se acabó centrando en el hombre de a pie, llegando a considerarse a sí mismo como un observador de esos momentos de dudas del ciudadano, un sibarita de duces mentiras y engaños, un espectador del teatro de máscaras humano.

Aunque todo esto le divertía de sobremanera, lo que de verdad Joshua ansiaba, lo que le deleitaba era encontrar “el momento”, la primera vez en un ser humano que le abordaba la duda y decidía abrazar la maldad. Joshua podía disfrutar varias veces de ese momento, en el que la alma translúcida dudaba en hacer un paso hacia la corrupción o la preservación de sus convicciones. Las situaciones podían ser muy variopintas, desde un niño que da su primer puñetazo a otro para quedarse con su juguete, hasta quedarse o devolver una cartera repleta de dinero, pasando por fugarse o socorrer una víctima a la que uno mismo había atropellado.

A lo largo de su vida y sus viajes, había visto las más crueles maldades desde una distancia prudencial. Había observado maltratos, injusticias y abusos de todos los tipos. Y había disfrutado cada uno de ellos. La morbosidad de la corruptibilidad humana era su mayor placer, un acérrimo espectador del propio sadismo de la humanidad.

Pero hubo un día en que Joshua dudó y la preocupación lo asaltó. Ese día estaba mirándose en el espejo y se preguntó abatido si no había llegado el momento de parar, ese día pensó por un momento que quizás esa no era una manera de enfocar su vida. Después de pensarlo cabizbajo y con las manos apoyadas en la pica, una sonrisa burlona asomó en su rostro. Y mientras se miraba fijamente en el espejo, como para acabar de convencerse a sí mismo, se dijo “¿Para qué dejarlo? Si la maldad sólo está allí fuera para que yo la disfrute”. Y en el preciso instante en que acababa de recitar esas palabras, el espejo le devolvió su propia figura translúcida y con la negrura cubriéndole buena parte de la cara.

Esa visión lo horrorizó y empezó a plantearse varias cosas que hasta aquel entonces no había pensado. Recapacitó y recordó como siempre se había comportado respetuosamente, había sido ejemplar en su trabajo y en el trato hacia los demás. Aún así la negrura ocupaba casi todo su ser y le amenazaba con arrebatar la posible salvación de su alma. Debatió consigo mismo y por fin lo comprendió. No eran sus acciones lo que le había tornado un ser malvado, sino la misma inacción. La inacción ante la corrupción de los demás. Él, a diferencia del ser humano que es parcialmente consciente de sus errores, pero no los tiene en cuenta, Joshua sabía lo fácil que era traspasar la línea del bien y del mal, y era capaz de ver el residuo que dejaba eso en el alma, por ello su castigo era mayor. Si quisiera rebajar la negrura de su alma antes de morir, debería dedicar el resto de su vida a ayudar a los demás a salvarse de sus propios fantasmas. Pues no hay nada peor a la maldad de los hombres malos, que la propia indiferencia de los hombres buenos.

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