Ella: rubia de tinte, esbelta, metro 70 u 80, ojos claros, la personificación de la supermujer. Él: trajeado, maletín de cuero a juego, moreno y asiduo a las pesas. Los dos parecían salidos de un anuncio de yogures, y lucían un bronceado nada común en pleno mes de febrero. Sólo por desidia, Alejandra dejó de prestar atención a lo que veía para empezar a prestar atención a lo que se decía.

-¿Y qué nombre le pondrías?

-No sé, eso no importa, mientras elijamos el modelo B-O24.bgc…Con suplemento inmunitario A. Lo demás son cosillas sin importancia para mí, cariño.

-Pero el nombre… ¡El nombre tiene que ir a juego con muchas cosas, amor! Tiene que coincidir con sus ojos, con su pelo, con la personalidad que elijamos para él o ella…

-¿Él o ella? Pensaba que eso ya había quedado claro.

En ese punto Alejandra desconectó. Muy a su pesar, sabía perfectamente de lo que estaban hablando. En un gesto involuntario, de puro nerviosismo, se ciñó más fuertemente la chaqueta al tallo y les miró furtivamente, temiendo que en cualquier momento se percataran de su presencia. Y no sólo de su presencia, sino de su diferencia.

El viento arreciaba y se llevaba por delante hojas, papeles arrugados, abrigos y cabellos por igual. Sólo los más consumados de entre los fumadores seguían ocupando las terrazas. Ellos y, a cierta distancia ella, Alejandra. Alejandra con su café.

Partiendo del primer bloque, uno podía elegir la personalidad que más gustara para su futuro bebé en base al modelo OCEAN de los 5 factores de personalidad; proseguir en el segundo bloque con la elección de la inteligencia dominante entre las 8 más renombradas (lógico-matemática era la que se estaba vendiendo mejor) y, finalmente, rematar la creación  en el tercer bloque, con los rasgos más deseables en rostro (posición de los pómulos, anchura del tabique nasal, de la frente, presencia o ausencia de pecas…), cabellos (color, forma, brillos…), ojos (entre formas almendrada o  rasgada, además de la extensa gama de pigmentos disponible y de su distribución en el iris), constitución y tono de piel (a elegir entre los modelos caucásico, afroamericano y asiático). La gran novedad de los últimos años había sido el bloque 4: suplementos inmunitarios. Superando el precio estándar, y siempre en función de la inversión que los futuros padres estaban dispuestos a hacer por su retoño, se podía llegar a crear un producto “superhumano” (o así es como no se cansaban de llamarlo los publicistas, amparados en el millar de variaciones del mismo anuncio de Transgenics Corporation Inc). Desde inmunidad a las “top ten”, los grupos de enfermedades primera causa de morbilidad y muerte como las enfermedades vasculares o las del sistema nervioso, hasta protección contra enfermedades raras como el Síndrome de Prader Willi o el X frágil.

La cháchara de la pareja de la mesa contigua proseguía con las mismas banalidades de siempre, ahora con un nuevo formato y con alas más grandes para hacer volar la imaginación paternal. Pero la imaginación de Alejandra en nada se diferenciaba de la de aquella pareja, excepto quizá en el hecho de que ella era una Notec. Quizá -pensó- la última Notec auténtica sobre la capa de la Tierra.

Observó, ensimismada, la incipiente curva en su bajo vientre. Aún apenas apreciable por nadie, había sido  un vuelco del mundo para ella. Al principio, siglos atrás a su parecer, diversos ginecólogos le habían dicho que sus óvulos eran “vagos”, que “no estaban en forma” y que “debería esforzarse mucho” para quedar embarazada, mucho más de lo esperado en mujeres de su edad. Ella no era lo que esperaban: eso se lo habían dejado claro. Aunque en esa época aún no sabía si eso era bueno o malo. Aún era demasiado niña para comprender.

Años más tarde, con los grandes adelantos en inseminación asistida, tras dejar que otros varios ginecólogos palparan sus paredes vaginales con insistencia, hicieran muchas y malintencionadas observaciones sobre la calidad y estado de su suelo pélvico, se llevaran trozos de su carne para biopsias y trozos de sí misma cada vez que el palito seguía diciendo “no”…Un día, por fin, dijo “sí”. Pero no fue gracias a los milagros de la inseminación asistida (terminantemente prohibida por ley tras la terrible década “de la escasez” entre 2030 y 2040), ni gracias a ningún doctor.

Fue gracias a él. El donante anónimo. El ser desesperado (tan desesperado como ella misma) que encontró un día bajo las vías del tren. Hablaron brevemente, como si de un encuentro casual con un antiguo amigo se tratara. Y él la siguió hasta su casa. Eran muy conscientes de la solemnidad del momento. Iban a cometer un delito, y serían las últimas personas de la Tierra en cometerlo: el último acto de amor.

Recordaba como si fuera ayer (¿o quizá fue ayer?) las lágrimas que goteaban mejilla abajo por la cara de su madre cuando se lo anunció. Lágrimas con un color tan distinto a las suyas… Aquella sabia mujer que le había dado la vida, era demasiado consciente de lo que iba a ocurrirle a su hijita como para no derramar lágrimas amargas. Aunque fuera un momento tan feliz. Aunque fuera el momento más feliz de su vida.

Luego vinieron los descubrimientos, las preguntas, los focos y las cámaras. ¿Cómo había ocurrido? ¿Conocía al donante? ¿Qué loca ocurrencia la había llevado a aquello? También llegaron los insultos, y la increparon: ¿Cómo podía ser tan irresponsable como para llevar un bebé Notec al mundo? ¿No veía los peligros en la falta absoluta de control sobre el material genético no intervenido? Reminiscencias de las grandes hambrunas, las grandes guerras y las grandes catástrofes de pasados siglos acudieron a las despiertas mentes de todo periodista, entrevistador y presentador de televisión con quien se topaba. La Tierra estaba maltrecha, moribunda. Apenas quedaba espacio para la escandalosa cifra de más de 8000 millones de seres humanos que se alcanzó en 2050. Ante el tiempo apremiante, ante la enorme escasez, ella era el chivo expiatorio. Ella, la gran culpable.

-Alejandra, sus actos representan una oposición frontal a la “Ley Reguladora del Trayecto Vital”, de reciente aprobación en el Senado, o LERTVE como todos la conocemos. ¿Se ha planteado usted que puede acabar en prisión por tales actos?

-No. –Recordaba haber contestado. –Yo sólo pienso en mi bebé. Lo demás carece de importancia.

Las caras angustiadas y el asombro entre los espectadores, que la condenaban y luego sentían lástima por ella, pero volvían a condenarla sin dudar en unos minutos, tras la siguiente pausa publicitaria.

Esos mismos, y muchos millares más fueron los que vieron la retransmisión en directo de su agonía bañada en mares de oxitocina. En directo para todas las telepantallas y telehologramas del mundo: un programa subvencionado por el gobierno mundial. No querían que nadie se perdiera ni el más mínimo detalle del espectáculo. La última mujer que paría con sangre, dolor y el sudor de su frente. La última Eva, como la primera, pura y llena de gracia como la Virgen, terrenal y llena de sufrimiento como Magdalena.

Náuseas y vómito entre los espectadores al ver toda esa sangre, mucosas y dolor. Y ira, mucha ira. Toda la ira canalizada hacia la última de su especie. Y después de todo ese dolor: nada. Un largo y delicioso minuto de nada. Hasta que se le presentó delante un bulto envuelto en toallas calientes esterilizadas. Una diminuta extremidad rosácea manoteando al aire, y una densa mata de pelo negro, fino y sedoso, alrededor de una cabecita abultada, con una carita congelada en esa mueca de rabia y desamparo absoluto propia de aquellos a quienes sacan del cielo para empezar a vivir.

Y después: la traición. La traición de una humanidad entera. ¡Le arrebataron a su bebé! ¡Le arrebataron a Esther! Y todo, sus lágrimas de absoluta desesperación al arrebatársele lo único, lo inigualable, el buscar un por qué a tanta crueldad, un por qué a tanta guerra, un vagar eternamente en el no ser… Todo fue grabado impunemente, visto y archivado en las redes. Nadie se lo perdió. Todos fueron cómplices de su muerte. Todos fueron cómplices del fracaso del último gran acto de amor.

Alejandra –le decían. –Alejandra: sé. Alejandra: vive. Alejandra: no llores. Otros llegaran para llenar este vacío. Sólo tienes que secarte las lágrimas y mirar este lote de productos que te regala Transgenics Corp. Inc. por tu inestimable colaboración.

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3 comentarios en “Alejandra

  1. Te he redescubierto en este relato. Muestras una genial capacidad de crear un discurso frió y factual, a la vez que un uso muy inteligente de los recursos y símbolos a los que recurres para dotar de profundidad y significado cada pequeño hecho y detalle. Todo ello me ha puesto totalmente en el contexto y de hecho lo ha dotado de potentes emociones. En resumen, para mí, un fantástico relato, sobre un tema inmenso y complejo para tratar.

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