-Recuerda chiquilla.-La vieja le cogió de la barbilla y se la levantó.- Eres una señorita, harás lo que te pidan y sólo lo que te pidan.

-Sí, madre.- Contestó la pequeña.

-¿Recuerdas todas tus canciones y tus bailes?

-Sí, madre.- No la miraba.

-Espalda recta y barbilla alzada, como las verdaderas damas.-Insistía la anciana.

-Sí, madre.- dijo sumisa

-Adelante.

La mujer se quedó atrás. La niña se encontró a solas en medio del pasillo, caminando lentamente. El pasillo estaba vacío y era impoluto. Las paredes, blancas, formaban un arco al llegar a la zona del techo. A la izquierda, la pared era totalmente lisa de arriba a abajo, sin ni siquiera un cuadro; a la derecha se encontraba una sucesión de cristaleras pintadas de colores, lo que hacía que la estancia pareciera decorada por un arco-iris.

Eso a ella no le importaba. Vivía en esa mansión, pero nunca había podido entrar en aquella ala de la casa… y si la habían traído, era que ya no viviría allí nunca más, y eso la inquietaba.

Sólo tenía diez años, pero muchas chicas que llevaban mucho tiempo más que ella allí, le decían que quien iba al ala este nunca volvía, así que todas sintieron celos cuando no fueron elegidas para recorrer el camino.

Siguió caminando lentamente hacia la puerta de roble, con las manos entrelazadas en la espalda y sin levantar la cabeza. Tenía un cosquilleo extraño en la tripa que nunca antes había sentido y le temblaban ligeramente las rodillas… pero había sido entrenada, y no dejaría que nada la interrumpiera.

Al llegar a la puerta ésta se abrió sin necesidad de que la pequeña llamara; tras ella, un mayordomo que no había visto antes, la esperaba mientras le ofrecía pasar hacia adentro con su mano derecha, envuelta en un guante de cuero.

Nada más entrar el mayordomo cerró la puerta y la luz del interior disminuyó considerablemente al no recibir la del pasillo anterior. A la izquierda de la sala había dos chicas, vestidas con unos impolutos trajes blancos de seda de cuello alto, mirando al infinito, casi sin respirar; a la derecha había cinco sillas, todas diferentes.

Ella no entendía muchas cosas, pero al ver la diferencia de calidades entre las sillas allí colocadas podría decirse que la que había en el centro era la de la persona más importante. Parecido a un trono de madera maciza, con grandes dibujos tallados en el respaldo, tapizado de carmesí, al igual que el asiento. Las de los lados eran simples sillas de madera, pintadas expresamente para compartir el color de la silla central.

En medio de la sala, justo en frente del pequeño trono, había un taburete… tal y como le habían contado. La pequeña se sentó en ella, con las piernas juntas, la espalda recta y las manos en las rodillas… y esperó.

No recuerda cuánto tiempo estuvo allí sin moverse, pero para ella fue una eternidad. Durante ese tiempo lo único que oía era el ruido de su corazón, retumbando acelerado dentro de su pecho.

El tiempo pasó y pasó, hasta que por fin, de detrás de las cortinas situadas tras los cinco asientos, aparecieron dos mayordomos más, seguidos de cinco hombres, que se sentaron justo ante la niña.

El primero en sentarse fue el del centro, un hombre que llevaba un sombrero de cuero y terciopelo teñido de azul y decorado con esmeraldas y plata, una túnica azul oscuro, unos pantalones negros y una capa azul cielo que gracias a tantas tonalidades, hacía que la vista de cualquiera se desviara para mirarle a él, sin olvidarse de todas las joyas que llevaba colgadas y que relucían suavemente a la luz de las velas colocadas por todas partes.

-Habiéndose sentado él, todos los demás le siguieron. Entonces el mayordomo de la puerta se colocó junto a la pequeña.

-Buenos días caballeros, bienvenidos a una nueva puja.- Se inclinó con reverencia ante los cinco.- Hoy tenemos a esta preciosa pelirroja de diez años.

-Oh, que estupenda pequeñita.-Dijo el de la izquierda del todo. Un hombre delgaducho con una barba canosa y unos ojos verdes como la hierba.

-¿No es adorable?.- Comentó el que se situaba a su lado.

El mayordomo continuó hablando.

-Como casi todas nuestras chicas, es buena cocinando, cosiendo y lavando… pero mejor aún.- Sonrió.- Es una gran artista que domina el laúd y el cante, además de la danza.

Todos los clientes se asombraron ante tal afirmación… todos menos la persona del centro, él simplemente la miraba, impasible y casi sin pestañear.

-Ahora procederé a dejarle que muestre sus cualidades ante ustedes, señores.- El mayordomo le acercó a la niña la funda de su laúd, sin abrirlo.-Esperemos que les agrade.

Hizo una reverencia y se dirigió de nuevo a la puerta.

Incluso para abrir la funda de su instrumento había un protocolo; separar las manos de las rodillas, colocar el estuche sobre sus piernas colocando la mano izquierda bajo la parte del mástil y la mano derecha sobre la de la caja. Subir la mano izquierda, abrir el cierre y dejarla reposar sobre el estuche. Subir la mano derecha y abrir el cierre, levantar la mano izquierda y coger el laúd con las dos manos tal como debía coger el estuche. Bajar el laúd a su lado derecho con ambas manos y, sin hacer ningún ruido con él, dejarlo de pie apoyando las pequeñas llaves del mástil en la silla. Subir las manos, cerrar el laúd con la mano derecha, cerrar el laúd con la mano izquierda, cogerlo con las dos manos y llevarlo hasta la izquierda, dejándolo apoyado de pie reposando la parte superior de éste sobre la silla. Coger el laud con ambas manos y apoyarlo sobre las rodillas y, al fin, cogerlo de forma que pueda ser tocado eficientemente.
A pesar de no haber comenzado siquiera su exposición, ya estaba exhausta. Por mucho que le encantara tocar el laúd, no soportaba el ritual para hacerlo, le asqueaba. Prosiguió el ritual tocando algunas notas para comprobar la afinación, y al finalizar, miró a los cinco asistentes a la venta, les hizo una reverencia a cada uno de ellos en el orden correcto (punta izquierda, punta derecha, segundo a la izquierda…) finalizando con el personaje del centro, al que le hizo una reverencia más grande.

Posteriormente, empezó a tocar una pieza lenta y triste de su laúd mientras cantaba dulcemente una canción sobre una mujer que se había quedado sola y fue a buscar a su amor a un bosque encantado. Y que, perdiéndose en el bosque de vuelta a casa y quedando unida a él, se convirtió en una banshee.

Al acabar la canción, los cuatro hombres de los lados aplaudieron con ganas e incluso uno de ellos tenía los ojos llorosos. Pero no el del centro, a él la música no le afectó ni le impactó… es más, parecía cansado.

-Escúchame, pequeña.- Dijo él, con una voz ronca de ultratumba.- deja el laúd y acércate… pero no hagas tantas florituras, déjalo y ya está.

-Sí, señor.-Obedeció en silencio.

Cuando estuvo a su nivel, el hombre le acarició la cara y le dijo:

-Eres muy bonita, ¿Lo sabías?- Por primera vez, le sonrió.

-Gracias, señor.

-Quítate la ropa.- Dijo, sin inmutarse.

-¿Señor?- Contestó asustada la niña.

-Ya me has oído.

El mayordomo se apresuró a interceder por la niña.

-Señor… no creo que sea lo más idóneo.

-Cállate. Yo tengo el dinero, yo soy quien tiene que comprarla… sólo quiero comprobar el material.

No dijo nada más. El señor le lanzó una mirada tan fría que le hizo retroceder sin pronunciar palabra. Les hizo un gesto a las dos chicas del fondo de la sala para que ayudaran a desvestirse a la niña y se quedó, alejando la mirada, de pie ante la puerta.

-Dime, dulzura… ¿tienes nombre?- Preguntó.

-No, señor.-Estaba realmente asustada.-Aquí todos me llaman doce.

-¿eh?-Se quedó pensativo.- A partir de ahora ya no, ya te buscaré un nuevo nombre.

-Sí, señor.- Respondió mientras, con la ayuda de las chicas, el vestido le cayó a los pies.

Sólo con la fina túnica blanca que llevaba bajo la ropa, sentía muchísimo frío, así que tenía la piel de gallina.

-¿No me has oído, niña?-Sonó enfadado.- Te he dicho la ropa. Toda.

Ella no dijo nada y se quitó el camisón también, quedándose totalmente desnuda, asustada y con los ojos llorosos ante aquel hombre. El resto de personas de la sala no pudo mirar, así que todos se giraron y dejaron al hombre que hiciera lo que quisiera.

Aquel hombre le puso la mano tras las orejas y las fue bajando lentamente, acariciando el cuello de la pobre chica, que temblaba mientras pensaba “no lo hagas”; siguió bajando, de los hombros al costado del cuerpo tras los brazos “no lo hagas”; desvió la mano hacia la entrepierna de la niña “por favor, no lo hagas” y justo cuando estuvo apunto de llegar al lugar, la niña le cogió fuerte de la mano.

-No.

-¿Cómo dices?- Dijo el hombre alzando la voz

-He dicho que no.-Respondió la niña, sin inmutarse.

-¿¡Qué narices es esto!?- El hombre se levantó y la abofeteó.

-¡He dicho que no!- Gritó ella, mirándole directamente a los ojos a aquel pervertido.

En ese momento todas las luces de la sala parpadearon y la joven chica se desmayó. Al despertar, vio un gran charco de sangre a sus pies, acompañado de distintas partes del cuerpo de mucha gente que, por lo que parecía, eran las personas que en esa sala estaban en la venta.

El mayordomo que custodiaba la puerta yacía allí, partido en dos, con los ojos abiertos y vacíos; las chicas que le ayudaron a desvestirse vieron sus cabezas arrancadas, que estaban a los pies de las jóvenes que del incidente, permanecieron de rodillas apoyadas en cada esquina de la habitación.

Los compradores… estaban irreconocibles. Sus trozos de carne se extendían por el resto de la sala, y sólo podían ser reconocidos por los colores y las joyas que llevaban.

La niña sin nombre cogió su canesú y su vestido empapados en sangre, se los puso, y se dispuso a salir de allí cuanto antes… no sin antes robarle un anillo de ónice al bastardo que intentó ponerle la mano encima.

Mientras salía por la puerta de atrás, pensó para sí misma que nunca más nadie abusaría de ella.

Nunca más.

Continuará…

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