Mis dedos bailan sobre el teclado. Mi arte, apreciado por pocos, es la música y la pintura del siglo XXI. Un arte efímero que en sí no es palpable y casi nadie que lo observa puede apreciar su núcleo. Mi trabajo no gusta y no quiero que guste. Mi mente y dedos son uno mientras escribo el código fuente de mi próxima obra. Y mientras formo tecla a tecla mi obra magna, no puedo evitar pensar que mi afán destructivo siempre ha estado presente en mi vida.

Desde pequeño siempre recibí reprimendas por mi torpeza y aunque me esforzara mucho, las cosas se seguían rompiendo o estropeando aunque tuviera cuidado. Pero mi desventurada vida cambió la primera vez que toqué un ordenador. Su simpleza en reproducir mis demandas me resultó sorprendente. Sentí alivio al saber que existía algo en el mundo que obedeciera mis comandos sin error. Poco a poco, fui entendiendo su funcionamiento y mecánicas.

Aunque no dejé mi torpeza en las tareas analógicas, logré un gran dominio en las artes virtuales. Pero, aún y habiendo hallado esa perfección en los ordenadores, busqué la manera de destruir esos fundamentos. Empecé a encontrar maneras de corromper los programas básicos. Arrancarles la raíz que da vida al jardín de programas que ilumina la pantalla del ordenador.

Aunque muchos penséis que resulta muy poco útil destruir algo que me guste y me identifique, no lo estáis entendiendo bien. En el mundo analógico, estropear algo era un acto casi involuntario para mí. En cambio, destruir aquella perfección milimétrica creada por una mente brillante de la informática, era un arduo trabajo. Pero lo acababa haciendo. Y cada vez mejor.

Pronto me cansé de trastear con mi ordenador. Destrozar lo propio era fácil, y hacer lo mismo a distancia no requirió mucha más dificultad. Internet fue lo que le dio alas a mi arte. Con él podía desmenuzar el alma a un ordenador situado en el otro lado del planeta. Podía hacerlos bailar al son del teclado y destruirlos con un simple comando. Me sentía realizado en cada conquista, alegre al ver que todo era vulnerable, que no tenía límites. Hasta el día de hoy. Hoy tengo miedo.

Cuando acabe de escribir esta línea de código, habré creado el virus definitivo. Un virus informático que provocará el mayor apagón de la era de internet. El mayor y el último. Después de él nada volverá a funcionar, habré roto la raíz que nuestro sistema de telecomunicaciones y satélites han creado hasta ahora. Todo lo que se haga de manera informática, será inservible.

Aunque este será mi mayor hito, mi obra final, el colofón que me determinará como el Dios de la destrucción de la era virtual, tengo miedo. Tengo miedo de volver a los tiempos del papel y el lápiz. Miedo de tener que trabajar con mis manos, de que lo analógico me sobrepase, de que mis intenciones no correspondan a mis acciones.

Por eso, no acabo. No termino mi obra. Queda inacabada a falta de una letra, un signo, un punto y final. Y saboreo en mi imaginación como sería arrebatarle el universo digital a todo el mundo, romper la mente inconsciente social con un solo tecleo de mis torpes dedos.

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2 comentarios en “Mis torpes dedos

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