No había nada más hermoso que el paisaje que podía ver a través de la ventana de la torre. Cada día me quedaba embelesada por tal maravilla de la naturaleza. Podía apreciar las blancas montañas y, mucho más lejos, las aguas de los mares uniéndose con los cielos. Aquellos cielos rojizos del crepúsculo vespertino que anunciaban la llegada de la noche y la despedida de las aves.

Un pequeño pájaro se posó en mi mano antes de alzar de nuevo el vuelo. El era mi verdadero amigo por muy extraño que sonara, mas así era. Solamente podía confiar en él, a excepción de otra persona que estaba conmigo en la estancia. Alcé la mano y dejé ir al pequeño petirrojo, observando como regresaba con el resto de sus compañeros que danzaban en el aire. A veces desearía ser como ellos, libre. Sin embargo, mi corazón siempre aguardó otro anhelo aún mayor y que tampoco se había cumplido, mas no faltaba mucho para que se hiciera realidad.

Me giré, dirigiéndome hacía el espejo que había en el habitáculo. La alcoba no era de gran tamaño, aunque sí un tanto oscura. Había algunos muebles y casi todos tenían una fina capa de polvo. A pesar de la poca visibilidad, todavía entraba la suficiente luz por la ventana como para poder distinguir el rostro de mi compañero y el mío.

Me acerqué hacia la superficie pulida y, una vez más, quedé pensativa, observando la imagen que me devolvía mi otro amigo. Aquel enorme cristal, engarzado en un marco de plata con grabados florales, proyectaba una hermana gemela y confidente en mis secretos.

-Otro día más resplandeces como una flor de las nieves, hermosa y resistiendo a la adversidad -me dijo con una sonrisa dulce, moviendo con gracia su vestido de seda.

Sonreí. No le faltaba razón, mas yo no me veía así. Pude observar su corona de flores blancas que ambas lucíamos en nuestras cabezas. Quedaban en armonía con nuestro larguísimo cabello casi tan níveo como aquellos pétalos. A continuación, me quedé absorta en nuestros deslumbrantes ojos, enmarcados por densas pestañas, y tan verdes como un bosque virgen.

Todos me decían que era una dama bellísima, pero jamás me sentí así o me había visto como tal. Solo apreciaba a una joven con una mirada melancólica, rostro cándido y con un vacío en su interior. Tenía que aceptarme tal y como era, pero todo aquello me causaba dolor, alimentando mi inseguridad y la falta de confianza en mi misma

-¿Por qué nadie me ama? -llegué a preguntar en voz baja a mi hermana.

Ella no contestó, solamente me miró con la cabeza ladeada sin saber que responder. Sabía perfectamente de mis decepciones y de las ocasiones en las que no fui correspondida. Todos aquellos hombres que me hicieron promesas que jamás llegaron a cumplir y que nunca me imaginé que serían de semejante forma. Príncipes que juraban amor verdadero hasta que la anciana muerte apareciera, mas todo eran vulgares mentiras. Unas sandeces que en más de una ocasión quise creerme…

Un grito hizo que volviera a la realidad y olvidara mis caóticos pensamientos que en varias ocasiones me habían dejado noches en vela. Me asusté de nuevo al escuchar otro chillido que provenía de abajo de la torre. Inmediatamente, acerqué la mano hacia uno de los cajones del tocador y saqué unas tijeras plateadas.

Descendí las escaleras de caracol con nerviosismo y paso acelerado. Estaba realmente aterrada. Mis latidos eran rápidos y cada una de las partes de mi cuerpo temblaban, pero debía bajar cuanto antes. En varios tramos me quedé paralizada, sin querer dirigirme hacia allá, donde los gritos y lamentos se escuchaban. Provenían todos de donde nadie regresaba, los calabozos del castillo. No sabía que hacer, si huir, marcharme bien lejos o volver a la seguridad que me brindaba el habitáculo de arriba, pero algo en mí me armó de valor para seguir avanzando.

Pronto llegué hacia una vieja puerta de hierro que con miedo abrí. Hizo un sonido escandaloso y aterrador, pero tragué saliva y entré en la siguiente galería. Un escalofrío recorrió toda mi espalda cuando pude distinguir lo que había ante mis vidriosos ojos.

Dos corpulentos guardias encadenaban a un prisionero más, de los muchos que habían en la lúgubre estancia. Todos estaban atados por sucias cadenas y tenían los rostros cubiertos por mugrientos sacos. Bajo sus pies se apreciaban distintas herramientas y artilugios de tortura. En el ambiente reinaba el olor del moho acompañado de la sensación de terror y angustia que sentían cada uno de aquellos hombres presos en las entrañas de mi castillo.

Decidida, me acerqué hacia al prisionero cuando vi que los centinelas se marcharon sonrientes hacia el otro lado del lugar por si necesitaban socorrerme. Sin saber que hacer, le quité el saco para contemplar su rostro.

-Edel-Edelweiss -dijo el hombre con dificultad tras la dura paliza que le habían dado los guardas.

Me inquieté cuando oí mi nombre una vez más salir de sus labios, jamás me imaginé que volvería a escucharlo. Era él, el primer hombre que me besó, aquel príncipe que me hizo sentir deseada y dejarme abandonar por sus labios, aquellos labios más adictivos que cualquier otra droga.

No lo pude evitar y acerqué mi mano hacia su cabellera mientras le besaba, recordando cuando me hizo sentir la persona más feliz del mundo.

El no puso ningún impedimento, estaba agradecido de reconocer una cara amiga que podría ayudarlo a escapar, y es así como comencé a liberarlo de su tormento.

El príncipe gritó cuando sintió que su propia carne se desgarraba. Había acercado mis afiladas tijeras a su boca en mi faena de tener por siempre la delicia que me fue arrebatada.

Ya no me interesaba nada de él, solamente sus labios, los primeros que me besaron. No estaba dispuesta a darle placer y mucho menos a evocar más sus recuerdos. El me había dejado, engañado y traicionado. Así que solamente le di lo que se merecía, dejarlo en aquel estado por siempre jamás sin poder probar de nuevo, ni siquiera rozar, el beso de alguna otra desgraciada doncella.

Era lamentable el estado en el que había quedado aquel preso, llorando, sudoroso y cubierto de sangre, mas no quise volver a mirarlo y me dirigí hacia el prisionero que tenía al lado. Un príncipe al que debía despojar de su hombría, aquel que en una noche de promesas y lujuria me arrebató lo más noble que me pertenecía. Y como la vez anterior, no tuve más remedio que apoderarme de lo que una vez llegó a estar dentro de mí.

El gallo no había cantado todavía y la noche se estaba haciendo eterna. En especial para aquellos que aún seguían lamentándose de su desdicha, pasando de jurarme amor verdadero a maldecirme y desear mi muerte por los actos que estaban aconteciendo.

Como si de un puzzle se tratase, acerqué cada una de las piezas amputadas hacia una gran mesa de madera para formar el que sería mi último y verdadero príncipe. Aquel que me amaría hasta el fin de mis días y hasta que mi alma pactada fuera llevada al infierno tras lo que estaba haciendo.

Todos mis amantes, cada uno de ellos habían pagado por lo que me hicieron. Por fin podría tener los besos de los que me privaron cada día, los brazos que me abrazaron cada noche para dormir, aquellos brillantes ojos que se cruzaron con los míos entre intensas miradas…

Solamente quedaba una pieza más y todo habría finalizado. La más importante y también la más difícil. Y sin querer esperar a la luz de la aurora, me dirigí rauda y decidida hacia los aposentos de aquel hombre que me había dado todo en palabra hasta que las muerte nos separara. No iba a dejar que una vez más me engañaran, ya no podía confiar en nadie, ni siquiera en la promesa del que se convirtió en mi esposo en el día anterior. Necesitaba su corazón.

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