En los breves periodos, instantes casi, que existen entre el final de una clase y el inicio de otra, todo un mundo es capaz de regenerarse. Los pasillos del instituto se llenan de jerarquías cuidadosamente confeccionadas y códigos morales fundados en tiempos de recreo. Todos procuran, implacables, que las leyes sean cumplidas y si fuera necesario lo harán bajo el yugo de la humillación y el dolor como máxima pena. Son esos instantes en que se cuentan secretos en susurros y se esparcen rumores cruelmente precisos o vagamente veraces. Solo con esos cinco minutos da tiempo a que se libren cruentas batallas ocultas en lavabos y fugaces besos pueriles detrás la puerta de una taquilla. Los preciados momentos donde se pretende poder explicar todo lo que te ha pasado desde que dejarais de veros con tu mejor amigo, trazar planes innecesarios y construir minúsculos sueños. Ágata, de estatura media para el curso de tercero, cabello castaño, liso, a la altura del cuello y con mirada inteligente, forma parte de ese mundo pequeño, efímero y poderoso. No puede evitarlo, igual que no lo ha logrado ni el más excéntrico estudiante de su clase, ella y todos están sujetos y marcados por ese mundo en sus deseos e intenciones.

Ágata, en mitad del torrente de alumnos que se precipitan por el pasillo, puede ver como Jennifer y Laura se acercan hacia ella. Este hecho aparentemente inocuo es de una trascendentalidad capital para la, hasta ahora, ignorada y gris Ágata. Jennifer es una de esas chicas que estaban predestinadas a reinar ese absurdo, a comprender sin esfuerzo los entresijos que gobiernan las voluntades del corazón adolescente y a ejercer una irresistible influencia sobre todos ellos. Jennifer era la chica que todas quieren como amiga, de la que deseas su atención y que sus palabras sean sólo para ti. De facciones precisas y delicadas, piel fina y mirada risueña, su irreverente belleza era la perfecta acompañante para su popularidad. Mientras su mirada quedaba fija en una sonrisa de confianza que le lanzaba Jennifer a su paso, no se dio cuenta que el séquito sin nombre de chicas que conformaban el grupo de amigas de Jennifer la había rodeado. Incluso había ignorado a Laura que siempre iba con Jennifer, como una sombra consejera y ejerce eficazmente la función de salvoconducto indispensable para llegar a ella. Ahora estaba en el centro de la atención. Un breve silencio bastó para la presentación formal de todas las personas allí presentes. Cualquier forma de diálogo resultaba superfluo, pues no había nadie de las presentes ajena a lo que ahí se iba a hacer y tratar. Los rumores ya habían llegado a oídos de todo el instituto.

– ¿Lo tienes?

– Si Jeni, ¿quieres verlo?

Sin esperar la respuesta, Ágata abrió su mochila, sus cuellos se estiraron y sus párpados se abrieron un poco más ante el objeto que les mostraba. Un libro. Su cubierta parecía milenaria, sin portada alguna, lisa y de color escarlata. Todo el objeto desprendía un olor de otro tiempo; predominantemente húmedo, pero también a árbol y cueva a incienso y hollín. Bastaba su sola visión para sentirse hechizado, evocaba una irrefrenable curiosidad cuanto más se miraba, constantemente envuelto en una aura de críptico misterio. Cuando lo abrió, las miradas se tornaron aún más atentas. Una bella caligrafía a mano y en tinta negra llenaba las páginas. El texto era algo enfermizo, los caracteres se apiñaban de forma irregular, formando párrafos mal esparcidos que se volvían largos versos o canciones para retornar luego a instrucciones explicativas o descripciones. Cambiaban también de un idioma a otro dejando fragmentos inconexos e indescifrables. En las amarillentas y apergaminadas páginas el texto solo se interrumpía para dar paso a horrendas y detalladas ilustraciones. Seres cápridos, cuerpos torturados en escenas de llameantes infiernos, rostros de dioses sufrientes e iracundos, criaturas fantásticas y semihumanas, círculos de símbolos alquímicos con grandes estrellas rojas y cuidadosos dibujos de reliquias impías cada cual más enigmática llenaban las páginas. Boquiabiertos o temerosos, solo Jennifer fue capaz de hablar después de la visión.

-Esta noche lo hacemos.

-Claro, mira este.

Ágata mostró entonces una página donde se detallaba el “Canto y Hechizo de Walpurgis”. Una breve instrucción precedía a un texto en hebreo de difícil pronunciación pero transcrito a su alfabeto.

– Es fácil de hacer, está escrito en letras que podemos leer y se hace ahora en las primeras noches de la primavera. Lo podemos hacer esta noche en el bosque, con una hoguera, he conseguido lo que necesitamos, lo pone aquí en castellano, yo lo haré.

-¡Qué emoción!- Gritó Jennifer. Y todas rieron a su son y se miraron entre ellas emocionadas.

-Esta noche, a las 11 pasamos delante de tu casa con la furgo de Raúl. Seremos tu, yo y Laura, seguro, quizá se apunte alguien más.

– Claro, genial- Respondió Ágata, aceptando sin condición el plan de Jennifer.

Mientras ella estuviera le valía cualquier cosa. Después de darse dos innecesarios besos en la mejilla, imitando los adultos que llevan largo tiempo sin verse, Jennifer y Laura partieron hacia su clase y quedó el séquito de sin nombres a solas para adular a Ágata. Ella se dejó arropar por aquella recién adquirida atención e importancia y recibió como un cálido aluvión las preguntas y ansias de sus nuevas amigas hasta que sonó la campana.

Los azares que guían el anhelo de los chicos y chicas del instituto la habían sonreído sin buscarlo por primera vez. Aquella curiosa moda por el espiritismo barato había llenado las bocas de todos con historias de fantasmas, quedadas para rituales de ouijas y relatos de hechos inexplicables en alguna casa abandonada. Casi todos se acordaron de repente de esa noche en la que oyeron ruidos extraños en sus desvanes, o de los amigos de un amigo que han sido malditos por jugar caprichosamente con las fuerzas del inframundo ante un espejo. Invenciones o verdades todas eran festejadas por igual con inconsciente interés, risa y temor. Sin embargo, por más ahínco que le dieran a todo ello, nadie contaba con un objeto tan impresionante como el libro, repleto de auténticos rituales cabalísticos, que tenía Ágata. Una herencia familiar que ya había heredado la Abuela en su juventud y que Ágata había rescatado de un baúl del sótano. Ágata daba gracias a aquella reliquia y a la gran conmoción que causó, pues la había convertido, de la noche a la mañana, en alguien importante. Ahora ese compendio de maldiciones, ritos y polvo bien podría valerle la amistad de Jennifer.

Era miércoles treinta de Abril y la noche cayó profunda y fría. Una gigantesca luna llena restallaba blanca sobre el pueblo, tan intensamente que ni los torrentes de negras nubes lograban cubrirla y en el cielo las estrellas se desvanecían tras su brillo. Ágata se escapó de casa por la ventana de su habitación, tan sigilosa como pudo y conforme al más icónico acto de rebeldía adolescente. Llevaba su abrigo rojo y la falda le caía justo antes del tobillo, dejando ver sus preciosas botas de un marrón sobrio, elegidas especialmente para la ocasión. La furgoneta la esperaba con las luces apagadas, mal arrinconada a un lado de la calle y procurando ser invisible. Al subir, varias voces hablaban en murmullos en la oscuridad y el olor a tabaco la inundó. Además de Laura y Jennifer, había tres personas más. El primero y más importante para Ágata era Raúl. Un chico discreto, de ojos grises y sinceros, facciones cerradas y definidas, indudablemente atractivo y afable. Raúl parecía siempre inconsciente de su situación y de su rol, en ese sentido jamás lo vio disfrutar de la popularidad desmesurada de la que gozaba y por ello su actitud contrastaba totalmente con el hecho de ser el novio de Jennifer. Ágata lo adoraba por ello y les creía destinados al fracaso como pareja. Luego, claro, estaba su físico, de capitán del equipo, fuerte como sus facciones, casi esculpido en mármol y con la capacidad de despertar el más básico de los instintos de deseo en ella.

En una perfecta contraposición a Raúl estaba Víctor. Ágata le conocía por ser un relamido ser gritón que intentaba eclipsar toda la atención que le era posible con risas estridentes, ideas pérfidas y bromas estúpidas. Además, perseguía inútilmente a Laura pero solo para lograr ir acorde a Raúl, quien consideraba su mejor amigo. Realmente era la única persona que había tenido la paciencia de escrutar su alma y descubrir quién había detrás de su sinsentido. Ana era una chica con la que no contaba, era un curso mayor, una inmensidad en esos casos. Ágata apenas la conocía pero quedó claro que su intención era la de fumar tabaco y acabar con sus cervezas. Aquellos consumados actos eran los que ella creía que la definían, y le daban profundidad a su personalidad. Desde su punto de vista la convierten en una luchadora del sistema normativo. Por ello parecía más estar ahí por ser un acto de rebeldía entre semana, que por asistir a un ritual cabalístico. Además era inconscientemente consciente de toda la atención paternal que le aportaría llegar borracha a casa un miércoles. Para Ágata la presencia de Ana era solo una muestra de cómo la influencia de Jennifer trascendía incluso hasta otros cursos. Finalmente Laura, que como siempre se mantenía siendo un reflejo de la misma Jennifer, sin gran parte de su encanto y belleza, pero con prácticamente su mismo poder de influencia.

El bosque, a pesar de la hoguera que encendieron, era un fantástico escenario de oscuridad y salvajismo. Sabían que el pueblo apenas estaba a diez minutos y sin embargo, bajo el manto de la noche parecía un lugar remoto e inhóspito. La luna llena insistía en alumbrar de plata las brumas que parecían bocanadas con vida propia al reflejarse entre las ramas. Sólo el crepitar del fuego, algún que otro búho y el suave mecer mutuo de los árboles les acompañaba al hablar. Hasta el momento todo había transcurrido perfectamente para Ágata, sus botas habían recibido el esperado elogio, conversaban animadamente, se reían juntos y se sentía encumbrada ante la emoción de hacer algo prohibido y de perpetuar esas nuevas amistades con gente interesante. Después de forzarse a beber la amarga cerveza, fingir una borrachera que realmente no tenía y fumar tosiendo, Ágata les animo a que empezarán el ritual. Era un ritual exclusivamente femenino, cosa que emocionó gratamente a Jennifer y obligo a que los chicos tuvieran que encoger de hombros y concedieran a irse a la furgoneta a por más cerveza y liar tabaco. Ágata se dio cuenta que ese tipo de normas daban credibilidad al ritual por lo que se cuidó de ese y otros detalles con especial atención.

Ya a solas, ante el crepitar y los estallidos del fuego que se consumía, todas se sentaron doblando las rodillas tal y como hizo Ágata. Luego aguardaron con silencio hasta que el color distendido de risas y alcohol que tenía la escena se hubo desvanecido. Ágata sacó de su mochila un auténtico cráneo de cabrío que había conseguido bajo el pretexto de un trabajo de biología en la carnicería. Lo dejó cuidadosamente delante de sus rodillas mirando hacia el fuego y volvió a meter la mano en la mochila. Cuando vieron el brillo de la hoja de la navaja que depositaba con precisión al lado del cráneo, quedaron totalmente atónitas. Después de aquello incluso Laura, la más escéptica de las presentes, estaba impresionada.

– ¡¿Que caray vas a hacer con eso?!- Le espetó esta, intentando recuperar el control de la situación y calmarse.

– Ya lo veras, viene todo en el libro.

Ágata tenía una sonrisa de seguridad y un tono de rigidez en su voz. Finalmente sacó el viejo libro y lo abrió en sus primeras páginas donde estaba escrito el pactado “Canto y Hechizo de Walpurgis”. Con la luz de un fuego que ya empezaba a agonizar revisó el texto una vez más. Lo había leído para sí misma muchas veces ya, había estado trabajando en él, intentando averiguar de qué trataba o que efectos podría causar. Sin embargo solo tenía las instrucciones escritas en un retorcido y arcaico castellano y ni la más mínima idea de lo que pasaría.

– Sean bienvenidas esta noche hermanas, empezamos el ritual…

Dijo adoptando un tono dramático y algo ridículo. Y inició la lectura.

– Las palabras escritas en la sangre y en la tinta deben cantarse y repetirse entre los presentes, se deben orar ante la oscuridad y el fuego, pues se celebran así la llegada de las presencias indeseadas y acuden sus poderes durmientes. Cantad… ¡Nahash onan!

Ágata las miro después de su convencido grito, tras un breve silencio donde solo hablo el fuego y se cruzaron las miradas, las tres chicas repitieron a coro.

– Nahash onan.

– ¡Kashaph! – dijo Ágata.

Kashaph. Repitieron. Y una y otra vez, de una forma un tanto cómica siguieron con Ba’al ob yidde’oni, doresh el ha-metim, qasam qesem y khabar kheber. Hicieron la rueda hasta dos veces y absolutamente nada pasó. Ni el fuego se avivó, ni ellas notaron nada o oyeron espíritu alguno susurrarles sus horrores. No sentían apenas miedo y de hecho, después de los gritos que había proferido Ágata en su vacuo esfuerzo de crear credibilidad y del texto sobre oscuridad, sangre y fuego que les había leído, estaban a punto de echarse a reír. Fue entonces cuando la voz de Ágata irrumpió una tercera vez.

– ¡Nahash onan!

Dijo en forma distinta esta vez. El acento había cambiado y tal parecía ahora hablar otra lengua.

– ¡Ba’al ob Yidde’oni Doresh el ha-metim Qasam Qesem Khabar Kheber!

Sus ojos se quebraron en un blanco total y los bruscos espasmos delataban una entrada violenta a la catarsis. La voz empezó a reverberar en extraña forma, pareciendo proceder de todos lados, susurrante e indescifrable, hablando en una lengua prohibida. Los movimientos de Ágata se tornaron irreales, sus huesos se doblaban abruptos y extraños, crujían horrendamente, raspándose en las junturas dibujando un maléfico baile. Su cabeza rebotaba en todas direcciones de forma imposible, desdibujando su rostro y nada alteraba el incesante susurro que ya se infiltraba dentro de sus cabezas con voz desdoblada. Con los dos brazos cogió la calavera del cabrío y la elevó hacia la luna, gritando una súplica que terminó en llanto. En ese punto, el terror ya había invadido a las chicas por completo, la inverosímil escena las tenía en total terror y gritando para que parara y volviera a ser Ágata. Sin hacer gesto alguno para incorporarse, Ágata apareció repentina y de pie ante la hoguera, arrojó la calavera con un grito y las llamas estallaron furiosamente vivas. En su mano el cuchillo brillaba azul con malicia. Procedió lenta y meticulosamente profiriendo en su brazo izquierdo una herida profunda y brutal que empezó a sangrar con dificultad. Lanzó al aire una sonrisa enajenada y dejó caer un lodo negro y rojo sangre que le brotaba sobre el fuego dándole vida. La penetrante sonrisa había quedado atrapada en la mente de las chicas y les perforaba la cordura. El terror era ahora desesperación y no pudieron más que continuar con esos gritos que dejaron de ser suyos e intentar huir de Ágata y su pérfida risa.

Lo primero que notaron fue que su voz quedó rota a medio grito, su identidad humana se deshizo volviéndose algo animal, bruto y gutural. La cabeza empezó a dolerles bajo una presión enorme y toda su piel se agrietó con rapidez. Los folículos se ensancharon y dieron paso a un pelaje corto, grueso y sucio que empezó a crecerles por toda la piel. La transformación las arrojó al suelo, donde se contorsionaban exasperadas, perdieron su pelo o se lo arrancaron en pura agonía, les saltaron las uñas y les estallaron los labios, deformándose cada aspecto de su humanidad. Sus pequeños cuerpos se descompusieron; los huesos les crecieron y empequeñecieron grotescamente y con cada movimiento generaban un estruendo que las calaba por dentro, invadidas por insufribles dolores. Su mente degenerada insistió en mantenerlas conscientes en todo el proceso de transformación. Pudieron ver los dedos que se les juntaron quedando reducidos a pezuñas, notaron sus caras ensancharse y dar paso a largos hocicos y también sus cuerpos crecer sin control, destruyendo la ropa que las vestía. Finalmente la presión en sus cabezas hizo nacer dos cuernos retorcidos y sus ojos se rasgaron hundiéndose en un iris amarillento con la pupila negra y horizontal. Cuando pudieron incorporarse asustadas, lo único humano que les quedaba era que seguían andando de forma bípeda y la conciencia que les pedía socorro, atrapada en un esperpéntico ser cabra.

Poseídas por su miedo salieron corriendo, dirigiéndose a la furgoneta, queriendo ante todo alejarse de Ágata. Esta seguía riendo y bailando en forma imposible, consumando su celebración, ignorante de los seres que había hecho nacer. Pronto se encontraron con Raúl y Víctor. El primero iba armado con un bate, advertido por el griterío que había generado el ritual, decidido a descubrir que pasaba. El segundo lo seguía dispuesto a echarse a correr y a no quedarse solo en la furgoneta. Jennifer fue la primera con la que se cruzaron, ahora no quedaba rastro de ella y totalmente irreconocible a sus ojos, les sacaba dos palmos de altura y era un horrendo monstruo. Ella les lanzó sus aullidos animales, suplicando ayuda de forma incomprensible. Víctor notó el calor de su orina regarle las piernas y no pudo más que dejarse caer de espaldas y empezar a arrastrarse hacia atrás, con la mirada atrapada en Jennifer, que seguía bramando por su socorro sin que pudiera nadie entenderla. Raúl reaccionó al fin y en un acto de infinito valor, estampó el bate con descomunal fuerza en la cabeza de Jennifer. Esta se partió a la vez que el bate, estallando en sangre y astillas. Jennifer se desplomó muerta y bajo los horribles llantos de las otras dos cabras que los cercaban, Raúl cogió a su compañero y salieron pitando hacia la furgoneta. Corrieron bajo la mirada del gran ojo de plata que era luna, sin poder dejar atrás la risa que se perpetuaba ardiente aún entre las llamas del ritual. Ahora reía también en sus mentes, macabra y eterna.

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