Fuera, la lluvia cae indecisa, tan fina que el viento la devuelve a las nubes. Su mirada se pierde tras el humo de un café, solo y amargo, y va más allá de la ventana, atrancada en algun recuerdo mal guardado y doloroso. Marcaban las cuatro y poco en el reloj de agujas, cuando vuelve de su sopor. Con un despertar de conciencia brusco se levanta de la butaca, estirando los brazos y cerrando con fuerza sus párpados. La mente se dispone para el ritual con la facilidad de la costumbre, ordenando las ideas, los espacios, concretando el plan de la tarde de domingo con precisión. Solo se olvida del café, abandonado a quedarse frío, al pie del sillón hasta la mañana siguiente.

No le es necesario ir muy lejos, se sienta en el sofá y se tapa con una manta dispuesta allí para el resto del invierno. El sofá esta frio, terso y apenas la acoge. Enciende la televisión con gesto desinteresado y se dispone a dejar pasar el tiempo arropada hasta la nariz, dejando, eso sí, un buen trozo de manta para nadie. Apenas pone la mirada en la pantalla, manteniéndose en silencio, observando a quien no está sentado a su lado. Pasa un largo rato allí, sin dormirse, centrada en ese espacio vacío y dejando acabar una insulsa película que se esfuerza por llamar su atención con alguna que otra explosión y frase grandilocuente. No es hasta el estruendo publicitario que decide levantarse. Se desprende perezosa del malogrado calor del sofá con los pies aun fríos. En la cocina, pone a hervir agua, corta las verduras con cariñosa paciencia, cantando una vieja canción sin letra. De vez en cuando vuelve la vista al sofá, como si tuviera que ver a alguien en él, ante la televisión, aún encendida e ignorada por completo.

Aprovechando el largo tiempo que va estar la verdura en el fuego, hirviendo dedicadamente, sube a la habitación del segundo piso. Al abrir la puerta el parquet cruje a sus pies, encontrándose envuelta repentinamente por un olor a pueril colonia de lavanda. La habitación, impecablemente ordenada, la recibe filtrando una luz apagada tras sus cortinas. Bajo una cama de sabanas verde pastel, dentro los cajones empotrados en el somier, rebusca entre algunos juguetes. Los selecciona y coloca por la habitación, metódicamente delicada, organizándolos bajo una cierta lógica. Pone algunos caballos de plástico juntos, asegurándose de que estén la madre, el padre y el potrillo. Les improvisa un establo equilibrando un par de libros gruesos y un cuento que sirve de tejado. A las dos muñecas las pone en su descapotable rosa, una con su inexpresiva mirada fija en la carretera y sus rígidos brazos en el volante, a la otra, con un brazo levantado, despidiéndose de los caballos.

Finalmente decide también abrir la casita, que pretende ser una mansión de blancas paredes y grandes cristaleras adhesivas, donde hay una pequeña mesa con platos de plástico, una cocinita y una cama a medida para las muñecas. Se queda largo rato observando la escena que ha dispuesto para sí misma, sin tocar los juguetes, a solas con su inquebrantable silencio.

Espera hasta que el olor de las verduras sube a la habitación y dibuja una sonrisa. Sin prisas, pone en la plancha tres bistecs de ternera, cortados muy finos y sazonados con hierbas, sal y pimienta. Hecha la cena, preparada la mesa para tres, vuelve al sofá, se cubre con la manta de igual modo y deja que la pantalla le cuente las noticias, sin preocuparse realmente por prestar atención a ninguna de ellas. El reloj de agujas marca las ocho cuando decide volver a calentar la cena y comer. Ante ella estan tres apetitosos platos llenos de verduras y carne, exultantes de agradables olores y aún humeantes. Come y sonríe a las sillas vacías, como si escuchara respondiendo a un diálogo invisible, saboreando larga y tendidamente los bocados desde el plato hasta el postre. Prácticamente son las nueve en el reloj de agujas cuando recoge los platos, tira la comida sobrante de dos de ellos y limpia rápidamente la cocina. En el estudio inicia la conclusión a su ritual. Inserta un largo y fino punzón metálico en su nuca, sintiendo el conocido escalofrío al establecerse las conexiones talámicas con la máquina. En unos pocos segundos, abarcando desde el centro cerebral hasta la corteza, la máquina recorre todas las redes neurales, tomando conciencia de estas. Un sencillo interfaz se abre dentro de su ojo y le da la bienvenida, con una voz estereotipadamente cálida procedente de su interior. Con una agilidad inusitada para la gran mayoría de personas, recorre los archivos de su propia memoria, almacenados con pocas y ligeras distorsiones debido a su recencia. A partir de ellos empieza, escena a escena, a cambiar los recuerdos de aquella tarde, tan debidamente preparados y tan vacíos. Pone la imagen de David que puede reconstruir a base de otros recuerdos, colocándolo a su lado, joven, risueño, con ese mal afeitado de dos días que tanto le gusta. Lo dispone en ese espacio que dejó a su lado, acurrucado junto a ella bajo la manta, viendo la película, devolviéndole su mirada, sonriendo. De igual forma, cambia el recuerdo de la habitación, donde pone a Sandra, jugando despreocupada. Lleva ese vestido blanco y liso, atado con una cinta beige, tan sencillo y que tanto le gusta. Sus cabellos de un castaño claro le caen rizándose ligeramente, incapaces de esconder esos ojos claros y desbordantes de vida. Finalmente viaja hasta el recuerdo de su cena; donde David y Sandra le hablan, le devuelven la sonrisa, bromean y se quejan, tal y como recuerda solían hacer, creando un amalgama de escenas de otras cenas, algunas de ellas inventadas equivocadamente por sí misma.

Al desconectarse puede disfrutar largo rato de esos recuerdos, sentada en la butaca, con el café de la tarde frío a sus pies y la mirada perdida más allá de la ventana. Las imágenes de esa tarde inventada se mantienen momentáneamente perennes, encajadas en su mente. Puede saborearlas mezcladas con los recuerdos que ha cambiado de tantas otras tardes, durante todos estos años y que la ayudan a sustentar esa mentira que se ha contado. Sin embargo, al pasar el tiempo recordando, la falsa felicidad se desvanece como estaba pronosticado y a pesar de los esfuerzos de ella. Eternamente traicionada por sí misma, su mente termina por encontrarse con los hechos reales y toda su ficción empieza a romperse. Inexorable, vuelve al recuerdo de cómo los perdió a ambos y poco a poco la alegría se diluye en la acallada congoja, destrozándole el alma. Finalmente se derrumba, empieza a llorar rabiosamente, con los ojos enrojecidos e invadida por la impotencia y la tristeza. Enfadada con ella misma por no ser capaz de borrarles definitivamente de su memoria. Algo incluso más fácil que todo el ritual llevado a cabo, pero imposible ante la certeza de que perder su recuerdo supone no poder recuperarlos nunca más.

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