Los últimos rayos de luz hacían que el horizonte se inflamara en un millón de tonalidades rojizas y magentas. Se escuchaba el sonido de las olas batientes contra los muros de roca y el olor a sal se mezclaba en la brisa con el de la hierba cortada. Ella se bajó de su prístino y poderoso caballo y le vio a él. Se encontraba justo donde habían acordado, en el acantilado de al lado del faro. Entonces, y sólo entonces, ella se permitió sonreír.

Sus pequeños dientes irradiaban blancura y alguna pequeña irregularidad en ellos le otorgaba un aire travieso. Un vestido igualmente níveo la cubría y contrastaba con su cabello castaño, que llevaba libre al viento, que jugueteaba con él. Se acercó con paso altivo hacia el hombre que le esperaba y pudo valorarlo más de cerca según llegaba a él.

Era apuesto, con unos músculos bien definidos y un mentón propio de lo único que conocía de él; su nombre, Apolo. El rubio pelo de éste parecía en llamas debido a los destellos de luz que le llegaban desde sus espaldas. Ella posó la muñeca sobre el hombro descubierto del hombre y le miró a los ojos. Eran azules cómo las profundidades marinas. Podría perderse en unos ojos cómo aquellos. Entonces se acercó lentamente para besarle.

O lo habría hecho, pero la imagen se perdió. Ella ahora se encontraba en su cuarto, lleno de holo-posters de músicos y celebridades. El mundo real no lucía tan bien cómo el digital, para nada. Se quitó el Neural de su cabeza y lo arrojó contra la cama, con enfado. La diadema metálica rebotó y quedó inofensivamente alojada entre las sábanas.

―¡Mamá! ¡Os he dicho mil veces que me aviséis antes de desactivar la red conectiva! ―gritó enfadada desde la puerta de su habitación.

―¡Y yo te he llamado tres veces para comer, Awe! ―contestó su madre en tono de reproche―. ¡Baja ahora mismo si no quieres quedarte una semana sin conectarte!.

―¡Sí, mamá…! ―dijo con desgana Awe.

Frustrada y enojada se levantó de su cama y se puso un batín. Se pasó el peine por el pelo, que tenía mucho menos volumen que en la red y se hizo un moño para recogerlo. Después se lavó la cara enérgicamente. No se sentía a gusto con su cara o su cuerpo en 1.0; eran mucho más feos que los que empleaba mientras estaba conectada, aquí le parecía estar deforme. Igualmente, el mundo 1.0 no brillaba tanto cómo la Red ni era tan perfecto, era una auténtica mierda. ¡¿Qué sabían en su casa de lo que pasaba en la red?! Había dejado plantado a un tío al que había estado persiguiendo durante una semana, ¡Después de dejarle plantado, Apolo no querría quedar con ella de nuevo!

Bajó a la cocina, donde se encontró a sus padres esperándola para comer. La mesa estaba servida y había una gelatina que acompañaba a unas esferas doradas por irradiación.

―Ya era hora de que aparecieras, jovencita ¡Llevamos esperándote casi 10 minutos! ―le espetó su padre, Alex. Era un hombre rechoncho y con una barba abundante.

―¡Tal vez si me hubierais avisado por el canal “Familia” en lugar de desconectar la red, hubiera llegado antes! ―contestó ella, ofendida.

―Deberías saber ya que aquí se come a las 13:30. Lo que pasa es que estás siempre con esa cosa en la cabeza. Si otro día llegas tarde, te dejaremos sin comer.

―Pues muy bien ¡Dejadme sin comer! Yo me vuelvo arriba.

―Si quieres, puedes subir, pero no conectaremos la red. Te pasas todo el día tirada en la cama, sin moverte ¡Te va a quemar las neuronas!

―¡El Neural no quema las neuronas! ¡Vosotros sí que os quedaréis ciegos por mirar vuestros holovisores y vuestras pantallas! ―protestó la joven.

―¿Qué has dicho, jovencita? Sigue hablando así y te quedarás sin conectarte toda tarde ―la amenazó su padre.

Awe paró de hablar con cara de enfado apenas contenido y miró a su madre, en busca de ayuda. Rose tenía una complexión bastante delgada y llevaba el pelo teñido de verde, peinado de lado y era la que solía mediar en los conflictos entre padre e Hija.

―Tu padre se preocupa por ti, hija ―dijo su madre en tono conciliador―. Debes comer y luego, más tarde si quieres, te podrás conectar. Sabes bien que abusar del Neural es malo. Mira a todos esos que lo usan para probar estupefacientes o se pegan en las redes. Descansa un poco y vete a ver a alguna amiga.

―Pero mamá, mis amigos están todos conectados ¡Además justo cuando me habéis desconectado estaba con Apolo! ―dijo frustrada, intentando hacer ver a su madre lo importante que era para ella.

―¿Y este Apolo, quién es? ―dijo su padre inquisitivo.

―Es un chico que encontré en una de mis conexiones. Estaba muy solicitado en el canal y su avatar es tan guapo… ―dijo Awe acabando con un suspiro.

―Sí, pero en la vida real, aquí ¿Quién es? ¿Le conoces de algo? ―exigió su padre.

―Eso no importa, papá ¡Tenía unos ojos “Marine”! Esos sólo estaban en una edición limitada, además también me regaló un caballo “White Gallant” ¿Sabes lo que cuesta encontrar esos caballos? Ha tenido que pagar un montón o esforzarse mucho en conseguirlo.

―Es decir, que no sabes quién es él y te ha estado regalando cosas de mentira y, aún así ¿Te estabas viendo con ese chico? ―dijo incrédulo Alex.

―¡No son cosas de mentira y lo podría haber conocido más si no me hubierais desconectado!.

―Espera… ¿Qué quieres decir con conoceros más? ―dijo Rose preocupada―. No me digas que pensabais hacer eso…

―¿Y qué pasa si queríamos hacer Neurosexo? No es nada malo Mamá, todos lo hacen.

El ambiente cada vez era más cargado en la conversación y los padres de Awe se miraron. Una mirada les bastó para decidir quién hablaría ahora. Sería Alex a quien le tocaría reprenderla, cómo siempre que tocaba hacerlo.

―¡¿Awe, cómo puedes ser tan irresponsable?! ¡Él podría ser cualquiera y tú sólo tienes 17 años!

―¡Papá, lo que haga en mi cabeza y con quién no es asunto vuestro!

―¡Sí, sí que lo es! ¡Mientras vivas en esta casa es asunto nuestro! ―dijo su padre mientras golpeaba con el dedo índice la mesa.

Acto seguido Awe se levantó de la mesa, dejando el plato sin acabar y subió a su cuarto dando un portazo. Alex estaba iracundo, pero Rose le puso una mano encima del hombro para que se calmase. En silencio acabaron la comida y metieron los restos en el limpiador térmico. Después, Rose subió a hacer unas tareas de despacho mientras que Alex salió a hacer unos recados. Así pasaron varias horas, hasta que unos golpes en la puerta del despacho alertaron a la madre.

―¡Awe no está! ―gritó su esposo desde la puerta.

Awe, en esos momentos se encontraba lejos de su casa. Había cogido el monorraíl hacia los suburbios, donde poder alquilar una habitación con Red a buen precio. Junto con ella llevaba un maletín con ropa, sus efectos personales y el Neural. Si bajo el techo de sus padres tenía que seguir las normas de éstos, buscaría su propio techo donde hacer lo que quisiera.

Encontró un justo lo que buscaba al poco de bajarse del Monorraíl. Allí había un Neural Hostel, donde las personas se acomodaban en cápsulas acolchadas y podían conectarse a la red sin ser molestadas. Se dirigió al recepcionista y le pidió una cápsula.

―La cápsula serán 15 créditos al día ¿Quiere que se le desconecte a alguna hora en particular? ―preguntó educadamente el recepcionista.

―Gracias, pero no. Lo haré yo misma cuando crea necesario.

― Perfecto Señorita. En cuanto a las opciones de los nutrientes ¿Desea recibirlos mientras está conectada?

―Sí, deseo ser nutrida mientras estoy en la red ¿Eso es más caro?

―No Señorita. Está incluido en el precio. Si deseara prolongar su estancia aquí puede pagar desde la red y también puede adquirir nuestros productos en nuestra neurotienda. Le recomiendo especialmente nuestros pasteles de chocolate ¡No probará otros iguales en toda la red!

Tras acabar la transacción, se dirigió a la cápsula que le habían otorgado, la 1035. La estancia era un modelo Standard de cristal azulado, suficientemente espacioso cómo para que cupiera un ser humano alto y ancho tumbado. No era cómo las versiones VIP de cristal tintado pero tenía todas las funciones básicas: Era cómoda, mantenía los músculos y la circulación activos, la base almohadillada se adaptaba al cuerpo y la temperatura era ideal. Se puso una pajita en la boca por la que comería los nutrientes necesarios y se conectó el Neural. Ahora estaba lista. Dio la orden de cerrar la puerta acristalada de la cápsula y cerró los ojos.

En cuanto los abrió se encontraba nuevamente en la red. Estaba en su habitación personal. Era un habitáculo vacío, sin ventanas, pintado completamente de un blanco roto. Una de las paredes era ligeramente más oscura que las demás y ella la tocó. Unas ondas recorrieron el muro y se escuchó una voz masculina, madura.

―Buenas tardes, señorita Awe ¿En qué le puedo servir?

―Hola Sebastián ―dijo dirigiéndose a la pared―. Quiero que me prepares mi vestido “Wild Cherry” junto con los zapatos a juego.

―Inmediatamente, Señorita. Me han comunicado que los pastelitos de chocolate de este hostal son excelentes ¿Desea aprovechar la promoción de dos por un crédito mientras preparo su ropa?

― Sí ¿Por qué no? ―contestó ella levantando los hombros―. Cárgalos en mi cuenta.

Inmediatamente, un par de pastelitos de chocolate aparecieron dibujados en la pared. Ella alargó su mano y la introdujo a través del muro, cogiendo uno de ellos. Se lo llevó a la boca y se comió la mitad de un bocado. Notó cómo el dulce se derretía en su boca y un intenso sabor a chocolate invadía sus papilas gustativas. El corazón se le aceleró y sintió cómo el pastel se calentaba mientras lo masticaba, obteniendo una temperatura tibia que se extendió por todo su cuerpo cuando tragó ese primer bocado. El sabor permaneció sin perder calidad y los pelos del brazo se le erizaron debido a los escalofríos que el cambio de temperatura le provocaba.

―¡Está buenísimo Sebastián! Es una pena que tú no puedas probarlos, siendo un mayordomo digital.

―Oh, tranquila por mí, señorita. Además, estoy seguro de que si comiese acabaría perdiendo mi excelente figura.

―Seguro que sí ―dijo riendo Awe―. Por suerte, la comida digital no engorda. Pero creo que guardaré este cacho para otro día, uno casi ha sido demasiado para mí. ―Dijo mientras ponía el bocado restante de nuevo dentro de la pared.

―Aquí tiene su ropa, señorita Awe ¿Desea algún cambio facial o complementos?.

―Muéstrame el espejo y el joyero, Sebastián.

La pared ahora se convirtió en un enorme espejo y un disco gris apareció en uno de los laterales. Awe tocó el disco y fue girándolo, seleccionando los adornos que quería llevar hoy. Finalmente seleccionó un collar de perlas y unos pendientes de brillantes y se los puso.

―¿Qué piensas de esto, Sebastián? ―dijo mirando hacia el espejo.

―Usted está, como siempre, radiante, señorita. Sin embargo, creo que el vestido no acaba de encajar con el collar de perlas.

―¿Cómo es eso?

―El vestido que ha seleccionado, el “Wild Cherry” es un modelo atrevido, con el que los hombres caerán rendidos a sus encantos femeninos. No obstante, el collar de perlas es algo más tradicional, por lo que está emitiendo un mensaje contradictorio, Señorita Awe.

―Ya veo… ―dijo pensativa Ella―. Entonces ¿Qué debería llevar?

―Entre sus modelos tiene collar de piedras preciosas que, por la caída que tiene, realzará su figura. Si no, puede comprar este fino collar de brillantes que he encontrado de oferta a dos créditos. Destacará su cuello y le ofrece un toque de distinción.

―¡Claro que lo compro Sebastián! ¿Cómo es que siempre sabes lo que quiero? ―dijo sonriendo ella.

―Sólo estoy aquí para servirle, Señorita ¿Querrá hacer algún cambio facial o de maquillaje?

―No, continuaré con la última configuración que usé. Espero poder encontrar a Apolo y que me reconozca ―dijo ella mientras se ajustaba el nuevo colgante.

―¿Así que la señorita volverá a tener una cita con él? ―dijo con una voz que sugería algo más el mayordomo digital.

―Bueno… para ello, primero tendré que encontrarle. ¿Puedes abrir un portal a la plaza mayor de la zona 130-54?

Ahora el muro dejaba ver una gran plaza al otro lado. Estaba construida con una piedra clara y pulida y bullía de actividad. Estaba llena de personas que iban de un lugar a otro, saltaban o volaban. Algunos de ellos iban sobre animales como Osos, Águilas gigantes o tigres. Había carteles luminosos desperdigados por toda la zona y también numerosas tiendas y puestos ambulantes. Awe atravesó la pared y pasó a encontrarse en la gran explanada.

Evitó las tiendas, ya que normalmente ofrecían precios más caros que las personas y se dio una vuelta por los diferentes puestos que los usuarios tenían. Pasó por delante de uno que vendía armas de todo tipo, pero a ella no le gustaba usarlas. En el siguiente, vendían cachorros de diferentes animales. Tenía un cartel escrito en mayúsculas y corazoncitos en el que ponía: “no envejecen nunca”. Awe se los miró, pero no pensaba en ellos en ese momento.

Aún con todo, no pudo evitar pararse en el siguiente puesto. En él, una joven que aparentaba ser un poco mayor que ella vendía joyería original y muy bonita: rubíes en forma de mariquita y con puntos de azabache, esmeraldas esculpidas en forma de flor o lágrimas de oro blanco, con pequeños brillantes que resplandecían. Se quedó maravillada y se dirigió a la vendedora.

―¡Son preciosos! ¿De dónde los has sacado? No había visto nunca ningunos así.

―Estos los he hecho yo. Soy diseñadora de objetos Neural ―dijo sonriente la orgullosa creadora―. ¿Cómo te llamas?

―¿Una diseñadora? ¡Yo quiero ser una también! Soy Awe.

―Mi nick es Sygg. He hecho otras cosas, pero estas son las primeras joyas que hago. Te puedo vender una a 1 crédito ¿Qué te parece?

―Me sentiría mal si pagara tan poco por unas cosas tan bonitas, Sygg… ―protestó Awe, que valoraba unos artículos artesanales cómo esos.

―Pues hacemos una cosa, prométeme que los usarás y vestirás en un futuro. Así más gente sabrá de mí ¿Qué te parece? ―dijo Sygg ofreciéndole el broche en forma de mariquita.

―Me parece un buen trato. Toma, quédate con un crédito ―dijo haciendo el gesto de tirar una moneda. Se escuchó una voz robótica que decía “un crédito trasferido”―. Normalmente no me muevo por éste sector, pero busco a un chico que conocí que era de aquí. ¿Sabes quién es Apolo?

―Sí, es bastante conocido en la zona. Pero, ¿por qué quieres verle? ―dijo con cierta reticencia Sygg.

Awe pensó si debería decirle a la otra chica lo que había pasado entre Apolo y ella. Igual eso haría que la valorara negativamente y diera imagen de que sólo buscaba placer virtual. Pero Apolo le había gustado realmente y hasta se había marchado de casa para poder buscarle. Tenía que arriesgarse y probar suerte.

―Bueno… yo he tenido una cita con él hoy y me gustaría volver a verle… ―murmuró Awe, a lo que la otra chica contesto con una risa alegre.

―¡Una cita! ¡Yo que pensaba que estarías implicada en algo más serio! Se dice que ese chico se mueve en servidores poco recomendables. Ya sabes, sitios donde la gente hace contrabando de artículos y tráfico de sustancias de uso inmoral. Pensaba que igual lo estarías buscando para eso.

―¿Sustancias de uso inmoral? ―interrogó la más joven―. ¿Con qué tipo de sustancias se trafica?

―Aquí en la red puedes encontrar de todo. Las autoridades intentan regular lo que se hace, pero lo estamos haciendo en nuestra cabeza, ¿No? No deberían limitarnos aquí. Eso significa que los límites los ponemos nosotros, ese es el límite moral.

―El límite moral… ¿Y qué tipo de artículos se saltan ese límite? ―persistió Awe.

―Verás, la red tiene su lado oscuro. Aquí las personas pueden dar rienda suelta a sus deseos más salvajes. Hay servidores bastante visitados en los que la gente lucha en guerras por diversión y se matan virtualmente los unos a los otros. Pero hay gente que tiene inclinaciones aún más cuestionables y, de alguna manera, hay servidores piratas para proporcionarles lo que deseen. No creo que quieras saber realmente de qué se trata.

―Supongo que tienes razón ―dijo pensativa Awe―. Pero… ¿Tú cómo sabes estas cosas?

―Te he dicho que soy diseñadora neural. No estoy orgullosa de ello, pero alguna vez he probado algún alterador de conciencia y también he diseñado alguno ―Sygg sonrió―. Pero creo que querías encontrar a Apolo ¿Verdad?

―No estoy segura después de todo lo que me has contado. Parece ser una mala compañía después de todo ―dudó Awe.

―Él no es malo de por sí, pero sí que suele estar metido en cosas cuestionables. Pero cómo prefieras, depende de ti.

―Bueno, si es un buen tío… Adelante, quiero verle ―dijo al fin con resolución.

―Bien, pues se suele mover por los servidores naturalistas. Prueba en el servidor 130- 54-21.5 y pásate por la tienda de setas, allí encontrarás a Paul. Él vende principalmente alucinógenos, pero también tiene contactos por la zona.

―Muchas gracias Sygg ¿Cómo puedo pagártelo?

―Pásate otro día y ya hablamos.

Awe se despidió y después, se tocó la muñeca izquierda con el dedo índice y un mapa holográfico salió de ella. Allí podía ver la plaza y los diferentes portales de entrada que había a los servidores. Había varias docenas de ellos, pero no pudo ver por ninguna parte el portal de entrada al 21’5. Normal, pensó, un servidor pirata no aparecerá en los mapas. Los que sí que localizó fueron los portales 21 y 22, así que dedujo que el que buscaba se encontraría en medio de ambos.

Pasó por delante del portal 21, un enorme arco que llevaba a unas instalaciones deportivas. En un cartel luminoso que colgaba de la arcada ponía los diferentes deportes que se practicaban. Se podía jugar a fútbol, boxeo, baloncesto… Y también otros nuevos deportes, que habían nacido con la red. Los nuevos deportes solían ser violentos en los que se podía “eliminar” a los oponentes. Otros, aprovechaban las posibilidades que ofrecía la red y permitían volar a los usuarios o mejoras físicas.

Al cabo de 100 metros, llegó al portal 22, una zona de guerra de superhéroes. En una pantalla se podía ver las zonas controladas por las diferentes bandas del servidor y, al parecer, iba ganando un clan naranja, que dominaba una buena zona. Lo que no vio, por ninguna parte, fue el portal 21,5. Lo único que había entre las dos zonas de acceso, era un pequeño puesto de fruta, en el que había un anciano calvo, con cejas abundantes y encanecidas y gran nariz. Se dirigió hacia él.

―Hola señor, estaba buscando algo que me habían dicho que estaba aquí ―dijo Awe con timidez.

El hombre la miró de arriba a abajo, sin decir ninguna palabra. Tras unos segundos de evaluación, alargo su brazo, ofreciéndole una fruta anaranjada. Awe la miró con duda y luego miró al señor, que sonreía. Cogió la fruta y la miró más de cerca. Poseía unas cuantas púas, pero era blanda al tacto. Olía a una mezcla dulce y ácida, cómo un cruce entre melocotón y limón. Finalmente, se atrevió a dar el paso y la mordió.

Lo que ocurrió a continuación fue una experiencia que no podría describir con exactitud. Mientras mordía la fruta, pudo ver desde la perspectiva del fruto cómo ella le daba el bocado y sintió una sensación similar a la de darse un beso sí misma e, incluso, notó el sabor a chocolate del pastelillo que había comido antes. Lo siguiente que supo es que volvía a estar dentro de su propio cuerpo, con la fruta en su mano, que se disolvía, sólo que ahora no estaba en el puesto de fruta, si no en una calle estrecha, rodeada de edificios de aspecto Neogótico.

Parecía que este servidor estaba configurado en un ocaso eterno y el cielo tenía trazas de color índigo y violeta por doquier. Esto hacía que parte de los callejones quedara oculta bajo la sombra de los edificios y hubiera fanales de gas encendidos en esas zonas. Awe intentó abrir el mapa de la zona, pero no tuvo éxito, parecía que muchas de sus funciones estaban bloqueadas aquí.

Empezó a caminar calle abajo, hacia un edificio aún más alto y puntiagudo que los demás, que parecía ser una catedral. Según avanzaba, se sentía inquieta; bancos, farolas y matorrales parpadeaban ocasionalmente y le parecía ver sombras de personas en todas partes. Se sentía observada. La mayoría de los locales estaban cerrados, pero se cruzó con una tienda de ropa que estaba abierta y decidió entrar.

Había un intenso olor a piel y a látex en el ambiente y la mayoría de la ropa, no parecía demasiado cómoda de llevar. Vio a un hombre pálido y nervioso, que portaba unas gafas de cristales gruesos. El hombre de mediana edad, al advertir su presencia, se dirigió hacia ella.

―¡Oh! No había reparado en usted, señorita, no solemos tener demasiados clientes presenciales. Nuestros compradores sueles ser más… discretos. ¿Qué le puedo servir? ―dijo el hombre con una sonrisa un poco forzada mientras se frotaba las manos.

―Hola… estoy buscando una tienda, pero no la encuentro ¿Podrías decirme cómo llegar a la tienda de setas? ―dijo Awe, incómoda.

―Ya me parecía raro a mí que viniera una clienta. Además, una tan hermosa como usted. Para llegar a la tienda sólo tiene que seguir calle abajo, hasta la plaza de la catedral. No tiene pérdida.

―Muchas gracias, señor, no la hubiera podido encontrar sin su ayuda ―dijo al fin aliviada ella.

―De nada ¿Pero, ya que se encuentra aquí, no deseará adquirir alguno de nuestros productos? ―dijo él, mirándola de manera inquietante.

―Creo que no, son bastante caros y no parecen muy cómodos… ―dijo mientras se dirigía hacia la puerta, presurosa―. ¡Tenga un buen día!

Awe abandonó la tienda tan rápido como pudo y miró hacia atrás para asegurarse de que aquel hombre tan extraño no la siguiese. Se pudo tranquilizar en cuanto llegó a la pequeña plaza donde, inconfundiblemente, estaba la tienda que ella buscaba. Era una tienda de madera, con setas y flores grabadas. En el escaparate, con anuncios de estilo clásico, se podían ver diversos frascos, pipas y agujas, con líquidos de todos los colores.

Entró en esta nueva tienda y se escuchó el sonido del croar de un sapo cuando se cerró la puerta detrás de ella. Vio a un joven de pelo largo y mal afeitado en el mostrador, poniendo hiervas de un saco a botecitos de cristal más pequeños. El chico silbaba una tonada mientras lo hacía y paró en cuanto ella se acercó al mostrador.

―Hey, no te había visto antes por aquí ¿Qué te pongo? ¡Tenemos los mejores alucinógenos del servidor! ―dijo el chico, jovialmente.

―Bueno, realmente, no vengo a por alucinógenos. Me han dicho que aquí podría encontrar a Paul y que él me podría decir donde está Apolo.

―¡Así que buscas a Ap! ¡No sé cómo lo hace, pero el cabrón siempre se liga a las mejores! ―exclamó el chico―. Perdón, yo soy Paul. Si eres amiga de Ap, eres amiga mía. Mira, le podrás encontrar en el muelle a las 20:00 standard, en la taberna que hay allí.

―Gracias, Paul. Pero no tengo ni idea de donde está el muelle ¿Podrías decirme cómo llegar?― preguntó Awe.

―¡Perdón, pensaba que conocías la zona! Mira, te paso el mapa a tu sistema ¡Ah! Y llévate éstas, regalo de la casa, las puedes comer tal cual ―dijo mientras le lanzaba una bolsa de plástico con un puñado de pequeñas setas de varios colores.

―Gracias Paul, ¡Me has sido de mucha ayuda! ―dijo alegremente la chica, mientras guardaba la bolsa en un bolsillo.

―De nada tía, lo que sea por una colega de Ap ¡Preséntame algún día a una amiga tuya! ―dijo riendo Paul.

―¡Ya veremos! ―replicó en broma Awe―. ¡Hasta otra!

Salió de la pequeña tienda, aún quedaban dos horas para las 20:00. Así que decidió acercarse al sitio donde debía encontrarse con Apolo. El muelle constaba de poco más que un rompeolas, unos cuantos tablones y una pequeña playa. Allí podían llegar barcos llenos de datos y distribuirlos al servidor, aunque ella nunca había conocido nunca un servidor en el que usaran métodos tan lentos y primitivos a la hora de transferir datos de manera masiva. Los pocos barcos que estaban amarrados no eran demasiado grandes y todos llevaban variaciones de la bandera pirata.

Ella se acercó a la playa y se paró a mirar hacia el mar. Se preguntaba de qué estaría constituida todo ese agua, millones y millones de bits la debían configurar y parecía tan real… Con estos pensamientos en la cabeza, tocó algunas de las setas de dentro de la bolsa. Sintió curiosidad por ellas, ya que nunca antes había probado los alucinógenos neurales (ni de ningún otro tipo). Decidió meterse una al azar en la boca.

Inmediatamente, vio a una copia de sí misma delante, pero era físicamente como su “yo” del mundo 1.0. Alargó la mano para tocarla y parecía real. Su copia le retornó la caricia, sonriendo.

―¿Puedes hablar? ―se dijo a sí misma.

―Claro que sí, hablo al igual que tú, ya que yo soy tú ―contestó la copia.

―Eso es imposible ¿Cómo has podido aparecer?

―El alucinógeno está haciendo que tu cerebro trabaje un poco más para poder materializarme. Seguro que muchas veces has escuchado a tu vocecita interior ¿Verdad? Ésa soy yo.

―Entonces ¿Eres mi conciencia? ―dijo sorprendida.

―Algo parecido. Soy el resultado de tus dinámicas cerebrales y lo que te has tomado te permitirá conocerte mejor.

―Entiendo… entonces sabrás decirme por qué me gusta tanto Apolo.

―Sí. Primero te atrajo porque te trataba diferente que los demás. Era generoso contigo y te mostraba aprecio, lo que compensaba cómo te sientes contigo misma. Además, su avatar no estaba nada mal y te llamaba la idea de probar algo prohibido, algo que en tu casa no te dejarían hacer.

―¡Es tal y cómo dices! Empiezo a creer que sí que eres mi conciencia o lo que sea ―dijo Awe, pensativa―. ¿Tú eres la que hace que me sienta enfadada o triste?

―En parte sí. Las emociones que recorren tu cuerpo, cómo te sientes, son resultados de fenómenos complejos que tienen lugar en tu interior. Pero también hay implicadas cosas más antiguas que yo.

―Entonces ¿Por qué me enfado tanto con mis padres? ¡No me gusta tener que andar cabreada todo el día con ellos!

―Ésta es la manera que tienes de encontrarte a ti misma. Hasta ahora, vivías bajo las reglas que ellos tenían para ti. Forzando esos límites y chocando contra ellos, es como descubres cosas nuevas, cosas que pasarán a formar parte de ti y te permitirán definirte.

―Supongo que tienes razón ―dijo Awe, cabizbaja―. Pero no me gusta esto. No quiero andar discutiendo con ellos, ni me gusta ser como soy ¡Soy horrible!

―Eres cómo eres, y eso no es malo. Aún estamos cambiando y es normal que te sientas insegura, ya que nunca antes hemos vivido esto. No tengas miedo a… ―dijo la copia, desvaneciéndose.

―¿A qué? ¿¡Miedo a qué!? ―gritó Awe, pero se encontraba sola de nuevo.

No había ni rastro de su yo interior. Encontrándose ya en la playa, miró el reloj, había pasado casi las dos horas en esa conversación y ahora debía ir a la taberna. Se levantó y se quitó los bits de arena que tenía sobre su vestido y volvió a subir al camino que llevaba a la taberna. Cuando hubo dado unos pasos, se dio cuenta de que algo no andaba bien. Había dos figuras que la seguían.

Ella aceleró el paso, pero ellos lo hicieron igualmente. Debía llegar a la taberna, que estaba a unos 300 metros. Ahora podía ver más claramente a las dos figuras, se trataba de dos hombres, eran corpulentos e iban vestidos cómo estibadores. Poco a poco le iban ganando terreno. Torció en una callejuela hacia la izquierda, donde debería estar la posada, pero se encontró con otro hombre delante, que le cortaba el paso. Antes de que ella tuviera tiempo de reaccionar, le disparó con una pistola. Sintió un fuerte pinchazo en la pierna y todo le comenzó a dar vueltas. De su muslo sobresalía un dardo.

―Ahora te debes sentir muy mareada, es normal. Hemos separado tu “yo” virtual de tu cuerpo y no podrás salir de la red voluntariamente. Te quedarás aquí, sin poder desconectarte ―dijo una voz delante de ella.

―De aquí a unas horas, me desconectarán ―balbuceó ella.

―Me temo que eso no va a pasar. Hemos localizado de donde viene tu señal y seguiremos pagando ese Hostel por ti, de manera que no te desconecten. Si te portas bien, igual algún día permitiremos que te marches.

―¿Qué… qué es lo que vais a hacer conmigo? ―dijo Awe asustada.

―Verás, chica. En este servidor tenemos muchos clientes con gustos particulares. Ellos pagarán bien por tus servicios.

―¿Y qué pasa si me niego? ¡No podéis hacerme daño! ―replicó ella a la desesperada.

―En otros servidores igual no, pero en este servidor podemos hacerte daño como nunca te podrían llegar a hacer en el mundo real. Daño que te hará desear morirte o desmayarte, sólo que eso no pasará ―dijo la voz con seguridad.

Awe no contestó. Se había metido en un buen lío y no veía la manera de salir de allí. Los hombres la cargaron hasta una furgoneta y la metieron en la parte de atrás, con uno de ellos. Arrancaron el vehículo se empezaron a mover. El hombre que iba con ella era alto y era algo gordo. Tenía una barba mal afeitada y su calva estaba cubierta de sudor. La miraba con deseo. Ella miró hacia otro lado, evitando mirarle y se puso en tensión. Escuchaba su respiración.

Notó cómo él acariciaba su pelo y notaba su aliento. Intentó sacárselo de encima, pateándolo, pero él era mucho más grande que ella y la redujo con facilidad. Él se quitó su camisa y dejó al descubierto su barriga. A ella se le hizo un nudo en el estómago y comenzó a llorar. El hombre ahora se le acercaba para besarla y ella cerró fuertemente los ojos.

Pero el beso nunca llegó. Poco a poco ella abrió los ojos, temerosa. Pero ya no se encontraba en la furgoneta, estaba en la cápsula, alguien la había abierto. Delante de ella podía ver a un chico joven y delgado, con gafas. Podría haber pasado por un chico normal, pero tenía unos ojos azules marinos, y en su cazadora se podía leer AP.

―¿Apollo, eres… tú?

―Sí, Awe. He venido a por ti ―dijo mientras ella lo abrazaba.

―¿Pero cómo lo has sabido? ―contestó ella entre gimoteo y gimoteo.

―Tal vez no te hubieras fijado nunca en alguien como yo, pero soy tu vecino de en frente y siempre me has gustado. Cuando tus padres han venido a nuestra casa preguntando si sabíamos algo de ti, me he temido lo peor y me he puesto a buscar por la red y tu señal me ha traído hasta aquí.

Ella se echó a llorar. Por fin lo había entendido y por fin supo lo que le quería decir su propia consciencia. «No tengas miedo a ser cómo eres ». ¡Había estado tan ciega! No hacía falta recorrer todo el mundo virtual en busca de alguien, porque tenía a la persona que quería justo a su lado. Lo abrazó fuertemente y le dijo:

―”Gracias por ser cómo eres”.

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2 comentarios en “Neural, un viaje virtual

    • ¡Gracias por el comentario! Lo que buscaba en este relato era la evolución de un personaje desde la adolescencia a la madurez. Intentava evocar la búsqueda del propio camino al ser adulto y al trayecto que se debe hacer a través de las inseguridades, los peligros y la búsqueda de emociones hasta llegar a la aceptación. Aquí me he basado un tanto en caparucita roja y Alicia en el país de las maravillas a la hora de construir el relato.

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