Lo último que se oyó en el piso fue la puerta cerrándose tras el vendedor. Rogo se encontraba en pie junto al recibidor con una sonrisa en la cara. Un piso nuevo significaba una vida nueva. Inhaló y exhaló profundamente, mientras observaba las motas de polvo suspendidas en el aire que sólo se descubrían a través de la luz que entraba por la ventana. En el piso sólo quedaban algunos muebles maltrechos de los antiguos inquilinos, pero eso para Rogo era de lo más conveniente.

El vendedor le había insistido varias veces en que el piso aún no estaba en condiciones para el alquiler, Rogo lo desoyó con cierta picaresca interior. Mientras hacían los trámites intentó sonsacar algo al vendedor sobre los antiguos inquilinos, y aunque éste le evadió con información vaga sobre una pareja joven, eso sólo hizo que aumentar su interés. Para Rogo, esa era suficiente información para empezar.

Y ahora, sólo en el deshabitado inmueble, podía oír el sonido del silencio. Ése sonido que queda impregnado en un sitio deshabitado, que hasta hace poco había albergado ruidos y vida. Dejó sus maletas en el suelo y se acercó a la pared principal del comedor. La abrazó intentando abarcar tanto espacio como pudo, cerró los ojos y le susurró “Cuéntamelo todo”. Y así estuvo varios minutos, respirando pausadamente.

Al separarse de la pared, sacó una libreta de su bolsillo y empezó a repasar minuciosamente todas las salas del piso. Palmo a palmo, pared a pared, golpe a golpe, mancha a mancha, rallada a rallada, mueble a mueble. Buscaba restos, marcas e indicios de la vida que habían tenido los antiguos inquilinos. A cada indicio que iba encontrando, rápidamente lo anotaba en su libreta.

Rogo desconocía quién había vivido en ese mismo piso, y tampoco quería saber quiénes eran, sólo quería sentir cómo eran. Sentir su existencia, descubrir los pequeños detalles de su día a día, sus pensamientos, sus discusiones, y poder algún día vivir como si fuera ellos.

Conforme pasaban los días, el piso se fue llenando de muebles que encajaban con las marcas que habían quedado en la pared los antiguos muebles. El propietario había intentado arrancar todo el papel de pared que pudo, y a Rogo le costó toda una mañana preguntando en las tiendas de la ciudad, para encontrar el mismo papel de pared con sólo los restos que quedaban en algunos rincones.

Cuando lo compró, sucedió algo que hizo sonreír a Rogo, ya que le indicaba que las cosas estaban yendo por buen camino. Al ver el papel de pared, una parte de él pensó que era de lo más horrible, y otra en cambio pensó que era verdaderamente encantador. Esas pequeñas opiniones internas fueron volviéndose más activas conforme iba haciendo el día a día en su nuevo hogar. Aunque en el fondo, el hecho que más placía a Rogo era que ambas también divergían de su propia opinión. A aquellas opiniones enfrentadas les puso nombres, a la más rencorosa y imperante la llamó Salma; y a la impulsiva y dubitativa la llamó Crepo.

Los días pasaban y Rogo empezó a hablar consigo mismo, intentando marcar un tono de voz para cada opinión que salía de su boca. Poco a poco, el hablar se tornó conversación. Conversaba sobre alguna película que acababa de ver, de cómo le había ido el día en la fábrica, de intentar planificar el fin de semana. Y sin darse cuenta, la conversaciones tendían a subir de tono y acababan en discusión.

Rogo siempre se mantenía al margen cuándo Salma y Crepo discutían. Pero desde la vez que discutiendo se abofeteó a sí mismo, las voces se distanciaron de golpe y sólo conseguía que intercambiaran leves murmullos, dejando a Rogo en su silencio absoluto.

Como veía que la situación no mejoraba en días, probó algo diferente para sacarlos de su parcial mutismo. Empezó a vestirse acorde a sus dos opiniones; notó que al ponerse ropa de chica, la voz y la opinión de Salma recobraba fuerza y conseguía convencer a un desanimado Crepo, de ver alguna película de su gusto. Y las veces que se vestía más juvenil, Crepo volvía a ser el impetuoso amante de las primeras conversaciones, y conseguía engatusar a Salma para ir a la cama más pronto de lo normal.

Rogo por fin era feliz, llevaba muchos años buscando aquella situación. Había estado en muchos otros pisos como ése, había intentado lo mismo muchísimas veces. Innumerables pisos alquilados para encontrar la situación familiar acorde con su interpretación, un lugar donde las opiniones de los antiguos inquilinos pudieran fluir de él casi sin esforzarse. Recordaba agriamente, los fallidos intentos de otras recreaciones familiares donde no había comunicación, donde no se sentía siendo ellos, donde había gente sin escrúpulos que hubiera preferido no intentar ser. Pero por fin estaba a punto de conseguir su objetivo, había recreado plausiblemente los antiguos inquilinos en su propio ser, había interpretado su antigua rutina casi a la perfección, creando un monólogo teatral de colores y matices que cada día evolucionaba hacia crear un escenario propio de los mismísimos Salma y Crepo.

Pero hubo un día que todo dio un giro inesperado. Normalmente él hablaba por Salma y Crepo, él los oía conversar desde su propia boca sin él notarse presente, pero un día algo parecía extraño en Salma. Por primera vez, aunque fuera Rogo quien hablara, los oyó como si él también estuviera presente.

—Crepo, cariño ¿no oyes eso? —dijo con tono de Salma.

—Yo no oigo nada —le contestó Crepo.

—¡Shhhh! Escucha ¿No oyes como un respirar?

Rogo permaneció callado y su respiración se agitó.

—¿Lo oyes ahora? Cada vez es más fuerte, es como alguien jadeando.

—Es verdad ¿Habrá alguien espiándonos?

—¡Crepo, tengo miedo! ¡Haz algo joder!

La preocupación de Rogo había pasado a ser desconcierto. ¿Estaban hablando de él? Intentó decir algo con su voz original, pero la voz de Crepo fue más rápida.

—¡Sal de donde estés pervertido! ¿Eres uno de esos que se divierte espiando a parejas enrollándose? ¡A mí no me la juegas!

—P-p-p-por favor, dejadme explicároslo… —intervino Rogo asustado, con su propia voz que hacía tiempo que no usaba.

—¡¿Explicar el qué?! —le espetó Salma irritada y dominante. Y dejó pasar unos segundos después de meditar—. Ahora ya entiendo qué es lo que nos pasaba. Siempre has sido tú, todos estos meses eras tú quién nos hacía hacer lo que querías…eres un enfermo.

Rogo notó que se quedaba sin respiración, pero Salma no esperó a que acabara de coger aire y continuó.

—Sólo de pensar que tu pestilente aliento intercalaba mis conversaciones con Crepo, me dan ganas de vomitar. Debías jadear de placer cada vez que Crepo y yo hablábamos sobre intimidades.

—N-n-n-no, yo-yo-yo sólo quería… —Rogo sólo pudo decir eso, antes de que Salma le arremetiera con otro torrente inquisidor.

—¿Querías pasar el rato? ¿Querías saber cómo somos? ¿Querías formar parte de algo? ¡No formarás parte de nada en toda tu vida! Me das asco —el siroco de reprimendas de Salma fue sentenciado con la última frase.

La ansiedad de Rogo era exagerada. Sudaba y le costaba concentrar su mente en intentar hablar por sí mismo. Esos instantes de debilidad mental, la falta de control y la costumbre de bajar la guardia para dejar fluir a Salma y Crepo, hizo que otro tono saliera de lo más profundo de su ser. Un tono de una recreación que Rogo hubiera preferido que nunca más volviera a aparecer.

—¡Cállate maldita zorra! ¿Es que sólo sabes mandar? ¿Por qué no os vais, tú y el bueno-para-nada de tu chulo, por donde habéis venido? Porque os juro que os arrepentiréis de no hacerlo —dijo el nuevo tono, furioso y altivo.

El silencio reinó durante varios segundos, Salma no dio indicios de querer hablar, pero sí lo hizo Crepo.

—¡¿Pero tú qué te has creído?! ¡No le hables así a mi chica! —dijo intentando defender su honor como hombre de la casa.

—¿Tu chica…? ¡Ja! —dijo la voz con aire burlón a la vez que despectivo—. Por sus modales debe ser la de cualquiera que pague bien. Sólo está contigo porque eres más holgazán que ella. ¡Además, aquí se hace lo que yo diga! ¿¡Está claro!?

El puño de Rogo marcó involuntariamente el grito final con un golpe seco en la pared. Y volvió a reinar un silencio más longevo, demasiado para el gusto de Rogo. Un silencio que significaba el preludio a un largo e inevitable mal recuerdo.

A la mañana siguiente, Rogo se encontraba arrancando el papel de la pared con aire apesadumbrado. Lo arrancaba con desgana, como si cada trozo fuera un feliz recuerdo que se borraba de su mente.

—Hay que ver lo horrible que era éste papel de pared. Van a haber muchos cambios por aquí —prosiguió el nuevo tono, más relajado pero igual de altivo—. Y mira que llegas a ser inútil Rogo, dejarte engatusar por esos dos. Nunca recrees una mujer con más pelotas que tú. Hay cosas que es mejor no recrear ¿No crees Rogo?.

—Sí padre, ni tampoco recordar —dijo Rogo casi murmurando.

Ésa frase fue, el último acto de rebeldía que Rogo se permitió en meses.

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