El fuego chasquea alegremente el calor del hogar, gruesas pieles cubren paredes y techos para que el férreo invierno de Midgard no acceda al interior de la pequeña cabaña. Y allí se encuentra Ragfrid Thorstendöttir, la volva, sentada en un simple taburete de haya, conocido como el asiento del brujo, donde solo la persona que ejerce las artes mágicas puede acomodarse sin desadormecer la cólera de los dioses. Y sentado en un cómodo banco frente a Ragfrid Thorstendöttir, se encuentra el Conde Hrolf Knudsson, un hombre robusto, con voz varonil, larga barba y mirada noble. Que hasta el Dios Odhínn, padre de todos, y la Diosa Frejya quisieran tenerlo entre las paredes de sus palacios para cuando llegue el Ragnarok.

Y antes de que Hrolf Knudsson manifestara sus palabras, Ragfrid Thorstendöttir dijo:

  —Lo sé, la he visto llorar y sus lágrimas besaban el suelo del puerto de la ciudad de Rohald, la cuál eres conde.

Y Hrolf sorprendido dijo:

  —¡Por todos los dioses! ¿Qué tratan de decirnos a través de nuestros sueños? ¿Pesadumbre o alegría?

Ragfrid con mirada de complicidad, pero sabiendo la responsabilidad de este asunto, transmitió a los dioses a través de las Runas las dudas de su conde. En ese momento, ni el calor del hogar podía servir de abrigo a este hombre robusto, sentía como si el metal frío de la batalla le traspasase su corazón vivo y ardiente.

Tras consultar la escritura sagrada y con rostro serio, Ragfrid Thorstendöttir dijo:

 —Se cabalgará con nuevas monturas sobre el resplandor del mar, pero ese no es tu destino, eres conde y te rodearás de valientes y memorables héroes que te darán gloria durante un tiempo, tú has batallado mil y una vez, la ciudad de Rohald te necesita entre sus muros. La Dis de los Vanir te ha hablado.

Horlf con mirada firme y respetuosa respondió:

 —Quién soy yo para contradecir a la dama de las divinidades. —Refiriéndose a la Diosa Frejya—. Pues bien, Ragfrid Thorstendöttir serás la responsable de este Destino.

Ragfrid al oír estas palabras, fue levantándose pausadamente de su asiento de haya, y en pie con mirada al frente, parecía atravesar las paredes de su pequeña cabaña, y recorrer el sotobosque en busca de aquella madera noble que abunda por esos lares. Seguidamente Ragfrid dijo:

  —Conde Hrolf knudsson no defraudaré ni a ti ni a los dioses, el Destino de las Runas no quedará en vano.

A la cuál el conde con un guiño respondió: 

  —No lo dudo, volva y constructora de barcos, empezarás mañana al alba. Y ahora tengo que irme, debo atender unos asuntos señoriales.

Cuando Horlf knudsson abandonó la pequeña cabaña, justo antes de cerrar la puerta, una ligera brisa abordó a la volva, y sintió como si los dioses le acariciaran su hermoso rostro de piel blanquecina, a pesar de ello, Ragfrid permanecía tensa y ansiosa. Ahora tocaba descansar.

A la mañana siguiente, Ragfrid Thorstendöttir empezó a recorrer el ingente sotobosque, cubierto por una fina capa de nieve en busca de esa madera noble, como si el propio Dios Odhínn le hubiera permitido montar a Sleipnir, su portentoso caballo de ocho patas. La volva acariciaba, sentía y veía dentro de cada árbol, escogió las mejores maderas para la construcción del barco, y con mirada de experta, dirigía al equipo de artesanos que le había proporcionado su Conde Hrolf Knudsson. Ella quería la embarcación perfecta.

Fue un mes de duro trabajo, pero por fin su obra maestra había sido creada, sus pupilas estaban clavadas es esa embarcación de doce metros de largo, dos metros de ancho, con doce bancadas para los remeros, y con un mástil de nueve metros que portaba una vela cuadrada de franjas rojas y blancas. Ragfrid saboreaba ese momento como si de un nacimiento se tratase, a su lado estaba Horlf, que se mostraba orgulloso de ella y palmeaba con fuerza su espalda mientras exhibía una amplía sonrisa.

  —Has cumplido con creces tu cometido y eso reportará gloria a nuestro clan. Pero, no se puede cabalgar los mares hasta que nuestra montura sea citada —dijo Hrolf.

Y con voz firme, Ragfrid le contestó:

La Dis de los Vanir nos ha hablado,

en tus sueños y en los míos.

Un gran Destino nos espera,

y lo alcanzaremos cabalgando,

Las Lágrimas de Frejya.

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