Sira no era nada del otro mundo en cuánto a belleza se refería. Más bien “feílla” cómo su tía le recordaba cuando tenía ocasión, sin ánimo de ofender según ella. No era ni un diamante en bruto, ya que ni las mil cremas de la teletienda ni un maquillaje de Hollywood habrían hecho que mejorara la atención que recibía de los hombres. Su diligencia se dirigía hacia los libros más que en las relaciones sociales, cosa que tampoco ayudaba a mejorar su autoestima. Pero el día anterior había decidido ser más atrevida de lo normal. Usando sus propios métodos, había conseguido tener una cita con Gouldi, el chico más guapo de su promoción.

Sira era consciente de ello. Gouldi era sólo guapo, precioso como la porcelana pero igual de débil. Y si la porcelana tuviese la capacidad mental de un borderline habría sido el símil perfecto para Gouldi. Ella era consciente de eso y de muchas otras cosas, como por ejemplo de la diferencia de popularidad entre los dos, o que una conversación con él le aportaría lo mismo que un vaso de agua en medio de una piscina.

Sabía que las demás chicas la odiarían por tener una cita con él y por eso decidió quedar por la noche. Había propuesto un paseo por el parque a medianoche, paseo al que Gouldi había accedido con una sonrisa un tanto forzada a la que Sira no prestó atención.

Ambos andaban cogidos de la mano bajo la tenue luz de las farolas. Con el paso lento, entre farola y farola, el claroscuro ayudaba a esconder los defectos de la cara de Sira. Ella lo sabía y era en esos momentos en los que aprovechaba para susurrar y mirar sonriendo a la cara de Gouldi. Éste le devolvía la mirada y le sonreía con algún que otro “tic” en su cara que hacía dudar de la veracidad del gesto. A Sira eso no le molestaba en absoluto, era normal que estuviera nervioso, ella también lo estaba.

Mientras se alejaban cada vez más de las luces del parque, el corazón de Sira latía con más intensidad. La intimidad con la que los obsequiaría la oscuridad daba rienda suelta a su imaginación más pueril, hasta que un sonido surgido de la penumbra la hizo salir de sus cavilaciones.

―Tch, tch ¡Hey! ¡Hey! ¿Adónde vais? ―dijo una voz.

La pareja de enamorados se paró de golpe y se giró lentamente para ver de donde provenían las voces.

―¿Qué hacéis por aquí a estas horas? Os podría pasar algo malo… ―siguió otra voz.

“Por Dios, menudos tópicos se gastan” pensó por dentro Sira.

―Sí ¿No es muy tarde para estar los dos solitos? ―dijo la primera voz y acto seguido se oyó el clac y se vio el brillo del filo de una navaja.

“¿En serio? Ahora sólo haría falta que dijeran algo de que les acompañe a pasar un buen rato, para ser el colmo de los clichés” pensó Sira mientras suspiraba.

―¿Qué te parece si le metemos una paliza al enclenque de la cara bonita y nos vamos a pasar un buen rato con la chiquilla? ―continuó el atacante de la navaja.

Sira resopló enfadada por acabar teniendo razón sin querer. Y se fijó en Gouldi que mantenía el rictus en su cara ahora brillante por el sudor frío. Se lo quedó mirando con desaprobación esperando alguna reacción, un acto caballeresco de protección.

―¡¿Pero se puede saber?! ¡Maldito cobarde! ¡Di algo joder! ―gritó Sira ante la vacilación de Gouldi.

En ese momento el chico exhaló cómo si hubiese quedado liberado de algo que lo hubiese estado reteniendo la respiración desde hacía mucho rato. Y desesperadamente se abalanzó hacia los dos asaltantes con lágrimas en los ojos.

―¡Aaaaahh! ¡Ayudadme por favor!¡Está loca! ¡Está como una cabra! ¡Por lo que más queráis salvadme! ―berreó Gouldi desenfrenadamente mientras les suplicaba de rodillas a los dos gamberros.

Ambos malhechores quedaron confusos y reaccionaron metiéndole una patada, pensando que se trataba de una treta para escaquearse de la paliza.

Sira estaba furiosa.

―¡Hay que ver! ¿Te dejo hablar y sólo sabes decir eso? ―suspiró y profirió―. ¡Gouldi, callado y a mi lado!

Gouldi casi reflexivamente obedeció. Se arrastró lo más rápido que pudo y se quedó de cuclillas al lado de ella y recuperó el rictus en la cara.

―¡Wow wow wow! Nena, menudo carácter. No te pienses ahora que nos va vuestro rollo sadomaso. Somos nosotros quienes te vamos a decir qué tienes que hacer y qué tienes que chupar. ―dijo él gamberro de la navaja y lo aderezó con una risilla libidinosa.

―Sí, eso eso. Nosotros te vamos a decir qué chupar. Mira, ven aquí que te voy a decir qué hacer con esa bo…. ―pero antes de que acabara la frase, la crispación de Sira había alcanzado su cénit.

―¡No! ¡Mira tú! ¡Yo te voy a decir qué hacer con esa boquilla tuya! ¡Mira, puedes empezar por comerle la polla a tu amiguete! ―y señalando al de la navaja le dijo―. ¡Y tu, bájate los pantalones y quietecito!

Los dos asaltantes quedaron confusos al ver que para su desgracia, sus cuerpos obedecían todas y cada una de las órdenes de la chica.

Al cabo de un rato, los sollozos ahogados y las lágrimas de ambos no fueron suficientes recompensas para Sira, que se deleitaba ante la situación.

―¡Muy bien! Para ser tu primera vez pareces un profesional. Y ahora voy a deciros un par de cosas a los dos, vais a olvidar habernos visto esta noche. ¿De acuerdo? Y otra cosa más. Nosotros vamos a ser lo único que olvidaréis de ésta noche, porque vuestra nueva experiencia sexual la vais a repetir de vez en cuando, aunque en realidad lo vais a aborrecer. Y ahora ¡Fuera de mi vista! ―les espetó para despacharlos.

Gouldi se encontraba aún arremolinado a su lado. Sira lo miro con el cariño y la condescendencia de una madre y lo ayudó a incorporarse.

―Gouldi, Gouldi, tienes que ser más hombre. Una cara bonita no lo es todo, tienes que demostrar que tienes agallas. Pero no pasa nada, con el tiempo ya limaremos eso. Ven Gouldi, ven a mi lado. Andemos juntos hacia la oscuridad y seamos felices.

Y aunque al adentrarse en la penumbra de la última farola, Gouldi continuaba sonriendo, de sus ojos aún llorosos, una lágrima resbaló por su mejilla. La última y única que lloraría por voluntad propia en mucho tiempo.

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