Me gustaría hablar, o escribir, en este momento, de un joven escritor a quien conozco. Él es un chico de unos quince años, creo que aún sin cumplir, y es la persona más inteligente que he visto nunca. Por eso quería dedicarle algunas líneas, solo en honor de su imaginación.

Cuando crecía, hace algún tiempo, le costaba ordenar ideas. Nunca tuvo problema en estar solo, con la única compañía de un libro y algún bolígrafo con el que apuntar sus visiones, pero aún así, siendo su propio mejor amigo y viajando en soledad a cualquier lugar imaginable en la mente de no todo el mundo, le costaba duro esfuerzo. Había algo que le impedía continuar esas escapadas, en algún rincón de esa estancia esférica donde todo sucedía.

Un muro. O eso parecía.

Esa dichosa barrera que hacía que su voz se quebrara en medio de una frase, que le cortaba las alas, que no le dejaba ni siquiera respirar.

En realidad, nadie sabía por qué se le conocía por ese nombre. Aquel muchacho delgado, de tez pálida y pelo enmarañado, al que llamaban escritor, nunca había terminado una novela. De hecho, la realidad era que nadie lo había visto escribiendo una palabra. Siempre llevaba ese bolígrafo viejo, cuya tinta parecía no acabarse, y de vez en cuando simulaba escribir algo en un cuadernillo de bolsillo. Pero hasta ahí lo que se sabía de él. Nadie sabía si lo simulaba o de verdad escribía, pero no podía haber llegado ni a la mitad de una novela corta.

Yo lo veía a menudo, porque solíamos pasear por la misma zona del enorme parque, prácticamente desierta, sin bancos ni toboganes, con una única caseta de madera, abandonada hace años, que daba un poco  de miedo. La gente no solía ir por allí porque era, según muchos, “un sitio escalofriante”, pero a mí me gustaba. Y al parecer a él también. Cuando yo iba, él estaba siempre sentado a la sombra del mismo árbol, con su libro y su bolígrafo, mirando la mano que sostenía el último, con una expresión que me parecía entre concentrada y… frustrada, nunca supe por qué.

Yo, secretamente, lo admiraba. Admiraba su aparente perseverancia, su manera de omitir los comentarios ajenos. Admiraba de aquel chico lo que sabía que me faltaba a mí. A veces pensaba que seríamos buenos amigos, pues nos complementábamos a la perfección. Pero luego me daba cuenta de que él nunca saldría de él mismo, de que ese joven a quien veía allí sentado estaba demasiado ocupado intentando deshacer un muro de piedra para lograr el sueño de su vida. Un sueño imposible, de esos que no se pueden cumplir. Además, yo no era como él. Pertenecíamos a mundos distintos. Aquel muchacho era un alma en pena. Estaba encerrado en sí mismo y no quería nada más. Para todos, solo era eso, un adolescente extraño, sin vida de ningún tipo, que veía cosas que nadie más había visto nunca.

Pero, un día, hace menos tiempo del que parece, yo lo vi. Lo vi sentado en el parque, solo como siempre, con su libro y su bolígrafo. Y sus ideas. En ese instante, que ahora queda lejano a pesar de no serlo, yo sentí su mente muy cerca, esa imagen que nunca olvidaré, casi nítida, aunque inexistente para las personas que se encontraban a mi lado, lo más bonito que he visto, algo que ni siquiera puedo explicar con palabras. Simplemente acudió. Y pareció que él mismo, el joven escritor, quería que lo viera.

Solo yo.

Nuestras miradas se encontraron durante un segundo que parecieron minutos, años. Todos esos años que había pasado viéndolo, con la mente dividida entre admiración y aprensión, todos los años de desconocimiento, de ignorancia hacia él, de… tantas cosas que, con esa mirada, salieron a la luz para mí. Y entonces, comencé a atar cabos en mi mente. El libro, el bolígrafo, aquella expresión frustrada en su cara… todo cobró el sentido que, durante toda mi vida, había buscado y anhelado secretamente.

En ese momento, un día cualquiera, en aquel parque, ahora especial para mí, sentí en mi interior algo duro, algo que, sin saberlo, había estado dentro de mí durante años. Algo que había estado oprimiendo mi pecho y mi cabeza tan fuerte que me había acostumbrado a vivir con el dolor, hasta tal punto que dejé incluso de sentirlo.

Un muro. O eso parecía.

Sabía lo que parecía, y nunca supe ni quise saber de qué se trataba realmente. Solo sé que noté cómo se rompía en mil pedazos, se desintegraba, y bajaba desde mi cabeza y mi pecho hasta llegar al suelo, donde, espero sigue enterrado para siempre.

A partir de entonces comencé a escribir.

Porque, me gustaría añadir, querido amigo, que ese joven escritor, ese muchacho extraño, delgado, de tez pálida y pelo enmarañado, que nunca había terminado una novela, era yo.

Y conseguí, al contrario de lo que pensaban todos, incluyéndome a mí en muchas ocasiones, deshacer el muro, terminar mi viaje por lugares nunca antes imaginados, desplegar mis alas y volar.

Y, para sorpresa mía, solo tuve que encontrarme cara a cara conmigo mismo.

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