El reloj marcó las 0 horas, indicando, también, que ya era su cumpleaños número 30. Él no era fanático de los festejos, pero ese día iba a organizar una humilde cena en su casa con aquellos más cercanos. Antes de irse a dormir, decidió salir al jardín a fumar el primer cigarrillo de su nueva década.

Distraído en sus pensamientos, con los ojos perdidos en el humo que exhalaba, escuchó un zumbido  -Zwiiin fiuuush- Sorprendido levanto la cabeza al cielo nocturno. No vio nada, pero notó que esa era una noche particularmente despejada y estrellada, así que demoro unos minutos más contemplando los astros. -Zwiiiiiin fiuuush- Más cerca. Esta vez el ruido lo asustó un poco. Lo que lo producía tenía que ser algo realmente grande.

Inquieto, decidió volver a la casa, y el horror se apoderó de su ser. No se podía mover. Su cuerpo estaba totalmente paralizado. Intentoó gritar, pero las palabras enmudecieron en su boca. Sintió como detrás de si la puerta de su casa se abría, pero no pudo contemplar quién se acercaba a paso sereno, tranquilo… aterrador. Ya estaba detrás de él. Sintió un pinchazo en su nuca y se desmayó.

Abrió los ojos. Se encontró recostado en una habitación difícil de describir. Metálica, fría, pero acogedora… Tenía algo familiar. Quiso levantarse y notó que seguía paralizado.

—Creo que abrió los ojos Susurró una voz a sus espaldas

—¿Ya? ¡Pero si recién lo trajimos! Siempre supe que este iba a traernos problemas. Advertí que no había que hacerlo. Dijo una voz distinta a la anterior

Ya, basta de preocupaciones. No causó ningún problema en su ciclo. ¡Siempre exagerando!

¡Bueno, pero esta vez elige al que esté a punto!

Ya, ya. El 30 está perfecto. Apúrate con los recuerdos de éste. En poco tiempo empezará a fallar.

—Si, va. Déjame echarle un vistazo. Ayúdame a sentarlo.

Una ¿mano? lo sujeto de la espalda y con una fuerza sobrehumana lo levanto del suelo y lo sentó en algo similar a una silla.

No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Un ser de unos 3 metros de altura, flaco, de piel oscura y algo verdosa,  con pequeños ojos y enorme boca, manejaba una especie de computador con unos tubos conectados. Detrás de él, en enormes tubos de ensayo, había personas flotando en un líquido azul burbujeante.

Uno de los tubos empezó a drenar el líquido, dejando al hombre que se encontraba allí al descubierto. Era él. Idéntico. El ser se le acercó y colocó uno de los tubos que salían del computador a la cabeza de su otro yo.

Listo por aquí. Conéctale el transmisor a ese. ¡Y deprisa! Ya se está descomponiendo. Cuando lo levantaste perdió uno de los pies, y parece que no falta mucho para que el brazo donde lo sujetaste siga la misma suerte.

—¡A la orden doctor!

Sintió como un tubo le era introducido por la nuca en su cerebro. Fue algo indoloro. Estaba seguro de que ya había sentido algo similar.

—¡Listo doctor! Ya puede hacer la transferencia de recuerdos.

Perfecto. A la obra.

El ser se acercó a la máquina, introdujo unos comandos y se apartó. Sus ojos se cerraron, ya no podía ver qué pasaba en la habitación. Ya había perdido el miedo… De alguna forma supo que lo que estaba pasando era parte de la vida. Se dejó estar y escucho las últimas palabras que pudieran rebotar en sus tímpanos.

Sorprendentes los humanos. Mentes tan fuertes, cuerpos tan frágiles…

Y suerte que tenemos, si no habría que cambiarlos ¿de que trabajaría? ¡Ja!

—¡Ja!

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