Como si todas las brujas condenadas y ávidas de aquelarres y conjuros, hubiesen pactado compartir su celda reviviendo en un solo un cuerpo, habría sido sin duda en ella; una anciana sin nombre, desgreñada, tuerta y vagabunda. Se dedicaba a hurgar en la basura para encontrar cosas que vender, vestir o comer. Su olor putrefacto, su sonrisa desdentada y sus carcajadas, réplicas de sus dementes conversaciones con el viento, formaban parte de su miserable sello. Sello que secretamente me aterraba.

Para muchos, ella era motivo de lástima; para otros, de risa; mas para mí, lo era de un trágico sino, inevitable como un presagio de tan mal aspectado como su único ojo, el cual prefería no mirar jamás. Sin embargo, el destino quiso juntarnos y en aquel día de otoño, dando la vuelta a una esquina, nos estrellamos de frente.

Ante la fuerza del impacto, mi reloj pulsera se soltó de mi muñeca y cayó bajo sus pies. Ella lo tomó y me lo entregó dócilmente.

—Gracias —le dije, sin mirarla, ajustándome la correa del reloj.

―¿Me dices la hora, por favor? —me rogó.

—Las ocho —le contesté con una semi-sonrisa.

—¿Quién eres? —me preguntó.

—¿Por qué me preguntas eso?

—¿Quién eres? —insistió.

—Soy yo —le dije molesta.

—¿Tú eres yo? —preguntó.

—No, yo soy yo y tú eres tú —le dije aún más molesta.

—¿Yo soy qué? —chilló.

—Tú eres tú —le respondí.

—Entonces si yo soy yo, ¿tú quién eres? —preguntó sorprendida.

—Escucha, estoy apurada, no estoy para tus enredos —le dije tajante.

Pero ella me sostuvo fuertemente del brazo y con sus largas uñas hundidas en mí, repitió:

—¿Quién eres?

—Yo soy yo, si yo fuera tú, ya no sería yo y tú no serías tú, pero nunca lo comprenderás, a no ser que te dijera que yo soy tú. Ahora suéltame, estoy atrasada.

—Gracias —me respondió sin mirarme, ajustándose la correa de mi reloj.

—¿Me dices la hora, por favor? —le rogué.

—Las ocho —me respondió con una semi-sonrisa.

—¿Quién eres? —le pregunté, mirándola a través de mi único ojo.

—Soy yo —me contestó con mi voz.

Y se fue con mi aspecto, caminando a prisa, rumbo a mi vida. Dejándome a mí, dentro de su raído cuerpo, condenada a arrastrar mi alma sentenciada en ella, mi carcelera: una anciana sin nombre, desgreñada, tuerta y vagabunda, como en el peor de los presagios.

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