Bob Había sido mendigo desde que era pequeño. En el colegio siempre pedía a otros niños trozos de su bocata, bolígrafos o folios de cuaderno, que amontonaba formando una amalgama de hojas irregulares, dobladas y de diferentes colores. De adolescente, paso a pedir cigarros a sus amigos, o tomaba prestados objetos que nunca eran retornados. Pero no fue hasta un poco más adelante que empezó a mendigar dinero en las calles.

No lo hacía porque tuviera algún tipo de problema. En su caso, era un estilo de vida. No tenía muchos gastos y no le apetecía esforzarse para nada. Simplemente podía estar sentado todo el día en frente de la Apple Store, navegando con su smartphone con el wifi gratis. Cada día, escogía una gorra diferente entre el elenco de gorras de publicidad que conformaban sus herramientas de trabajo. Ya con ella en el suelo, se sentaba y dejaba pasar las horas, mientras caían las monedas.

Sin embargo, ese día le ocurrió una cosa que no esperaba. Tan pronto como él se presentó en su habitual posición, se encontró a un hombre justo al lado una pared cercana, sin moverse. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, pero no lo podía juzgar con facilidad, ya que llevaba una barba poblada y un pelo entrecano. Iba vestido con una americana raída, unos pantalones vaqueros y unas gafas algo antiguas, de montura metálica.

Al principio intentó no prestarle atención, enfrascado en su smartphone de última generación mientras tenía su gorra en posición de mendigar. Pero pasaban las horas y seguía allí, mirándole, analizándole. De vez en cuando movía la cabeza negativamente o resoplaba. Siguió así hasta que, repentinamente, se le acercó:

—¡¿Pero se puede saber qué haces?! —le preguntó. Bob no sabía cómo contestar a eso; estaba acostumbrado a que la gente lo evitara, a que pasaran de él—. ¡Lo estás haciendo todo mal!

Bob le miraba sorprendido. Lo más probable es que se tratara de un lunático. Decidió recoger y marcharse para evitar una posible confrontación.

—¡Espera, no te marches! —gritó el misterioso hombre—. Siento haberte asaltado así, pero no podía aguantar más viendo cómo desperdiciabas tú talento.

—¿Mi… talento? —Ahora estaba seguro de que ha ese hombre le faltaban uno o dos tornillos.

—Te he visto pedir dinero muchas veces que he pasado por aquí. Estás todo el día, pero casi nunca te dan nada. Tienes la paciencia y tenacidad para ser un buen mendigo, pero te faltan las ganas. ¡Con un poco de ayuda, podrías tener un brillante futuro!

Nuevamente, el chico no sabía qué contestar. Posiblemente estaba siendo uno de los días más raros de su vida. Permaneció perplejo, escuchando al excéntrico individuo.

—Mira, tú simplemente te sientas ahí y pasas de tus clientes. No les das nada a cambio de su limosna. No se sienten mejor con ellos mismos, ni sienten que te han ayudado. ¡Debes interaccionar con ellos!

»Además ¿Qué es eso de estar sentado siempre en el mismo sitio pidiendo?, un estudio con 200 mendigos ha demostrado que aquellos que cambian de lugar cada 3 días ganan casi el doble que aquellos que permanecen en el mismo puesto, podrías ganar fácilmente el doble y mucho más. Por ejemplo, he visto que dejas que el dinero se acumule en tu gorra, ¡Eso es un error! la cantidad ideal que debe haber en tu gorra es de un 1 euro y 88 céntimos, una moneda de cada.

Ahora Bob estaba intrigado. El hombre parecía decir sandeces, pero sin duda sabía de lo que hablaba. Se atrevió a preguntar.

—¿Y cómo es eso? —inquirió avergonzadamente.

—¡Estoy contento de que lo preguntes! El secreto es que hay una moneda de cada tipo, pero lo más importante, es lo que no hay.

—¿Lo que no hay? —se interesó Bob.

—¡Eso es! No hay billetes y no hay ninguna moneda de dos euros. La gente, que piense darte dinero, inevitablemente mirará que es lo que tienes. Entonces, inconscientemente pensarán en que te faltan billetes y monedas de dos euros. Por esa razón te darán la cantidad mínima de lo que te falta, ¡La mayor de las monedas posible!

Todo eso parecía tener sentido para Bob. Por una vez en su vida, pensó que se podría esforzar un poco más en lo que hacía. Hacerlo mejor, llegar más alto.

—Señor… muchas gracias por los consejos ¿Cómo podría aprender más? ―preguntó el limosnero.

—Si quieres aprender más, estate de aquí a siete días, a las 21:30 en la universidad. Debes ponerte delante del aula 214 en tu pose habitual de pedir y llevar un billete de 5, uno de 10, uno de 20 y uno de 50 en la gorra. Usa lo que te he enseñado para reunir el dinero.

Bob pasó esa semana pidiendo como nunca había pedido, y eso que toda su vida había mendigado. Tubo que sonreír, cambiar de localización y reponer el dinero rápidamente mientras nadie miraba. Y así, después de una semana, había acumulado 157’64 euros. Más que suficiente como para poner en la gorra los billetes que el hombre le había dicho.

El día indicado, se puso su mejor gala de suplicar. Un abrigo de piel tan usado que no podría parecer más raído. Aún con todo, le daba un toque de distinción, de hombre venido a menos que despertaba las simpatías de los transeúntes. Seleccionó una gorra de una famosa marca de cerveza y acudió al punto indicado. Algunos estudiantes, al encontrarlo sentado en el pasillo, se mofaron de él, pero Bob hizo caso omiso de ellos. Hoy estaba totalmente concentrado en su tarea, incluso había dejado de lado su habitual smartphone.

Pasaron los minutos, más lentos que las más largas horas de invierno. Lo tenía todo dispuesto: la gorra señalando 165º al frente, una pose cómoda pero ligeramente encorvada hacia los potenciales clientes, el pelo justamente grasiento y una sonrisa en la cara, enseñando sus blancos dientes.

Finalmente se abrió la puerta y por ella empezaron a salir hombres trajeados. Al verle, se sorprendieron, pero empezaron a depositar billetes de 100 los primeros y luego billetes más altos los siguientes. Cuando el último de ellos se hubo alejado por el pasillo, salió el extraño hombre de una semana antes de dentro la sala. Hoy, no obstante estaba irreconocible: iba bien afeitado y con un traje de ejecutivo, con unas modernas gafas sin montura. Se dirigió a Bob.

—¿Y bien? ¿Cuánto has recaudado?

—¡4000… no, 4100 a parte de lo que yo había puesto! ¿Qué es lo que has hecho?

—Yo no he hecho nada, esto te lo has ganado tú. Estabas en el lugar correcto en el momento adecuado —dijo el hombre encorvándose de hombros.

—Pero, sigo sin entender.

—Yo hago reuniones con altos ejecutivos de las compañías más importantes de la zona. En estas reuniones debatimos sobre cómo invertir el dinero de las empresas en causas sociales. Sin embargo, lo que hacen realmente es hacer ver que tienen más recursos que sus competidores. Es por eso, que al verte en esa situación, todos han querido dejar su parte y competían entre ellos.

—¿Y los billetes?

—Eso servía para establecer una cantidad “mínima” en la que se fijaran. Si veían un billete de 50, empezarían depositando 100 para no ser menos.

Bob estaba a punto de echarse a llorar. Un desconocido le había regalado 4100 euros y eso le serviría para vivir un año.

—Señor, me ha ayudado enormemente y ni siquiera sé tu nombre. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Tres cosas. Sólo eso —dijo él misteriosamente.

—¿Cuáles? — inquirió el mendigo.

—En primer lugar, quiero que cada día ofrezcas lo mejor de ti como medigo. En segundo lugar, quiero que acudas a este punto cada semana, a esta hora.

—¿Qué quieres que haga en tercer lugar?

—Llámame Benito —dijo el hombre estrechándole la mano—. Aunque algunos, me llaman San Benito.

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