(1er movimiento)
Desde el infierno señor Lusk, señor, le adjunto la mitad del riñón que saqué de una mujer y que he conservado para usted, la otra parte, la freí y me la comí, estaba delicioso.
Firma: “atrápenme si pueden”

(2do movimiento)
Desde el infierno, sumidos en eras de hermético encierro, tanto condenados como demonios, vagan por la obscuridad, arrastrando sus cuerpos en permanente estado de descomposición, obsesionados por huir, arañando el suelo intentando cavar un túnel sin sentido, pues dadas sus circunstancias, éste los haría caer aún más bajo de lo que ya están, pero necios a su ridiculez, se avocan a cavar desesperados, mientras otros, presas de la locura, caminan en círculos, tropezando y cayendo, siendo pisoteados, por los que, en lugar de cavar, intentan trepar por las viscosas entrañas del averno. Rendidos, sudoroso s y hambrientos, asumen que no pueden escapar y sin más, devorándose unos a otros, expendiendo hedores tan nauseabundos, que ya ni los huelen, entre aullidos de dolor, risotadas, restallidos de látigos, burlas e insultos, emiten un caos sonoro insoportable, incluso para ellos, un “soundtrack” febril y atormentado, sólo comparable, con la más macabra de las rapsodias. Desterrados de toda manifestación divina, la música es inaccesible para ellos, no así el ruido, que carece de compases, de armonía, de silencios, el ruido es cacofonía, no música, es el abominable fruto de su sentencia y su perenne castigo. Frustrados, ansiando volverse sordos, de pronto, irrumpe un sonido acompasado, similar a los latidos de un corazón humano, uno que en un frenético in crescendo, rebota contra las paredes infernales, tiñéndolas de sangre e impregnándolas de tanta obscenidad, digna de una persona tanto o más sádica que el mismo diablo. Desde el infierno, tanto condenados como demonios, saben que ese corazón es inhumano, pero mortal y deseosos por degustarlo, aguardan por él, para atraparlo, mutilarlo y engullirlo, una y otra vez…

(3er movimiento)
Mientras, desde la tierra, sumido en su propio infierno, uno llamado Whitechapel, un hombre, al que las vidas ajenas, las alondras y la música, le importan un comino, incluso menos que un clavo o una hormiga, afila su cuchillo, desciende de un carruaje, camina en medio de la noche, se acerca a una mujer, le corta el cuello, la desfigura y la destripa, cometiendo el primero de sus misóginos asesinatos. Descarado, sin un ápice de culpa, ni remordimiento, se jacta de sus crímenes mediante una carta, dirigida a un tal señor Lusk, adjuntando la mitad del riñón de una de sus víctimas, afirmando que la otra mitad la frió y se la comió, ganando tanta notoriedad y un apodo tan marcadamente “in” que, sin mediar esfuerzo de su parte, resguarda su identidad desde 1888 hasta el día de hoy. Sin embargo, este sujeto, amante del silencio, cuyo único “leit motiv” es matar, sin nombre, sin edad y sin corazón, dado que el suyo no es más que un músculo, capaz de emitir latidos para mantenerlo en pie, afortunadamente un día se detiene y tanto condenados como demonios, irrumpen en su agonía, lo rodean, le susurran, le rugen, se ríen de su fanfarronería, porque lo que él llama el infierno es apenas una gota de lo que le espera y agobiándolo, fingiendo las extintas voces de Mary, Annie, Elizabeth, Catherine y Mary Jane, estallan en carcajadas, cuando su caos mental y la basura que lleva por alma, colapsan, y dado que les pertenece (ningún ángel se presentó para guiarlo hacia la luz), lo atrapan fácilmente, llevándose de paso su afilado cuchillo, para usarlo con él, una y otra vez..

(1er movimiento y final)
Desde el infierno, señores, nos es imposible adjuntarles la mitad del corazón de un hombre que hemos conservado para ustedes, pues nos agradan sus latidos saturados de bemoles y la otra parte la freímos y la comimos, sabe delicioso. No les otorgaremos más detalles, aunque seguramente ya adivinaron que nos referimos a “Jack the Ripper”.
Firma: “sálvense… si pueden.”

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