El Sol se escondía, vergonzoso, entre las pocas nubes que rasgaban el cielo y la luz primaveral dio paso a una liviana sombra, que lo tapaba todo cómo una sábana. La temperatura, que era agradable, en pocas semanas dejaría paso al calor veraniego y la brisa apenas se hacía notar. Desde el parque en el que se encontraba, Sergio no podía escuchar ningún ruido de la ciudad y podía apreciar el sonido que producían los pájaros, jugueteando de rama en rama.

Era en estos momentos en los que él podía desconectar y olvidarse de todos sus temores. Se olvidaba por un momento de sonreír, de la necesidad de cumplir con las expectativas que el mundo tenía sobre él, cómo ser humano, y el comportamiento que esperaban de su persona. No entendía por qué tenía que ser de esa manera. Todos actuaban en una obra en la que nadie quería participar.

Hasta el último de ellos se comportaba cómo se esperaba de ellos y ninguno era auténtico. Solo leían un guion, ponían una sonrisa y pasaban a la siguiente línea. Temían que el mundo les castigara por ser ellos mismos. Que la sociedad les apartara. Y no hay nada más horrible que la secesión del grupo del que eres parte; ser rechazado y empujado a un ascetismo involuntario.

Con esos pensamientos en la cabeza, Sergio se dirigió a la salida del parque, la salida de su pequeño templo de paz y volvió al mundano ruido. Ahora había personas, automóviles y movimiento por doquier. Él miraba cómo unas caras hablaban a otras, cómo se reían y parloteaban de cosas sin interés alguno. Podía observar cómo los labios pronunciaban cada sílaba y cómo se curvaban en una media sonrisa. Incluso notaba cómo algunas de las personas lo miraban y dejaban de hablar.

Eso le ponía nervioso ¿No podían ver que el problema no era él? ¡En su persona tenían un aliado, alguien con quien podrían ser ellos mismos! Evitó las miradas de las personas con las que se iba cruzando y se dirigió a la tienda, donde empezaría a trabajar en 5 minutos. Una vez entró por la puerta, su cara cambió. Ahora se había puesto su mejor sonrisa y se colocó en el mostrador, listo para atender a las personas que llegasen.

Pasó la mañana entera atendiendo las quejas y peticiones de los clientes, con entereza y tacto. Cómo había aprendido a lo largo de los años, ellos sólo requerían una sonrisa, un gesto agradable, algo que les hiciera ver que era parte del acto. Todo era una bufonada sin sentido. Se comportaban como todos los demás y, sin embargo, se querían sentir únicos, especiales cómo ninguno de ellos. No podía seguir aguantándolo.

Cuando faltaba poco para cerrar el establecimiento, se le acercó un cliente. Era alguien que estaba seguro de haber visto antes y se paró en el mostrador, delante de él. No dijo ninguna palabra. Sólo estaba ahí, mirándole fijamente a los ojos. Sergio sacó la mejor de sus sonrisas:

―¿Le puedo ayudar en algo, señor?

―No quieres ayudarme, lo único que quieres ahora, es que salga del mostrador y dejarte de sentir incómodo por mi presencia aquí.

Sergio notó cómo el corazón le palpitó fuertemente. No había palabras que decir contra una verdad cómo aquella. Sintió una sensación de amenaza, pero también de reconocimiento: esta persona no actuaba. Miró en ambas direcciones; no había nadie en la tienda. Relajó su sonrisa y se permitió poner una cara neutra, relajada y miró nuevamente al cliente. Era de su estatura, Poseía unas pobladas cejas negras y unos penetrantes ojos marrones. Parecían ver más allá de uno mismo. Tenía una barba de una semana y vestía con una chaqueta negra.

―Tienes razón. No quiero ayudarte, ni tampoco a nadie de aquí. Odio poner esta estúpida sonrisa y hacer ver que me encanta lo que hago ―admitió el dependiente.

―¡Lo has admitido rápido! Eso ya es un buen paso ¿Entonces, por qué lo haces?

Él nunca se había planteado esa pregunta. Tal vez era porque quería encajar en este mundo, ser parte de él de alguna manera. Posiblemente sí que le importarían los demás más de lo que él estaría dispuesto a aceptarse a sí mismo. Mientras pensaba en todo esto, una señora entró por la puerta y cuando él alzó los ojos, el extraño hombre había desaparecido, no quedaba ni rastro de él.

Nuevamente él puso su sonrisa de dependiente y se dispuso a atender lo mejor posible a la clienta. La estuvo atendiendo durante muchísimo tiempo, hasta pasada la hora del cierre. Se sentía agotado de haber lidiado con las exigencias de la señora. En el esfuerzo de sentirse únicos y especiales, las personas no dudan en hacer prevaler sus derechos por encima de los de demás.

Cerró la persiana del establecimiento y se dispuso a contar la caja del día, cuando notó que no estaba solo. Desde detrás de una estantería surgió el extraño hombre de antes. Ahora llevaba una cestita con productos variados. Se aproximó al mostrador y volteó la cestita encima de la misma, desparramando los productos por doquier. Una botella de whisky cayó rodando al suelo, donde se rompió, esparciendo un fuerte olor a alcohol por todo el local.

―¡¿Qué cojones te crees que estás haciendo?! ―gritó Sergio.

―Exactamente lo que acabo de hacer. Me da asco ver cómo te inclinas delante de una vieja y te humillas por tal de venderle cuatro mierdas ¿No tienes autoestima?

―¡La autoestima no tiene nada que ver! ¡Es una cliente, se merece ser tratada en condiciones! ―protestó el dependiente.

―¿Seguro? Eso no es lo que sientes realmente… ―dijo el extraño con una sonrisa sardónica―. Antes no has contestado a mi pregunta ¿Por qué actúas cómo lo haces? ¿Por qué no haces lo que te gustaría hacer?

―No sé. Supongo que quiere ser parte de este mundo, encajar de alguna manera ―respondió dubitativo el tendero.

―Los dos sabemos que ésa no es la razón.

El corazón de Sergio dio un vuelco tras escuchar esa frase. Nuevamente daba en el blanco. No creía que actuaba así por tal de encajar. Eso sólo era una mentira que se contaba. Había algo más que le aterrorizaba. Que le rondaba en su cabeza y sólo de pensarlo hacía que sintiera un gran vacío en su interior:

―Tengo miedo a que los demás me rechacen. A que me eviten y me aparten por cómo soy. Odio actuar de manera agradable con los demás cuando no lo siento porque es la confirmación de mi miedo. Cuando lo veo en alguien más, lo odio por la misma razón ¡¿Contento?! ¡¿Ahora me dejarás limpiar todo este estropicio en paz?!― dijo Sergio, pero ahora se encontraba hablandole a la nada, con una cesta en su mano.

Permaneció así durante varios minutos, asimilando lo que acababa de decir y vivir. ¿Desde hace cuanto tiempo tenía la necesidad de admitir cómo se sentía? ¿Volvería a ver a aquel hombre? Sin embargo, había profundizado en algo más aún de sus miedos. No deseaba ser uno más de la sociedad, si no que le aterraba estar apartado de la misma. Sentir en su carne el rechazo, el odio y ser apartado. Pero había experimentado un malestar aún mayor. Es posible que hubiera algo más profundo y aterrador que ser apartado de la sociedad, algo más horrible: ser apartado y obligado a desconectar de ti mismo, hasta tal punto de que no te reconoces ni aunque te tengas en frente, gritándote para conectar y aceptarte tal y cómo eres.

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