Comienzo a abrir los ojos… me duelen, los tengo como irritados. Lo primero que consigo ver es un techo blanco. No sé dónde estoy. Giro un poco la cabeza para ver algo más. Veo que a mi lado hay una mujer con un uniforme blanco. Todo es blanco … No sé todavía dónde estoy ni por qué. Siento una gran ansiedad. Sólo puedo pensar en cómo salir, en cómo hacerlo sin que esta mujer se dé cuenta. Espero que no me quiera hacer daño … Ciertamente, me encuentro asustando. Intento pensar, pensar rápido. Empiezo comprobando mi movilidad poco a poco, discretamente. Creo que ella se da cuenta y la veo cogiendo un teléfono y pidiendo que venga el doctor. ¿He escuchado bien? ¿Doctor? No sé qué pensar… Lo primero que me viene a la cabeza es intentar distraerla. Inicio una conversación, que a la vez me ayudará a sacar más información para saber actuar. Intento hablar, me cuesta pero finalmente consigo decir:

—H… o… la…a.

—Hola —contesta ella mirándome fijamente y con un cierto placer en su rostro.

La puerta se abre y empiezan a entrar una, dos, tres… ¡Y hasta cuatro personas! Todos con batas blancas y pijamas como de hospital. Rodean todos la cama con cara de impacientes, uno de ellos pensativo, mira los monitores y la chica se retira, dando un paso atrás, al verlo.

Sin más me empieza a tocar la cara, y me ilumina los ojos con una pequeña luz, se acerca un poco más a mí y me dice con voz suave. Ante la atención absoluta de los otros:

—No temas, sé que es complicado pero quiero informarte que ahora te encuentras en el Hospital General en una de nuestras alas. Todas estas personas que te rodean son médicos al igual que yo. Mi nombre es Juan Ignacio y todos estamos aquí por ti, para ayudarte a estar mejor. Si entiendes lo que te estoy diciendo puedes mover la cabeza o decírmelo con la voz si te sale.

Hago un gesto afirmativo con la cabeza pero con cara de no entender nada.

—¡Perfecto! Vamos bien. —me dice mientras sonríe ligeramente. A continuación comenta—: Ahora te haré una serie de preguntas que puedes intentar contestarme. ¿Cómo te llamas?

—(Intento pensar pero … ¡No lo sé!) No lo sé … con gesto compungido le digo: Lo siento…

—No, tranquilo, es normal.

—No, no es normal… No sé cómo me llamo ni qué ha pasado, ni por qué estoy aquí, ni cómo he llegado… Puede ser muchas cosas pero no, no es normal.

—Tranquilo, juntos lo sabremos tarde o temprano así que confía en nosotros — me dice con ternura—. A ver, yo te puedo ayudar con lo que he vivido desde que estás aquí y la policía tal vez pueda darnos algo de información. Y seguro que tú, aunque ahora te parezca difícil, lo recordarás. Así que, poco a poco, resolveremos entre todos el rompecabezas.

Me mira y de golpe, como un niño que acaba de tener una gran idea, me dice:

—¿Qué te parece si nos inventamos un nombre para ti? Evidentemente, será hasta que sepamos más, luego volverás a ser quien eras.

—(Esto me hace sentir un poco mejor) Me parece bien.

—Observándote me has recordado a un aventurero pirata que lucha con viejos corsarios. ¿Te acuerdas de Johnny Depp en Piratas del Caribe? (Yo afirmo con la cabeza) Pues, ¿qué te parece ser llamado por unos días, Capitán Sparrow?

—(Me sale una sonrisa ante la pregunta del Dr. Juan Ignacio. Y con todas mis fuerzas le contesto un …) ¡Sí!

—(Con toda su satisfacción levanta de mi cama y …) Sí, ¡Le queda muy bien Sr. Sparrow! Je, je … Ahora te dejo tranquilo porque descanses. Por la tarde autorizaré una visita de la policía para que puedas obtener más información acerca de ti y lo que te ha llevado al hospital.

—De acuerdo Juan Ignacio, gracias por todo (Siento como caigo dormido).

Después de unas cinco horas aproximadamente me despierto, esta vez estoy sólo en la habitación, me levanto con cierta dificultad pero llego a abrir un poco la puerta. Observo a dos policías custodiándola. Les hago un gesto de saludo educado. Ellos parecen sorprendidos y con un gesto de autoridad me envían de nuevo hacia dentro de la habitación. Una vez más no entiendo nada, pero esta vez vuelvo a la cama, aunque previamente he cogido el mando de la televisión. La enciendo. Me tiro mirando la caja tonta una hora y media hasta que aparece un policía. Éste me empieza a hacer todo tipo de preguntas desde el mismo momento en el que entra por la puerta. Ante este atropello no me queda otra que contestarle:

—Una por una, por favor. No sé cómo me llamo pero el Dr. Juan Ignacio y yo hemos llegado al pacto de que hasta saberlo me llamarían Capitán Sparrow.

—(Con cara de pocos amigos me informa) Según la documentación encontrada te llamas Marcos. Sí, he hablado con tu doctor. Cabe decir que disponemos de un vídeo que nos contesta a muchas cuestiones planteadas.

—Perdone, ¿Pero ha dicho que me llamo Marco?

— Sí, según lo que hemos podido averiguar, tu nombre entero es Marco Gastón Giménez. Vives en Madrid con tu pareja, bueno… mejor dicho tu difunta pareja, ya que ésta ha muerto a causa de un accidente de coche. Un coche que tú conducías. He de decir que, al parecer, tú no has sido el responsable de su fallecimiento.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡Joder! ¿Qué? ¡No! Yo … yo he matado … ¿Qué? No … Después de un rato intentando pensar—. ¿Dice que hay un video? ¿Dice que yo no soy el responsable ? ¿Quién ha sido que la ha matado?

—El accidente ha sido debido al hecho de que alguien ha cortado los cables de frenado de su vehículo, Sr. Gastón.

Me quedo incrédulo. Pensativo. En blanco. De repente, empiezo a recordar a mí frenando

—Pero … espere … acabo de tener una especie de flash de mí frenando, yo frenaba.

—¿Realizó alguna parada durante el trayecto Sr. Gastón?

—No lo sé … (intento recordar) creo que sí … sí, sí. Recuerdo que me paré en la gasolinera.

—De acuerdo con la búsqueda que hemos estado haciendo desde el suceso la tengo que informar que tenemos un sospechoso.

—(Me quedo a cuadros) … ¿Quién?

—De hecho sospechamos de su propia pareja.

—¡Imposible! Si no recuerdo mal, ella se quedó dentro del coche. ¡No puede ser verdad lo que dice!¿Y por qué querría hacer algo así?

—Envió una nota de despedida a unos parientes dónde explicaba que no quería seguir viviendo y que lo único que la hacía seguir en este mundo, era usted. Que ella ya no podía más, que no podía alejarse de usted porque le amaba y ésta fue la única opción viable que encontró. Al parecer, su idea era morir los dos juntos.

—¿Qué? ¿Cómo? …¡No me lo puedo creer! No puede ser … ¡No puede ser! … (Quiero llorar. Entre la decepción y la melancolía consigo articular estas palabras) ¿Me puede dejar solo, por favor?
—Sé que esto es muy duro, sólo le puedo decir saldrá adelante. Buenas tardes. —me dice solemnemente mientras se retira por la puerta.

Enfadado, cabreado, jodido, triste … toda una vorágine de sentimientos me recorren el alma, el cuerpo. Cojo el mando de la televisión y el tiro hacia la ventana, luego el siguiente en tirarse soy yo. Mientras que siento la caída libre de mi cuerpo al vacío sólo me digo: ¡Abre los ojos!

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