―No sé ―me contestó Louie cuando le pregunté sobre la campana―, el tipo que me vendió el yate solo me dijo que siempre la sonara antes de abrir la puerta.

Se refería a la puerta del Torana, un hermoso Hatteras del ’99, conseguido a un precio ridículo en la feria de botes usados del Náutico. Justo al lado de la puerta, abajo del dintel, relucía la hermosa campana de fino metal bruñido. Una delgada trenza negra pendía del badajo y sobre la copa resaltaba la estampa en relieve de una serpiente marina devorando su propia cola. Debajo, siete letras: Caronte.

―¿Y eso?

―Ni idea. Hay muchos orates en este ambiente. Supersticiones, creo. Pero por si acaso ―decía, mientras sorbía la cerveza helada y el sol le arrancaba destellos a su calva reluciente―, y por no pecar de blasfemo, toco la campana de cinco a seis veces al día. Depende de si estoy toda la tarde en el yate. Cada vez que voy a entrar sueno la campanita. No vaya a ser que un buen día naufrague yo, solo por no tocar la condenada campana.

A mí me resultaba peculiar la historia de la campana y la petición tan extraña del dueño anterior. En parte creo que por tener yo una disposición romántica, no dejaba de parecérseme a la campana de El mandarín de Queiroz. Juro que me fascinaba la idea de que algún hombre, al otro lado del mundo, pudiese morir solo por un tañido de aquella campana. Alucinante…

Louie se levantó de la butaca, subió al puerto de mando, detuvo los motores y anclamos a unas cuarenta y cinco millas del muelle. Era este el primer día de pesca en mi vida y no podía haber sido en mejor compañía: la de el mejor amigo de mi infancia y nada menos que en su propio yate. ¡De puta madre!

El día era perfecto. El sol muy alto a esa hora del día; la brisa, apacible. El silencio, avasallador. Pocas experiencias se comparan con la dulce sensación de estar varado en completa soledad, lejos del mundanal ruido. Sentirse minúsculo dentro de la grandeza inimaginable del mar; sentir lo vano de la ilusión y pasiones humanas, ante la inmutabilidad suprema del océano, de los abismos desconocidos por el hombre; ese mundo insondable, donde la humanidad no es más necesaria ni especial que un simple grano de arena en un caudal cósmico que bulle con ellos.

―Lo importante ―decía Louie asiendo la trenza negra de la campana y dando breves tirones: tres tañidos quebraron el silencio del universo―, es ser paciente y halar en el momento preciso. Claro, también está eso de no ser demasiado impulsivo con el pez; de darle hilo y ventaja cuando lo pide; pero no es mi estilo.

Penetró al salón y salió enseguida con dos robustas cañas de pescar y un pequeño balde con toda suerte de anzuelos y chucherías. Me soltó a mí la más liviana, se sentó a mi lado y con paciencia de picapedrero (cosa extraña en Louie) se esforzó en hacerme entender, si acaso lo más básico en el deporte de la pesca. Era buen maestro, no lo pongo en duda; más bien era yo un mal aprendiz. De más está decir que me aburrí a rabiar, y no era para menos. Después de cinco horas y media, una docena de cervezas y el culo adormecido por la dura butaca, las pocas ganas de pesca que me quedaron se fueron directo al carajo.

Ya empezaba a oscurecer y yo a punto de claudicar, cuando de la nada, sentí un breve movimiento en la línea. Luego, quietud. Dos largos minutos pasaron, y luego otro tirón. Reconozco que me entusiasmé por lo que parecía ser; aun así me quedé quieto, como si no lo creyera o por si corriese el riesgo de reaccionar bruscamente y se me escapase lo que había allí. Porque había algo.

―Bien, bien ―murmuraba Louie, casi dormido ya y arrastrando las palabras, después de haber ingerido el resto de las cervezas que yo no alcancé, además de medio litro de Jack Daniels con soda y una pizza recalentada―. Ahora, calma hermano. Déjalo que luche un rato. Ya se cansará.

Yo estaba por responder, que el único que ya se había cansado era yo; y que desde que mordió el anzuelo era una lucha desigual: me llevaba mucha ventaja el condenado pez, no solo en experiencia, sino que en lucidez y energía también.

Entonces el silencio y la calma de la atmósfera se transformó: la línea enloqueció y empezó a correr haciendo girar el carrete a una velocidad vertiginosa. Me quedé paralizado, sin niguna excusa: no sabía qué hacer.

―¡Agárralo, agárralo, coño!―se desperezó de súbito Louie gritando como un poseso―. ¡Qué pescador! ¿Lo vas a dejar ir ahora, pendejo? ¡Carajo, hombre!

Se levantó de un salto y se acomodó a mi lado, ayudándome a maniobrar la caña. Por la fuerza y vehemencia con que arrastraba la línea estaba casi seguro que sería un tiburón al menos.

―¡Hala, hala carajo! ¡Ahí, ahí! ¡Se va a partir la maldita línea!

Estábamos perdiendo la batalla con el pez. La línea vibraba con la tensión y solo era cuestión de tiempo antes de que se rompiera. Yo por mi gusto lo hubiese dejado ir con todo y caña si así lo quería.

―¡Aguanta!―me dijo, antes de saltar al otro lado de la butaca y desaparecer en la penumbra a mis espaldas.

Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de nada. Sentí que se iba a romper la línea, al mismo tiempo que sentí crujir la caña.

―¡Louie!―grité desesperado.

Giré un poco en la butaca y allí estaba Louie, con la puerta abierta en las manos, los ojos como platos, mientras miraba al vacío, paralizado. Parecía una figura detenida en el tiempo. Casi podría jurar que incluso paró de respirar. De lo que sí estoy seguro, es de que nunca escuché sonar la campana.

―Louie…

En ese instante se partió el hilo con un chasquido y aquello que había mordido el anzuelo se perdió en la oscuridad de las aguas. Tiré la caña, salté por encima de la butaca y aparejos de pesca y corrí al lado de Louie.

Entonces lo vi.

Nunca podré describir lo que era aquello. La penumbra del salón y la poca luz en cubierta no me permitieron verlo en detalle; pero puedo jurar por los huesos de mi padre, que allí donde terminaba el salón y comenzaba la escalera hacia los camarotes, vi escabullirse furtivamente una figura anormal. Tenía un cuerpo fino, de tono amarillento, con brazos delgados y ojos relucientes.

Una oleada glacial recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Un ligero olor a animal salvaje se colgaba de la atmósfera cerrada. Emanaba una energía trepidante, como un cable que vibra con alto voltaje. Una presencia poderosa. Allí se apoderó el silencio opresivo que siempre precede a los cataclismos

Sin pensarlo, entré y encendí la lámpara. Pensé que la luz disiparía al menos la certeza de haber presenciado algo sobrenatural. El salón estaba vacío. Pensé en un efecto de la penumbra o en algo fruto de mi cultivada imaginación.

―¿Qué carajos era eso, Louie?

Louie pareció despertar poco a poco de su letargo. Cuando reaccionó por fin, parecía haber llegado de un viaje lejano y transformador. Lo que vio lo marcó para siempre. Me consta.

―No sé…, no estoy seguro. Yo…, es mejor que regresemos.

Y así, sin intercambiar una palabra más, dió vuelta a la embarcación y enfiló hacia el muelle.

De eso hace ya tres años. Hace dos, vi por última vez a Louie. Había vendido el yate, la casa, los cinco camiones y tenía en trato la bulldozer. No pude menos que hacerle la pregunta que me ardía por dentro. En parte creo que porque yo también quería tener la certeza de lo que vi.

―Solo diré esto y es lo último que hablaré sobre el tema ―me dijo, esquivo―. Aquello que vi, y de lo que tú sólo viste un destello, es algo primitivo. Es incomprensible y creo que no ha nacido el hombre que pueda entender su magnitud ―Y culminó sentencioso―. Es algo que ha estado aquí desde que el tiempo es tiempo; de nada vale devanarse los sesos tratando de descifrar algo cuya naturaleza es de por sí indescifrable. Está fuera de nuestro entendimiento. No estamos supuestos a comprenderlo y a mí me basta con eso.

No puedo evitar pensar en esto y lo que ocurrió aquella tarde, precisamente por lo que he visto hoy. Esta mañana reportaron el hallazgo del Torana. Había abandonado el puerto la noche anterior, con un pasajero y dos tripulantes. Al día siguiente fue encontrado navegando a la deriva, cerca del Mar de los sargazos. Estaba deshabitado, con el motor prendido en una marcha suave y con media docena de peces frescos en la hielera. Adentro, el acondicionador de aire estaba encendido; el estéreo tocaba una y otra vez un cd de éxitos de Sinatra. No se encontraron huellas de violencia ni algún rastro esclarecedor. Y mucho me temo que la respuesta a este misterio no cabe dentro de los límites de la mente humana.

De lo que sí estoy seguro, es de que alguno de ellos, para su desgracia, olvidó por un momento crucial, la inusual advertencia de sonar la campana.

Anuncios

¡Nos encantaría que comentaras tus impresiones sobre el relato!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s