Despierto mirando el techo, en una habitación de tantas, conozco esta sensación. Recuperándome del sedante que, sin ninguna duda, me administraron ayer anoche. La luz entra por la diminuta ventana y mi cuerpo empieza a responder dentro de estas frías cuatro paredes. El reloj marca las ocho y ocho. ¿Cómo es que nadie ha venido a buscarme? Aquí, a los dementes nos llaman “pacientes” y no suelen tratarnos con mucha dignidad; no importa quién hayas sido ni lo que hayas hecho de bueno en la vida, dejas de ser alguien, sólo eres un fallo más en la cadena, un fluorescente que falla; un ausente, por fortuna, para la sociedad. Suena a resignación porque es lo que es: Si te limitas a tomar la medicación y no causas muchos problemas, eres casi como un invitado, aunque de invitados los hay de muchas clases. Puedes invitar a un perro callejero a cenar, pero si decides que pase la noche en tu casa, lo llevarás a un cuartucho oscuro, donde no importará lo que rompa, eso sí, con la puerta cerrada con llave para que no escape ni se le oiga ladrar. Es por su propio bien.

Tengo la boca seca, hay un vaso de plástico con agua en la repisa, pero no puedo levantarme de la cama, todavía estoy atado. Oigo mi respiración y parece que he cogido frío. Llevo despierto más de media hora. El tic tac del reloj, junto con el vacío de la habitación es peor que mis ataduras, a las que ya estoy acostumbrado. Empiezo a recordar que justo cuando entrabamos en el comedor, alguien me atacó, y creo que atacaron a más gente pero todo está borroso en mi mente…

Llevo en la cama más de tres horas y me muero de hambre. Intento silbar mi canción preferida, la de un anuncio de detergente que dan una y otra vez durante la publicidad, pero apenas logro balbucear. No sé por qué pruebo de liberarme, pues mi instinto es totalmente inútil en estos casos y nunca me ha servido de nada aquí dentro. Aun así, intento llamar la atención golpeando ferozmente el cabecero de hierro que tiene la cama. Ahora oigo pasos, gente que murmura, alguien llora. Una mujer, quizás la enfermera….

Por fin alguien entra. La enfermera me mira aterrada y se tapa la mano con la boca. Inmediatamente se coloca la mascarilla que le cuelga del cuello. El médico, desde una distancia prudencial, parece dirigir la mirada hacia mi hombro o mi cuello. ¿Acaso tengo heridas?

Le ordena a la enfermera tomarme el pulso y administrarme no sé qué medicación pero ella no se atreve ni a acercarse, lo cual me pone muy nervioso y reacciono tambaleándome de nuevo. No logro ni mover la cama. Intento hablar, pero de mi boca ya sólo salen berridos que me obligan a callar, ahora yo también estoy asustado. Por dentro lloro como un niño, pero de mi boca salen sonidos escalofriantes, como si me estuviera quemando vivo y gritase de dolor aunque no noto nada.

Ahora empiezo a tener espasmos, que casi consiguen mover la cama. La enfermera sale a toda prisa de la habitación, torciéndose el tobillo y dejando atrás uno de sus zapatos. Cuando abre la puerta veo un gran desorden en el corredor, hay cristales rotos y ensangrentados, creo ver incluso pedazos de algo que no acabo de reconocer.

Me siento raro y quiero desatarme, pero para sorpresa mía actúo como si fuera capaz de ello. El doctor prepara otra dosis, tengo que darme prisa. Consigo liberarme de la correa. ¡Es increíble! El médico intenta agarrarme. Quiero pedirle que por favor me ayude, que no me haga daño pero de repente todo está borroso y cuando me doy cuenta, tiene un gran mordisco en el cuello, está chillando y me apuñala en el pecho con su aguja. Lo empujo contra la pared y el reloj cae al suelo. Me libero de las demás ataduras. Miro mis manos: las tengo arrugadas y secas, están demacradas y enrojecidas, al igual que mis pies desnudos. ¿Cuánto tiempo he dormido? La puerta había quedado entreabierta y me dispongo a salir. Doy el primer paso y me clavo un cristal, no me duele, pero al apoyarlo en el suelo hace que me tuerza al caminar. Se oyen gritos al final del corredor. Intento comunicarme, pero lo único que sale de mi voz son los mismos berridos que oigo a lo lejos. Giro a mi derecha y paso por debajo de unas camillas amontonadas que entorpecen el paso. Los barrotes que incomunican el pasadizo están abiertos, los gritos son cada vez más cercanos y ensordecedores. La enfermera yace en el suelo, tiene una fractura en la cabeza y sangra mucho. Me acerco a ella, todo vuelve a estar borroso…

Tengo el hombro muy irritado. Me rasco, me pica mucho. Creo que al hacerlo me he hecho una herida. Sí, es sangre, pero hay demasiada como para ser mía. Mis manos están ensangrentadas junto con el pijama. A la izquierda hay unos lavabos de personal, también hay sangre por todas partes. Las luces están apagadas, las enciendo y los fluorescentes empiezan a parpadear. A unos metros hay un espejo, veo reflejada mi silueta pero no espero a que acaben de encenderse y me dirijo hacia ella. La fría luz se enciende al fin. Me miro pero no soy yo, estoy frente al espejo pero no puedo ser yo. De nuevo, todo está borroso…

Espero que esta pesadilla acabe pronto. Quiero despertar.

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Blog personal del autor: vaillantine.wordpress.com

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Un comentario en “ratrepsed oreiuQ

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