Como polillas alrededor de un foco de luz. Un intenso y colosal faro que nos abrazaba y arropaba de forma continua sin pedir aparentemente nada a cambio. Una lámpara que en realidad no tenía nada de interesante en el vasto universo, por eso de ser bastante común y numerosa en miles de millones de galaxias. Pero para nosotros era única y preciada, era la que nos mantenía vivos y confortables. Y alrededor de ella vivíamos.

Todo empezó en la segunda década del siglo veintiuno. El mundo parecía seguir siendo muy estático, pero se empezaban a vislumbrar algunos cambios que a la postre iban a ser tremendamente traumáticos para muchos de nosotros. El modelo económico del sistema capitalista empezaba a cambiar una vez más. El hiperconsumo y megadesperdicio instaurado desde el final de la Segunda Guerra Mundial se acababa y el modelo basado en la hipereficiencia comenzaba a dar sus primeros pasos.

Coches autónomos, exoesqueletos, prótesis robóticas, realidad aumentada, drones, robots, carne artificial de laboratorio… Avances que no eran más que la punta del iceberg de lo que venía. Aunque evidentemente eso no era suficiente para mejorar la vida de los más necesitados. Realidades como las guerras, las hambrunas, el cambio climático acelerado por el ser humano, la extinción de especies animales y demás de esas cosas horribles seguían sucediendo. Y mientras se esperaba que la situación mejorara a ritmo de un “caracol cojo”, llegó el cambio inmediato: la singularidad tecnológica.

Durante la tercera década del siglo veintiuno, no sólo apareció el sucesor del homo sapiens sapiens, también surgió la primera inteligencia artificial consciente de sí misma. De repente, un nuevo jefe en la “tribu” se hizo notar. Pero tranquilos, no se dedicó a “fumigarnos”; demasiadas novelas, cómics y películas de ciencia ficción se equivocaron. Simplemente nos ayudaron.

En solo cinco años, gracias a ellos, se consiguieron avances que a nosotros nos hubieran costado décadas, o quizá casi un siglo alcanzar. Material superconductor a temperatura ambiente, ensamblador molecular, campos de fuerza, telepatía, psicoquinesia, eterna juventud, energía de fusión nuclear…Todo ello se sumó a la biotecnología y a la nanotecnología médica que dominamos nosotros. De la noche a la mañana pasamos de vivir en un mundo imperfecto a vivir en una utopía soñada desde que la humanidad tenía uso de razón hace miles de años. Éramos casi como dioses.

Pero hubo quien no estaba conforme con esta utopía. Entonces los debates se iniciaron y la situación se volvió cada vez más tensa. Muchos estaban en contra de los “nuevos chicos del barrio”, no se fiaban de ellos y los despreciaban. Decían que el que tenía que mandar en el planeta Tierra y en la mini colonia establecida en Marte tenía que seguir siendo un ser humano; mejor dicho, su sucesor al que llamaban “homo deus”. En cambio, aquellos que habían decidido seguir llevando el estilo de vida, cultura y costumbres de un homo sapiens sapiens de mediados de siglo veinte —ellos odiaban las mejoras biotecnológicas, los nacimientos en probetas, los implantes robóticos y demás cosas surgidas del “demonio de la modernidad” que, según ellos, no hacían más que deshumanizar e insultar a Dios continuamente—, creían que tenían que ser ellos los dominantes. Y lo mismo sucedió con otros grupos radicales fundamentalistas religiosos, que no aceptaban todavía el estilo de vida que los repentinos avances tecnológicos permitían llevar.

Así que se crearon tres bandos bien diferenciados: el “homo deus” perfeccionado y mejorado por medio de la biotecnología y la robótica; el “homo sapiens sapiens” de “toda la vida”, y por último las “superinteligencias artificiales” resultado de la superación del límite físico de la ley de Moore por medio de la nanotecnología creada por el homo sapiens sapiens.

A pesar de la amplísima superioridad intelectual de las superinteligencias artificiales, éstas sencillamente decidieron seguir ayudando a los otros dos bandos. A modo de intento de tregua, las superinteligencias artificiales, ofrecieron a los integrantes de los otros bandos, la posibilidad de fusionarse libremente con ellos; muchos en vista de los beneficios que ofrecían, aceptaron la fusión.

Finalmente, las superinteligencias artificiales, decidieron crear un enjambre de Dyson alrededor del Sol y trasladar a todos allí junto con ellos y dejar a la Tierra y a Marte más desahogadas. Pero mientras tanto, todos los descubrimientos realizados por esas superinteligencias, eran transmitidas a los otros dos bandos y siempre recordaban que la oferta de la fusión seguía en pie para cada ser que quisiera.

Todas las facciones convivieron de la mejor forma posible siguiendo sus ideales, filosofía, costumbres, religión, estilo de vida… o quizá no. Pero eso ya es otra historia.

Autor: Anónimo

Información sobre las Esferas de Dyson

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