I

Los salmos que llegaron hasta el inconsciente de Mary Meadows habían sido escritos en una lengua perdida en el tiempo. Con un ritmo constante, aquellos sonidos astillaron el pentagrama de sus sueños y fueron arrastrándola hasta el exterior de sus propias tinieblas.

Abrió los ojos; pero no consiguió ver. Intentó moverse; pero no pudo. Tensó su cuerpo, desfiguró su alma y, aunque su corazón empujó sus instintos más primarios a todos los poros de su piel, todo fue en balde: estaba vendada, amordazada y atada sobre una lisa y fría piedra.

Al tiempo que su mente iba reconstruyendo la realidad, la joven comenzó a percibir el olor de la estancia; una espantosa mezcla de sudor y humedad que se adhirió con facilidad a su pituitaria. Las ganas de vomitar alentaron un nuevo intento fallido por librarse de sus ataduras. Tenía miedo, mucho miedo.

Como si hubieran ensayado mil millones de veces aquel ritual, los hombres que estaban cantando se anclaron al unísono a un horripilante verso. Cada repetición era más suave y más grave que la anterior: Jaras mortis per Dagon. Jaras mortis per Dagon. Jaras mortis per Dagon…

Uno de los miembros de aquel grupo se le acercó con algo vivo en sus manos. Tras un chillido agudo y corto, un fluido caliente cayó directamente sobre la cara de la única hija de los Meadows. Era sangre. El infernal coro elevó el volumen de sus oraciones mientras aquel hombre fue vertiendo más líquido por todo su cuerpo. Le aterró darse cuenta de que estaba completamente desnuda.

Intentó gritar, revolverse, suplicar… no pudo. De pronto, una pregunta dio un paso al frente en su consciencia: ¿¡cómo diablos he llegado hasta aquí!?

II

Mary consiguió aislar su mente de aquel horror que estaba viviendo e intentó organizar sus pensamientos. Recordó a la perfección cómo aquella misma mañana había terminado oficialmente su semestre en la Universidad de Miskatonic, cómo había recogido sus calificaciones y cómo se había desbordado su alegría al comprobar que tenía la máxima nota de la clase con el profesor Ellery. ¡La gran eminencia en Química de su facultad!

También se acordaba de que, sobre las diez y media, había llegado a la pensión de Frank, esquivado sin dificultad a la casera y abrazado a su novio como si no le hubiera visto en mil vidas.

―El autobús para Boston sale a las 19.00; así que tenemos hasta las 18:45 para despedirnos con tranquilidad. Va a ser muy duro estar dos semanas en casa de mis padres sin ti― recordaba haberle dicho a su chico nada más llegar.

―Hoy va a ser un día memorable; y para celebrarlo, mira lo que le he pillado a Joe “el rata”.

―Por el amor de Dios, ¡parece una raíz pocha de secuoya! Huele fatal. ¿Por qué se lo has comprado a ese tipejo? Me produce escalofríos.

―¡No te metas con él! Ya sabes que es el mejor amigo de un amigo.

―Eso me deja mucho más tranquila. Por lo menos, no te habrá visto nadie, ¿no?

―No te preocupes, quedé con él en la Biblioteca Central de la Universidad, hicimos el negocio y pedí en préstamo estos libros al azar para que el señor Armitage no sospechara nada de mi visita.

―¿”Los viajes de Marsh”? ¿”El hijo de Dagon”? ¿”Mitos de los Profundos”? ¿Qué diablos es todo esto?― recordaba haberle preguntado mientras ojeaba alterada las terroríficas ilustraciones de uno de esos volúmenes.

―Quedé con Joe en uno de los pasillos del subterráneo. No queríamos sorpresas y estos libros estaban por allí. Así que calla ya y bebamos un trago de vino para empezar.

Al cabo de unas horas, habían tenido sexo, bebido dos botellas de vino, tomado aquella cosa verdosa, dormido, vuelto a tener sexo, comido galletitas saladas, viajado por el universo y vuelto a dormir. Una épica despedida para jóvenes amantes.

De las 17:30 a las 18:38, Mary recordaba haberse duchado, vestido, desvestido, hecho el amor, vuelto a duchar y vuelto a vestir. No se acordaba de haber subido al autobús pero sí de estar en él acompañada tan solo por su maleta, su resaca y su mal aliento.

Del mismo modo, guardaba en la memoria vagas imágenes de la lluvia torrencial de Nueva Inglaterra, del río Manuxet ahogando la carretera cerca de Arkham y del conductor jurando e intentando serpentear por vías secundarias hasta llegar, sin saber muy bien cómo, a una pequeña ciudad situada cerca del cabo de Ann. Un lugar llamado Innsmouth.

Después de eso, calles desiertas, una estatua en un lugar llamado Obed Marsh Memorial, más lluvia, una copa de vino en una taberna espantosa, darse un baño y… el calor del agua y… y nada más.

III

Atada, amordazada, desnuda, pringada de sangre y con un grupo de obscenos locos cantando en una lengua completamente desconocida para ella, Mary volvió a forcejear. Aunque las ataduras permanecieron firmes, la venda que la sumía en las tinieblas se desprendió de su cabeza.

Sólo tardó unos instantes en escanear aquel lugar de luz tenue. El techo, las paredes y el suelo eran verdosos y húmedos. Sus pies estaban apuntando a la oscuridad y su cuerpo blanquecino estaba cubierto de sangre. Mary se dio cuenta de que había gran cantidad de agua por todas partes y de que ella misma estaba empapada.

A su espalda, los hombres del coro portaban roídas túnicas y un cirio decorado con desconocidas runas. Sus manos y sus caras eran extrañas, como si tuvieran escamas en la piel. El que parecía su jefe encajó el cuchillo ceremonial en un lugar predeterminado sobre la piedra y se colocó junto a los demás.

En ese momento, un ruido metálico al otro lado de la estancia hizo que su corazón rebotase frenéticamente en el interior de su cuerpo. Algo se movió entre las sombras y, después de unos instantes, lo vio: un ser horripilante, enorme, con escamas, de manos palmípedas, de ojos rojos y con una boca llena de afilados dientes se arrastraba hacia su posición.

La bestia se subió a la piedra y tiró de los brazos de la señorita Meadows con tal fuerza que rompió sus ataduras. El dolor fue insoportable. El coro elevó sus cánticos mientras aquella cosa acercó su cara a la mejilla derecha de la universitaria. De manera automática, Mary cerró los ojos con fuerza y giró su cabeza en la dirección contraria.

No podía más; el tacto con la piel viscosa de aquel monstruo le hizo vomitar. Abrió los ojos y vio que los restos de todo lo que había ingerido durante el día se encontraban sobre el cuchillo ceremonial. La criatura le puso de espaldas y se dispuso a violarla.

Mary se limitó a mirar el cuchillo y se dejó hacer. Miró el cuchillo y sintió dolor. Miró el cuchillo y esperó. En el momento que la bestia hubo terminado, con un intento que consumió hasta la última de sus fuerzas, la chica consiguió zafarse de su captor, coger el arma y clavársela en el cuello. Una sola vez; más que suficiente.

Los gritos y gemidos fueron ensordecedores; su muerte, no. Mary se tumbó sobre la piedra y descansó. Todo había terminado.

IV

A la mañana siguiente, alertada por las humedades que tenía en su techo, la señora Fontaine subió al piso de arriba para ver cuál era el origen del agua que se filtraba por las paredes de su hogar. Lo último que podía imaginarse esta pobre viuda es que se iba a encontrar con un panorama tan desolador.

―Aquello parecía la batalla de Gettysburg― pensó. Todo estaba por los suelos. El olor a humedad, a podredumbre y a algo que no era capaz de distinguir era insoportable. El grifo de la bañera estaba abierto y el suelo de toda la habitación estaba encharcado.

Tuvo que apoyarse en la pared del baño y cerrar los ojos durante unos instantes para acumular fuerzas. Cuando los abrió, pudo observar que en la bañera había una chica ahogada y que en el suelo se fusionaban un par de botellas de vino vacías, vómitos, mucha sangre, un cuchillo de cocina, una docena de horripilantes ilustraciones que hacían las veces de macabros nenúfares y el cadáver de su inquilino, Frank Shortbread.

Semanas más tarde, la investigación concluiría que Frank fue asesinado por su novia, Mary Meadows, mientras ambos practicaban sexo y se encontraban bajo el efecto de una droga natural de la que aún hoy no se tienen datos. Lo que empezó como una fiesta previa a las vacaciones de semestre, terminó como una horripilante tragedia.

Para el oficial que firmó el informe, uno de los datos más escabrosos de toda esta historia fue que una frase de la que se desconoce su significado (Jaras mortis per Dagon) se encontró más de cincuenta veces escrita con la sangre del chico en las paredes del baño.

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