Tenía la mirada ardiendo por vez primera. Ojos deseosos, ojos deseados, se deshacían ante él. Nunca amó aquel pecho que, acelerado, acechaba a su víctima desde las sombras; él, el más bello cazador, un cazador cazado. Hambre y anhelo; hambre y confusión; hambre y agotamiento. Él, ante quien las vírgenes venían a morir. Los últimos minutos de la presa brotaban pueriles de sus lagrimales, retoños de agonía. Y repetía, cadencioso, con esa voz escarlata que mana de la pasión prohibida: “No, padre, no”. Era inútil, no quería escapar. ¿Para qué iba a escapar ese reflejo de mi ser? ¿Para qué cuando me deseó desde el primer momento en el que lo tomé entre mis brazos? Temblaba, pero no era el miedo lo que sacudía su cuerpo, no. Aquello que lo hacía estremecer era la toma de conciencia de lo que se disponía a hacer. En mí jamás se daría aquella sacudida inocente, humana; porque estaba por encima de todo, estaba por encima de Dios. Y aquella criatura temblorosa era fruto de mi creación, tan mía que podía disponer de ella a mi libre antojo sin miedo a su rebelión.

¿Serán blandas aquellas manos? ¿Serán frías al tacto? Asían el ansia de su amante a un ritmo pendular. Narciso quiso beber de la fuente, mas esta no sació su sed y, desesperado, rogó a un dios que lo abominaba, que le negaba el maná. De fondo, tan suave como los rezos de una beata, se escuchaba: “No, padre, no”. Era inútil, se dejaría llevar. De cada caricia, que le prodigaba a aquella réplica mía, brotaba una lágrima. Aquello no contaba como profanación a un cuerpo ajeno, escrutando rincones que me eran propios, porque aquel ser no era otro que yo mismo. La pesadez de las respiraciones, un monólogo nacido de mis entrañas. No, ¿Cómo catalogar aquello de incesto, de pecaminoso? Mi primer amor… Lo amé porque en él vi mi imagen, porque me reencontré conmigo mismo después de un vagar eterno y solitario.

Narciso, tras conquistar cada punto cardinal de aquel ser, sintió cierta llamada animal. Quería ignorarla… Mas la sangre que palpitaba, donde posó sus labios, le recriminaba el no catarla… ¡Menuda ofensa ignorar su invitación! Íncubo absurdo que tratas de ignorar tu diabólica esencia, débil, no lograrás cumplir tu objetivo. Y si te anulas ¿qué queda? La nada, el nihilismo absoluto.

Se escucha un aullido, algo semejante a un trueno, que no nació de tu garganta. Entonces, ¿por qué lloras? Narciso, dime, ¿por qué lloras? Lo estás devorando; lo estoy devorando con ansia, hambriento. Lo desgarro y me siento solo porque ya solo me queda su cuerpo, partió su alma. De nuevo solo. Me estremezco, me ahogo… Me ahogo.

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