Qué sensación tan extraña. Creo que he muerto, pero no estoy seguro. Me estoy viendo a mí mismo,  atravesado por la espada de mi enemigo. Veo la sangre cayendo, veo mi propia mirada vacía. Lo veo todo, desde las alturas, como un ave que contempla por casualidad una lucha absurda, de esas que solo los humanos podemos protagonizar. No peso, no siento nada, floto de forma mágica, movido por algún hechizo que desconozco. Miro a mi alrededor, al bosque que se extiende bajo mis pies, y me pregunto qué está pasando.

Mi imagen física, apuñalada con saña, parece estar congelada, también mi asesino. Su capa está estática, pero alzada. Parece rígida como el hielo. Desciendo, y me miro de más cerca. Mi piel cuarteada por el frío y la intensa pelea. Con sangre seca en distintos puntos. Bajo la mirada hasta llegar a la hoja ensangrentada de la espada. Una hoja mellada, vieja, sin lustre. Las gotas de sangre caen, pero a la vez están detenidas en el aire como el tiempo que me envuelve. Sigo el arma hasta la guarnición, luego la empuñadura, envuelta por manos duras, de reversos peludos y dedos grises. Los brazos son fuertes, llenos de pelo negro como el carbón. Por último, veo el rostro de aquel que ha decidido matarme. Me asusto al contemplar aquella cara de gorila. Su rabia, su odio, son tan intensos que puedo sentirlos. No recuerdo nada del combate, no recuerdo quién o qué es ese ser que se yergue como un hombre, pero que queda claro que es un primate.

Me acerco más a él, atraído por la confusión de su apariencia. Asustado en parte por la convicción de que se trata de algún tipo de demonio. Extiendo mi mano y, al verla, me detengo. Es transparente, puedo ver lo ha hay al otro lado, atenuado por la extraña luz que emito. Miro mi figura física, y luego me miro la mano transparente, etérea. Intento tocarme, pero lo único que consigo es que mis dos manos se unan en una amalgama luminiscente. Contemplo al gorila, sus ojos furiosos, y sintiendo el miedo más intenso, vuelvo a acercar mi mano que, una vez separada de la otra, vuelve a tener su forma normal. Le toco la piel de apariencia dura. O, mejor dicho, uno la luz de mi ser con su piel de apariencia dura. Y en cuanto lo hago, siento una fuerte atracción. Por primera vez desde que he empezado a relatar lo que está ocurriendo, siento algo: dolor. Doy vueltas y me convierto en un remolino de mí mismo, que me absorbe y me hace desaparecer. Siento como si cada parte de mí se separase. Y en cuestión de segundos aparezco tumbado en el claro de un bosque. Los árboles forman una circunferencia perfecta que enmarca la luna llena.

Me levanto del suelo y me miro las manos. Vuelven a ser sólidas, con el color de la piel bronceada por el sol de cien batallas. Sigo sin entender nada. Me pregunto si todo lo que he visto hasta el momento ha sido un sueño. Escucho un grito estremecedor y corro hacia él sin pensarlo dos veces. Las ramas de los árboles del bosque me azotan la cara y noto como mi piel se abre y sangra. Sigo corriendo y tengo la sensación de que el bosque no se termina nunca. Pero la espesa oscuridad de aquel ejército de árboles que no reconozco se rompe en el horizonte. La noche se tiñe de colores naranjas y rojos. Eso sí que lo reconozco: es el color que da la luz del fuego.

Al salir del bosque, me encuentro de bruces con un desastre. Un poblado en llamas. Las casas de paja parecen antorchas gigantes, y el humo se acumula en el cielo, formando nubes negras que parecen querer descargar un agua salvadora que jamás llegará.

La gente corre… no… no es gente. Afino mi mirada, enfocando entre el aire ondulante por el calor exagerado, y me doy cuenta de que aquellos que corren son gorilas vestidos con ropas humanas. Huyendo de aquel incendio.

Una hembra de aquellos híbridos corre hacia donde yo estoy y, antes de que llegue a mi altura, se para en seco, como si se hubiera chocado contra una barrera invisible. Cae al suelo de boca, y veo como se yergue en su espalda una espada con la insignia de mi escuadrón en el pomo: la flor de lis. Miro hacia delante y veo a un hombre completamente calvo, con una cicatriz en la boca que le parte ambos labios exactamente por la mitad.

—Mi señor, los primates están huyendo ¿Seguimos con el exterminio?

Me pregunta a mí. No sé qué responderle. No sé de qué me está hablando. Corro apartando de mi camino al soldado. Me dirijo al poblado, al centro de las llamas que se alzan como titanes asesinos. Y siento que mi corazón late a toda velocidad.

Escucho un grito, viene de dentro de una de esas cabañas de paja. Entro, protegiéndome el rosto del fuego. La estancia es pequeña, y el humo hace que parezca aún más diminuta. En el centro hay una cría de gorila, vestida con camisa de lino y pantalones negros. Está llorando.

—Hola, pequeña —digo sin tener claro cómo consigo hablarle sin sentirme extraño—. Vengo a ayudarte.

Pero antes de que le ponga una mano encima, siento un terrible golpe en el costado y salgo volando, atravesando la pared de paja en llamas. Ruedo por el suelo y cuando me levanto veo que lo que me ha golpeado es uno de esos gorilas. No es un adulto, no del todo. Se nota, por su tamaño, que es joven. Pero ya tiene edad para empuñar la espada con la que me amenaza.

—No quiero luchar. Solo quiero ayudaros —digo con la mano posada en el pomo de mi espada, justo en mi cadera izquierda.

El gorila no atiende y se lanza al ataque. Descarga su espada contra mí, pero es torpe y lento y no me cuesta esquivarle. La hoja, enorme, se clava en el suelo y yo consigo alejarlo de mí golpeándole con el puño.

Vuelve al ataque, esta vez desarmado. Me golpea con su puño, pero es evidente que no tiene experiencia en combate. Detengo el puñetazo con mi brazo y le golpeo el vientre. A pesar de todo, su puño me destroza el antebrazo. Parece que en vez de brazos tenga mazas de hierro. Su vientre es duro y parece que no nota el menor impacto. Me coge del cuello y me levanta del suelo. Noto la fuerza de sus dedos. Y el aire empieza a fugarse de mis pulmones.

Estoy a punto de morir, lo sé porque el fuego que nos rodea cada vez está más oscuro. No se están extinguiendo las llamas, sino mi vida. Le golpeo los brazos, pero es inútil. No siente nada. Es como golpear el tronco de un roble.

Cojo mi espada, que parece pesar una tonelada, y consigo clavársela en el vientre con un esfuerzo sobrehumano. Sus ojos se ensanchan y sus pupilas se dilatan. Me suelta y caigo al suelo. Cuando consigo respirar en bocanadas exageradas, el humo de alrededor se me mete dentro y no puedo evitar vomitar. Me lloran los ojos por el dolor y por el esfuerzo de la arcada. Miro al gorila, que yace en el suelo delante de mí. No debería haber pasado eso, solo estaba intentando ayudar a la cría.

Me levanto, con la espada aún en la mano. Mirando el cadáver de aquel extraño ser.

—¡Tú! —grita una voz tan ronca como el más estremecedor de los truenos—. ¡Le has matado!

Me giro y veo a un gorila detrás de mí. Mirando el cadáver de aquel joven primate, y mi espada ensangrentada. Mis ojos se abren de forma exagerada. Aquel gorila es el mismo que he visto en la imagen congelada, atravesándome con la espada que se encuentra a su espalda. Lleva armadura negra y una capa enorme.

No tengo tiempo de explicarme. El gorila se lanza hacia mí con una velocidad absurda, y me golpea en el rostro. El impacto se siente como la coz de un caballo. Más fuerte incluso. Salgo despedido y me golpeo contra el suelo, duro y caliente. Cuando abro los ojos, veo en el cielo la silueta enorme del gorila, a punto de caer sobre mí. Giro a un lado y esquivo el golpe, pero no sirve de nada, porque sin detenerse consigue patearme el estómago y vuelvo a alzarme en el aire en contra de mi voluntad. Me pregunto, mientras caigo, cómo puede ser tan veloz una bestia de ese tamaño. Giro en el suelo hasta detenerme. Quedo tendido en el suelo, me pongo de rodillas y toso sangre. Miro hacia donde está el gorila y veo que empieza a correr hacia mí, ayudándose con los brazos en el suelo para que su carrera sea aún más veloz, aún más salvaje. No tengo tiempo ni siquiera de asustarme, solo de mirar al lado contrario y ver el precipicio que se abre junto a mí. Me inclino hacia él, y caigo por un risco de piedras. Es una decisión cobarde, pero prefiero morir así, que reventado por dentro por una segunda patada en el vientre. Me parece una muerte menos desagradable.

Caigo, y siento cada golpe, cada hueso rompiéndose dentro de mí. Caigo sin cesar, como si aquel precipicio no tuviera fin, como si cayera en un abismo. Pero por fin encuentro el fondo, y me estrello contra él, golpeándome la cabeza. El mundo se vuelve borroso, y pierdo la consciencia en una mezcla de dolores atroces.

Cuando me despierto, no recuerdo nada, no sé quién soy. No sé dónde estoy. Solo sé que me duele incluso el alma y no consigo recordar por qué. Me toco la cabeza y noto que tiene una costra que no se ha secado del todo. La sangre está pegajosa, empezando a coagularse. Miro hacia arriba y veo aquel risco infinito.

Escucho un ruido a mi diestra y, de entre unos matorrales, aparece un ser enorme, turbador: un gorila caminando sobre dos patas. Vestido con una armadura negra y una capa enorme. Empuñando una espada gigante.

—No estás muerto —mi corazón se acelera al escucharle hablar—. Mejor, así puedo matarte yo.

Quiere matarme. Me conoce, pero yo a él no. Camina hasta ponerse delante de mí, y me deja acorralado, con el risco a mi espalda.

—¿Por qué quieres matarme? —mi voz me sorprende. No la reconozco.

—¡¿Que por qué?! —me mira extrañado. Debe percibir la confusión de mi mirada. Luego mira al risco y lo recorre hasta volver a mí—. No me recuerdas, ¿verdad? —niego con la cabeza y él sonríe mostrando sus colmillos—. Eso es indiferente. Tu falta de memoria no borra los crímenes que has cometido. ¡Has matado a mi hijo!

Y sin darme tiempo a reaccionar, me ataca y siento como la hoja de su espada me atraviesa y se hunde en la pared que tengo en mi espalda.

Siento un cosquilleo en toda mi piel, como si miles de dedos me pellizcaran a la vez. Y entonces me veo desde arriba. Me miro las manos, translucidas. Vuelvo al punto de partida. Pero ahora comprendo todo. Ahora sé qué ha pasado. Vuelvo a descender, como ya hiciera al principio. Pero no toco al gorila, solo veo sus lágrimas brillando en la piel negra. Veo su sufrimiento. Ese que he causado yo. Recuerdo cada detalle. Recuerdo mi espada clavándose en el vientre del hijo de ese ser. No puedo sentir consuelo en la certeza de que solo me defendí. Solo puedo sentir odio hacia mí mismo. Me toco el rostro, acariciándome de forma maternal. Y mi yo etéreo se vuelve a introducir en mi yo físico. Quiero mirarle a los ojos, para que vea como mi vida se apaga y sienta la satisfacción de haber vengado a su hijo.

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