El gran ojo habitaba el cielo y nadie hablaba de él. Un ojo que nos vigilaba incesantemente, pero que a nadie parecía molestarle. Desde que he tenido uso de razón, recuerdo ese ojo en el cielo. Una vez de pequeño mientras paseaba con mi madre, le pregunté intrigado qué hacía ese ojo ahí. Ella se puso seria, se agachó a mi altura y mirándome fijamente me dijo que nunca volviera a hablar sobre esas cosas y que siguiese andando. La contundencia de su respuesta me dejó atontado y continué andando sin intentar rebatirle nada.

Temía haber sido el único en hablar de él. Dudé si más gente lo podía ver. A veces, cuando jugaba con mis amigos me olvidaba que estaba allí, pero una vez volvía mi cabeza hacia el cielo, me encontraba con su pupila impertérrita observándonos a todos. No me atrevía a decírselo a mis amigos, por miedo a que reaccionaran como mi madre. Podrían dejar de jugar conmigo por poder ver algo que quizás no estaba ahí.

Pero un día, el gran ojo parpadeó. Y por un instante, durante los segundos que dura una respiración; creo, me sentí libre. Ese día supe que no era el único que lo veía, pues durante ese instante, vi como el parpadeo hizo estremecer a todos los que tenía a mí alrededor, como cuando se exhala después de retener mucho rato la respiración.

A partir de ese día me dediqué a observar la expresión de la gente que parecía estar despreocupada o simplemente pasándoselo bien, y como cambiaba cuando encaraban su mirada hacia el cielo. Algunos escondían mejor que otros esa congestión en el corazón, como un una mano fría lo agarrara y robara parte de la felicidad de ese instante. Algunos de ellos seguían riendo, a otros les cambiaba la expresión a un rictus facial delator, aunque la mayoría seguían felices pero desviando la mirada hacia el suelo.

Llegué a la conclusión de que todos lo podían ver, pero todos habían aprendido a no hacer caso, a no hablar de ello. Como si de un secreto compartido se tratara, todos seguían con sus vidas lo más pacíficamente que podían. Intenté buscar referencias sobre el ojo en los libros que había en casa o en la escuela, pero no encontré nada. Eso no me sorprendió ya que tampoco había ninguna justificación a los inmensos muros que limitaban nuestra comunidad. Había muchas cosas de mi vida que me creaban curiosidad y sobre las cuales no me atrevía a preguntar, por miedo a como pudieran reaccionar los demás. Con los años asumí mi derrota y el ojo y las demás dudas dejaron de importarme de manera tan personal. Guardé esa duda en mi interior y aprendí a soportar mejor la visión del ojo en el cielo.

Dos años más tarde, el gran ojo se cerró completamente y desapareció. Al cabo de unos segundos se oyó una voz profunda retumbar en el cielo que anunciaba: “Resultado del análisis”. A partir de ese instante, todos enmudecieron como ansiando una orden que llevaban tiempo esperando. Yo estaba en casa con mis padres y salimos a la calle para escuchar la continuación. Desconocía a qué se refería el mensaje y por inercia los seguí. Una vez fuera, la voz prosiguió:

“Los datos recogidos durante estos 20 años de observación han revelado que la humanidad, por su comportamiento irrazonable, no puede reconducir su naturaleza autodestructiva. Pese a la división en distritos aislados y el ultimátum de aniquilación propuesto por nuestra especie, la humanidad ha hecho caso omiso del aviso y ha seguido con su idiosincrasia. La ostentación de unos recursos tan valiosos en el universo como son los del planeta en el que habitáis, es un insulto a las demás especies del universo que lo gestionarían de manera más respetuosa y prolongada. Expuesto este resultado, en los próximos minutos procederemos a la aniquilación de todo ser genéticamente humano del planeta. Es un procedimiento ético e indoloro, avalado por la directiva de la Organización Espacial Interespecies, en pos de un repartimiento justo de los recursos del universo. De ahora en adelante, la gestión de los recursos de vuestro planeta será administrada por nuestra especie, por haber sido los supervisores durante estos 20 años.”

En los segundos que precedieron no cundió el pánico, pues esos fueron instantes de incredulidad y posteriormente la incredulidad dio paso a la desesperación. Mi madre cayó de rodillas y empezó a sollozar, mi padre nos abrazó a ambos en un intento vano de protección. Mi desconocimiento de la situación me había dejado aún en estado de incredulidad, pero sabía que ese mensaje no significaba nada bueno. Mientras abrazaba fuertemente a mis padres a raíz de la preocupación y desconocimiento de lo que podía pasar, la misma voz volvió a sonar en el cielo.

“Observaciones posteriores al análisis: hemos destacado puntajes interesantes de pacificación posteriores al inicio del análisis en varios distritos del planeta. Los sectores que hayan superado cierto umbral, serán reubicados a otros planetas terraformados menos fértiles. A continuación se nombrarán por orden alfabético las codificaciones de los distritos que forman parte de este grupo, para su inmediata abducción y posterior reubicación.”

Mi madre ―y seguramente toda la humanidad― dejó de sollozar y una pequeña brizna de esperanza surgió en su interior. Los ojos vidriosos brillaban al mirar innecesariamente hacia el cielo esperando la continuación.

La voz continuó: “Los distritos que han dado suficiente nivel de autogestión de los recursos limitados y pacificación de los instintos autodestructivos son los siguientes: AC-00405, AF-01584, AF-95874…”

La lista en cierto modo era una cuenta atrás para todo el planeta. Para los distritos que se encontraban anteriores al mencionado por la voz, cada codificación nombrada significaban segundos de menos para su ineludible aniquilación. Para los distritos posteriores, era una soga que se iba apretando, hasta que únicamente una palabra mágica con dos letras y cinco números la deshiciera.

Y la lista prosiguió.

“…HG-41784, HH-00477, JN-15214…”

Al oír ese último código cifrado, las caras emocionadas de mis padres por la esperanza pasaron a ser de euforia. Empezaron a saltar de alegría, al igual que los vecinos de nuestro vecindario que también habían salido a la calle.

Yo era el único que estaba quieto, ajeno a la razón de tales vítores. Mi madre, al ver mi desconcierto con la variación de emociones, se arrodilló a mi lado y exultante me dijo que el JN–15214 era el número de nuestro distrito y que eso significaba habíamos sido de los elegidos.

Al ver que aún estaba más desconcertado, dio un respingo, como si hubiese caído en la cuenta de algo que llevaba tiempo dando por supuesto. Con mirada comprensiva me explicó que hacía 20 años, Ellos habían llegado a la Tierra y únicamente nos habían advertido con la misma voz que ahora enumeraba distritos, que si en 20 años no dábamos señales de reconducir nuestro comportamiento violento e irresponsable, la humanidad sería relevada de su existencia y nuestro planeta expropiado. Para ello, habían separado a toda la humanidad en pequeños distritos divididos con infranqueables muros y para vigilarnos habían puesto en cada uno de ellos un ojo.

Mientras tanto varias preguntas que tenía en mente encontraron respuesta, a la vez que muchas más se gestaban conforme mi madre me iba explicando. Aún así, mis labios sólo pudieron preguntar el porqué de que Ellos hicieron eso.

Mi madre, en respuesta a esa pregunta, me dijo que era su manera de juzgarnos por cómo hemos estado gestionando los recursos de nuestro planeta. En 20 años debíamos compensar más de mil años de irresponsabilidad y lo que es más difícil, cambiar nuestros comportamientos instintivo para la destrucción y la violencia. Pero orgullosamente mi madre me dijo que nuestra comunidad aceptó adaptarse y gestionar lo mejor que pudo los recursos que se encontraban en nuestro territorio, y parecía ser que la nuestra era de las pocas que habían culminado los estándares de Ellos para ser separados del resto de la humanidad y salvados del exterminio.

Me contó que la justificación del desconocimiento de esta situación en los niños como yo, era buscada; pues se decidió en nuestra comunidad mantenernos inconscientes a tal responsabilidad y menos cuando la culpa era de nuestros antecesores. Con ello promovieron una generación con libre albedrío pero siguiendo unas directrices totalmente pacifistas.

Intentándome recomponer del asombro, más preguntas asaltaron mi mente, e intenté resumirlas al preguntarle qué iba a pasar con nosotros y con la demás gente.

Mi madre, encogiendo los hombros y soltando un leve suspiro, me dijo que los demás iban a desaparecer por no haber escuchado las recomendaciones de Ellos y haber hecho caso omiso o no haber trabajado tanto como nosotros. En cuanto a nosotros, tenía dudas pero de lo que estaba segura era de que nos iban a llevar a un lugar seguro.

Intenté contrastar su falta de empatía con un poco de mi compasión pueril, al temer por el destino fatal del resto de la humanidad. Aún no me había hecho a la idea de que había un mundo que desconocía y más gente como nosotros en él, más allá de los altos muros. No quería aceptar la idea de que un mundo más grande y todas la personas que hay en él, iban a desaparecer sin haber podido siquiera tener la oportunidad de conocerlos.

En ese instante de réplica mi padre intervino, en vista de que no acababa de comprender la situación. Me dijo que debía aceptar que este planeta ya no nos pertenecía, que estos 20 años habían sido una prueba y a la vez un regalo por la parte de Ellos. Nos habían dado tiempo para usar mejor unos recursos limitados y domar nuestra naturaleza agresiva, una prueba que hemos superado. Y una bendición, porque habrían podido aniquilarnos a todos el primer día que vieron como nos comportábamos los humanos para con nuestro mundo.

No intenté replicar a mi padre y me mantuve callado y únicamente asentí con la cabeza, pero en el fondo no lo acababa de entender. Mi madre con expresión alegre y comprensiva me dijo que no temiera por nuestro porvenir, que Ellos se iban a asegurar de llevarnos a un buen lugar, pero que no pasaba nada si no lo entendía ahora, porque cuando creciera lo entendería.

Y una luz nos envolvió.

Debo reconocerlo, con el tiempo lo entendí. Y demasiado bien. Entendí que nos quitaron nuestro hogar, nuestro planeta. Entendí que limitaron y dividieron a la raza humana para su disfrute y beneficio. Nos robaron los recursos que la dicha de la misma selección natural nos proveyó. Todo esto lo entendí mientras crecía malviviendo de la minería en el asqueroso y minúsculo planeta al que muy amablemente Ellos nos reubicaron.

Los más mayores, como mis padres, no lo entendían y se sentían agradecidos de la gratitud de nuestros benefactores y su perdón. Aunque los jóvenes aún guardábamos el vago recuerdo de una vida mejor en la Tierra y el dolor de su injusta confiscación. Alimentamos nuestro odio día a día, con cada golpe de pala, con cada pedrusco y cada gota de sudor. Pero cuando los jóvenes de nuestro distrito fuimos los mayores, decidimos que juntos teníamos que actuar y puedo decir orgullosamente, que un servidor fue uno de los principales instigadores del proyecto VOLVER.

Crecimos en número, nos adaptamos y aprendimos. Con el tiempo nos desarrollamos suficientemente como para contactar con los otros distritos reubicados en planetas no muy lejanos del nuestro. Descubrimos que el odio era común y la intención de recuperar lo que se nos robó también, y haciendo honor a la memoria pacifista que nos legaron nuestros padres, decidimos usar los medios menos agresivos para recuperar lo que nos pertenecía y nos dispusimos a hacérselo pagar a Ellos. Nos reunimos y acomodamos nuestro planeta prestado ―bautizado como JN-15214, en honor a la codificación impuesta a nuestro distrito― como planeta capital de los humanos restantes, y dedicamos todos nuestros esfuerzos en avanzar tecnológicamente para contactar con la directiva de la Organización Espacial Interespecies. Pues recordábamos la mención a tal organismo en el mensaje final justo antes de abducirnos y eliminar a la humanidad restante.

Entramos en contacto con las diversas especies que componían tal organización ―incluyéndolos a Ellos, los ladrones de nuestro planeta Tierra― aprendimos sus lenguas y escrituras, aprendimos sus métodos y aprendimos también sus leyes. Leyes cósmicas que referían a la gestión equitativa de los recursos del universo, usando una ética labrada con miles de años de antigüedad. Y con los años, incluso aprendimos lo suficiente como para entender las leyes espaciales que ampararon el robo de nuestro planeta.

El tiempo necesario para realizar nuestra lenta venganza ha sido largo y mi edad limitó muchas de las últimas visitas a la Organización como embajador de los últimos humanos, al igual que mis asiduas aportaciones al proyecto VOLVER, aunque he de decir que las mentes de nuestros jóvenes regadas con nuestra impía ansia, hicieron mejor trabajo del que hubiese imaginado aún estando yo al frente.

Y hoy me dirijo al planeta donde se hospeda la sede de la Organización Espacial Interespecies para presentar nuestra demanda definitiva. Pues junto con el estudio de las leyes cósmicas, descubrimos varias infracciones del código ético y penal cósmico durante la confiscación de nuestro planeta por parte de Ellos. Los cargos presentados conforman una larga lista de faltas burocráticas y errores éticos en el proceder de la expropiación de nuestro planeta. Creemos poder conseguir recuperar nuestro planeta Tierra de las garras de Ellos, e incluso, si jugamos bien nuestras cartas, podríamos llegar a conseguir una compensación en forma de parcelas de tierra de su propio planeta.

Doy por sentado que ni mis propios nietos llegarán a ver una resolución a esta demanda impuesta, pues las leyes cósmicas piden su tiempo y no para todas las especies el tiempo corre a la misma velocidad; pero presentar tal demanda y ser el iniciador del proceso, será para mí como morir con un beso en los labios.

Nuestra guerra no será con fuego y sangre, sino con palabras y papel. Las escaramuzas serán discusiones y los muertos, sólo días perdidos. En tiempos de paz, la burocracia legislativa se había vuelto nuestra aliada.

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