Una fría brisa matinal despertó a Nagh de su sueño. Normalmente hacía alargar un poco más este rato antes de levantarse, pero ese día sabía que no había tiempo para hacerse la remolona. El Sol aún no había despuntado cuando el líder empezó a deambular por la cueva despertando al resto de los adultos que aun dormían. Mientras se incorporaban y se colocaban pieles para protegerse del frío, poco a poco hombres y mujeres se iban juntando en la entrada. Formaron un corrillo mirando al líder, y éste les dio instrucciones para que se dispersaran en grupos; a unos los destinó a la planicie a recoger raíces y plantas; a otros a los bordes del río a pescar y recoger algunos frutos; y a unos pocos a quedarse cerca de la cueva, para hacer guardia y abastecer de leña y agua a la tribu.

Por otro lado el líder junto con Nagh, tres hombres y otra mujer se adentrarían en las partes más profundas del bosque y se separarían para abarcar más terreno. El líder tenía predilección por Nagh, sabía que era más valiente de lo que aparentaba, y hoy más que nunca debía de demostrárselo. El frío del invierno aún no había marchado y esto había causado que el inicio del año fuera el peor de los que se tenía conocimiento. Al encontrarse con las provisiones agotadas, la tribu debía esforzarse más que nunca en conseguir alimentos para superar el incierto fin del invierno.

Su intención era cazar a un oso cavernario mientras éste hibernaba. Aunque los osos durmiesen intervalos largos pero poco regulares durante el invierno, pensaban que un invierno tan largo lo habría debilitado al no encontrar comida en sus salidas ocasionales. Sorprenderlo mientras dormía era sin duda la mejor situación, pero aun y haber sido el líder quien lo había propuesto, ni él mismo estaba muy seguro de poder dar la talla.

Resultaba ser la hazaña más peligrosa a la que la tribu había tenido que enfrentarse. No había recuerdo que el anterior líder hubiese intentado hacer algo parecido, pero tampoco lo había de un invierno tan duro y largo como éste. Los adultos como responsables de toda la tribu, debían encontrar comida de la manera que fuese necesaria.

Iban armados con lanzas y cuchillos muy rudimentarios pero efectivos, las puntas estaban hechas del mejor sílex que había en la montaña. Aunque Nagh temía que eso no fuera suficiente para acabar con el oso sin muchas pérdidas, tenía fe en la voluntad y la experiencia de los demás. Pero tenía miedo de que en su caso, la fe no fuera suficiente para actuar y hundir el cuchillo cuando fuera necesario.

A lo lejos se oyó un silbido suave y conocido, era la señal que advertía de que alguien había visto algo. Todos se encontraron en la zona de reunión y uno de los hombres les mostró una cueva en la ladera de la montaña. Los pelos y las marcas en el suelo de la entrada y en los árboles de alrededor, indicaban que la cueva era habitada por un oso. La otra mujer que portaba las brasas del fuego, encendió antorchas para Nagh y los demás. Antes de entrar prepararon sus armas y se dieron instrucciones con señas y gruñidos flojos para que cada uno supiera su función. El plan era que Nagh y los dos hombres precedieran el grupo adentrándose en la cueva; una vez se hubiesen cerciorado de que el animal dormía en la cueva, avisarían al resto para rodearlo y acabar con él antes de que despertara y pudiera devolverles algún zarpazo. Nagh intentó rehusar esa distribución, pero el líder insistió en que ella era la más silenciosa de todos y que su papel era primordial.

Una vez claros los roles, Nagh y los dos hombres entraron con una de las antorchas para que les iluminara el camino. Así evitarían tropezarse y alertar con ello a la bestia. Nagh iba primera y pudo notar el miedo en los rostros de sus compañeros. Dentro, el olor a acritud era imperante y la fría humedad les calaba hasta los huesos, pero avanzaron lentamente vigilando a cada paso que daban. Notó que su cuerpo estaba en completa tensión, intentando estar preparado para reaccionar ante cualquier situación que se encontrara en el siguiente recoveco. Mientras avanzaba, los únicos sonidos que acertaba a oír claramente eran los del movimiento de la llama de la antorcha cuando la blandía cuidadosamente, el leve castañear de sus dientes y el propio latir de su corazón. Pero poco a poco, un ruido que no era de ninguno de los anteriores, se fue notando cada vez más. Una respiración, leve al principio pero cada vez más profunda según se iban adentrando.

Una vez llegaron a una zona más abierta de la cueva, vieron a la bestia dormida y respirando lentamente en un rincón. Mientras ésta dormía ajena a la presencia de los que habían allanado su morada, Nagh le dijo a uno de sus dos hombres que avisara al resto que esperaba en la entrada. Pero antes volverse otra vez hacia el oso, advirtió que el sonido de la profunda respiración se había parado, y mientras ambos compañeros arrancaban a correr en dirección a la salida de la cueva, vio como el oso estaba ya imponentemente erguido.

Paralizada por el miedo no pudo reaccionar cuando el oso arremetió contra ella, y con un golpe de su corpulento cuerpo la derribó. El impacto contra el suelo le dolió, pero no se había roto nada. Por desgracia, al levantarse vio que el oso se había colocado entre ella y la salida de la cueva. Ante esta situación, Nagh actuó pensando que sus compañeros la habrían dado por muerta y corrió hacia lo profundo de la cueva. Quizás con su delgado cuerpo, podría esconderse en alguna grieta que encontrara. El oso fue tras ella a paso lento y gritando amenazadoramente. Había perdido la antorcha con el derribo del oso por lo que tuvo que avanzar a tientas, mientras que la tenue luz de la antorcha caída advertía la silueta del oso aproximándose.

Corrió a tientas por el corredor huyendo de la enorme sombra que precedía a su atacante y se encontró con una pared. Fue siguiendo el contorno en busca de alguna grieta o recoveco, pero la pared era lisa y sin salida. Al girarse, se encontró con el oso de pie sobre las dos patas traseras y con las delanteras alzadas amenazadoramente. Nagh decidió afrontar la situación y preparó su cuchillo de sílex. Notó una determinación que nunca antes había sentido y su cuerpo se preparó. Quizás con un corte certero podía herir o dejar ciego al oso y aprovechar ese instante para escapar. Pero antes de que pudiera arremeter contra él, el oso dio un alarido de dolor, intentó darse la vuelta pero cayó de bruces delante de Nagh, mientras sus patas daban golpes espasmódicos. La luz era más intensa ahora, y pudo advertir unas lanzas clavadas en el lomo de la bestia abatida. Detrás de la mole aparecieron sus compañeros, que la felicitaron como la más brava de todos ellos. El líder era el que estaba más contento con ella, pues su bravura les había proporcionado comida para varias semanas.

Una vez calmados los ánimos, intentaron sacar las lanzas pero parecían encalladas entre los músculos y huesos. Como marcaba la tradición, quien había demostrado más valía al luchar contra la presa, debía hacer el primer corte para despellejar a la bestia. Le cedieron ese honor a Nagh, que con solemnidad y firmeza hundió el cuchillo en el vientre del animal. Pero notó que algo no dejaba acabar de hundirlo, algo duro como una piedra impedía hundirlo más.

Decidió cortar la piel como pudo, para ver lo que se encontraba dentro y que era tan difícil de atravesar. Una vez hecho el corte, abrió con sus manos la piel del animal, descubriendo que en vez de sangre salía un líquido blanco y que lo que no había dejado hundir el cuchillo, eran una especie de piezas brillantes más duras que la piedra. Se trataba de unas piezas pulidas y muy bien trabajadas, algunas eran redondas y unidas entre sí con unos pequeños dientes, otras eran como palos.

Destriparon el vientre del animal y descubrieron que las piezas estaban por todo su cuerpo. En vez de huesos y músculos había todas esas piezas redondas con dientes o alargadas como palos, brillantes como el agua y duras como la piedra. Lo único que tenía carne y hueso era parte de la boca. El miedo ante tal situación empezó a adueñarse de los corazones del grupo, pues pensaban que habían hecho algo prohibido. El líder intentó calmar la situación, poniendo en común lo que opinaban de este suceso.

Durante un buen rato, Nagh y el resto discutieron con gruñidos y señas lo que podía significar aquello. Lo que tenían seguro era que el oso no podía haberse tragado piedras y que su estómago las hubiese pulido de ese modo. Uno de los hombres se atrevió a decir que quizás era un regalo de los dioses. Pero el resto no estaba tan convencido, y pensaban que habían matado al animal equivocado, un ser tan antiguo y sagrado que serían castigados por ello. Nagh no dijo nada, tenía miedo, miedo de que los dioses la culparan de haber destripado un animal que les pertenecía.

Durante ese instante de reflexión colectiva, dentro de la cueva se empezó a oír un sonido estridente que no se parecía al de ningún animal conocido. A su vez, unos brillos de color rojizo comenzaron a centellear en la pared del final de la cueva. Al ver esto, los dos hombres y la mujer abandonaron sus armas en el suelo y asustados retrocedieron lentamente para echar a correr después. El líder no fue menos, también tenía miedo, porque ¿Quién no tiene miedo de los dioses que ha creado? Nagh por su parte estaba sorprendida y asustada, como los demás y no les podía culpar. Sus piernas también querían empezar a correr y huir de ese caos desconocido, pero sabía que era su responsabilidad afrontar el castigo de los dioses por haber hecho algo mal. No sabía el qué, pero sabía que tenía que ser ella quien recibiera el castigo impuesto por su delito. Por lo que se arrodilló en el suelo y esperó temblorosa su castigo delante de las luces rojas.

De la pared apareció una fina neblina, creando un contorno con forma de entrada. Este contorno salió de la pared y se hizo a un lado dejando una abertura oscura. Ahí Nagh supo que los dioses eran poderosos. De dentro de la apertura, oyó unos ruidos secos como pisadas y de la oscuridad surgieron tres figuras imponentes. Ahí Nagh supo que los dioses existían. Las figuras con forma humana, se posicionaron a su alrededor ataviadas con ropajes negros mientras la cara de una de ellas reflejaba los destellos rojos con más intensidad. Ahí Nagh supo que los dioses daban miedo. Estaba muy asustada, pero rápidamente logró levantar las manos en alto como símbolo de sumisión. Al ver esto, una de las figuras retrocedió al instante y le dio un golpe a Nagh con una especie de mango en la frente, que la electrocutó. Ahí Nagh supo que los dioses eran crueles. La electrocución fue tal que la dejaron inconsciente y mientras yacía en el suelo, las figuras empezaron a hablar entre sí.

—Ramírez, no hacía falta que la electrocutaras con la porra eléctrica, esto le va a dejar marca —dijo una de las figuras—. Además, estaba cagada de miedo.

—Es que me ha asustado Mike, parecía que iba a atacarme⁢—dijo quien había electrocutado a Nagh—. Aún no me he acostumbrado a estos salvajes.

—Lo que tú digas, pero enciende la luz. Y por el amor de Dios quítate el casco, no hace falta salir con el protector si no hay una amenaza clara.

Ramírez fue hacia un lateral de la apertura de dónde salieron y con un mando activó una pequeña luz, acto seguido la cueva se iluminó. Y el sonido estridente y las luces rojas se apagaron. La luz desveló a la tercera figura como un hombre corpulento que se apoyó de espaldas a la pared y encendió un cigarrillo sujetado por sus gruesos labios. En el pecho de su uniforme negro de seguridad se podía leer bordado “J. Taylor”. Mientras tanto Mike, empezó a husmear por la zona.

—¡Vaya! Menudo estropicio hay aquí. Además, ¿soy yo o hace un frío que te cagas? Esto debe ser cosa del termostato estacional, los inútiles de Control Ambiental pasan completamente de verificar las temperaturas —dijo Mike enfadado y chasqueó la lengua—. Desde que les han bajado el sueldo, les importa una mierda si todo el Pleistoceno se muere de frío o de hambre. Falta de disciplina, es por eso que luego pasan estas cosas. ¡Joder! Yo también intentaría matar a un oso cavernario, si lo único que hubiese para comer fuesen hierbajos.

Taylor exhaló una voluta de humo y Ramírez asintió con la cabeza. Éste último, se acercó al robot medio despellejado del oso y le apretó debajo de la axila. Las patas dieron unos ligeros espasmos, pero nada más.

—No tiene arreglo —dijo Ramírez seguido de un suspiro—. Esto les llevará una semana de trabajo a los chicos de Reparación. Mike, ¿les aviso y enviamos al oso?

—Será lo mejor, sino nadie mueve un dedo. Los tontos de seguridad siempre tienen que hacer todo el trabajo. Lo que más me jode es que si alguien hubiese hecho bien su trabajo, podríamos haber continuado con nuestra ronda matutina sin interrupciones. Además, suerte que nos hemos dado cuenta de la cagada del termostato, esta vez pienso informar a Central y que les caiga un puro a los de Control Ambiental. Será mejor recoger rápido antes de que ésta de aquí despierte —Mike marcó un deliberado silencio mientras miraba a Taylor apoyado en la pared y fumando—. ¡Taylor! ¿Es que no me has oído? Ponte las pilas, también es temprano para mí y para Ramírez. Échale una mano con el oso mientras paso nota a Central de lo ocurrido.

Mike se retiró por la apertura de la pared. Taylor hizo fotos del incidente para que quedase constancia de lo ocurrido en el parte. Junto con Ramírez intentaron quitar las lanzas, pero acabaron partiéndolas. Mientras esperaban la confirmación del traspaso, sacaron toda la piel al esqueleto robótico del oso, de esa manera ahorraban trabajo a sus compañeros de Reparación. Una vez quitada la piel, ambos se sentaron en la amalgama de hierro animatrónico.

—Estos pobres desgraciados me dan pena —dijo Taylor exhalando una voluta de humo y mirando hacia Nagh en el suelo.

—¿Por qué lo dices? Salvo por el frío yo les veo muy felices. Y en cuanto Mike avise del error en el termostato, les empezará la primavera —le contestó Ramírez extrañado.

—Son felices, pero felices en su inconsciencia. Viven para el disfrute de los demás y ni ellos lo saben. Siempre he pensado que hemos ido demasiado lejos. Hacer clones con el ADN de nuestros antepasados para su estudio ya me pareció algo innecesario; no hace falta que te diga lo que me parece que de ello hayamos hecho un circo —al oír esta última frase, Ramírez dejó escapar una risa infantil—. ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

—Nada, tan solo me los he imaginado haciendo malabares para entretener al público, el día que los grupos escolares se cansen de visitar “Prehistorik Park”. Aunque no creo que eso pase nunca, el parque es inmenso y cientos de hectáreas representan cada era geográfica de la prehistoria. Además, las especies son bastante iguales a las originales, al menos su ADN fósil así lo dice.

—Tampoco hace falta que me lo vendas. Yo solo digo que si algo es del pasado es por algo —Se levantó y se puso de cuclillas al lado de Nagh que seguía inconsciente en el suelo—. Es como verse en un espejo, ¿no crees Ramírez? Un reflejo de lo que fuimos en un origen, un reflejo de hace miles y miles de años. Maldita sea, tuvisteis que aparecer y joder todo en lo que creíamos, ¿por qué no os quedasteis en vuestras impías y apestosas cavernas?

—Vaya Taylor, no sabía que fueras un católico tan resentido. Esta pobre desgraciada no tiene la culpa de ser la prueba fehaciente de la evolución humana. ¿Tanto os cuesta aceptar que venimos de un primate comepiojos? Si hasta el mismísimo Papa dijo que…

Antes de que Ramírez pudiese acabar la frase, una notificación sonó en su transmisor, informando que podían enviar el robot a Reparación.

—Basta de cháchara, será mejor ponernos manos a la obra —dijo Taylor apresurado.

Ramírez miró de reojo a Taylor, y prefirió no continuar la conversación. Se dirigió hacia el cuerpo robótico y después de colocarle un dispositivo y marcar la destinación del taller de reparación en su transmisor, el cuerpo de metal desapareció con un tenue brillo blanquecino.

—¿Y qué hacemos con la piel? —dijo mientras punteaba con el pie la piel hecha jirones del oso.

—Dejádsela, así al menos tendrá algo con lo que cubrirse cuando despierte —dijo Mike detrás de ellos. Había regresado por la puerta de la pared, con un voluminoso paquete bajo el brazo que tiró al suelo—. Y dejadle también estas provisiones, tenemos permiso de Dirección. Por lo visto, los ineptos de Control Climático tardarán al menos un par de semanas en regular el cambio estacional, y tampoco es cuestión que los de su tribu se mueran de hambre por su cagada.

—Hoy es tu día de suerte chica —dijo Ramírez—. Viniste a por un oso y te llevaste su piel y unas buenas provisiones.

—Sí, y de regalo una electrocución y una marca en la frente de por vida —dijo Taylor con aire burlesco.

Ramírez prefirió no continuar con el juego de Taylor. Y los tres se fueron por el mismo sitio por el que habían entrado. Cuando la roca volvió a quedar sellada tras de ellos, las luces que iluminaban la estancia se apagaron y no quedó relieve alguno que delatara la posible apertura. La cueva quedó en silencio y a oscuras.

Cuando Nagh despertó ya era mediodía. Intentó recomponerse y procesar la situación por la que había pasado. Primero se cercioró de que los dioses no estuvieran en la cueva. Palpó en vano la pared por la que habían entrado ellos, intentando encontrar algún rastro de que lo que había visto era verdad, pero la pared era tan maciza como cuando intentó esconderse del oso. Se percató del paquete envuelto con un material extraño y descubrió que estaba lleno de trozos de carne seca, suficientes como para alimentar a toda la tribu durante varios días. Ahí Nagh supo que los dioses eran misericordiosos.

Se colocó la piel del oso a la espalda y se la ató bajo el cuello, mientras cargaba con el paquete dirección a casa. Cuando llegó a la cueva de la tribu, se los encontró a todos alrededor de la hoguera. Parecía que alguno de los hombres destinados a la planicie había conseguido encontrar alguna raíz o verdura y la estaban cocinando. Notó cierto aire apesadumbrado en el ambiente, una mezcla de tristeza y miedo.

Nagh entró sonriente y dio un grito para que se giraran; al verla, todos se alegraron de que estuviera con vida y la aclamaron. El líder lloraba de alegría y a la vez de tristeza, pues le avergonzaba pensar que había abandonado alguien de los suyos a su suerte. Nagh aceptó las disculpas y les enseñó la comida con la que los dioses les habían provisto. El clamor de la tribu fue máximo.

Todos lo estaban festejando alrededor del fuego, cuando varios de los hombres le preguntaron por la marca de quemadura que tenía en la frente. Nagh les explicó a todos que cuando aceptó su destino y se preparó para recibir el castigo de los dioses por matar a su bestia, uno de ellos le tocó en la frente, pero su poder debía ser tan inmenso que la dejó inconsciente. Después de oír eso, todos quedaron asombrados, el mismo líder determinó que ésa debía ser la marca de los dioses para decidir en quién confiaban, pues después la habían obsequiado con provisiones y una piel de oso.

Desde ese día, Nagh fue considerada la chamán de la tribu. Y cada año sobre las mismas fechas de inicios de primavera, ataviada con su piel de oso, visitaba la cueva en donde supo que los dioses la habían elegido.

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2 comentarios en “La marca de los dioses

    • Muchas gracias Ernest por tu comentario. En mi defensa diré que en el momento de escribir el relato, aún no había visto ni sabia de la existencia de la serie de Westworld, sólo la película del 1973. Si que usé de inspiración un poco de Parque Jurásico. Saludos

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