―¿Dónde demonios lo dejaste? ―inquirió James, a quien se le empezaban a notar las primeras gotas de sudor frío.

―¡Aquí mismo! En serio James, lo dejé justo al lado de las basuras como acordamos ―le respondió Gregory mientras se fumaba nerviosamente su segundo cigarrillo.

La imagen de dos hombres de mediana edad discutiendo en traje negro bajo un sol asfixiante, era una escena que destacaba en aquella entrada de callejón.

La peor parte se la estaba llevando James, pues parecía ser de los dos el más consciente de lo que el futuro les deparaba si no encontraban lo que estaban buscando. La ansiedad le consumía y descargaba leves brotes de ira contra la misma lata de refresco.

―No, Gregory, no. No fue como acordamos, fue como tú decidiste que lo hiciéramos. Somos demasiado viejos ya para esto. Hoy en día nadie se pasa información confidencial con un maletín; nadie se pasea en traje negro para no levantar sospechas ―Ésa última palabra la dijo con cierto sarcasmo―. Ahora todo se hace a través de la red, o pendrives o CD’s o lo que sea, pero no un jodido maletín.

―Pero James, los hackers… ¡Piensa en los hackers! ―Un miedo real se encontraba tras las lamentaciones de Gregory.

―¡Cállate ya! Qué son los hackers sino introvertidos niños gordos o yonkis puestos de Redbull que juegan con la seguridad de webs de empresas que ellos piensan que son importantes, creyéndose por ello héroes virtuales.

Se notaba cierto desdén en sus argumentos. Pese a su edad, James era un hombre que sabía lo que se cocía en el mundo actual y tenía devoción por el trabajo bien hecho. Sabía que el miedo de su compañero por las nuevas tecnologías era infundado por su desconocimiento de los métodos informáticos modernos.

―Pero James, siempre lo hemos hecho así, el día D a la hora H. Se deja el maletín en el sitio acordado y la otra persona lo recoge sin levantar sospechas. No tiene porque fallar nada.

―No, nada, solo que hemos perdido lo que teníamos que recoger ¡A parte de que estamos en pleno siglo XXI y nadie va dejando maletines en esquinas, y menos llevando traje negro en pleno mes de agosto! ―dijo James, como quien riñe a un niño, pues sabe que hay cosas que no puede entender porque no da más de sí―. Piensa James ¿Donde podría estar ese maletín? ¿O quién habría podido llevárselo? ―se dijo para sí mismo.

―Un negro ―soltó Gregory como quien dice una obviedad.

―¿Podrías dejar de decir estupideces por una vez?

―Si James, seguro que ha sido un negro. Antes cuando algo desaparecía, siempre culpábamos a un negro.

―¿Tan imbécil eres que no puedes intentar solucionar un problema sin echarle la culpa a otro? Además, un octavo de mi sangre es parte afroamericana y parte cherokee. Nunca me han gustado esos comentarios racistas tuyos.

―Esto… lo siento James. Era solo algo que me ha venido a la cabeza ―dijo apenado Gregory―. Quizás si miramos un poco por los alrededores encontramos algo. Si alguien lo ha cogido no debe andar muy lejos, solo han pasado diez minutos desde que dejaron el maletín.

―Por fin dices algo con sentido. De acuerdo, vamos a ver, tú por aquí ―dijo James mientras señalaba con el dedo gordo la zona izquierda de la calle perpendicular al callejón―. Yo buscaré callejón abajo.

Gregory y James se separaron. James empezó a correr pausadamente mientras miraba por los recovecos del callejón. Paso a paso, se maldecía para sí mismo en voz baja, pensando las mil maneras de haber evitado la situación actual. Era consciente que ese maletín les podía causar muchos problemas si únicamente alguien leyera la información que contenía, y no quería ni imaginarse si alguien con los contactos adecuados la hiciera pública.

Alzó la vista ligeramente y vio un ventanal con buena parte del cristal roto. Unas marcas en el polvo del cristal hicieron intuir a James que esa entrada era utilizada a menudo. No había ninguna pista más destacable en todo el callejón, así que confió en su intuición. Si no le había fallado en 53 años, no le iba a fallar ahora. Se coló dentro del edificio con más facilidad de lo que se esperaba, puesto que al otro lado, debajo del ventanal había un montón de revistas a modo de pequeña escalera, amortiguando el golpe de la caída.

El edificio era una fábrica textil abandonada. Cuando relajó la respiración del esfuerzo, oyó voces que provenían de alguna parte de dentro del edificio.

―¡Wow! Debe ser de oro macizo, mira como pesa.

―Como mola, seguro que esto vale un pastizal ¡Y mira, hay más!

James se puso en tensión y sacó su semiautomática de 9mm. Las voces le parecieron demasiado estridentes como para ser de adultos. Avanzó lentamente por los mostradores llenos de polvo y oyó risas provenientes de uno de los despachos. De un solo salto se puso en la puerta de entrada del despacho, apuntando con la semiautomática a quiénes estuvieran en su interior.

―¡Quietos! ―gritó secamente James.

Eran dos chicos de apenas 12 años, con cazadoras y bastante harapientos, seguramente huérfanos o desatendidos por sus padres. Entre ambos sostenían cuatro estilográficas de la corporación por la que trabajaba James, eran unas plumas bañadas en oro y cada una iba en su respectivo estuche aterciopelado. Normalmente había unas cuantas en sus maletines de negocios. Al ver a James, ambos chicos se sobresaltaron y se pusieron en pie, uno que llevaba una gorra dejó caer las estilográficas al suelo, el otro con el pelo rubio y rapado las retuvo en las manos.

James echó un vistazo rápido al suelo del despacho. Las cajas aterciopeladas de las plumas estaban esparcidas por el suelo y a los pies de los chicos había el maletín con el cerrojo reventado y abierto de par en par con los documentos desordenados. Mientras James observaba la situación, el chico con el pelo rubio y rapado avanzó un paso amenazadoramente.

―¡Hey! Nosotros lo encontramos primero. Además este es nuestro territorio, vete largando o llamo a los demás y te desvalijamos entero ―le increpó el chico.

Las amenazas del joven rubio no intimidaron a James, quien se relajó y empezó a apuntarles aguantando el arma con una sola mano. Y soltando un suspiro con media sonrisa, les dijo:

―A ver chavales. Ése maletín es mío, me lo habéis robado. Será mejor que…. ―Antes de que pudiera terminar su inicio de negociación, el chico rubio sacó una navaja y le apuntó.

―¡Chapa la boca! Nosotros no hemos robado nada. En este barrio todo lo que toca el suelo es nuestro. Vete olvidando de que devolvamos estos bolis de oro, ahora son nuestros ―Aprovechó al poner énfasis en ésa última palabra, para indicarle con señas a su compañero que recogiera las estilográficas que antes había dejado caer.

James no pudo evitar reírse para sus adentros por lo penosa que le resultaba la situación. Se estaba discutiendo a punta de pistola con unos chavales para que le devolvieran un maletín. Claramente los chicos no sabían de qué iba todo aquello, ellos solo querían las plumas para seguramente venderlas y comprar algo de pegamento que esnifar con sus compañeros. No sabían nada de la importancia de esos documentos y de que tenían infinitamente más valor que esas estilográficas bañadas en oro de pocos quirates. Pero ante la tozudez del que parecía el líder tenía pocas alternativas. Podía intentar negociar un poco más con ellos para que le dieran los documentos con cualquier excusa o incluso dándoles algo de dinero por ellos; de ese modo le dejarían marchar sin levantar sospechas, parecería como un ejecutivo que ha tenido la mala suerte de pararse en un mal barrio. O podía pegarles un tiro a ambos; ¡Oh sí! ése sería el estilo de Gregory, rápido, sin pensar demasiado y sin tener que dar explicaciones.

Por suerte para los chavales, él no pensaba como Gregory. Se serenó un poco y cambió ligeramente su entonación para insinuar que las amenazas del chico habían hecho efecto.

―Vale, vale chicos. Voy a guardar mi arma y dejadme que me explique, por favor ―James guardó su arma en su funda. Junto con el cambio de entonación, también colocó algún titubeo para dar más realismo―. En ése maletín hay unos papeles que significan mucho para mí. Son unos papeles que explican cómo salvar a mi hija, yo quiero mucho a mi hija y ella está muy enferma. Sin ellos, los doctores no podrán operarla como es debido y puede que muera en la operación. Yo solo quiero los papeles, lo demás os lo podéis quedar.

Ambos chicos quedaron quietos. El chico de la gorra tiró de la manga de su amigo, ligeramente más alto que él, y le susurró algo al oído. Éste suspiró y miró con el ceño fruncido a James.

―De acuerdo, aunque yo no me lo acabo de tragar, al pequeño Cappie parece ser que sí que lo has convencido. Puedes pillar los papeles y luego te largas. No quiero trucos raros. Una mano arriba y la otra para recoger los papeles. Créeme, soy más rápido yo con mi el cuchillo que tú con la pistola. Y como hagas algo que no sea eso, te rajo el cuello.

James le devolvió una sonrisa rápida. A costa de un poco de su orgullo, los había convencido, tenía lo que necesitaban y podía por fin largarse. Levantó una mano y empezó a inclinarse.

¡Bang!¡Bang!

En las milésimas de segundo que los casquillos de las dos balas repiqueteaban en el suelo, James ya se había recobrado del sobresalto, ya sabía quién había disparado y su mente ya estaba componiendo la más espectacular bronca que nunca le habría metido a Gregory.

Los dos chavales se desplomaron en suelo, un disparo a la cabeza para cada uno. James se giró con los ojos entrecerrados por la rabia. Gregory estaba de pie con la más estúpida de las sonrisas y por la expresión de su cara parecía estar esperando de parte de James un “¡Vaya Gregory! Suerte que has aparecido” o un “¡Menos mal compañero! Si no fuera por ti, estaría bien jodido”. Pero ninguna de esas frases saldrían o habían salido por la boca de James. Aunque en cuestión de dos segundos iban a salir muchas, y el concepto de lo que querían expresar era la antítesis de lo que Gregory se esperaba.

―¡¿Pero…pero tú eres tonto?! ―le espetó James casi chillando.

El discurso que había pensado James durante esas milésimas de segundo, era más elaborado y empezaba con una analogía sobre la vida y los impactos que las decisiones erróneas de un persona pueden conllevar en la vida de los demás, una lección vital sobre el concepto causa y efecto. Pero a veces las palabras son más rápidas que los pensamientos y crean discordantes resultados.

―¿Por qué has disparado? ―prosiguió James enfurecido―. ¿Tu cerebro es de tal tamaño que no puedes analizar una situación, esperar y decidir lo que es más correcto? ¿Tu única respuesta a algo es disparar o qué? Claro, si está muerto seguro que no se queja ¿No ves el estropicio que has hecho?

Gregory hizo el intento de responderle pero James, a quién parecía que se le estaba acabando el aliento, le enseñó el índice para indicarle que hiciera silencio mientras recobraba la respiración y proseguir con su bronca.

―¡Los tenía convencidos Gregory! !Estaban a punto de darme los documentos! Ahora tenemos a dos chavales muertos y muchas explicaciones que dar si alguien viene por los disparos.

―Pero James, cuando he entrado yo sólo he oído que el chico te decía “…te rajo el cuello”. Y por eso les he disparado, por si acaso. No quería que te pasase nada. Además, no te preocupes por los cuerpos, diremos que ha sido un negro y ¡listos! ―Y sonrió inocentemente, como cuando un niño pide perdón y da por sentado que todo está arreglado. Era un reflejo de la inocencia macabra que caracterizaba a Gregory y contra la que James no podía luchar.

James no pudo evitar sentir pena y en parte comprensión hacia su amigo. Quizás él en su misma situación y capacidad intelectual habría actuado de la misma manera.

―Si Gregory… ―dijo acompañándolo con una sonrisa lastimera―.  …diremos que ha sido un negro.

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