“Aquella noche parecía que la oscuridad y la niebla se habían aliado para envolverme en un ensueño mortal, recuerdo perfectamente aquellos faroles, recordaban a los ojos de decenas de criaturas observándote más allá de la bruma, pues su luz a penas conseguía disuadir la densidad de la niebla. Pero no, sé que desperté, sudoroso, acongojado y conteniendo gritos de sangre en mi garganta, pero sé que no fue un sueño, sé que fue real, y sé que me persigue, viene a por mí, anhela mi sangre, mi cordura, mi vida… está cerca de mí, aun noto su mirada clavada en mis aterrorizados ojos, mirando más allá de ellos, curioseando en mis pensamientos, complacido por el miedo que producía su mera presencia, emocionado por ver cómo mi espíritu se quebrantaba…”

—Tranquilícese Mr. Jones, para que nuestras sesiones tengan efecto, debe ceñirse a los hechos.

Más allá de sus grandes lentes, Mathew, psicólogo y amigo, mantenía una expresión seria, casi severa, su porte indicaba que aun no se había decidido a la hora de tomarme en serio o darme por loco. Pero yo le conocía, veía como arañaba su butaca, atacado por la curiosidad de un caso especial, algo que solo los grandes intelectuales como él comprenden, supongo.

—Es difícil tratar de contar un relato normal acerca de algo totalmente extraordinario doctor, pero intentaré ser más específico.

Basándome en su respiración, la respuesta no acababa de satisfacerle. Era algo más agotada que de costumbre, pero mantenía su paciencia, digna de los grandes de su profesión.

“Aquella noche, como otras antes, hacía una niebla excepcional en Arkham, tiempo que yo aprovechaba para salir a pasear. Ensimismado en mis pensamientos, es curioso cómo no ver lo que tenía a apenas un palmo de mí, me ayudaba a relajarme, a pensar con claridad. Como sabéis padezco de un grave insomnio y aquellas escapadas de madrugada en las que me envolvían las tinieblas de una ciudad moribunda, eran mi perfecto anestésico.

Era raro encontrarse con alguien en una situación así, pero aquella noche todo fue distinto. Allí estaba, esa inmensa y retorcida silueta que danzaba entre halos de luz y tinieblas, se burlaba de mí bajo su particular farola, confundido me acerqué, empujado por una indescriptible sensación… más bien… sensaciones. Recuerdo odio, miedo, curiosidad, pena, melancolía incluso, con cada paso que daba para acercarme lo que fuese aquello cambiaba mi forma de afrontarlo…”

Un sonoro carraspeo sonó, tajante, seco, con ello el doctor me decía que dejase de divagar.

—Lo siento Mathew, como le digo, todo sucedió hace una semana, y aun estoy alterado, prosigamos.

—Adam, cálmate, todo será mucho más fácil si te ciñes a los hechos, tengo ya varias teorías acerca del estado de tu cordura, pero debes contármelo todo.

Con una forzada sonrisa, me invitó a continuar.

“Cuando me di cuenta, me encontraba bajo la misma farola que aquella particular silueta, solo que cuando me acerqué a ella… desapareció sin más, alargué la mano para intentar captarla, pero solo removí la densa niebla, destruyendo la forma que había creado, y entonces, una calmada voz sonó tras de mi… una figura imponente, un hombre descomunal, ataviado en una gran gabardina que cubría incluso parte de sus zapatos. Su rostro quedaba al descubierto, aunque reconozco que tuve que mirar dos veces para entender que era una cara lo que veían mis ojos… Los suyos, despedían odio, esos ojos amarillos, fríos como el hielo de un lago, escudriñaban mi patética forma ante aquel ser inmenso, su barba desaliñada y gris, se escondía bajo la gran gabardina que cubría el resto de su probablemente terrorífico cuerpo. Su melena gris amenazaba con fundirse con la niebla de aquella oscura noche. Su cara estaba llena de cicatrices, quemaduras, incluso símbolos extraños que encendían oscuros pensamientos en mi acongojado espíritu. Impasible, aterrado, impotente, me quede allí, mirando cómo me examinaba, cómo me evaluaba, esperando que pasase de largo, rezando por despertar de un amargo sueño… pero su quebrada voz rompió mis vanas ilusiones… me dijo:

—Quizás la noche no sea más que un reflejo del día, quizás el sol y la luna no sean más que dos caras de la misma moneda… tal vez la luz y la oscuridad sean la triste historia de dos hermanos separados al nacer…

Entre sus ropajes lucía un precioso medallón negro, con un topo tallado en su extraño metal, un medallón que transmitía seguridad en comparación con aquel hombre de tinieblas. Arrancó con su único brazo la cadena del mismo, y me lo entregó solemnemente. Lo agarré temblando, pero al separarme me agarró fuertemente la mano, apretando en ella el medallón.

—Yo he fracasado, pero ahora mi tarea recae en ti, Adam, no falles, pues un destino peor que la muerte acecha a quienes se inmiscuyen demasiado en los asuntos de la niebla…

Por último, recuerdo cómo la niebla empezó a disiparse, cómo la luz de las farolas atravesaba y remataba los tortuosos tentáculos de aquella fría y mortal noche, cómo aquella bestia hecha hombre caminaba hacia el muelle y cómo cuando solo quedaban de él sombras inciertas, otras más agresivas despedazaron su silueta, cómo resonaban sus gritos de dolor en mis oídos, cómo terminaba de huir la noche, aterrada por los gritos de un monstruo, y cómo me sentí cuando me di cuenta, de que me encontraba en mi habitación, y mis manos estaban manchadas de sangre, en consonancia con el resto de la estancia.”

—Nunca se encontró ningún cuerpo, Adam.

Escéptico, Mathew me lanzo una sentencia maliciosa, pero yo sé lo que vi.

—Y nunca se encontrará, Doctor, no puedes explicar con leyes preconcebidas sobre la naturaleza lo que en ella ocurre.

Aquello le hizo gracia, pero no de una forma cómica, era más bien una risa melancólica, como si esa frase le recordase a algo familiar.

—Está bien Adam, me gustaría continuar con esta sesión, pero ahora ya sabes lo que viene.

La niebla comenzaba a materializarse alrededor de aquella imponente figura, el doctor apenas se levantaba de su butaca y se servía una última copa cuando la niebla ya cubría todo el cuarto…

—Detesto esta parte, Matthew ¿Es realmente necesario?

Ensangrentado, sumido en la profunda oscuridad, ahogado en su vaso de Brandy, el doctor contestó antes de morir.

—Solo tú puedes pararlo Adam, mucha suerte amigo, me alegro de haber tenido una última charla contigo.

Agarré con fuerza mi medallón, me fui por la puerta, en silencio mientras la niebla terminaba de consumir a mi viejo amigo. La niebla se ha llevado ya a cientos de la ciudad, tengo que parar esto… estoy tan cansado… ¿Dónde está mi medallón?… ¡No!…

Aquella fría noche de Octubre…

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Un comentario en “El guardián de la niebla

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