No llueven esferas metálicas ni es posible mirar a través de su recubrimiento opaco. Sin embargo, con aquella se podía…

        Para Isaac el golpe en su muslo derecho, amoratado por el impacto, era el presagio de un acontecimiento divino. Con la bola en sus manos, cojeó de vuelta a la granja y se metió en el cobertizo. Colocó el objeto con mimo sobre la manta del perro y se quedó embobado en la contemplación. La superficie era una aleación perfecta. Sacó una lupa del cajón y realizó un examen meticuloso. Ni una muesca ni la más mínima ralladura. En el peor de los casos, podría conseguir en el mercado de la comarca lo suficiente para comer unos días seguidos. Bizqueó cuando le pareció notar un movimiento en su interior. Acercó y alejó el rostro hasta que, en un determinado ángulo, el interior de la esfera le fue revelado. ¡Divino Smith! El perro agitó la cola y gruñó en dirección a la mesa.

        —Tranquilo, Doc. Enseguida te devuelvo la manta.

        A través de una especie de membrana traslúcida veía algo inconcebible: tierra labrada, edificios y unos hombrecillos laboriosos que se afanaban en las labores agrícolas. Araban surcos y plantaban semillas, retiraban hierbajos y trazaban canalizaciones de agua, que solo el bienaventurado Smith sabía de dónde procedía.

        Aquella noche, Isaac dio buena cuenta de una botella de destilación y durmió entre ronquidos y sueños inquietos. Al amanecer arrastró su resaca hasta el cobertizo. Agitar la cabeza con incredulidad no fue buena idea, aunque no pudo evitarlo. La bola había duplicado su tamaño por lo que veía su interior sin necesidad de la lupa. Sus habitantes, vestidos todos ellos con similares monos de trabajo, recogían una cosecha abundante. Era una señal del todopoderoso Smith, el anuncio del fin del hambre y la mendicidad planetaria. Isaac ya no tendría que emigrar a la urbe «a vender su sangre a cambio de sobras», como proclamaba desde el púlpito el Comisario. Su esperanza crecía con el devenir de la semana. Del tamaño de una sandía, la bola continuó creciendo y tuvo que desmontar el cobertizo para hacerla rodar hasta un sembrado que estaba lo bastante lejos de sus vecinos, con los cuales tampoco intercambiaba visitas de cortesía, para evitar miradas indiscretas. Sin embargo, el problema de la discreción creía: la esfera se convirtió en cúpula cuando la mitad inferior quedó enterrada bajo tierra por el peso. Sabía que era su deber notificar aquel milagro al Comisario comarcal, pero se resistía. Solo con pensar en lo que podría manar de aquel paraíso cuando alcanzara la escala real… Dentro había graneros repletos y las cosechas se reproducían casi de un día para otro. Tan pronto lograra comunicarse con los habitantes, sus problemas de pobreza finalizarían para siempre. Rascó la superficie con las uñas, se desgañitó a voces y hasta la golpeó con herramientas, pero los de dentro siguieron ignorándolo.

        No hubo de esperar demasiado. El sembrado completo y los adyacentes fueron absorbidos por la semiesfera y la capa metálica se abrió con un chasquido metálico y un silbido de atmósferas que encajaban, dejando a la vista tan solo la prosperidad de una granja que encajaba tan poco en el entorno como el decorado de una función dominical. El atónito Isaac dejó caer la mandíbula cuando encaró a los inquilinos que se aproximaron a una distancia prudencial y lo apuntaban con unas armas de diseño desconocido. Alzó los brazos con las manos abiertas y trató de sonreír a través del pánico.

        —Bien… bienvenidos. Me complace compartir mis tierras con vosotros, visitantes. Por obra y gracia de Smith nos dividiremos la cosecha. —Había ambición en su voz antes de recuperar la compostura.

        Cuando los desconocidos abrieron fuego, dejaron su cuerpo para que se resecara bajo el inclemente calor con el que Smith había estado castigando la iniquidad del mundo. Uno de ellos, escupió al suelo y pisó con precaución el terreno baldío.

        —Menuda mierda de planeta. ¿Qué vamos a cosechar aquí?

        Su compañero, resignado, contestó:

        —Eso, solo Smith lo sabe.

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2 comentarios en “Y Smith multiplicará el grano de nuestros campos…

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