Con el cese de la polvareda, mis ojos volvieron a la oscuridad que les impedía ver más allá de unos metros. Había quedado encerrado. Por algún extraño motivo, ya no me molestaba la garganta, el calor no me afectaba, el miedo se había convertido en indiferencia, la sangre ya no me sabía a nada, apenas tenía hambre y sed. Fue justo en ese momento cuando pasó lo improbable. Entre los escombros una silueta se movió, para segundos después mostrarse. Era un hombre bien vestido, trajeado, olía bien, su sonrisa y sus facciones transmitían calma, y llevaba consigo un maletín de trabajo bastante lujoso.

—¿Es esto un sueño?

Cambió su sonrisa por un gesto de preocupación, pero enseguida volvió a sonreír.

—Esperaba que lo supieras, lo siento, soy la muerte. Es un placer.

—¿Estoy muerto?

—No hasta que te toque directamente. Tranquilo Hains, mi trabajo es hacer de tu experiencia lo más confortable y fácil posible. Olvídate de tus preocupaciones.

—Pensé que vendría una parca con guadaña, no un joven contable.

—Hasta para morir tenéis prejuicios los mortales. Sólo quiero ayudarte Hains, mi trabajo es llevarte. Tengo entendido que eras un jugador excelente de ajedrez, pensé que una última partida te animaría.

Abrió su maletín en el suelo, dejando un precioso tablero con las piezas listas, sonriéndome me instó a realizar el primer movimiento. Lo hice.

—No tienes derecho a llevarme.

Un tanto extrañado animó la conversación. Jugábamos rápido, jugábamos bien.

—Claro que sí, trabajo para esto. Jugaste mal tus cartas, mira que ser minero…

Pronto llegué al primer jaque, se escapó hábilmente.

—En la aldea de arriba hay trece niños huérfanos, más ancianos y enfermos. Los que podemos trabajamos para que ellos no mueran, lo único que hay en kilómetros a la redonda es esta mina, lo demás está incomunicado. Nos explotan y nos obligan a trabajar, nunca tuve la oportunidad de irme, no me faltaba talento, como estás viendo, sólo opciones. No jugué mal mis cartas, alguien hizo trampa. Si eso no te vale, mi vida vale la de todos a los que he salvado y viven allí arriba ¿No sería más justo llevarte a uno de ellos y no a mí?

Con eso llegué al jaque mate. Él recogía el tablero pensando seriamente, finalmente se levantó de un salto.

—Tienes razón, no tengo derecho a llevarme tu vida.

Me tendió la mano, sonriendo de nuevo. En un acto reflejo, dejándome llevar por la victoria, le di la mano, y dejé de sentir la necesidad de respirar.

—Pero aun así me la llevaré, porque soy la muerte y sólo he venido aquí a decidir a dónde vas.

Desde el infierno recuerdo sus últimas palabras mientras el ascensor de la mina descendía hasta el fuego. La vida no es justa, pero la muerte es peor.

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Un comentario en “La mina de Hains

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