PRÓLOGO

 Pido al lector, que tenga bien tomada la decisión de leer hasta el final las revelaciones que aquí recojo, del modo más ordenado y verosímil que me deja mi pobre estado. Tenga en cuenta pues, que aunque agradezco mucho su intento, es más que necesario que como yo hice en su momento, llegue hasta el final, y no tenga reparo en tildarme luego de loco, sociópata o lo que se le ocurra, mas que su valoración sea tras leer el punto y final y no antes.

Sirva también esta última nota de despedida, pues si alguien está leyendo esto, es que la temeridad de mis actos ha acabado por alcanzarme, y arrastrarme a un destino del que no se puede huir, tal vez la muerte, tal vez algo cercano y sin duda, peor. Aseguro aunque poco valga mi palabra, que durante la escritura de estas líneas, me encuentro calmado, y la poca cordura de la que puedo disponer, se encuentra sin duda en cada una de estas letras. Sé que me acerco a algo malo, pero ya descubierto el misterio y resuelto el enigma, sólo queda esperar que no sea demasiado tarde y que mis pocos recursos sean suficientes para, al menos, salvar lo que queda.

Bien sé que debo empezar por el principio, por la naturaleza de mi situación y de la quien conociendo solo parte de la historia, crea idóneo leer esta carta. Entiendo como acertada esta breve introducción, bien para ahorraros tiempo, bien para dar por sentado que esto no es ficción, y que se acerca más a un testimonio, que a una de esas historias de cuervos malditos y nunca mases. Pido pues que tras la investigación pertinente, y que recae ahora sin duda sobre mis viejos compañeros, se publique esta historia en el periódico de la semana por capítulos cortos. Usen la suma necesaria del fondo de mis ahorros, caídos ahora en saco roto. Mi familia, la que me queda, bien a salvo están económicamente hablando, espero que se aseguren, de que también lo estén en el resto de sentidos.

Sin más miramientos, comencemos…

 Capítulo 1. El horror al otro lado del río

 El 1920 fue un mal año para la ciudad de Arkham. Aquella ciudad parecía sacada directamente de la imaginación de un escritor propenso a la locura. Maleantes y asesinos recorrían las calles en las noches de niebla profunda, haciendo suyas las vidas ajenas. Sin mencionar los extraños sucesos de los que algún que otro ciudadano respetable daba parte, para semanas después ser ingresados en el manicomio estatal, sin ningún tipo de prueba que sustentase sus malogradas teorías.

Como ya sabrá si está involucrado en el caso, yo ya llevaba unos años alejado de la justicia oficial. Mi esposa y yo decidimos dejar al margen las maneras cívicas y poco efectivas de ayudar a la ciudad. Ya bien entrado el invierno, hacía al menos un lustro que Trish y yo conseguimos montar nuestra propia agencia de investigación. Yo tenía los contactos en la policía y ella en las calles, gracias a la estupenda red de chivatos que había creado entre los vagabundos de la ciudad. Mi antiguo compañero en el cuerpo, Dylan, se unió a nosotros hacía ya unos meses, atormentado por lo mucho que pudo hacer y que no hizo debido a su posición pública.

Fue a principios de ese desolador diciembre cuando todo comenzó. Esa noche recibimos la inusual visita de una joven adinerada, cuyo padre había sido asesinado en la más “grotesca” de las circunstancias esa misma mañana. Acudía a nosotros en busca de quienes pudiesen saltarse un par de pasos burocráticos con tal de que se hiciera justicia; había venido al lugar indicado. Por supuesto la policía ya había rebuscado en la escena, pero perezosa, habría dejado algo que bien pudiese darnos por dónde empezar. Sin más demora, Dylan y yo decidimos ir esa misma madrugada a husmear, mientras Trish se ocupaba de informarse sobre la familia de la clienta y otras pesquisas más que necesarias.

Nuestro carro comenzó a recorrer las húmedas y oscuras calles de una Arkham cansada y moribunda, centinela indiferente de nuestros actos. Un frío usual pero igualmente imperdonable calaba nuestros huesos. Un vacilante candil de aceite guiaba nuestro carro y calentaba nuestras manos. Los faroles asomados en la penumbra, parecían débiles ojos observando nuestro recorrido, un recorrido hacia el horror que sólo las manos de uno de nuestros ciudadanos podría atreverse a cometer, expectantes. Me dio la impresión de haber entrado en un bucle, del que decidí escapar conversando con mi compañero, sobre algo que aún resonaba en mi cabeza.

—¿Cómo definirías la palabra “grotesco” Dylan?

—¿Cómo dices, Adam?

La pregunta le pilló desprevenido, era tarde y tenía sueño, tal vez demasiado para una de nuestras charlas. Pero necesitaba mantener la concentración en algo, la sucia calle me estaba causando un inexplicable e incómodo nerviosismo.

—“Grotesca”. La señorita que vino a vernos dijo que la escena era grotesca. ¿No te llama la atención que haya usado esa palabra y no otra más común?

Se incorporó, con un largo suspiro para dejarme claro que si pudiese me tiraba del carro a patadas.

—Es sencillamente algo fuera de lo subjetivamente normal, un suceso que descompasa con el resto de vivencias de una persona de manera quizás exagerada. Extraño, terrorífico incluso, me parece una palabra ideal para un asesinato, más aun tratándose de su propio padre. ¿Qué es lo que te inquieta Adam?

—Siempre me ha parecido que “grotesco” tiene un matiz especial, llegando casi a lo ficticio, blasfemo, irracional. No es una palabra que me tome a la ligera, por ello he decidido darme prisa. “Grotesco” es un concepto que usas cuando apenas eres capaz de definir con palabras lo que ves, llegando casi a lo innombrable.

—¿Me has sacado de la cama porque la clienta usó “grotesco” Adam?

Mi compañero me fulminó con la mirada, le sonreí y me encogí de hombros, ya sabía la respuesta. Con un segundo suspiro obvió su propia pregunta.

—¿Crees de veras que existe algo que se escape a la lógica? Todo se puede definir mediante la correcta interpretación empírica… o mediante la acertada doctrina religiosa, Adam. ¿No crees?

—Tal vez hayamos llegado a un punto muerto, deberíamos considerar preguntar a Sir Arthur o a Lovecraft la próxima disputa, seguro que esos dos se llevarían mejor que nosotros Dylan.

Ambos nos reímos regocijados en nuestras entretenidas referencias y divagaciones, mientras hacía parar a los caballos del carro. Tantos años conduciendo hacia horribles masacres nos había inmunizado al nerviosismo, era un trabajo duro, merecía la pena mantener el humor.

Estábamos frente al viejo edificio abandonado en el que habían encontrado el cuerpo, situado en la calle paralela al río, apenas a unos metros de la posada con más clientela de la ciudad. A unas manzanas de distancia de nuestra oficina. Salvo para algún desdichado mendigo, o despistado borracho, era demasiado tarde. A los mendigos los teníamos de nuestra parte, los borrachos ya no recordaban ni su propio nombre. En principio no considerábamos a testigos sorpresa, aun así, dejamos el carro lejos, usamos una luz tenue y dimos buena cuenta del ruido de nuestros pies. Recordemos que nuestra investigación, aunque lícita, era relativamente clandestina, no habíamos tenido tiempo de avisar a nuestros contactos en el cuerpo.

El olor a pescado, alcohol y podredumbre era difícilmente soportable aquella noche. Si de costumbre, Arkham era una ciudad perturbadora y envolvente, en aquel momento me lo parecía aún más. Llevaba así desde nuestra rápida conversación con la clienta, y por algún motivo que no podía explicar, iba a peor. Primero fue una leve molestia entre mis pensamientos, luego dominó mis ensoñaciones despierto, ahora era obsesión, algo casi tangible, retorcido, estaba allí, en la niebla, atrapándome, absorbiéndome.

Por suerte, mi compañero, ajeno a mi hastío personal, producido sin duda por la sugestión y la falta de sueño, volvió a rescatarme del tedio, y con un leve empujón, me instó a abrir la vieja puerta de la vieja casa abandonada. En la posada, ya cerrada hacía unas horas, no había ni rastro de ojos maliciosos, estábamos solos. El suelo astillado crujió con el paso de la puerta, la policía, tras rebuscar y hacer mal su trabajo, había cometido la desfachatez de dejarla abierta, un clásico que no nos sorprendió.

Un fuerte hedor nos golpeó al entrar, despertando nuestros sentidos, tan nauseabundo que incluso consideré echar de menos el olor rancio a pescado y alcohol de las calles. Las escasas luces nocturnas no atravesaban las ventanas tapiadas, y al cerrar lentamente la puerta, apenas veíamos nuestros propios pies. Sólo entonces mi compañero, más previsor que yo, prendió una pequeña lámpara de vela. No pudo ni tan siquiera burlarse de mí, pues lo que vimos impuso un doloroso silencio en la sala.

La habitación estaba totalmente desvalijada, las escaleras que subían hacia arriba habían sido destrozadas y de los muebles que antes decoraban la sala tan sólo quedaban astillas y tablones. Flotaba en el ambiente una densa capa de polvo, pero había algo más, algo que brotaba de lo que realmente importaba, en esa suciedad había restos de ceniza, cera… y piel. Estaba claro que la policía se había llevado el cadáver y todo lo que pudiese servir o no como pista, y aun así, no pudieron llevarse el suelo y lo que en él había.

Dejo para el final lo más difícil de describir, pero no de recordar, y fue lo que nos impidió conversar. El suelo al completo estaba entintado con unos símbolos extraños y arcanos, su significado me era totalmente desconocido, al igual que la substancia con la que fueron hechos, solamente sabía que debía de tratarse de un líquido negro que ya seco parecía indeleble. Los símbolos estaban compuestos de breves escritos, dibujos circulares, alguna estrella algo informe, todo ello formaba un conjunto de algo, un ente individual y perverso formado de otros más pequeños e inconclusos. La única parte que se libraba, era el centro, donde quedaba libre la madera, salvo por lo que había encima de ella, eran… restos quemados de un cadáver, cubiertos casi por completo por una densa capa de cera de vela. La mayoría eran trozos de piel pegados al suelo, la cera, en algunas zonas era líquida, y en otras sólida, de forma antinatural mantenía en constante quema la piel que quedaba, creando un horrible olor a putrefacción y a carne chamuscada. Lo más parecido a algo que podía pertenecer a un cuerpo, era un dedo meñique, con un anillo asomando en los resquicios que dejaba aquella extraña cera roja.

Quisiera aquí hacer un inciso sobre algo que me parece importante, y que no se aprecia lo suficiente en un relato de los hechos objetivo y narrativo. Durante esos días, vimos sin duda cosas horribles, peores que la de aquella casa, mucho peores, pero cuando hago lista y memoria, me doy cuenta de que ese momento me viene a la cabeza una y otra vez, esa imagen… a veces incluso el olor. Aquello era algo terrible y perturbador, y aunque ya habíamos dado encontronazos con psicópatas y sus dantescos espectáculos, eso fue especial. Ambos sabíamos que nos enfrentábamos a algo nuevo, desconocido y en el mejor de los casos, poco humano. Hasta tal punto quedó enquistado en nuestras mentes, que paralizados en el mutismo contemplamos aquella imagen durante varios minutos. Sólo cuando la vela de mi compañero se consumió y de nuevo quedamos a oscuras, salimos de nuestro ensañamiento, no sin seguir viendo la imagen en nuestra mente aunque ya no la tuviésemos delante. Yo no me percaté en su momento, pero fue en ese instante cuando empezó a drenarse mi cordura.

Dylan, en silencio, prendió una nueva vela. Esta vez, decididos a movernos, comenzamos a estudiar la sala y a buscar pistas. Noté que Dylan evitaba mirar directamente los restos del cadáver, así que decidí encargarme yo. Pasaron unos cinco minutos hasta que escuchamos unos pasos acercarse desde la calle. Se detuvieron una vez al otro lado de la puerta y un clic metálico sonó, dejando un afilado eco. Dylan echó mano de su viejo revólver, me encantaban las rudimentarias formas de mi compañero, aquel primitivo instinto me había salvado en más de una ocasión, pero seguía siendo poco observador. Con serena voz dije:

—Adelante, comisario, tenga usted la amabilidad de unirse a nosotros. Guarde ese arma, no la necesita entre amigos.

Dylan, aunque acostumbrado a mis sorpresas, no pudo evitar el impulso de apuntar a la puerta con el revólver. Bajé su arma mientras la puerta se iba abriendo despacio. Tras ella apareció el señor Devitt Galloway, con el semblante algo confundido y algo mojado, cosa que me indicó que había empezado a llover fuera. Devitt era un hombre mayor, aunque se mantenía en forma, nunca nos perdonó que nos fuésemos del cuerpo, pero sabía que seguíamos siendo la mejor protección de esta ciudad. Los tres éramos viejos y buenos amigos, por lo que me aseguré de que estuviese aquí.

—Sabía que erais vosotros, condenados detectives. Será mejor que vayamos a comisaría, si estáis involucrados en el caso es hora de compartir información.

—Valoro mucho su hospitalidad Galloway, pero mi casa está más cerca, allí podremos estar tranquilos y sin duda entrar en calor con un café que no sepa a vómito. El carro está listo para llevarnos y ya he organizado una pequeña reunión. No se quede ahí parado, se va a congelar hombre.

Devitt estaba hecho a la escasa autoridad que tenía sobre mí, ya heredada de mis tiempos de policía. Igualmente si tenía un plan, sabía que le convenía seguirme el juego, con sus hombres no iba a llegar ni a oler al criminal que estuviese detrás de esta pesadilla. Miró algo descontento a mi compañero Dylan, y éste usó su recurrente suspiro y se dirigió a nuestro antiguo jefe.

—Ya sabe cómo es comisario, yo sé tanto como usted, le gusta contar las cosas en el último momento y a medias, imagínese trabajar con él en cada caso, ha ido a peor desde que trabajábamos juntos.

Ambos salieron de la casa mientras debatían sobre mis excentricidades. Pero había algo que me seguía atormentando. Cuando Dylan encendió la segunda vela, estaba seguro de haber visto algo reflejado en la cera derritiéndose, por un solo instante, una sombra de algo encerrado en esa sustancia. En silencio, reflexioné sobre la posibilidad de la sugestión, mientras Devitt y Dylan conversaban entretenidamente sobre trivialidades en la parte delantera del carro. Decidí dormir un poco.

Anuncios

2 comentarios en “Corazón de Arkham – Capítulo 1. El horror al otro lado del río

¡Nos encantaría que comentaras tus impresiones sobre el relato!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s