El cerebro me funcionaba a toda velocidad, parecía que el tiempo se hubiese detenido. La sangre se resbalaba por el cabello mojado y rojo de Trish, era una imagen dantesca, y bella a su vez. Aunque a sus espaldas caían miles de gotas de lluvia, yo sólo escuchaba el goteo de su sangre contra el suelo; me fijé en su respiración, agitada por el cansancio pero no por el dolor, la sangre no era suya. Agudicé la vista, sus ojos verdes estaban decididos y furiosos, fijos en mí. Algo se le había escapado y por poco, mi siguiente paso lógico fue mirar su pantalón, arrugado por la izquierda, había echado mano de su revólver, fuera lo que fuera lo que se le había escapado, lo había disparado, pero no había acertado. La sangre estaba en su rostro, denotaba un disparo muy de cerca, Trish habría matado a lo que fuera si le había salpicado a la cara, así que la sangre era de un enfrentamiento más directo. Ya empezaba a reconstruir la escena, los detalles llegarían luego. Sin casi mediar palabras, cogimos nuestras cosas y corrimos al carro, hablaríamos de camino.

Las viejas ruedas de madera castigaban el suelo a toda velocidad, nos dirigíamos a la casa familiar de la señorita Enma, donde una vez convivió con su padre, ahora estaba vacía y sin vida. La lluvia golpeaba sin piedad el techo de nuestro carro, creando un sonido irregular y escandaloso que impedía concentrarme en el constante sonido de las ruedas para poder pensar, mientras mi nerviosismo aumentaba, Trish nos contaba lo que me temía.

—Fui a la casa en cuanto terminamos de hablar con Enma, la acompañé en el mismo carro, haciendo las preguntas habituales, nada que no sepamos ya. Una vez allí, esperé hasta que estuviese dispuesta a dormirse, entonces comencé a investigar.

El horrible sonido de la lluvia, sin ningún tipo de orden sobre nuestro techo me estaba poniendo histérico, o acudía a la morfina, o participaba en contar la historia.

—Entonces te aseguraste de que estaba bien dormida, comprobaste los alrededores de la casa, cerraste ventanas, apagaste luces, te hiciste con un pequeño farol, y te fuiste a la biblioteca. Venga Trish, ¿qué encontraste allí?, ¿historia familiar?, ¿un registro de contrabando? o ¿una confesión de pertenencia sectaria con homicidio quizás?

El comisario estuvo a punto de preguntarme cómo diablos sabía eso. Dylan lo paró antes, ambos callaron y escucharon atentamente, Trish empezaba a sonreír, sabía jugar a esto, y tenía la ventaja de haber estado allí.

—Así pasó, Adam, lo que encontré fue parte de la historia familiar y el negocio, las dos cosas estaban limpias superficialmente. Los Clarks son una honrada tabaquera sin ningún tipo de antecedentes de aquí a varias generaciones atrás.

—Lo que significa, que están muy sucios y saben ocultarlo medianamente bien. ¡Cuenta cuenta!, forzaste un par de cerraduras de los cajones más sospechosos, ¿en un despacho o en la propia biblioteca?

—En el despacho de su padre, un par de cajones cerrados, había gran cantidad de chanchullos de negocios que no nos interesan, que se encargue el comisario si le place. Lo más interesante sin duda, era un pequeño cuaderno antiguo y andrajoso, en el que había anotados unos nombres y dibujos extraños, no sonaba a extranjero, sino a antiguo. Junto a esas anotaciones, había otras más normales, eran fechas y horas de entrada y salida a algunos lugares de la ciudad. Comparando la escritura, sin duda era la del padre de Enma.

—Pero no has traído ese cuaderno o ya lo habrías enseñado, eso es que no te dio tiempo a cogerlo y ocultarlo, así que fue entonces cuando te interrumpieron, ¿cómo pudieron pillarte por sorpresa? Ni yo lo consigo.

Eso la puso nerviosa, no tenía explicación, por suerte yo la tenía.

—Estaban ahí Adam, por arte de magia, no fueron las puertas, ni las ventanas, me giré y encontré a un hombre inmenso, vestido con ropas raídas, tenía una barba bastante poblada, era calvo, y tenía un ojo claro y otro oscuro, se abalanzó sobre mí. Disparé demasiado rápido el revólver, no me dio tiempo a apuntar para advertirle y ver si el farol funcionaba. Estaba como poseído e ignorando el disparo me tiró al suelo, conseguí herirlo con una pluma cerca del escritorio y salí corriendo a la habitación de Enma. Cuando llegué ella ya no estaba, volví esta vez con el arma lista, y nada, ni rastro, solo el despacho destrozado, el cuaderno desaparecido, y una casa en silencio, ¿cómo es eso siquiera posible?

La respuesta me hacía cosquillas en la lengua, miré sonriente a los alarmados rostros de mis dos compañeros, y triunfante confirmé mi teoría.

—Tienen un túnel.

El carro empezaba a parar, el aguacero había dejado de muy mal humor a Dylan. Éste conducía los caballos guarecido por una mísera capa improvisada, se turnaba con Devitt, pero él aguantaba mejor el temporal. Los dos se adelantaron para explorar los alrededores de la casa, en busca de intrusos que yo sabía que no iban a encontrar, pero no dije nada porque llevaba un rato notando que Trish quería hablarme a solas. Fuimos a la puerta principal y bajo el portal nos refugiamos de la lluvia. Como siempre se había recuperado rápido, no tenía ninguna herida, y ya hacía tiempo que ese tipo de situaciones dejaron de asustarnos, así que lo único de lo que podía tratarse el tema de conversación era o algo del caso tan privado como para sólo compartirlo conmigo, o que estaba molesta por algo que había hecho. Viendo que dedicó un par de segundos a examinarme con la vista, era lo segundo. Le ahorré el examen:

—Vamos Trish, sabes que si quisiera ocultarlo, nadie lo vería.

—Por eso lo busco a consciencia, aunque confirmándolo tú, ya no hace falta. ¿Cuánta?

—Una sola dosis a media capacidad, ni suficiente para dejarme dormido, como las ultima veces. No es nada grave, como las últimas veces, diez miligramos como mucho.

—Adam, sé que estás emocionado, el caso es extraño, interesante y estimulante. Sabemos que eso estimula tu dolor, pero en casos extremos has llegado a usarla para concentrarte, liberarte de impulsos emocionales, y poder pensar mejor, a veces durante varias horas.

—Lo sé, lo sé. Lo tengo controlado Trish, pronto esto estará resuelto, y volveré a la prescripción normal de aburrimiento y dolor.

Durante un largo minuto estuvo en silencio, sopesando, llevó su mano a mi mejilla como si estuviese acariciando a un perro herido, sabía que lo detestaba.

—Sabes que eres especial, y crees que la morfina acentúa eso, pero la adicción es de las pocas cosas que nos recuerdan que sigues siendo un humano más, y no es de esos recordatorios agradables como tu obsesión por el ruido de la lluvia, ten cuidado Adam. Espero que Dylan también te haya sermoneado.

—Tomo nota Trish. Dylan está esperando a poder hablar conmigo lejos del comisario, tranquila, lo hará, y como siempre fingiré escucharlo mientras bebo algo que el creerá que es agua, luego se dará cuenta de que le falta la petaca.

Los dos sonreímos. Recuerdo un beso bajo la lluvia, uno de los últimos. Luego un dolor punzante, necesitaba morfina pero si lo hacía allí Trish me la quitaría a punta de pistola, entramos lentamente en la casa, ya volvían nuestros compañeros.

El comisario parecía claramente disgustado conmigo, así que seguramente se acababa de dar cuenta de un posible error en mis suposiciones. Y puesto que aún no había tenido tiempo de errar en mis deducciones, solo podía referirse a una cosa.

—Devitt, sé que dije que no usarían el túnel hasta dentro de unos días, sin embargo se han llevado a la señorita Enma, usted cree que por mi culpa. Pensaba que eran más inteligentes, han actuado de forma impulsiva, alégrese, no son tan buenos, cometerán otro error y esa vez estaremos en guardia.

Se limitó a asentir y a emitir un gruñido que solo entenderían los hombres de su especie. A decir verdad, había otra posibilidad, que esos criminales supiesen que íbamos a pensar así, que aprovechasen nuestra prudencia para cometer un segundo acto delictivo, en cuyo caso me temo que son aún más inteligentes de lo que en un principio consideraba. El comisario no lo entendería si se lo explicase así, pero Dylan y Trish ya habían caído en lo mismo que yo. Y no son de los que toman rehenes, querían dos cosas, a Enma y el cuaderno. La información estaba en lo segundo, así que me temí lo peor para la señorita.

El recibidor era bastante amplio, se veían dos puertas a los lados y unas escaleras que iban hacia la segunda planta, donde seguramente había otras muchas habitaciones y los dormitorios principales. Hace un tiempo la casa era regentada por un padre ocupado con una familia numerosa y toda una cuadrilla de sirvientes y trabajadores. Sin embargo, un buen día, todos los que le importaban acabaron huyendo del estrés y de su ajetreada vida. Sólo su hija Enma se quedó con él. Alejó de su hogar el trabajo e incluso los sirvientes, sus funciones en el negocio se redujeron a las de asesor con una buena pensión, por lo que decidió pasar el resto de sus días disfrutando de su hija. Aquella noche esa casa se había convertido en la escena del crimen, abandonada y despojada de todo su significado y vivencias, ya nadie recordaba ni una época ni la otra. Simplemente daba cobijo a unos desconocidos que intentaban devolverle un poco de significado a sus viejas paredes, y sólo una respuesta podía hacerlo. Hablaría con la casa más tarde, para que me contase sus más oscuros secretos, pero si cabía una posibilidad de ver de nuevo a los agresores, era metiéndonos directamente en la boca del lobo, antes de que se cerrase. Observé un pequeño rastro de polvo en las escaleras que bajaban, sin duda era importante, pero aún no era el momento.

—Dylan, tú y yo vamos a revisar cada palmo de la biblioteca, puede que haya una copia de ese cuaderno, o quizás algo que nos dé algo información. Trish y Devitt, recread la escena y encontrad un túnel, si no lo veis, cavadlo vosotros, nos veremos aquí mismo en unos quince minutos.

Les pareció un buen plan, no lo era. Mi compañero y yo nos perdimos entre las estanterías llenas de libros, mientras ellos buscaban un túnel por toda la planta baja, sólo necesitaba alejar un momento a Trish. Dylan comenzó a buscar entre algunos libros con un orden poco más que azaroso, paró en cuanto me vio sentarme y atarme en torno al brazo una pequeña cuerda.

—¿En serio Adam? La vida de Enma corre peligro y te has tomado la última dosis hace poco más de una hora, ¿crees que es el mejor momento?

—Lo necesito, el dolor se acentúa Dylan. Tranquilo, será rápido, una dosis pequeña y nos vamos.

—¿No puedes ni esperar a que encontremos el túnel o a Enma?

—Ya sé dónde está el túnel, y Enma ya está muerta. Necesitaba alejarme un momento de Trish para hacer esto, ella no lo entendería.

Dylan paró en seco, no estaba aseguro de a qué contestar, puesto que sabía que discutir las dos primeras afirmaciones era una pérdida de tiempo, siguió haciendo de mi consciencia.

—No sé qué te hace pensar que yo sí, la verdad.

—No puedes, yo vivo con dolor, permanentemente, si no sientes algo parecido, no puedes entenderlo.

—Soy tu mejor amigo, si dices que eso no es vivir con dolor…

—Pero a eso te has condenado tú, yo no pedí que me dispararan. Cuanto más se alargue esto más tardaremos en ir a ese túnel, Dylan lo siento, lo necesito y punto.

—Da igual lo que yo diga, así que adelante, date prisa, te tendré controlado. Sólo una cosa más, ¿porque yo?

—Si trajese a Devitt le daría igual, pero se lo contaría luego a Trish en un despiste, es demasiado lista para él. Si hubiese ido solo sería demasiado sospechoso, y aunque pienses que Trish se dará cuenta igualmente, está nerviosa, y el túnel oscuro, no verá cambios en mi expresión y se le pasará por completo revisar cuantas dosis llevaba y cuantas me quedan ahora. Tú aún sigues sintiéndote culpable, me proteges porque eres mi amigo, porque sabes que lo necesito.

Siempre le molestó mi análisis poco humano de nuestras interacciones. Esa vez también fui analítico, pero lo obvió para reafirmarse en algo que él mismo no sentía, por mucho que lo intentase.

—Yo no tuve la culpa Adam.

—Es lo que te he dicho muchas veces, pero sigues sin poder aceptarlo. Tú apretaste el gatillo, y ahora soy adicto a la morfina. Te viste obligado. Fue más culpa mía que tuya, pero eso ya da igual, lo que tiene la culpa es que si no te la curas, con el tiempo se vuelve crónica, y tú has convivido con ella demasiado tiempo.

Aquella era una de esas historias que no hay que recordar, pero ninguno de los dos conseguimos nunca acatarlo. Dejé que la morfina recorriese mi organismo, me produjo un leve sueño. Escuchaba esa frase tan dolorosa, la voz de Dylan: “Lo siento Adam”, luego el eco de un disparo… No fue su culpa.

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