No sé cómo relatar esto con coherencia, no me queda tiempo y a pesar de que ya no me aterra mi destino, no quiero dejar lo que me queda de humanidad sin tener la esperanza de que alguien más entienda que la humanidad no es la raza más poderosa del planeta, y que incluso los horrores que se ocultan en este planeta no se comparan con las ignominiosas criaturas desprovistas de compasión que habitan el universo. No estoy seguro de que esto llegue a alguien, las condiciones en las que me encuentro son deplorables y por azar del destino logré dar con mis provisiones, armándome de papel y un bolígrafo, procedo a escribir mi historia.

Era una noche de sábado, y como de costumbre, fui con mis tres amigos de acampada al bosque. Solamente diré que solíamos ir una vez al mes, prescindiré de dar ubicaciones precisas porque no tengo interés en revelar dónde me encuentro. Todo iba como siempre; armamos el campamento y encendimos el fuego para conservar la batería de las linternas. Teníamos que ser prudentes con ello puesto que no saldríamos del bosque hasta el lunes.

El bosque era enorme, se extendía en unos 100 kilómetros cuadrados, habiendo de viajar por una carretera casi desconocida para llegar a él. Para no perder de vista la salida, solo acampábamos a escasos metros de la entrada, punto marcado por la presencia de un rio con un camino de rocas por el cual se podía cruzar. Habíamos explorado el bosque pasando a través del rio, pero nunca nos habíamos alejado más de 10 kilómetros metros del rio, ya que resultaba muy fácil perderse. La misma noche del sábado, luego de armar las dos tiendas. Nos repartimos en parejas. Decidimos dormir inmediatamente.

 En algún momento de la noche, un sonido punzante y una luz cegadora me despertaron abruptamente. Hoy creo que todo lo que pasó a continuación ha sido producto de aquella luz, que vino de otro mundo a despertar al bosque en el momento en que nosotros acampábamos en él. Desde ese momento hasta el momento en el que escribo esto, no he tenido una noción exacta del tiempo. Los teléfonos móviles y todo aparato electrónico, dejaron de funcionar. Cuando el sonido y la luz se detuvieron, salí de la tienda en busca de mis amigos, pero sólo encontré su ropa en los alrededores. No quedaba nada más que la tienda en la que yo me encontraba, además el terreno parecía haber cambiado, los arboles eran otros y si bien el rio seguía allí, su disposición era diferente, se había agrandado, la corriente era ahora más fuerte y el camino de piedras se había esfumado. También me percaté de que no había estrellas y a pesar de ser de noche, había una especie de espora resplandeciente en el aire, por lo que no tener linterna no fue problema, podía ver varios metros delante de mí sin problema. Me decidí a volver por donde yo creía que se encontraba la salida, pero no tardé en descubrir que ya no estaba. Sin nada que perder seguí avanzando, luego de varios kilómetros noté como el terreno cambiaba lentamente, como intentando disimular el proceso sin que yo me percatara. Los arboles perdieron las hojas y una especie de hongos se apoderaban de ellos lentamente hasta tomarlos completamente. Apareció una niebla que empezó a limitar mi visión. Junto con un olor a muerte, el césped se convirtió en un fango, húmedo, grisáceo y fétido. Quedó rápidamente cubierto de micelio liberado por los enormes hongos, bajo el cual empezaron a revolcarse gigantescas larvas.

Pronto la desesperación se apoderó de mí, escuché voces y vi otras cosas. Cosas que por falta de pruebas no puedo ni quiero asegurar que fueran reales.

Empecé a tener la sensación de que habían pasado días, pues la Luna surcaba el cielo y a veces desaparecía para volver instantes después, pero nunca desaparecía la misma penumbra. El cansancio era insostenible, pero la sensación de que algo seguía impidió que durmiera ni una sola hora. Aún más pronto el hambre me obligó a alimentarme de las larvas que habitaban el fango, para matar a una tuve que hacer uso de mi cuchillo de caza y de la fuerza del peso de todo mi cuerpo. Ignoro si esto fue debido a la debilidad que tenía en ese momento. Su sabor era repugnante y pronto tuve que vomitar, pero con el tiempo infinito que tenía me acostumbré y luego de matar varios, logré digerir uno. La sed pude combatirla exprimiendo el fango que había bajo el micelio que me rodeaba, éste desprendía un líquido que no sabía a agua, ni lo parecía, pero alivió mi sed.

 Aún con mi supervivencia asegurada, después de pasar semanas o incluso meses, en los que me dormía involuntariamente y tenía pesadillas que me despertaban empapado en tanto sudor. Viéndome obligado a ingerir más de ese líquido para poder re hidratarme, decidí suicidarme. Tomé mi cuchillo y me lo clavé en mi ojo derecho con la intención de llegar hasta el cerebro. Pero el dolor me reprendió de hundirlo lo suficiente y acabé revolcándome por el suelo, pidiendo a dios que terminara con esa tortura, me desmayé. Aunque ahora creo, que si existe algún ser superior, no es dios y aunque lo fuera no me ayudaría.

Desperté con el cuerpo enterrado bajo el fango hasta la altura del cuello, me dolía la cabeza y estaba ciego de un ojo, pero no había muerto. Mientras intentaba salir de la tierra, descubrí que una criatura me observaba. Me gustaría describirla con exactitud pero ha pasado mucho tiempo desde el momento en que la vi y el momento en que escribo esto, aun así intentaré ser preciso. Su figura era la de una persona desnutrida y con varias heridas que serían mortales para un ser humano normal, varios hongos crecían de sus heridas y parecía que se iban extendiendo. Su piel era totalmente blanca, tal como la de un cuerpo en descomposición y carecía de cabello alguno. Estaba desnudo y no se le observaban genitales. Luego de un tiempo incalculable de observar a la criatura con cautela, pregunté:

—¿Quién eres?

Con una pronunciación extraña, como quien no domina del todo un idioma.

—El Bosque.

No me importó no acabar de comprender su respuesta, no me interesaba el porqué de que fuera el bosque, sólo me interesaba salir. Por eso volví a preguntar:

—¿Cómo salgo de aquí?

Rió, y acabó escupiendo un trozo de carne que se desprendía de su garganta por el desuso, y dijo:

—¿Salir? Te comes a mis animales, cortas mis árboles, quemas mi madera, meas en mi tierra, duermes en mi bosque, y tú, ¿quieres salir? Tú podrás ver lo que le haré a la humanidad en carne propia. No te permitiré morir, vivirás más que cualquier humano, y con los siglos te comeré hasta que ya no seas una persona, como me comeré a este planeta, como me comí a  tantos otros. Y cuando me aburra de ti formarás parte de El Bosque, yacerás eternamente en él, mientras se expande alrededor del mundo. Y cuando acabe, podré dormir en paz de nuevo. Ignoro qué me ha despertado, pero se lo agradezco, porque ahora tomaré este planeta que es mío, de la misma forma que ahora tú eres mío.

Y se marchó… seguidamente mis fuerzas me abandonaron y me desmayé. Cuando me desperté, salí de mi tumba de fango, y me percaté de que no mentía, pues ya estaban creciendo hongos en la cuenca de mi ojo derecho. Traté de sacármelos pero sólo conseguí acelerar su crecimiento. Han pasado muchos años, quizás lleva una década buscando, y por fin lo encontré, el río del que vengo. Mi memoria y mis actitudes cambian, sé que si me dejo llevar por el río, tal vez podría salir, pero ya no tengo deseos de irme. Todo lo que me queda de humano se está separando de mí lentamente, y escribo esto porque siento que le debo algo a lo que fui y ahora solo tengo deseos de ser parte de El Bosque. Depositaré este relato en una botella que encontré cerca de lo que una vez fue mi campamento y me dispondré a soltarlo en el río, y si alguien lo encuentra, sólo puedo decir, esforzándome en pensar como un humano, que vivan con plenitud y que no se acerquen a ningún organismo del Reino Fungí y especialmente de la especie Armilaria.

 

 


Este escrito fue encontrado en una botella, flotando, en la costa de la Bahía Hudson en Manitoba, Canadá

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