Crean —si se han creído lo narrado hasta ahora no tendrán reparo en ello—, cuando digo que lo que me pasó entonces, no recordaba haberlo vivido jamás en mi vida adulta, si pudieran, mis allegados se lo asegurarían jurando por lo que más quisieran, sin embargo, allí estaba yo, acongojado, encogido: Me quedé sin palabras.

Teníamos de frente lo que durante unos segundos tuve a bien considerar como un diablo. Un largo minuto fue lo que tardamos en reunir fuerzas para empezar siquiera a balbucear alguna palabra. Recuerdo, en la quietud que apresaba mis músculos, haber recurrido a la observación que tanto me caracterizaba. Aquel hombre, Alastor, esperaba pacientemente, completamente inmóvil a que nos recuperásemos para obtener su respuesta. Me fijé en sus expresiones faciales, quería ver hasta donde era todo esto un farol, algún atisbo de sadismo, un simple y primitivo odio, astucia, algo… Pero no había absolutamente nada oculto tras sus ojos. Por muy asustado o nervioso que estuviese, algo así no se me escaparía, para mí siempre ha sido fácil, pero no había expresión, ni si quiera pude calificarlo entonces de indiferencia, una vez más, nada.

En momentos como ése, me alegraba de tener cerca al aliado más obstinado y violento de Arkham. Devitt era un perro viejo, tenía miedo, no entendía lo que había visto, su cuerpo estaba atenazado, pero era el comisario de esta ciudad, su ciudad, antes de poder responder ya había echado mano a su revólver, había adoptado esa expresión tan suya para imponer a los criminales su mandato. Devitt no hacia distinciones, un criminal era un criminal, así que apuntó directamente a la cabeza de Alastor e hizo su trabajo.

—Dese la vuelta, con las manos en la nuca, tírese al suelo, hágalo muy despacio. Ya estoy viejo y me tiembla el pulso, un sobresalto y puede que se me vaya la mano.

Lo que le faltaba al sabueso de inteligencia, lo cubría con valentía y lealtad, siempre me burlaba de su falta de agudeza, pero lo cierto es que admiraba al comisario tanto cuando era mi jefe como cuando dejó de serlo. Lo dijo con una profesionalidad y seguridad, rompiendo el hechizo que tenía a nuestros corazones fuera de sí. Empezamos a calmarnos, mi compañero y Trish imitaron con sus armas los movimientos de Devitt, yo en cambio observaba a nuestro adversario.

Por un momento parecía que Alastor levantaba las manos, pero lo único que hizo fue emitir un sonoro chasquido que rebotó por las amplias paredes del túnel, durante uno segundos escuchamos en silencio el eco, luego el lugar empezó a retumbar. Vi como mis amigos empezaban a temblar de nuevo, estábamos sugestionados, eran pasos, muchos, eso sí.

¿Recuerdan las salidas que les describí? Una adelante, otra a la izquierda y otra a la derecha, más la que habíamos usado para entrar a nuestra espalda. De ellas procedía el sonido. Un soliloquio perfecto de murmullos y pies arrastrarse, casi como una máquina bien engrasada. Los túneles se llenaron de sombras que eclipsaban las proyecciones del fuego, al menos una docena de personas por entrada, todos ellos ataviados con una extraña túnica, a juego con la de su supuesto líder. He de confesar que esperaba algo más que de esta organización, visualmente hablando eran prácticamente un cliché, uno horroroso y duradero.

Otro chasquido rebotó por la sala, se escuchó un sonido metálico y chispeante justo detrás de nosotros, había otro grupo de matones a nuestra espalda, habían cerrado la verja, dejándonos sin escapatoria. Tenía que pensar rápido, eché un vistazo rápido, no iban armados, ninguno de ellos, ni el propio Alastor, quien no se había movido ni un ápice de su posición original. No teníamos nada con lo que negociar, nuestra ventaja eran las armas, y a quién mejor provecho podía sacar de ella era al único que aún la mantenía firme. Justo entonces un sonido mucho más imponente voló por la sala, un disparo al techo con su consiguiente polvo, piedras cayendo y el arma del comisario humeando.

—Entiendo que necesitéis un segundo aviso, advierto que no habrá un tercero. El próximo que dé un paso, cae muerto. No bromeo.

Y no bromeaba, Devitt no era un farolero. Sus palabras fueron como un martillo rompiendo un cristal, paralizando la escena como si se hubiesen invertido las arenas del tiempo. Nadie se movió, por unos segundos, todos estuvimos bajo su mando, todos menos uno.

Pues con la risa gutural de Alastor, se rompió el efecto del comisario y todas esas marionetas comenzaron su marcha fúnebre de nuevo. El líder hizo un rápido gesto con las manos, apuntando hacia la abertura del suelo. Parte de la cera liquida pareció cobrar vida, y saltó sobre el comisario a una gran velocidad. En apenas segundos Devitt tuvo que decidir entre disparar e intentar esquivar el proyectil, optó, como no, por lo primero. Vi como cerraba un ojo para apuntar justo antes de liberar una segunda bala, cundo la cera lo tiró al suelo y se endureció al instante, atrapándole. Pero la bala acertó su objetivo.

Alastor llevó sus manos al costado derecho para presionar la herida profunda y sin duda dolorosa. Por muy increíble que parezca, y quiero insistir en este detalle, su expresión no cambió, ni tan solo mostró ápice alguno de dolor. Se limitó a llevar sus manos a la herida, mirar el sangrado, y dejarse caer por la abertura de cera, fundiéndose con ella, hundiéndose hasta que dejamos de apreciar su inmensa silueta. Había tenido tiempo de sobra para procesar la situación, y lejos de la influencia de aquel demonio, podía actuar, gracias sin duda, que conste, a los esfuerzos del comisario. Me dirigí a mis compañeros.

—¡Trish! ¡Dylan! Saltad a la abertura y controlad a todos esos borregos, voy a intentar ayudar a nuestro héroe antes de que salga ardiendo.

Trish se movió casi antes de que terminase la frase, ya sabía lo que tenía que hacer. Por otro lado, Dylan parecía roto.

—¿Qué demonios acaba de pasar Adam? ¿Has visto lo mismo que yo?

Lo tomé por los hombros, un breve zarandeo bastó para devolverlo a nuestra situación.

—Luego, querido amigo. Ahora salvemos la vida y hagámonos con algo que nos sirva, ve con Trish y mantén alta tu arma.

Me miró dudoso, pero no lo suficiente como para detenerse, no a estas alturas, y emprendió el camino. Trish estaba saltando la piscina de cera, vi un leve movimiento en la sustancia cuando ella la sobrevoló, pero no me dio tiempo de avisar a Dylan, le grité cuando ya estaba saltando.

—¡Dylan, vigila!

Yo estaba tratando de liberar a Devitt de su prisión de cera, cuando la cera dura que lo retenía se volvió líquida y volvió disparada al foso, atrapando a Dylan a su paso, que se hundió en él. Corrí dejando a Devitt incorporándose, ya tomaba también camino, asomado a la abertura encontré entre la cera una forma parecida a la de un abrazo atrayendo más y más una silueta humana al fondo, me tiré sin dudarlo. Solo dejaba de ser racional ante el peligro de mis pocos seres queridos, y ellos lo sabían. Al caer, la forma había desaparecido, busqué con dificultad por todo ese denso líquido, empapándome de él, pero no hallé nada. Cuando desistí, logré ver dibujado en la sustancia el terrorífico rostro de Alastor. Sus labios se movían y susurraron: “Acepta mi aviso, déjanos en paz y tu amigo se salvará”.

Ésa vez, sentí miedo de verdad, las amenazas contra mí no me importaban. Me interesaba el enigma, el rompecabezas, atrapar al criminal, y sacrificaría cualquier cosa para ello; y era consciente de que este estilo de vida autodestructivo podía costarme la vida. Pero la vida de Dylan era otro cantar, gracias a mi compañero aún me quedaba algo de humanidad, él me presentó a Trish, él me acompañó cuando desistí de la policía. La vida de mi único amigo durante mucho tiempo estaba en las manos de un demente, y yo no podía hacer nada. Sabía que me tocaría debatirme entre mi adicción a los criminales, y mi preocupación por Dylan, pero éso sería al salir de este aprieto, ahora tenía que controlar la situación. Eché un vistazo, los matones de Alastor salían en manada por las entradas de donde venían, haciendo caso omiso a los gritos y amenazas de Trish y Devitt, en cierto momento este último, desesperado, disparó a la rodilla de uno de ellos. Éste comenzó a arrastrarse en la misma dirección, sin inmutarse, había algo que no funcionaba. Salí de la abertura, me dirigí al más cercano de ellos, detuve su paso poniendo mi mano sobre su pecho, tranquilamente, sin hacer fuerza, no opuso ningún tipo de resistencia, me miraba por debajo de su capucha, como ido. Destapé su rostro. Esas pupilas, la expresión de ausencia, aturdimiento, sus movimientos, aquello no era magia, ni hipnosis, era sonambulismo, sin embargo todos hacían exactamente lo mismo con sincronía, soñaban lo mismo, y eso sí era algo fuera de las posibilidades de la realidad, al menos que yo supiera. Y si un disparo no los había despertado, algo los mantenía profundamente dormidos.

Miré de nuevo a la sala, casi todos habían pasado ya las verjas, escuché un chasquido familiar, iban a cerrarse, me aseguré de que Devitt y Trish estaban a nuestro lado del túnel, y les llamé la atención.

—Esto puede empeorar, tenemos que irnos ahora. Es hora de trazar un plan y calmarnos, salgamos del túnel y volvamos a la oficina. Devitt, lleva a nuestro nuevo amigo con nosotros, puede que consigamos sacarle algo.

Me refería al individuo que retuve. Aunque no tuviéramos a Alastor y tuvieran en su poder a Dylan, sabían que lo mejor era una retirada táctica. No hicieron falta más palabras para salir de allí a toda prisa.

La vuelta a la oficina fue silenciosa, pensábamos rápido, cada cual lo afrontaba como podía, intentando comprender lo que acababa de suceder. De vuelta en el carro, dejé que lo llevara Devitt. Saqué una dosis más de morfina, nadie me la reprochó, más con una leve pero acusadora mirada de Trish. Como siempre llevaba razón, pero si alguna vez lo he necesitado de verdad, era en ese momento. Me sumí en mi particular trance, tenía que alejarme de mis emociones y pensar fríamente.

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