Había sido un día muy agotador para Elisa. Nada más llegar a casa, se tumbó en el chaise-longue del estudio. Aún tenía mucho que organizar, pues hacía poco que heredó la vivienda de su tío. Sin embargo, allí se sintió cómoda y enseguida un profundo sopor se apoderó de ella.

Estaba cansada de las advertencias de la gente del pueblo. Según decían, la propiedad que por tantos años anheló habitar estaba maldita. Hacía oídos sordos sin más; no pensaba caer víctima de un juego de niños.

Mientras dormía, veía como si ella misma recorriera, a cámara rápida, el puente cercano a la casa y las distintas habitaciones de la vivienda hasta llegar al sótano. Polvo, mugre, cucarachas correteando y arañas tejiendo velozmente eran partícipes del escenario.

No sólo le producía estupor lo que veía, sino también lo que oía: “Sácame…” “Sácame de aquí”. Esas palabras resonaban haciendo eco en su interior, mientras se movía como quien tiene un sueño intranquilo. Por mucho que lo deseaba, era incapaz de reconocer quién le hablaba.

Ella se acercó poco a poco, queriendo averiguar el origen de esa voz. Sus pulsaciones aumentaron, así como su respiración. Aunque todo eso le daba pavor, la curiosidad le permitía continuar. Entonces fue cuando montones de tentáculos salieron de las paredes, asfixiándola sin nada de piedad.

Elisa volvió a escuchar las mismas palabras una y otra vez hasta llegar a despertarse sobresaltada. Estaba tan confusa que permaneció tendida un instante. Cuando se levantó, recordó que tenía la llave que encontró cuando limpiaba en un bolsillo de su pantalón. Entonces se dirigió al sótano esperando satisfacer su curiosidad.

Mientras bajaba los escalones sintió un miedo repentino; un escalofrío recorría todo su cuerpo al recordar lo que había soñado. Con las manos temblorosas, introdujo la llave en la cerradura. Tuvo que hacer un esfuerzo para empujar la puerta, que chirriaba como si fueran los quejidos de una criatura viviente.

Elisa entró lentamente y mirando con cautela. Había polvo y telarañas por los muebles y telas que cubrían objetos de valor. Tuvo curiosidad de destapar alguno y, al hacerlo, descubrió un lienzo de una mujer hermosa con un vestido gris, de cabello largo y negro cruzando un puente. Era el mismo puente situado cerca de la casa.

Mientras daba pasos hacia atrás, se preguntaba si la persona del cuadro sería Adela, la esposa de su difunto tío, fallecida hacía ya unos cincuenta años. Así continuó hasta tropezar con algo. Inmediatamente se giró para contemplar un viejo y largo baúl. Se dispuso a abrirlo, no pudiendo evitar emitir un grito de horror al descubrir que un esqueleto se encontraba en el interior.

En ese momento, Ella quiso huir de aquel lugar. Se arrepintió de las tantas veces que deseó apropiarse de esa casa, al mismo tiempo que se preguntaba si la esposa de su tío murió asesinada. Ni qué decir tiene que el hombre supo guardar el secreto por más de una década.

Evidentemente, el baúl del sótano guardaba el cadáver de Adela. Ante lo ocurrido, Elisa trató de salir corriendo para no volver a ese lugar jamás. Sin embargo, uno de los huesudos brazos la asió fuertemente. En ese momento,  una de las paredes se sacudió de arriba abajo simulando ser de gelatina. Apareció así un plasma transparente y amorfo, desplazándose como si tuviera vida propia. Se acercaba a ella peligrosamente.

Elisa no tuvo ni idea de cuánto tiempo transcurrió hasta que despertó. Sintió, de repente, que algo había cambiado en su ser. Se notaba más ligera que nunca. Pronto descubrió que su despertar era distinto a como solía hacerlo todas las mañanas.

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