Para Aleister Crowley

En el fondo de mi mismo soy una mujer, lo sé y lo saben las pocas mujeres con las que he estado y por las que he tenido que pagar. No es que me desagraden del todo, admiro la hermosura de sus cuerpos redondeados, la tersura de su piel y esa especie de luminosidad que poseen cuando están felices, pero no me despiertan (ni yo a ellas) ningún tipo de curiosidad. Para empezar, cuando ven mi micropene se decepcionan, y cuando comenzamos a charlar y perciben mi sensibilidad se les despierta el instinto maternal y quieren ser mis amigas, no mis amantes.

Yo, por otro lado, tampoco me siento atraído por una mujer dominante y masculinizada, siento que son una farsa y que pierden su esencia femenina y sutil, esa que las hace mágicas y poderosas. Pero no puedo evitar observar a los hombres, esos de grandes cuerpos viriles y mentes despiadadas que me subyugan y me llaman a rendirme ante ellos. Los que parecen leones tras la caza de su presa, los infames, los inteligentes,  los patanes. No he tenido aún un encuentro íntimo con alguno pues temo inmensamente el rechazo, pero conocí a un hombre al que le dicen el Maestro Oscuro y temo y ansío al mismo tiempo su contacto.

Este hombre me atrae y me repele porque es considerado un renegado social, Los periódicos de la época le llaman: «el hombre más perverso del mundo», «el rey de la depravación», «el hombre al que nos gustaría ahorcar», «el caníbal», «la bestia humana». Lo he visto en diversas reuniones y por intermedio de algunos conocidos fui presentado a él, tomó mi mano con fiereza y viéndome directamente a los ojos me dijo:

—Te estaba esperando, ven a reunirte conmigo.

El Maestro Oscuro me observa, estoy seguro. En la última reunión de la secta, cuando hablaba sobre el libro que le fue revelado, clavó su mirada en mí y una pura corriente eléctrica me recorrió por entero. Tiene unos ojos que te traspasan y que te clavan como si fueras una mariposa disecada y aunque tiene esposa y la grey femenina se le ofrece sin pudor, presiento que algo de mi esencia le atrae, le invoca.

Ha llegado el día de la iniciación y estoy que no quepo en mí del gozo. El Maestro Oscuro en su última homilía recitó esta frase especialmente para mí:

«Entonces dice el profeta y esclavo de la bella: ¿Quién soy y cuál será el signo? Y así ella le contestó, doblándose, una lamiente llama de azul, toda tocante, toda penetrante, sus hermosas manos sobre la tierra negra y su cuerpo cimbreño arqueado para el amor y sus suaves pies sin dañar las pequeñas flores: ¡Tú sabes! Y el signo será mi éxtasis, la conciencia de la continuidad de la existencia, la omnipresencia de mi cuerpo».

Todo está preparado, las bestias para el sacrificio y el bebé sin bautizar y me ha encargado a mi vestirme de virgen pues ése será mi papel. ¡No puedo dejar de temblar! Se acerca a mí mientras sus principales acólitos hacen los sacrificios y me da un largo y profundo beso en la boca mientras acaricia mi espalda y mis nalgas. Me coloca medio agachado frente al altar y acaricia mi escroto. Mi erección es tan fuerte que no sabría hasta qué punto sigo teniendo un micropene y embiste, y yo grito, en una mezcla de dolor y lujuria que me hace caer desfallecido al piso con la sangre corriendo por mis muslos.

Los acólitos me llevaron de vuelta a mis aposentos casi sin poder caminar, me bañaron y me metieron entre las sábanas. Permanecí ahí por unos cuantos días.

Ahora no temo ser la mujer que debo, y actúo y me visto en consecuencia. Acompaño al Maestro en cada paso que da y me considera uno/una de sus más querido(a)s apóstoles. Hemos progresado, tanto que el Maestro fundó la Abadía de Thelema y convivimos aquí iluminándonos con sus enseñanzas: «Haz lo que tú quieras, será toda Ley», y «Amor es la ley, amor bajo voluntad». Sin embargo, todo se oscureció para mí debido al individuo ese mal llamado; Día de Amor (LoveDay). Pese a haber llegado con su esposa, este hombre capturó la atención del Maestro, dedicándole homilías y fuertes miradas, tal y como hizo conmigo. No soy celosa, tengo claro que el Maestro mantiene relaciones con casi todos, pero ha dejado de buscarme y ya ni me presta atención por él, la nueva presa que despierta su instinto de caza. Posee esa suerte de candidez entre viril y femenina que imagino vio en mi, pero estoy encendida de furia y no tardaré en eliminar cualquier obstáculo que se interponga entre mi amado y yo, lo juro por mi voluntad.

Salimos expulsados de la abadía por órdenes del mismísimo Mussolini debido a que la esposa del individuo ese nos acusó de haberlo envenenado, aunque hubiese quedado claro que se intoxicó con agua contaminada. ¿Lo defendería tanto de saber cómo gemía cuando estaba con el Maestro? El Maestro algo sospecha, ya que al consultar las cartas del tarot de Toht elaboradas por él mismo, se le habla de asesinato con el nueve de espadas, pero no de quién, pues el arcano mayor del Loco (que no deja de aparecer en cada tirada) no posee la fuerza divina ni del varón ni de la mujer; por el contrario, incorpora los elementos de ambos pues manifiesta cualidades de ambos sexos.

Finalmente, aquí estamos, en el lecho de muerte del Maestro. Parece mentira que toda esta aventura, este intenso estilo de vida lleno de drogas, lujuria, disipación y asesinato acabe así. Pero lo más extraño de todo es que justo antes de expirar, el Maestro me vio a los ojos y supo que yo maté a Loveday por amor hacia él, como si estuviera viendo la escena a través de mis pupilas. Se estremeció ante la posibilidad de haberlo mantenido engañado durante tantos años, y sólo atinó a expresar: “Estoy perplejo”.

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