Un buen día, Arnalda, una joven trovadora, anunció que emprendería un viaje con el objetivo de componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Quería reflejar en sus palabras, acompañadas de la más sutil de las melodías, la auténtica esencia del Amor, para que así éste y sus misterios fueran asequibles a todos los seres humanos. ¡Tan grande era su empresa!

Así que, siguiendo su instinto, partió un buen día en solitaria peregrinación a la búsqueda de los seres de la naturaleza. Pensaba que, si los sabía escuchar con la debida atención y reverencia, éstos le revelarían el secreto de la etérea melodía del Amor.

Ni corta ni perezosa, anda que te andarás, siempre con la lira a su espalda, llegó hasta un hermoso jardín abandonado de la mano del hombre. El tiempo se encargaba ahora de esculpir las formas de los parterres con la abundancia generosa y desenfrenada de la naturaleza, y de adornar las rendijas entre las piedras del suelo con jóvenes plantitas.

¡Aquí encontraré a alguien que pueda ayudarme! se dijo Arnalda.

Y se puso a trovar para el viento que danzaba entre las ramas, los rayos del Sol persiguiéndose entre la infinidad de flores, y los aromas de las buenas y las malas hierbas que se entremezclaban en el aire como un abrazo de sinfonías variadas de luz, suavidad y resplandor de colores sutiles.

Una hermosa rosa color carmesí se desperezó al oírla, y Arnalda, saludándola con la delicada majestad con que corresponde dirigirse a las flores, le preguntó:

Hermosa rosa carmesí, reina de las flores por belleza, delicadeza, exuberancia y perfume, favorita de los enamorados… ¿accederías a ayudarme en mi gesta? Estoy buscando la respuesta al misterio que me permita componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Y la rosa carmesí le contestó:

«El Amor es el estado natural de todos los seres vivos.

»Cuando se tienen unas robustas raíces bien arraigadas en la tierra, y hojas sanas y fuertes que respiran con deleite la luz del Sol, la belleza encuentra espacio para desarrollarse en el interior del propio cuerpo.

»El Amor es lo que hace que la primera raíz de la semilla busque el abrazo húmedo y oscuro de la tierra, y que las primeras hojas deseen fundirse con el ardor creciente del Sol. Es la fuerza que posibilita que lo más oscuro y lo más luminoso de la naturaleza del ser humano se encuentre y se reconcilie, transformando y alimentando el propio centro con equilibrio y harmonía.

»Quien permite esa fusión de cielo y tierra, de lo más elevado a lo más profundo, a través de los circuitos de su propio cuerpo; quien se deja penetrar y alimentar por estas fuerzas antagónicas y sin embargo amantes, crea dentro de su alma el nido para que la belleza se desarrolle. Es la semilla dentro de la semilla. El lugar en el que carne y alma finalmente se encuentran.

»Así, quien se abandona al abrazo nutriente y firme de la tierra y permite que el viento limpie y sacuda sus pensamientos, este tiene al Amor dentro de sí.

»Y del mismo modo que mi belleza y perfume atraen por ser tal y como son, aquellos que poseen al Amor dentro de sí no necesitan seducir, puesto que son seres vivos completos en sí mismos. Sean como sean, encontrarán quien goce de su perfume desde la libertad».

Aunque las palabras de la rosa carmesí conmovieron mucho a Arnalda, ésta intuyó que no poseía todavía la clave para componer la canción de Amor más bella jamás creada. Así que, despidiéndose con reverencia de la flor y del jardín, sintiendo el corazón alegre prosiguió animadamente su viaje.

Ni corta ni perezosa, anda que te andarás, siempre con la lira a su espalda, llegó hasta una amplia llanura de trigo maduro. Las cigarras chirriaban desaforadas bajo el calor tórrido del mediodía, y las doradas espigas se curvaban bajo la brisa como un mar en llamas sediento de aún más ardor. Las amapolas se asomaban tímidamente como rojas sonrisas entre la agitada monotonía de aquel reluciente océano de oro.

¡Seguro que aquí también encuentro a alguien que pueda ayudarme! se dijo Arnalda.

Y al igual que había hecho en el jardín, sacó su lira y ofreció una alegre trova de Sol y lluvia a la enorme extensión de trigo maduro que brillaba a su son y al del viento, que atrevido, le quería robar la falda y le desordenaba el pelo.

Una gruesa espiga se puso a tararear la canción con ella, danzando a su son, y Arnalda, dedicándole la respetuosa reverencia debida a una de las plantas madre de todos los alimentos, le dijo:

Radiante espiga de trigo, tú que conviertes la luz del Sol en alimento para animales y humanos y los nutres con su calor y su fuerza… ¿accederías a ayudarme en mi gesta? Estoy buscando la respuesta al misterio que me permita componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Y la espiga dorada le contestó:

«El Amor es la fuerza que mueve a la gestación y la transformación.

»Es lo que hace posible que el trabajo que hacemos durante nuestra existencia, todo lo que vivimos, todo lo que sentimos… pueda servir como materia prima para la creación de más vida.

 »Así, del mismo modo que yo he crecido desde semilla hasta convertirme en espiga y mi trabajo servirá, cuando yo ya no esté, para la creación de nuevos alimentos, las vidas de padres, maestros y doctores son el sustento de los que crecen y aprenden.

»Ahora bien: en el ser humano está escrito que el hijo pueda ser también padre para el padre; el alumno maestro para el maestro, y el paciente doctor para el doctor… puesto que cualquier contacto que se establece con otro ser vivo es revelador, ya que así como reaccionamos a él así es como somos.

»Por eso, el que Ama tiene que ser valiente, debe estar dispuesto a dejarse moler, amasar y cocer por el sentimiento; ya que entregarse al Amor es penetrar en la más poderosa fuente de cambio, aventura y conocimiento que existe.

»Así, quien se muestra tal y como es y permite que los demás cojan de él o ella todo lo bueno y todo lo malo, sin intentar ocultar nada ni temer al rechazo, al juicio o al conflicto; quien confía y se deja transformar en materia nueva por sus sentimientos; quien se entrega en mente y cuerpo, alma y sangre por el bienestar de aquellos a los que, con su experiencia de vida, sustenta… esa persona es maestra del Amor, y con su misma vida nutre y alimenta el interior de quienes la rodean».

A pesar de que las palabras de la espiga dorada impresionaron muy gratamente a Arnalda, ésta sintió que aún necesitaba buscar más para dar con la clave para componer la canción de Amor más bella jamás creada. Así que se despidió con gran respeto y agradecimiento de la espiga y el campo de trigo, y acto seguido, más serena pero aún más animada, prosiguió su viaje.

Ni corta ni perezosa, anda que te andarás, siempre con la lira a su espalda, se adentró en un espeso y sombrío bosque otoñal en el que los árboles regalaban sus hojas secas al frío viento que los sacudía. En la refrescante humedad de la arboleda, el aroma de la hojarasca en descomposición, de bellos tonos ocres, y de las ocasionales setas salvajes brotando de entre los altos troncos vivificaba los pulmones de Arnalda. Y cuando ésta llegó a la orilla musgosa de un arroyuelo cristalino se paró y exclamó para sí misma:

¡Seguro que aquí también encuentro a algún ser de la naturaleza que me ayude en mi tarea!

Y, sentándose en una suave roca gris, sacó su lira una vez más y trovó una melancólica canción, con voz muy bajita, dedicada a las hojas pardas que caían a la superficie del agua y se dejaban llevar por la suave y limpísima corriente, a las ramas desnudas que se curvaban y entrecruzaban sobre su cabeza y al susurro adormecedor del arroyo que la invitaba a la ensoñación y a la fantasía.

Una roca de pulidas formas que se alzaba solemnemente desde el centro del lecho del arroyo se despertó y escuchó su cantar, y Arnalda, dedicándole una respetuosa reverencia, le dijo:

Suave roca del arroyo, cuya forma y naturaleza recuerdan a las de un hombre sentado a meditar entre las corrientes del tiempo… ¿accederías a ayudarme en mi gesta? Estoy buscando la respuesta al misterio que me permita componer la más bella canción de Amor jamás creada.

Y la roca pulida del arroyo le contestó:

«El Amor es la fuerza interior que nos purifica.

»El agua de este arroyo lleva muchísimos años pasando suavemente sobre mi superficie, y ahora ésta es lisa y suave, y no le ofrece apenas resistencia a su corriente.

»Del mismo modo, los vaivenes de la vida, con sus alegrías y sus vicisitudes, pasan a través del alma y chocan contra las aristas y las rugosidades que se empeñan en no dejarles pasar. Esto produce dolor y sensación de impotencia, porque tememos al sufrimiento. Mas la corriente de la vida no puede ser cortada y siempre encuentra su camino, a pesar de que éste no nos guste y tratemos de impedírselo.

»Así, aquel que se rebela contra lo que la vida ha reservado para él vive una vida de dolor, intentando esconderse constantemente de su propio y verdadero ser y luchando contra sí mismo para constreñir el cauce de sus emociones. Y entonces llega un día en que el dique que ha construido revienta bajo la insoportable presión acumulada.

»Amor es lo que hace que confiemos en la sabiduría de la vida, y en vez de luchar, dejemos que pula poco a poco nuestras asperezas. Es la humildad del que reconoce sus propios errores y une su esfuerzo al trabajo de la caricia sutil y constante del tiempo, para así purificar su espíritu.

»De este modo, aquel que se deja limpiar por la mano suave y continua de la vida se purifica y armoniza con ella y su caricia, al igual que la corriente del arroyo reconoce a las piedras lisas del cauce como viejas amigas en vez de como molestos obstáculos.

»Y de la misma manera que la corriente del agua y las piedras del lecho del río se conocen bien y se necesitan entre sí para formar la totalidad del cauce, aquel que Ama está más cerca de comprender la auténtica naturaleza de la vida, porque siente su caricia directamente sobre el alma desnuda, y entiende que el Amor se esparce a partir de ese contacto, hasta que su cauce llega a abarcar todo el Universo».

Las palabras de la roca del arroyo habían llegado directamente al alma de Arnalda, y la habían conmovido profundamente. Mas, a pesar de ello, esta seguía sin poder dar con la clave para componer la canción de Amor más bella jamás creada. Así que, muy a pesar suyo, se despidió con una respetuosa y agradecida reverencia de la roca pulida, el arroyo y el bosque otoñal… y, cansada al fin tras tanto tiempo de viaje, decidió volver a casa y admitir su derrota.

Pero esta vez Arnalda se perdió por el camino de vuelta. Y se asustó mucho al ver que entraba en una región completamente nevada en la que nada ni nadie más que el frío y la quietud hacían acto de presencia. Sin poder volver atrás, siguió lo que le parecía que era un camino flanqueado por tocones de viejos árboles recubiertos de hielo. Y al dar finalmente con un ancho patio rodeado de altas paredes negruzcas de piedra, se escurrió en su interior, buscando refugio para pasar la noche.

¡Y entonces sí que se asustó!

¡Se había metido en un viejo cementerio abandonado!

¡Y justo antes de la puesta de sol!

Las viejas lápidas relucían opacas bajo la luz mortecina del ocaso. ¿Cómo no las había visto antes? Arnalda corrió de vuelta hacia la salida, ¡pero esta ya no se encontraba allí! ¿Se había desorientado dentro del cementerio? ¡A Arnalda se le helaba la sangre en las venas cada vez más! Y rodeada de la creciente oscuridad, se puso enseguida a tantear los muros con manos temblorosas a la búsqueda de una salida o un agujero que le permitiera dejar atrás ese lugar horrible. Pero todo se volvía cada vez más oscuro, y pronto le fallaron las fuerzas a la pobre trovadora, que finalmente se dejó caer rendida, en un rincón mohoso de la muralla, entre las sombras, y manteniéndose lo más lejos posible de las lápidas recubiertas de musgo y liquen, estrechando su lira contra su pecho con todas sus fuerzas.

¡Qué experiencia tan terrible! Arnalda no podía ver nada, a dos pasos como estaba de la compañía de los muertos… y buscó en su interior a su instinto para que le indicara alguna posible salida. Y éste le respondió enseguida que se calmase, tocase y se pusiera a cantar.

¡No puede ser! se rebeló Arnalda contra esa idea, encontrándola absurda. ¡Alterar insolentemente la paz de los muertos de esa manera! ¡Llamarles aún más la atención! Y siguió escudriñando en su interior en busca de mejores opciones. Pero la misma idea surgía una y otra vez, insistentemente, en su cabeza:

«¡Toca para los muertos! ¡Canta para los muertos!».

Al final, aturdida por la situación, empezó a recapacitar que tal vez no era una idea tan descabellada después de todo: si algún espíritu se encontrara inquieto por su intrusión, una canción de respeto sincero hacia los muertos tal vez lo apaciguaría. Así que, sacando fuerzas de flaqueza, se puso tímidamente a trovar una emotiva y triste elegía a todos aquellos que yacen bajo tierra convertidos en huesos y polvo, a los que lamentan la pérdida de un ser querido, y a los que dan la vida por aquello en lo que creen en lo más profundo de su corazón.

Y los dedos se le congelaron de repente sobre las cuerdas de la lira…

Porque una voz fantasmal surgió de pronto de entre las tumbas, y le dijo:

«Bienvenida al Reino de los Muertos, trovadora. Nada temas: estás aquí solo de paso. Toda la Naturaleza sabe que estás buscando la clave del misterio del Amor para componer la canción de Amor más bella jamás creada, y por tanto no puedes completar tu viaje sin visitar este lugar».

¡Pobrecita Arnalda! Del susto, estaba rígida como una fría piedra más de aquel camposanto… pero si hubiera podido moverse habría sollozado perdón por su atrevimiento al querer desentrañar los misterios del Amor, y habría prometido ser solo una trovadora más y no aventurarse de nuevo a tontear con preguntas a la naturaleza, arrepentida de su entusiasmo y de su ingenuidad.

Pero la voz que provenía de la tumba no era macabra o amenazante, sino sabia, serena y tranquilizadora; similar a su modo a los susurros de la rosa, la piedra y la espiga. Era simplemente la voz de otro aspecto sagrado e importante de la vida. Y al ver que la joven trovadora persistía en cubrirse los ojos espantada, esta le dijo suavemente:

«Tienes que querer verme para que pueda hablarte. No temas. Abre los ojos y escúchame».

Y Arnalda, haciendo un tremendo esfuerzo, abrió los ojos y los fijó en la oscuridad que tenía enfrente. Y entonces oyó a los muertos que decían:

«El Amor es la fuerza que derrota a nuestros miedos más profundos.

»Los humanos temen mirar a la Muerte, a no ser que sea desde muy lejos, desde un lugar donde sientan que no puede tocarles. Mas el auténtico temor no proviene de la muerte que sobreviene al final de esta vida, de la que, al fin y al cabo, hasta que no llega nuestro momento no se sabe nada; sino de la muerte que experimentamos cada día.

»El abandono, la agresión, la manipulación, la coacción, la mentira… el que nos injurien, nos utilicen, nos odien, nos sometan, nos ignoren, nos envidien o aplasten nuestros sueños o necesidades… todo aquello que se convierte en un impedimento para ser libre y completo; todo aquello que no nos permite ser, existir: esa es la auténtica muerte que teme el ser humano. La que en verdad conoce.

»Pero esta muerte es tan cercana, tan cotidiana y familiar, tan poderosa y produce tantos estragos en nuestra vida que el hombre, llevado por el pánico, prefiere cerrar los ojos a ella y refugiarse en el consuelo del temor a lo desconocido.

»Mas esta muerte solo tiene el poder que queremos darle, ya que quien es valiente y la mira a los ojos lanza luz sobre su oscuridad: la luz de la propia aceptación, del propio conocimiento, y de la propia inteligencia… Y entonces está preparado para luchar contra los desafíos de la vida desde su propio terreno, en vez de dar palos de ciego contra enemigos invisibles que se escurren en el ambiente como una neblina de desconcierto e impotencia.

»El Amor es lo que nos da fuerzas para escuchar a nuestro propio cuerpo cuando la Muerte está cerca, acechándonos. Es lo que nos permite ver la parte más asustada de nosotros y luchar para protegerla. El Amor nos da el arrojo del guerrero, la sabiduría del anciano, la protección de la madre, la inocencia del niño, la serenidad del religioso, el instinto certero del animal… el Amor pone a nuestra disposición todas las fuerzas existentes en el Universo para ayudarnos a proteger nuestras partes más vulnerables ante la Muerte.

»Así, quien abre los ojos a la verdad del peligro de su propia muerte y se entrega a la búsqueda del camino que le permita estar completo y ser libre; quien confía en la sabiduría de la vida y aprende de las pruebas que esta le presenta; quien se atreve a ver y aceptar los propios temores, odios, debilidades y se compromete a cuidarlos y educarlos con amorosa paciencia… este está vivo de verdad, y posee en su interior una fuerza capaz de redimir la oscuridad más profunda, y donde antes no había nada más que tinieblas gestar ahora nuevos mundos de Amor en su interior.

»Y aún después de que haya abandonado este mundo, este Amor seguirá resonando en el corazón de aquellos que habrán compartido con él un instante de su existencia. Y del mismo modo que las flores se marchitan para liberar la semilla de la nueva vida, su recuerdo germinará con el mensaje del Amor en las almas de los que vengan a vivir tras él».

Arnalda sintió como las lágrimas corrían por sus mejillas al oír esto, y a medida que reconocía lo alejada que había estado del auténtico Amor, la oscuridad del cementerio, que ahora reconocía como un reflejo de sus propios miedos, se fue aclarando lentamente, como un mágico amanecer… mientras la frialdad y el vacío del cielo se fundían y templaban. Finalmente, se encontró a sí misma ante las ya no tan siniestras sino serenas lápidas, recubiertas de hiedra y musgo y, de hecho, alimentando con la paz inmóvil de su silencio el nacer discreto de nueva vida entre las rendijas de piedra, aún abrazada a su lira, como si acabara de salir de una pesadilla y la luz del sol la despertara por la mañana.

Y poniéndose en pie, con la mirada perdida del que ha visto grandes maravillas y se ha dejado seducir por ellas, dedicó una amplia y gozosa reverencia al perfecto Universo de armonía y existencia que desde allí la contemplaba.

Ya de vuelta a casa, Arnalda presentó a sus gentes la canción de Amor más bella jamás creada. Y decía así:

¡Escuchad, escuchad, amigos y amigas!

¡Esta es la canción de Amor más bella jamás creada!

Escuchad mi voz.

Escuchad mi lira.

Escuchad el silencio.

¡Escuchad el silencio!

El viento en los árboles.

El susurro del arroyo.

El murmullo de los hombres.

¡Escuchad el silencio!

El tenaz latido de vuestro corazón.

El manantial inquieto de vuestras emociones.

El paso del tiempo que templa vuestro espíritu.

¡Esta es la canción de Amor más bella jamás creada!

Cantad, y saldrá por vuestros labios.

Llorad, y saldrá por vuestros ojos.

Reíd, y saldrá por vuestra risa.

¡Danzad, danzad con la vida!

¡Danzad al son de la canción de Amor más bella jamás creada!

Ella ya empezó a tocar y a cantar

desde el Principio de los Tiempos.

Tan solo está esperando

a que os unáis a ella y la cantéis…

Tan solo está esperando

a que os unáis a ella y la cantéis…

FIN

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