En el silencioso camino de vuelta a casa, tuve tiempo de reflexionar en mi sueño inducido. No acerca de nuestros próximos pasos, cosa que ya tenía clara, sino de la representativa figura de mi viejo compañero a lo largo de mi vida. Antes de conocerle, de hacernos amigos o de casi morir por sus impulsos; mis peculiaridades estaban a un nivel mucho más molesto y excéntrico que ahora. Dylan ha sido siempre un amigo cuando se le necesita, pero su gran aportación, es que cuando realmente me hace falta, sabe dejar de ser un amigo y convertirse en mi conciencia, mi humanidad. Las líneas morales y sociales siempre han sido realmente difusas para mí, él sabía aclararlas cuando era preciso, normalmente a modo de freno a mis intenciones, él me enseñó los límites. Todo cuanto sé por mi cuenta, lo aprendí porque creí que era vital, obviando términos y actitudes mucho más básicas y esenciales, pero Dylan siempre ha hecho lo posible por enseñarme a vivir siendo persona. A él le debo gran parte de lo que ahora valoro, incluso Trish, él me la presentó, y él me hizo soportable a sus ojos. Y sin embargo, allí estaba yo, mi conciencia ya no murmullaba nada, y estaba a punto de poner en juego la vida de mi mejor amigo por resolver un rompecabezas que iba más allá de mis conocimientos.

Estábamos llegando a la oficina cuando paraba de llover, el sol de la tarde se asomaba expectante entre las esquivas nubes del cielo, parecían pelearse por tener la mejor vista hacia nuestros pasos, impacientes por saber qué haríamos a continuación. Dejé entrar a mis dos alicaídos acompañantes, aun manteniendo la mutis dramática. Les pedí que tomaran asiento mientras hacía café, pues buena falta les hacía. Una vez hubieron tomado el café y se tranquilizaron, les acompañé a nuestros habituales lugares, la chimenea estaba apagada y como resultado la habitación estaba helada, pero a esas alturas, ninguno lo sentíamos. Devitt revisaba y cargaba su arma, aun nervioso sin duda, pues le temblaba el pulso más de lo habitual y no era por el frío. Trish no podía parar de pensar en que sin la presencia de Dylan, yo iba a empezar muy pronto a cometer locuras e imprudencias con tal de rescatarle, me miraba con preocupación, pero no por la morfina, no esa vez. Decidí romper de una vez el hechizo del silencio, y mi voz sonó como un espejo partiéndose en mil pedazos:

—No seguiremos sus órdenes.

Trish lanzó un breve pero significativo suspiro; era exactamente lo que esperaba, pero no le gustaba. Devitt parecía sorprendido, me miraba con brillo en sus ojos, creía que estaba de su parte, lo cierto es que él y yo habíamos establecido las mismas reglas para el juego, pero su estrategia era sin duda diferente a la mía, pero inocente pensó que esa vez me tenía de su lado.

—Así se habla Adam, pensé que el secuestro de Dylan entorpecería tus decisiones, pero veo que sabes sobreponerte. Esto se nos ha ido de las manos, es la hora de actuar oficialmente, avisaré a comisaría, iremos con todos nuestros hombres a peinar la ciudad y acabar con esos payasos de circo. Deberíamos movernos inmediatamente.

Trish sonrió amargamente ante tal despliegue de acción policial, y decidió contestarle en mi lugar.

—No comisario, Adam se refiere a que seguiremos el caso pero nosotros solos, e intentaremos rescatar a Dylan sin ayuda externa. Avisar a comisaría seria dar la voz de alerta, le matarían y se ocultarían, ya has visto lo bien que se les da. Nuestra única opción para hacer esto limpiamente, es hacerlo clandestinamente…o hacer lo que nos piden.

Devitt parecía decepcionado, me miró y yo me limité a asentir. Una vez más adoptó sus viejas formas para imponer a subordinados.

—Es lo que haces siempre Adam, te sobrepones al procedimiento, creas tus propias normas, pones vidas en juego. ¿Y por qué? No para salvar a tu amigo, lo haces para resolver el puzzle, ser el más inteligente. Ya los has visto Adam, no son algo que puedas racionalizar, no eres más listo que lo que no comprendes, olvida el duelo, esto está por encima de ti, de todos nosotros, necesitamos ir con todo lo que tengamos a nuestra disposición.

—Menos es más, comisario. Necesitamos mentes despiertas, no pistolas cargadas, como has dicho, ya los hemos visto, la mayoría deben ser esclavos, dormitantes, marionetas de intenciones oscuras, muchos de ellos son inocentes. Un enfrentamiento directo no va a ayudar a nadie, da igual si lo hago por Dylan, o por lo que sea, la única manera correcta de hacerlo, es usando su método, la discreción.

—Se acabó Adam, has llegado demasiado lejos, te he visto paliar tus temores con dosis cada vez más altas de morfina, no pensabas con claridad antes, menos ahora. A partir de ahora eres un civil más, la policía se encargará de esto, debo irme cuanto antes si es que quieres volver a ver vivo a Dylan.

Trish recogió las tazas de la mesa, la despejó en previsión para lo que venía ahora.

—Ya sabes que no voy a permitírtelo Devitt, lo siento, debemos hacer esto a nuestro modo. Después, podrás llevar el caso como a ti te plazca.

—No más trucos Adam, se acabó el caso para ti, hablaremos de ello cuando todo esto termine. Ni qué decirte tengo, que si te veo husmeando durante mi operación, acabarás entre rejas hasta que todo termine.

Devitt empezó a marearse, cogió su abrigo tambaleándose, de pronto pareció darse cuenta de algo importante y me miró antes de cerrar los ojos.

—Te has pasado otra vez Adam, más te vale rescatarlo vivo, porque necesitarás a alguien que te visite en prisión.

Se desplomó sobre la mesa. El comisario era prudente, razonable, un hombre de palabra y ley, sin duda era lo que necesitaba Arkham, pero no ese día. La droga que le administre en el café solo le mantendría dormido una hora, por lo que seguidamente le inyecté morfina suficiente para alargarlo hasta el anochecer. He de reconocer que no era la primera vez que le administraba somníferos. Entre Trish y yo lo llevamos a nuestro cuarto, recogimos nuestras cosas y fuimos al carro, pedí un cochero esta vez. Y recorrimos lentamente las calles de la ciudad.

—Gracias por acompañarme Trish. Te necesito de mi lado.

—Sé que ésta es la mejor opción, y sabes que yo haría lo mismo. Pero Adam, no puedes volverte loco ahora, Dylan te necesita concentrado, nada de imprudencias no justificadas. Tenemos que hacerlo bien.

No era la primera vez que nos veíamos en esta clase de situaciones, pero sabíamos que pocas veces había sido tan serio, Trish y yo éramos los mejores detectives de Arkham, pero ahora era la vida de nuestro amigo lo que estaba en la mesa, y lo que investigábamos apenas llegábamos a comprenderlo. No era algo habitual en nosotros, pero teníamos miedo, y eso creaba el riesgo de volvernos irracionales.

—Dada la estructura de esos túneles y el mapa de la ciudad, el camino que tomaron les llevaba a las afueras de la ciudad en dirección al bosque, una buena salida para un túnel. El cochero nos llevará al límite de la urbanización, allí preguntaremos a los vagabundos que habitan las cloacas, daremos primero con su paradero, y luego actuaremos. Es un viaje largo y duro, Trish, sé que no te gusta y que no lo haces desde hace mucho, pero es necesario.

Estaba temblando, de miedo y de frio, volvíamos a sentirlo. Nos dedicamos una mirada triste y larga, pero al final asintió. Extendió su brazo, le administré una pequeña dosis de morfina, se durmió enseguida, la dejé reposar en mi regazo, esta vez, me tocaba sufrir a mí. Me sumí en mis pensamientos mientras llegábamos a nuestro destino. Miré una vez más en mi gabardina, allí estaba, el revolver que cogí de Dylan cuando desapareció.

Llegábamos a los límites de la ciudad, hicimos el último tramo a pie hasta llegar a los callejones cerrados de Arkham, allí siempre había al menos un vagabundo de guardia. Al vernos llegar, hizo rápidamente la señal que teníamos acordada, un largo bostezo. Le respondí con la nuestra.

—¿Tanto sueño da vivir en la calle?

El anciano se frotó ansioso las manos, sin levantarse de su particular rincón improvisado, extendió la mano y elevó una pícara y sucia sonrisa, seis monedas cayeron sobre su palma, las tintineó entre sus dedos, con regocijo.

—Bien, seguro que Trish os dijo que estuvieseis al tanto de las cloacas y acueductos que pudiese haber por la ciudad, tenemos sospechas de que los más cercanos a este lugar se han usado hace poco, ¿habéis oído o visto algo extraño?

Jugueteaba con sus monedas mientras pensaba, parecía acordarse de algo extraño dado al nerviosismo de sus manos.

—Ahora que lo mencionas, hace una hora escuchamos algo fuera de lo normal, un sonido continuado y fuerte, acompañado de un leve temblor, como una marcha. Pensamos que era un temblor de la tierra debido al mar quizá, pero nunca me creo lo que dice Mike, se cree muy listo, pero no tiene ni idea…

Paré sus divagaciones con un chasquido.

—Eso es justo lo que buscábamos. ¿Hacia dónde se perdió el sonido cuando empezó a escucharse más leve? ¿Fue en dirección al bosque, verdad?

—Sí, ¿cómo diablos lo sabes?

—No importa. Trish, vámonos, tenemos una larga caminata por el bosque.

Nos dimos la vuelta cuando el vagabundo carraspeó una última frase.

—¿Y dónde demonios está su amigo? Me caía mejor que usted, siempre dejaba un par de monedas de más.

Me limité a pararme en seco y dejar caer dos monedas más, Trish me empujó para que continuásemos.

Atravesábamos el bosque, ya lejos de la ciudad, estaba atardeciendo, pronto estaría oscuro, nunca había sido un lugar demasiado agradable, pero sabiendo lo que perseguíamos, daba la sensación de que era mucho peor. Nos encontramos con pocos animales en el camino, y ningún rastro o indicio de que alguien hubiese pasado hace poco por allí —lógico, pues ellos recorrerían este camino bajo tierra—. Trish estaba algo inquieta, confiaba en mí, pero no le había dado suficiente información.

—Adam, ¿estás seguro de que estarán por aquí? Veo pocos indicios o pruebas a las que podamos agarrarnos.

—Ah cierto, no te di los detalles. Al ver la simbología de los atuendos en el túnel, no pude quitarme la sensación de que me recordaban a algo, lo entendí cuando volvíamos a la oficina, pertenecen a un antiguo culto de esta misma ciudad. Había ciertos monasterios repartidos por Arkham con esa misma simbología entre sus paredes. El único que queda en pie actualmente, está abandonado en el acantilado, pasando el bosque, apenas son ruinas, pero la estructura se conserva medianamente bien. Lo refuerza la idea de que un acantilado es buen lugar para comenzar un túnel, y que es un escenario tan dramático que hasta da risa. Son muchas casualidades teniendo en cuenta que iban en esa dirección cuando los perdimos. Además, ¿recuerdas a nuestro prisionero? Lo dejé durmiendo, atado justo al lado del comisario, un buen regalo cuando se despierte. Pero lo mejor es que olía a sal, a mar, o era marinero, o venía de allí. No pudimos hablar con él, pero eso no le impidió darme información.

Le alivió comprobar que seguía siendo yo, pero algo no le acababa de convencer.

—Nunca pierdes una oportunidad para fardar de tu capacidad de deducción y tu anormal inteligencia, esta vez has esperado, no pensabas hacerlo, y ni si quiera le has replicado al vagabundo. Estás ido, tu cabeza está demasiado puesta en salvar a Dylan. Sólo espero que no hagas ninguna locura.

A lo largo de los años, Trish había obtenido la capacidad de interpretar mis pequeños detalles mejor que yo mismo, a decir verdad, sabía que todo lo que decía era cierto, pero no me había parado a pensar en ello. Y me temo que el revólver que llevaba oculto le daba aún más la razón. Iba a actuar de forma impulsiva por Dylan, sí, pero también porque la situación lo requería, nos enfrentábamos a algo difícil de sorprender y que yo fuese armado era una muy buena sorpresa. Cuando llegábamos al final del bosque, estaba anocheciendo, el viento soplaba con fuerza, se notaba la sal en él, ya veíamos el mar, y el acantilado. Y sobre él, un viejo monasterio mal conservado expulsaba luces y cierto ruido, habíamos acertado. Trish volvió a interceder antes de comenzar la incursión.

—Adam, tenemos que salir de aquí, los tres, pero si fuese tarde para Dylan, priorizamos nosotros, no los criminales. No quiero tener que decirle a Devitt que llevaba razón.

Incluso en la oscuridad podíamos interpretarnos el uno al otro con facilidad. Teníamos miedo, estábamos emocionados, y sabíamos que íbamos a cometer imprudencias, locuras, que o nos íbamos de aquí con nuestro amigo, o no nos iríamos. Pero siempre se nos dio bien mentir.

—Todo saldrá bien Trish.

Al menos nuestro beso fue sincero.

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