El caballo cabalgaba con velocidad, haciendo rebotar con rítmica cadencia el zurrón de cuero en el costado de Gonzalo. El viento gélido de Diciembre le azotaba el rostro, haciendo salir lágrimas de sus ojos, que se secaba con el puño de la casaca blanca del Regimiento de Voluntarios de Castilla. La lluvia calaba su capote, empapándole la espalda y chorreando por la caña ya colmada de sus botas de montar, helándole hasta el mismo tuétano de los huesos. Pero no había un solo segundo que perder. Las palabras de su capitán resonaban con un eco de urgencia en su memoria: “Gonzalo, es cuestión de vida o muerte. Debes hacer llegar el mensaje de socorro a la Junta Central de Sevilla. Toda la guerra depende de tu mensaje. No puedes perder ni un segundo”.

El día veintiuno el ejército de Lannes había rodeado Zaragoza, y había ocupado las zapas que ya se habían excavado en el verano, cuando los franceses intentaron el sitio por primera vez. Pero en el interior los defensores prácticamente igualaban a los atacantes, y el general Palafox ofrecía con su propia presencia la promesa de una victoria segura. La resistencia de la ciudad estaba garantizada, pero Napoleón en persona se encaminaba ahora hacia Andalucía, el último reducto de resistencia, y era necesario dar aviso de que ninguna tropa podría acudir en ayuda desde el frente del norte. Con el ejército español deshecho en Somosierra y Uclés, la resistencia en Sevilla parecía la última alternativa.

Gonzalo estaba extenuando, pero no era momento de detenerse. La necesidad era tan urgente que no había tenido más remedio que cabalgar hasta el límite de sus fuerzas, y las de su montura. El caballo de correo con el que salió de Zaragoza murió cerca de Calatayud, cuando el corazón le estalló dentro del pecho. En esa ciudad, ocupada por un piquete francés, los vecinos le habían escondido y ofrecido un nuevo caballo. El animal era algo escuálido, por culpa del hambre que aquejaba a bestias y hombres por igual fruto de las privaciones de la guerra; pero estaba habituado a las pesadas tareas propias de un animal de carga, y respondió obediente e impertérrito a los taconazos del soldado. Más adelante, en Sigüenza, tuvo que abandonar a ése también, al salir corriendo a toda prisa de la posada donde cenaba, ya que dos oficiales de caballería franceses habían reconocido las insignias de su uniforme bajo el embozo del capote.

Aquella había sido la última comida caliente que tomara, y hacía cuatro días de eso. Con la prisa de la huida había montado el primer caballo que encontró en las caballerizas, pero la fortuna quiso que resultara ser un purasangre destinado al servicio de postas. La bestia estaba acostumbrada a correr, y a veces al trote, a veces al galope, no se habían detenido a descansar más que una vez, cerca del castillo de Belmonte, cuando creyó haber despistado a los franceses que le perseguían. El resto del tiempo había tenido que dormir sobre el caballo, dando cabezadas mientras el animal trotaba cansinamente. La premura apenas le permitía comprobar sus progresos para tratar de perder a sus perseguidores. Sin embargo, mientras atravesaba las crestas boscosas de la serranía de Cuenca pensó por un tiempo que les había dejado atrás, pero desde lo alto de una cima pelada pudo observar con disgusto cómo los dos franceses, húsares con gorros de pluma roja y uniforme azul, le seguían en la distancia sin perder el brío.

La necesidad de cumplir las órdenes y entregar el mensaje era acuciante, por lo que no podía mantener aquella exasperante persecución eternamente. Cuando abandonó la relativa seguridad de las montañas, decidió que antes de poder continuar su ruta hacia el paso de Despeñaperros era necesario despistar a aquellos franceses definitivamente. Tras descender de la serranía, tomó rumbo oeste en dirección a las llanuras de Ciudad Real. Allí, el clima había jugado a su favor, y la tormenta que embarraba los caminos estaba ayudando a confundir las huellas de su paso. Gracias a ello había perdido de vista a los jinetes el día anterior. Pero aquel territorio desolado apenas ofrecía algún refugio, y en el llano no podría pasar desapercibido para sus perseguidores por mucho tiempo. Gonzalo necesitaba buscar cobijo de aquella maldita lluvia, algún sitio que además le sirviera de escondite, con la esperanza de poder quitarse de encima a esos franceses.

La luz caía con rapidez en aquella tarde cruel. Durante el día el sol apenas había podido iluminar la atmósfera rezumante de agua, y la densidad de la borrasca, que escupía con insistencia inmisericorde una lluvia densa y fría, auguraba que la noche sería cerrada. Si deseaba dejar atrás por fin a los dos franceses, aquel era el momento idóneo para esconderse. Llevó a su caballo en dirección a las ruinas de una quintería que había visto en lontananza al atardecer. Agotado por la larga carrera, el animal no pudo resistir más, y nada más cruzar el umbral del portón del patio, se desplomó con un relincho de agonía. Gonzalo pudo saltar a tiempo, evitando así ser aplastado en la caída. Tendido en el suelo, el animal resoplaba, agonizante. Era algo patético observar como luchaba por respirar, emitiendo estertores de un sonido grave y sincopado. Gonzalo quiso acabar con su sufrimiento, pero un disparo podría escucharse desde lejos, delatando su posición. Finalmente, decidió atravesarle el cerebro apuñalándole en la oreja con su daga. La sangre manó sobre la tierra del patio como una fuente tibia y espesa, rezumando vaho a causa del frío.

Ya solo, Gonzalo se sacudió como pudo el barro de encima, y lanzó una mirada en rededor, mientras palpaba sus bolsillos, asegurándose que el pistolón, y aún más importante, el zurrón con el mensaje, estaban aún en su sitio. La hacienda estaba arruinada, y a la tenue luz gris del anochecer pudo comprobar que estaba completamente abandonada. Las ventanas de la fachada principal, como ojos guiñosos, presentaban unos vanos vacíos, oscuros. Sobre ellos, unas contraventanas de madera hinchada por la humedad aleteaban con un ritmo ominoso, descompasado, empujadas por las rachas de lluvia, como manos que invitan con gesto siniestro a acercarse. Por encima de ellas, el techo hundido, de tejas de barro, dejaba entrever sus vigas tronchadas como huesos astillados.

Gonzalo no pudo evitar sentir una punzada de temor, un instinto de alerta, como si en aquel lugar se ocultara una bestia al acecho de una presa descuidada. Pero la noche se cernía ya sobre las ruinas con la oscuridad de la tumba, y debía tomar una decisión. Acertó a derribar de una sola patada la puerta de entrada principal, que se sostenía precariamente de sus goznes. Se detuvo en el umbral, con su capote goteando en el suelo de baldosas de barro cocido, haciendo un esfuerzo por distinguir el interior de la casona. La planta del edifico parecía albergar una sola habitación. Con una mano en la empuñadura de la daga, extendió la diestra y avanzó dubitativo hacia la negrura informe del interior de la estancia. Palpando, pudo toparse con algo de mobiliario abandonado. Hizo añicos lo que distinguió como una silla y un par de banquetas para hacer un pequeño fuego, y las amontonó en la esquina más alejada de la entrada, para que la luz no pudiera verse desde las ventanas sin cristal, delatándole. Tras desarmar su pistola, prendió con la llave de chispa algo de yesca, y dejó que las llamitas fueran creciendo entre unas astillas, para luego poner encima los maderos rotos del mobiliario.

Cuando las llamas comenzaron a calentar un poco su cuerpo aterido, dejó el zurrón donde guardaba los documentos que debía entregar en Sevilla junto a la pared, se desbrochó el capote y se sentó al amor de la lumbre, mientras vaciaba el agua de sus botas. Escurrió las medias y las dejó junto al fuego, mientras estiraba los arrugados dedos de los pies para sentir el grato calor de la lumbre en su carne entumecida. Sintiéndose algo mejor, hurgó en el zurrón y sacó el último mendrugo de pan y algo de queso, húmedos y blandos por la lluvia. Masticó con avidez aquel alimento rancio y pastoso, mientras escuchaba el chisporroteo de la madera húmeda al arder y observaba cómo el calor del fuego hacía salir vapor de sus medias. En el exterior, el ruido seco que hacían los maderos de las ventanas al chocar con la pared sonaba como el tañido de una campana que tocara a muerto.

Poco a poco su vista se acostumbró a la tenue luz de la pequeña hoguera, y pudo distinguir mejor cuanto tenía alrededor. Aquello debió haber sido un viejo mesón. Tal vez lo abandonaron al empezar la guerra, en el año ocho; el aspecto polvoriento de la estancia y el desvencijado mobiliario dejaban claro que nadie había pasado por allí en años. Solo entre aquella desolación, Gonzalo comenzó a sentir la leve opresión del miedo, y prefirió concentrarse en las llamas oscilantes que tenía frente a él. Su baile hipnótico debió de confundirle y dejarle medio dormido, porque se despertó abruptamente, sobresaltado, al darse cuenta que la habitación estaba de pronto iluminada, y que alguien se aproximaba hacia él.

Creyéndose sorprendido por los franceses, el corazón le dio un salto en el pecho, y llevó una mano hacia la daga. Pero frente a él se encontraba la silueta delgada y fina de una joven en ropa de noche. Llevaba un candil en la mano, cuya llamita arrojaba extrañas sombras sobre las paredes desconchadas y rezumantes de humedad. Tenía una cara de rasgos suaves, aniñados, enmarcada por un pelo largo y suelto caído sobre los hombros, del color del ébano. Sus ojos, profundos y de color oscuro, estaban fijos en el soldado, destacando en el óvalo de su rostro. Sintiendo los latidos del corazón en los oídos y en la boca abierta por la sorpresa, Gonzalo se incorporó torpemente, asiendo la cuchilla sin mucha convicción.

—¿Quién sois? —acertó a pronunciar, sorprendiéndose al no reconocer su propia voz, que sonaba con un tono agudo y nervioso.

—Dormía en esta hacienda y el ruido que hacíais me ha despertado, señor. Me decidí a salir y os he visto aquí junto al fuego, dormido.

—¿Dormíais aquí? —preguntó incrédulo Gonzalo, sin poder apartar la vista del rostro de la joven. No podía imaginarse un lugar más peregrino en el que una joven frágil como aquella pudiera pasar la noche.

—Estad tranquilo —respondió la joven, sin dar muestra de haber atendido a la pregunta del soldado—. ¿Puedo sentarme junto a vos? La noche es fría, y me siento muy sola.

Gonzalo miró a su alrededor, sospechando que pudiera haber alguna trampa. El quicio vacío de la puerta se abría bostezando en un espacio de oscuridad. Fuera, la lluvia sonaba ahora con fuerza; se escuchaba goteando y chorreando por entre los muros resquebrajados del edificio, lo anegaba todo… pero esa mujer estaba completamente seca. Sin embargo, hipnotizado por la desnudez apenas cubierta por la camisola de la joven, Gonzalo olvidó toda sensación de peligro, y ya no pudo apartar la vista de la curva del escote que se revelaba a través del cuello desatado del camisón.

—Señor, ¿podéis abrazarme? Hace tanto frío… —rogó la doncella de nuevo.

—Señorita, yo… no sé cómo habéis venido aquí… —Gonzalo no acertaba a pensar con claridad. La luz de la fogata teñía la suave piel de la joven con un tono anaranjado. Las llamas parecían reflejarse en las brillantes pupilas de sus ojos. La jovencita se acercó más aún, pisando descalza el embaldosado sucio. Agachándose, dejó cuidadosamente el candil en el suelo. Al inclinarse, Gonzalo pudo observar por entre el hueco de la camisa unos pechos jóvenes, turgentes, de pezones duros. Tragó saliva con embarazo, y bajó aún más la vista hasta uno de los blandos muslos que también quedaba al descubierto, al flexionar la joven las rodillas. Luego la doncella se incorporó de nuevo, lentamente, sabiéndose observada, hasta ponerse frente a frente con el soldado.

Gonzalo había olvidado el frío, la incómoda sensación de la ropa mojada, el ruido de la lluvia, el calor de la lumbre. Otro calor, surgido de su interior, enrojecía sus mejillas y le aceleraba el pulso. Sin comprender bien por qué, se adelantó torpemente, levantando los brazos para abrazar la voluptuosa figura que tenía frente a él. La joven respondió a su gesto, rodeándole los hombros y juntando las manos tras su cuello. Buscó con ansia la boca del soldado, besándole con ardor. Consumido por la lujuria, Gonzalo apretó a la mujer contra él. Acarició su espalda, el cuello, su delgada cintura. El deseo le embargaba, sintiendo aquella boca de carne blanda y húmeda bebiendo de él con fruición.

El abrazo se hizo más fuerte: aquella misteriosa mujer no cejaba en su beso largo y apasionado. Su lengua acariciaba los cortados labios del soldado, y se introducía en él. Sus besos le sumían en una locura embriagadora. Pero ahora le apretaba muy fuerte, haciéndole daño en el cuello. Sin abandonar su boca codiciosa, Gonzalo trató de separarse de ella, pero la joven se asió a él con más fuerza. El fuego que corría por su sangre pareció apagarse de pronto. Un escalofrío le recorrió la espalda, poniéndole la carne de gallina. Apretado contra el menudo cuerpo de aquella doncella, movió frenéticamente los brazos para empujarla, pero se vio incapaz. Se sintió presa de una llave que le atenazaba con una fuerza brutal, despiadada. Le faltaba el aire. Un torrente de frío se abrió paso entonces por sus venas, deshaciendo sus fuerzas. Su mente estalló en una llamada de alarma, pero su cuerpo no respondía. Unas garras gélidas le atenazaban la espalda. Un mordisco feroz roía su rostro, helándole el corazón. Quiso gritar, pero estaba mudo. La energía abandonaba su cuerpo, absorbida por un torbellino helado de maldad. En la oscuridad creciente que le envolvía, supo que iba a morir.

Una gélida ráfaga de viento dispersó las cartas y pliegos del zurrón tirado en el suelo, y apagó la vela del candil. Horas después, en la fonda desierta, los franceses pudieron encontrar el cadáver de Gonzalo, con el rostro azulado y los ojos muy abiertos, salidos de sus órbitas. Su cabello se había tornado de un gris ceniciento. Pese a la lluvia que les calaba, los dos húsares ni siquiera atravesaron el umbral del ruinoso edificio. Pudieron ver sobre el suelo un candil apagado, una daga de encaje, unas medias arrugadas y documentos desperdigados. Uno de esos papeles llevaba un sello oficial. Pero después de observar aquel rostro desencajado, iluminado por la luz mortecina de las brasas de la hoguera, prefirieron montar sus caballos y alejarse lo más rápido posible, sin mirar atrás, de aquel lugar maldito.

 

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