—¿Has preparado todas tus cosas? —preguntó la madre entrando en la habitación del niño.

—Te he dicho un millón de veces que no pienso ir, mamá —le replicó observándola desde la cama.

—Venga. No hagas más el tonto que tu abuelo está esperando en el pueblo. No se ha pasado todo el fin de semana recogiendo la casa y limpiando el huerto para que ahora tú no te presentes.

Como cada verano, Óscar abandonaba su hermosa ciudad, aquella que tanto apreciaba y quería, rodeada de vida y edificios en cualquiera de sus rincones, y de gente un tanto estúpida con la que no le importaba lidiar siempre y cuando tuviera cerca de sus manos la tecnología. En el último año, desde que sus padres le compraron un móvil nuevo, el chico apenas había salido de casa. Se dedicaba a recluirse cada tarde para jugar a distintos videojuegos y chatear. Esa era su rutina. Su madre, preocupada por la obsesión que su hijo tenía con aquellos aparatos y por su notable bajada de notas en el colegio, decidió que lo mejor para él sería pasar unas vacaciones alejado de todo lo que pudiera contener tecnología: el pueblo.

Durante el trayecto, unos diez kilómetros, apenas se dirigieron la palabra. Óscar pasó todo el tiempo que pudo con su móvil, ya que cuando se internasen en los límites de aquella villa a la que odiaba con todo su ser, dejaría de funcionar.

—Cariño, no tienes que preocuparte. Tan solo serán unas semanas —intentó tranquilizarle su madre, María.

—Unas semanas que parecerán años…

María le dedicó una mirada de preocupación a su hijo. Sabía que no estaba pasando por un buen momento desde que se había separado del padre del chico, pero era por el bien de los tres.

—El abuelo Félix tiene muchas ganas de verte. Ya sabes que está solo desde que… Bueno, la abuela decidió pasar a un lugar mejor —dijo sin tener muy claro si sus palabras habían sido las correctas—. Intenta hacerle compañía. Lo pasaréis bien.

—Si tú lo dices…

En cuestión de minutos, el coche color esmeralda de María estaba cruzando el cartel, prácticamente destrozado, que daba la bienvenida al pueblo. Junto a él, estaban las piscinas, sin duda alguna, lo más reconocido del lugar y lo que más gente atraía. Aunque las vistas empeoraban según el coche avanzaba: las calles estaban totalmente desiertas y vacías, con suerte veías a alguna que otra persona mayor paseando con su bastón y su perro, además eran estrechas y con una gran cantidad de baches a lo largo de su recorrido.

Todo aquello tan solo deprimía a Óscar más aún. Deseaba estar en su casa y alejarse de aquel horripilante lugar, parecía sacado de una película de los años treinta. Aunque aquello tan solo acababa de comenzar. El coche aparcó en una pequeña plazuela situada junto al campanario de la iglesia, donde dos cigüeñas construían sus nidos en lo alto de una de las torres que la decoraban.

Cuando bajaron del vehículo, el muchacho dio un portazo tan fuerte que su madre le miró con cara de asesina. Jamás pensó que podía encontrar tanto odio en unos ojos tan bonitos y cristalinos como los suyos.

—Está bien, Óscar. ¿Tienes cobertura? —preguntó seriamente María.

El chico sacó su móvil para comprobarlo y, como suponía, no tenía ni una sola raya de señal.

—Ojalá —contestó cabizbajo.

—Dame el móvil, anda.

—¿Mi móvil? ¿Para qué lo necesitas? —le contestó poniéndose a la defensiva.

—Cariño, te conozco. No me extrañaría que te hubieras descargado juegos que no necesitasen conexión. Has venido a pasar estas semanas con tu abuelo, así que dame el móvil —se lo pidió de nuevo.

Muy a su pesar, y tras enfrentar durante unos segundos sus miradas, Óscar decidió entregarle el teléfono. Sabía de sobra que contra su madre no podía hacer nada, ella mandaba. Mientras tanto, una señora mayor observaba toda la escena desde la puerta de su casa, sentada en una pequeña silla plegable, prácticamente de playa, que le permitía desplazarse a cualquier sitio que le fuera necesario para cotillear al instante.

—Ay, Óscar —suspiró la mujer—. ¿Pero cuánto ha crecido ya este niño? Parece que fuese ayer cuando echaba a andar por toda esta calle hasta llegar a la puerta de su abuelo.

El chico la miró de forma seria, no estaba de humor para estar aguantando arrumacos de todas las señoras del pueblo en aquel momento, y sabía que en cuanto una le veía, se empezaba a extender la noticia de que había llegado al resto.

—Gracias, Juliana —respondió María—. La verdad que ya es todo un hombre, once años hizo el mes pasado.

—¿Y a qué venís? ¿A hacerle una visita a Félix?

—Bueno, algo así. En realidad, Óscar viene a quedarse unas semanitas del verano aquí. Creo que le vendrá bien.

—Eso es genial. Seguro que el abuelo se pone muy contento —respondió alegremente la anciana—. A todo esto, ¿qué tal el tema de Jorge?

Al escuchar el nombre de su exmarido, María no pudo evitar reflexionar durante un momento y dedicarle una mirada a la mujer de tristeza y furia antes de despedirse de ella. Ahora ya no eran pareja y, aunque habían pasado momentos muy afables juntos, no quería volver a saber nada más de él, al menos por el bien de su hijo.

Óscar y su madre descendieron por la calle hasta llegar a una pequeña puerta de madera adornada con algunos clavos mal puestos. La pared blanca de su alrededor se caía a trozos, como de costumbre, y algunas lagartijas correteaban por ella hasta encontrar una grieta en la que resguardarse.

—¡Abuelo! —le llamó María dando varios toques con el nudillo en la madera—. ¡Somos nosotros!

Sin embargo, el anciano no estaba en casa, o al menos no contestó, lo que inquietó un poco a la mujer. Ella sabía que su padre era puntual, y que, si le decían que iban a estar en la puerta de su casa a las cuatro de la tarde, él no se movería de allí hasta que el niño se hubiese asentado.

Al no poder hacer nada mientras tanto, ya que María no había llevado las llaves de la casa, decidieron ir a un bar cercano, situado en la plazuela en la que habían aparcado: el bar Félix. Recibía aquel nombre por el antiguo propietario, aunque no tenía nada que ver con el abuelo de Óscar. Allí siempre era bien recibido todo el mundo, ya que tampoco es que tuviera muchas visitas en un pueblo como aquel, de unos trescientos habitantes, aunque la mayoría residían fuera. Con tan solo entrar se notaba el entorno a cantina. Era un sitio lúgubre que desprendía cientos de hedores, la mayoría no muy agradables para el olfato humano, y que contenía, como era costumbre, a cuatro gatos, contando al camarero. Los taburetes eran viejos y cojeaban, mientras que el humo de los puros dificultaba la visión.

—¿Qué les puedo poner? —preguntó el hombre calvorota tras la barra.

—¿Tienen café? —preguntó la madre.

El señor puso una cara de mal gusto y se giró para revisar la cafetera que había a sus espaldas.

—Lo único parecido a un grano de café que puedo sacar de esa máquina, es una mosca —respondió con un tono basto.

—Pues no se preocupe. Solo vamos a hacer un poco de tiempo.

—Está bien. Si necesitan algo, estaré en la mesa del fondo echando una partida de cartas.

Óscar y María se sentaron a esperar hasta que, minutos más tarde, la puerta del bar se abrió de par en par y un señor mayor entró. Tenía el pelo corto y canoso, los ojos azules y estaba algo gordo. Llevaba una camisa marrón claro, algo rasgada, que conjuntaba con sus pantalones anchos y sus zapatos llenos de barro. En una de sus manos portaba un cubo azul mientras que en la otra sujetaba una vieja boina negra.

—¡Papá! —le llamó María en cuanto le vio.

Ambos se abrazaron entusiasmados.

—Cuidado, que me caes —dijo con tono de persona adulta de pueblo.

—Perdona —se disculpó su hija—. ¿Cómo sabías que estábamos aquí?

—Volvía del corral y Juliana me ha avisado de que habíais venido. Como no os he visto en casa, he pensado que quizás estabais aquí—. Siento no haberos esperado, pero en esta época las gallinas ponen muchos huevos y tenía que ir a recogerlos —dijo enseñando el cubo repleto de ellos.

—No pasa nada.

En ese momento, el dueño del bar vio a Félix y profirió un grito que más bien pareció el berreo de algún animal salvaje.

—¡Féééélix! —gritó—. ¿Hoy no echas una partida de tute?

—Ha venido mi familia, Ignacio. Otro día me paso.

—Es verdad, que todavía queda gente con familia en el pueblo. A veces se me olvida.

Las palabras de aquel viejo hicieron reflexionar a Óscar, que vio el trasfondo de tristeza que había tras ellas.

La puerta de la casa se abrió a trompicones. Chirriaba un poco, e incluso se astillaba por algunos lados, lo cual tampoco importaba mucho al anciano, que estaba acostumbrado a lidiar con aquello. Cuando Óscar entró, una pequeña nube de polvo le impidió que tuviera una visión completamente nítida del lugar. Podía reconocer las fotos de su infancia colgadas en la pared, a la que cada vez se le caía más la pintura, o incluso el diploma de la mili de uno de sus tíos. Por otra parte, también permanecía en su sitio la televisión, esa que tenía más anchura que él y que lograba que ver cualquier programa fuera una auténtica tortura.

Una mesa circular adornaba el centro de la estancia. Debajo había un brasero, apagado en aquellas fechas, y sobre ella un mantel con el mapa político de la península. El sofá estaba decorado con los cojines deshilachados y la vieja manta de la abuela, que picaba horrores.

—Bueno, ya sabes que aquí no tenemos mucho, pero acomódate como veas.

El chico decidió entrar en una de las habitaciones, aunque aquello le parecía más bien una cueva, no había ni puertas dentro de la casa, tan solo alguna que otra cortina que ocupaba su lugar. La sala no es que fuera muy grande. Sobre una de las paredes había un crucifijo y un calendario con imágenes de santos en cada mes. Aquello intimidaba un poco a Óscar, aunque sabía que tendría que tratar con ello durante dos largas semanas. Además, había dos camas separadas entre sí por una mesilla con un teléfono antiguo y la figura de un niño Jesús.

Como de costumbre, Óscar se descalzó para meter bajo la cama sus zapatillas, pero algo se movió en cuanto soltó la primera. Había una sartén allí, lo cual suponía que había sido un descuido por parte de su abuelo, así que la agarró y se la llevó.

—Abuelo —le llamó mientras este hablaba con María—. He encontrado esto debajo de la cama. Quizás deberías llevarlo a la cocina.

Tanto Félix como María no pudieron echarse a reír.

—Eso está ahí por algo —aseguró su madre.

—¿Para qué?

—Digamos que si tienes una urgencia en mitad de la noche… Te ayudará —explicó el abuelo con una tímida sonrisa.

Óscar se asqueó un poco al imaginarse la escena y, sin procurar palabra alguna, volvió a su cuarto. Dado que no era demasiado grande, ya que no contaba ni con un armario, el muchacho decidió dejar su maleta sobre una de las dos camas y utilizar la otra para tumbarse.

Pasaron los minutos y él se sumió completamente en sus pensamientos. No quería estar allí. Era verano, debería encontrarse en su ciudad, jugando con su videoconsola, chateando por su móvil y viendo los vídeos más novedosos de YouTube.

—Cariño —le interrumpió su madre—. Me voy ya, ¿de acuerdo? Recuerda comportarte bien con tu abuelo y ayudarle con lo que necesite.

Su hijo prefirió no contestar y darse la vuelta en la cama.

—Sé que esto no te agrada —dijo María sentándose en el borde de la cama y acariciando el pelo del chico—, pero te aseguro que se te pasará rápido y pronto estarás otra vez en la ciudad, ¿vale?

La mujer le dio un beso en la mejilla antes de levantarse de allí y darle un par de consejos a su padre antes de marcharse de nuevo a la ciudad. No entendía que su hijo no quisiera estar allí, cuando ella era pequeña amaba ir en el verano al pueblo. Recordaba perfectamente cómo pasaba el tiempo con sus amigos, iban en bici a todos lados y por las noches cantaban canciones en lo alto del monte… Era la mejor época del año para ella, aunque no siempre se podía pretender que los niños tuvieran los mismos gustos que los padres. Cuando la puerta se cerró, Félix entró en la habitación del chico.

—Bueno, hijo —comenzó tomando asiento en la cama contigua—. ¿A ti qué te gusta hacer?

—Dormir —contestó fríamente.

—Está bien —respondió tímidamente el anciano ante la respuesta del joven—. Pues si eso quieres, duerme. Yo estaré en la butaca echando la siesta. Si necesitas algo, me despiertas.

Pasadas varias horas, Óscar comenzó a aburrirse. Sin saber qué hacer para entretenerse, decidió salir de su cuarto y recorrer la casa en busca de algún entretenimiento. En el salón, su abuelo estaba roncando sobre una vieja tumbona gris. A su lado, había un vaso con su dentadura y un fiero matamoscas predispuesto para ser usado contra aquellas que osasen molestar el letargo del viejo. En la televisión estaban emitiendo una telenovela española, Amar en tiempos revueltos. Óscar conocía bien esa serie, ya que en aquella casa la habían visto desde que tenía memoria. Daba igual cuando pisase el hogar de sus abuelos, siempre estaba en emisión aquella novela. Incluso reconocía a alguno de los actores de la serie, como Inma Cuesta o Pilar Bardem. Se sentía viejo solo por eso.

Sin entretenerse más en ello, recorrió un estrecho pasillo apartado y oscuro, adornado por algún que otro armario y la nevera, que casualmente no estaba en la cocina, lo que sorprendió al chico. No tenía hambre, así que ni se detuvo. Más adelante había una pequeña cocina. No tenía ni siquiera un microondas. Había un fogón en uno de los laterales, que supuso que sería para poder calentar la comida, y algunas especias en unas baldas que parecían poder venirse abajo en cualquier momento. En una de las esquinas había una enorme chimenea que parecía llevar años sin usarse, y una pequeña vela roja adornaba su parte inferior.

Al fondo había una puerta de madera que tenía un postigo en su parte superior. Estaba ligeramente abierta para que entrara algo de luz y daba a un pequeño corral que tenía una pila para fregar platos, un espacio para limpiar la ropa y un cubo de basura.

Óscar no paraba de sorprenderse con aquella casa, que empezaba a llamarle la atención. No entendía cómo alguien podía vivir con tan poco, con lo indispensable, y sin tener ningún medio de entretenimiento, aparte de matar moscas. Sin embargo, aún no había terminado. Una última puerta conducía al baño, simple, pero útil. No tenía más que lo necesario: un retrete, la ducha, un lavabo, un espejo sobre él y un toallero. Aunque, la única pega, es que hacía bastante frío. El chico abandonó la estancia, no sin ver antes las diversas decoraciones de las paredes, todas relacionadas con la religión.

Al llegar al salón observó a su abuelo con curiosidad. El hombre acababa de despertarse y estaba tallando un trozo de madera desgastado con su navaja mientras silbaba.

—Hombre, Óscar —le saludó el anciano—. ¿Ya te has acostumbrado a la casa? Sé que puede ser complicado pasar de la vida en la gran ciudad a esto… Pero espero que no te lleve mucho trabajo.

—Tranquilo, abuelo… Estoy bien —mintió para no preocuparle—. ¿Qué sueles hacer aquí? Aparte de dormir y ver telenovelas.

Félix se rio y apagó la televisión, que hizo un extraño sonido.

—Vaya… otra tele rota —suspiró el anciano—. Bueno, no sé qué pensarás que hacemos en los pueblos, pero tenemos más hábitos… Aparte de matar moscas y roncar —bromeó agarrando el utensilio que tenía al lado.

Sin embargo, la broma del abuelo no es que le hubiera hecho mucha gracia a Óscar, que le miró un tanto indiferente.

—Tengo que ir a la granja —avisó levantándose y entrando a su habitación—. ¿Quieres venirte?

—Qué remedio…

Al poco rato, Félix salió de la habitación con un sombrero de paja deshilachado y un mono de trabajo azul. Óscar, que no tenía ese tipo de indumentaria, se vistió con el primer chándal que encontró y siguió a su abuelo.

—¿Dónde está la granja?

—¿Ya no lo recuerdas? Está a quince minutos andando de aquí.

—¿Y no vamos en el coche? —preguntó.

—¿En el coche? Chico, esto no es la ciudad. Aquí se va a los lugares a pie, y como mucho en bici —explicó el anciano.

—Ni siquiera sé montar en bici… —musitó Óscar algo desamparado.

Ambos comenzaban a entender que había muchas diferencias entre ellos, y que el salto generacional los separaba tanto que era imposible encontrar algún punto en común.

La pareja avanzó por medio pueblo antes de llegar a la granja, que se encontraba a las afueras. Primero, pasaron por la plaza donde la madre del muchacho había aparcado el coche cuando le llevó, aquella que tenía un gran campanario donde anidaban las cigüeñas. Después, pasaron por delante del bar donde habían esperado al abuelo y bajaron por la calle de al lado, pasando por una pequeña tienda de comida y desembocando en otra plazuela. Algunas señoras mayores estaban en las puertas de sus casas con sillas sentadas en corrillos, mientras que algunos hombres pasaban en bicicleta de un lado para otro con las cestas llenas de bolsas y cubos. Óscar tuvo que parar varias veces a saludar a las vecinas que le conocían desde que era pequeño, como a todos los del pueblo, y se ilusionaban al verle de nuevo tan grande y tan guapetón, como ellas decían.

Tras los saludos y los miles de besos que tuvo que repartir el chico entre las ancianas, cogieron uno de los caminos de tierra que salían de aquella plaza y continuaron por él hasta llegar prácticamente al final, donde se encontraba la granja de Félix, un pequeño espacio constituido por un corral para gallinas, unos cuantos gatos y un almacén donde guardaba todas sus herramientas. Al entrar, varias de las aves salieron por patas y cacareando por el miedo, mientras que algunos gatos corrieron hacia el interior del depósito.

—Ten cuidado con las cagadas —le advirtió el abuelo, demasiado tarde.

Óscar se había llevado por delante varios de los excrementos de las gallinas.

—Esto es un campo de minas… —resopló—. ¿Hay algo con lo que pueda limpiarme?

—Dentro hay un rollo de papel. Y ya que vas a entrar, tráeme el saco de pienso.

—De acuerdo.

Al principio, le había parecido divertido, hasta que se dio cuenta de que se había metido en un auténtico infierno. Tuvo que ayudar a su abuelo durante varias horas a recoger todo aquello, limpió el suelo asqueroso repleto de heces, rellenó los comederos y lavó a los gatos, de los que se llevó varios arañazos de recuerdo.

Estaba agotado después de todo. Sin duda, no estaba acostumbrado a hacer trabajos de aquel tipo, y tenía claro que no quería acostumbrarse. Él prefería realizar ese tipo de actividades en videojuegos, no en la vida real.

—¿Estás cansado? —le preguntó el abuelo observando el rostro fatigado del chico.

—Un poco —resopló—. No estoy acostumbrado a hacer estas cosas…

—Te acostumbrarás —Las palabras del hombre helaron el interior del chico. Aquello era precisamente lo que no quería—. ¿Vamos a cenar?

—¿A cenar? Pero abuelo, son las siete.

—Yo suelo cenar a esa hora —respondió.

—Cena tú si quieres… Yo no creo que sea capaz de comer nada hasta las diez o así.

—¿A las diez? A esa hora estoy yo a la duerma.

Estaba claro que las diferencias entre Félix y Óscar eran enormes. Eran generaciones totalmente diferentes, habituadas a distintas costumbres y horarios… No podían coincidir en nada.

—Mira, no te preocupes —le dijo el chico—. Tú cena ahora y yo iré a dar un paseo por el pueblo. Intentaré ir a casa antes de que te duermas.

Las horas transcurrieron con rapidez para el chico. Por fin había logrado encontrar lo que tanto buscaba: paz. Tras separarse de su abuelo, había recorrido muchas partes del pueblo, hasta llegar a un lugar apartado, entre algunas casas algo derruidas y donde abundaba la naturaleza. Cerca de allí estaba el cementerio, acompañado de un gran álamo que guardaba su puerta. Aquel paisaje entusiasmaba al joven, por muy romántico que pareciese, siempre le habían encantado las ruinas y los sitios como aquel.

Allí encontró una pradera verde y resplandeciente como la esmeralda, un campo lleno de flores y plantas que daban vida y color a todo, recobrando la esperanza del joven. Se tumbó sin dudarlo y contempló el cielo entre las ramas de un árbol. No podía creer que finalmente su madre hubiera tenido el valor de abandonarle en aquel pueblo con su abuelo. Le había quitado su móvil, su consola, su vida… No sabía cuánto podría aguantar aquello, pero sabía que no mucho. Apenas llevaba un día completo y ya estaba cansado de las costumbres y manías de su abuelo. ¡Cenaba a las siete! Seguro que se despertaba a las cinco de la mañana para ir a la granja a recolectar más huevos.

Su vida era muy desgraciada, o al menos así lo sentía en aquel momento. Los problemas, no solo con su madre y su abuelo, sino con sus propios amigos, o su padre, también rondaban su cabeza y le atormentaban. Él no se sentía a gusto en su ciudad, pero tampoco en aquel pueblo desierto en el que tan solo habitaban ancianos. De repente, un fuerte viento le sacó de sus pensamientos. Un horroroso estruendo causado por un trueno resonó en todo el pueblo. Óscar abrió los ojos, se había quedado dormido allí y una tormenta veraniega había brotado en la zona.

Las nubes grises no tardaron ni un par de segundos en comenzar a echar agua, hasta tal punto que parecía diluviar. Los rayos zigzagueaban en el horizonte provocando escenas preciosas y a la vez horripilantes, capaces de helar la sangre de cualquiera. A lo lejos, Óscar observó algo. Una densa niebla se expandía cada vez más e impedía su visión, pero aun así era capaz de divisar un fabuloso lago que emanaba un color especial; no era ese azul sucio que tenían las aguas de los alrededores, era un azul puro, como el de un zafiro, que transmitía una gran belleza y absorbía los pensamientos del joven. De pronto, algo más llamó su atención. Junto a la laguna, la silueta de una persona se alzaba. Óscar habría jurado que se encontraba levitando, y que le estaba llamando por medio de gestos para que se acercase. La piel del muchacho se ruborizó por un momento. Sintió la mirada de aquella sombra clavada en él. Estaba a metros de distancia, pero parecía que estuviese desgarrándole por dentro con tan solo su presencia.

Sin dudarlo, Óscar se giró para echar a correr lejos de allí, pero justo un rayo impactó en el árbol bajo el que había pasado las horas descansando y este cayó bruscamente, haciendo que el suelo temblase y logrando que el chico tropezase y ralentizase su marcha de la zona. Avanzó corriendo sin detenerse por todas las callejuelas del pueblo que, si ya le resultaban pequeñas, ahora parecían estrecharse cada vez más. No había ni una sola alma en la calle que le diera resguardo, y sentía que alguien le perseguía para acabar con su vida. No sabía qué era ni por qué se le había aparecido de aquella manera tan extraña, pero no iba a detenerse para comprobarlo. Tras resbalar varias veces al girar la esquina, Óscar abrió de un portazo la puerta, que se estrelló en la pared levantando parte de la desgastada pintura blanca. Félix, que escuchó el ruido, no pudo evitar levantarse corriendo de su lecho para comprobar que sucedía.

—¿Qué está pasando? ¿Quién hay ahí? —preguntó el viejo deslizando la cortina de su habitación y asomándose con un candil.

Su nieto estaba recostado sobre la puerta, hiperventilando como si acabase de correr una maratón y totalmente mojado por la fuerte tempestad que azotaba la zona. Además, parecía muy asustado y no dejaba de temblar, aunque no tenía muy claro si era por el frío o por el miedo.

—¿Óscar? ¿Qué te ha ocurrido? —inquirió el señor acercándose a dar la luz—. Estás empapado. ¿Dónde te has metido?

Las múltiples preguntas del anciano tan solo lograron incrementar la ansiedad del chico, que sentía que estaba al borde del colapso.

—Lo siento mucho, abuelo —se disculpó como pudo. Las palabras se atragantaban en su garganta—. Estaba dando una vuelta por el pueblo… y me pilló la tormenta desprevenido.

Félix lo miró sabiendo que le ocultaba algo, pero también sabía que no podía sacarle esa información así como así, y en el estado del chico, tan solo conseguiría que se pusiera peor si lo presionaba.

—Está bien —dijo finalmente el hombre—. Anda, ve a darte un agua. Tienes jabón de mano en uno de los armarios, un cepillo y creo que queda alguna toalla limpia. Acuéstate pronto, en cuatro horas te quiero arriba.

¿Cuatro horas? Su abuelo debía estar loco. Apenas eran las dos de la madrugada, acababa de entrar en casa después de un día agotador y surrealista, y ni siquiera iba a poder dormir. La cosa mejoraba por momentos para Óscar. Sin protestarle a Félix, el muchacho se dirigió, acompañado de una vela, hacia el interior de la casa, más allá del corral y la cocina, en aquel último rincón solitario que tanto miedo le producía en aquel momento. Estaba abierto por la zona del patio, por lo que cualquiera que supiera escalar podría entrar allí y hacerle daño, y no creía que eso fuera un impedimento para la sombra que había visto minutos atrás junto al lago. Algo en su interior le decía que aquello no podía tener una explicación lógica, por mucho que se la intentase buscar, y sabía que debía hablarlo con su abuelo en cuanto pudiera, por su bien, y probablemente por el de toda la población.

Óscar se quitó las zapatillas y las dejó en un lugar apartadas. Agarró una pequeña toalla para los pies y la tendió en el suelo para evitar el frío de las baldosas. Después, se bajó sus pantalones y en su rostro apareció una mueca de dolor que le hizo palidecer. Tenía un gran corte junto a la rodilla. Estaba seco, pero había dejado marcas de sangre por toda la pierna del chico.

—Genial… —musitó.

Nunca le había gustado la sangre. La odiaba. No le producía asco, como a otra mucha gente, él la aborrecía porque, a pesar de ser el elemento que le otorgaba vida al cuerpo, también era el que se la quitaba por su pérdida. Sin darle demasiada importancia a la herida que adornaba su rodilla, se quitó la camiseta que llevaba. Estaba bastante sucia por haber estado durante un buen rato tumbado en el suelo, pero no le importaba, al fin y al cabo, tampoco es que le resultase muy enjundioso las pintas que pudiera llevar.

Con desprecio, la arrojó al suelo junto al resto de la ropa y se detuvo unos segundos frente al espejo. Su pelo negro y largo estaba enmarañado, y tenía incluso algunos rasguños por toda la cara, que no sabía muy bien cómo se los había hecho. Aunque, por muchas marcas que adornasen su rostro, ninguna se comparaba a las que yacían por el resto de su cuerpo. Óscar se giró un momento para poder observarse la espalda. Varios moratones resaltaban sobre su piel pálida, mientras que otros empezaban a ocultarse por el paso del tiempo. Ni siquiera estar alejado de su casa o de sus redes sociales le producía tanto dolor como aquello, que resonaba constantemente en su mente, como si fuera una cinta que se repitiera una y otra vez: cada insulto, cada desprecio, cada risa a su espalda, cada golpe… Todo era una cadena que parecía no tener fin, a no ser que él se lo pusiera.

Por un momento había pensado en lo peor, pero por suerte consiguió desvanecer sus malos pensamientos y darse unos golpecitos en las mejillas para avivarse. No podía continuar ensimismado con aquello, ahora estaba lejos de su ciudad, de quienes le hacían daño, y no podrían tocarlo, al menos hasta que no volviera.

Después de darse una ducha se encontraba algo mejor. Al menos, había podido limpiar la herida de su pierna y se sentía renovado, tanto en sus pensamientos como en su cuerpo. Cuando se acercó al reloj que adornaba la pared de la cocina, pudo observar que ya eran más de las tres. Apenas iba a poder dormir algo más de un par de horas antes de que su abuelo lo despertase para ir a hacer trabajos de campo.

Por un momento sintió desfallecer, pero se sostuvo en una de las sillas de madera que había junto a sí. No aguantaba estar en aquel pueblo en mitad de la nada. No soportaba la idea de no poder hablar con nadie que no fuera su abuelo o no poder consultar su móvil. Angustiado por la situación, decidió dirigirse a su habitación, si es que se le podía llamar así, y dormir hasta que su abuelo decidiera que era el momento oportuno para volver a arruinarle la vida.

Un gran lago se hallaba frente a sí. Había una fauna increíble a su alrededor: cientos de variedades totalmente distintas y preciosas de flores danzaban con la suave brisa que recorría la llanura. De vez en cuando, una liebre recorría el campo en busca de sus crías y volvía a la madriguera. Algunos patos se aventuraban a surcar las cristalinas aguas mientras que otros mamíferos se acercaban a repostar. Era un paisaje idílico, increíble y fabuloso. Cualquiera habría deseado poder presenciar aquel escenario dispuesto de una sutil gama de colores que desprendía una melodiosa armonía con tan solo corretear por su hierba. Sin embargo, la noche cayó de repente. Las nubes tomaron el cielo y los rayos parecían querer conquistar la tierra. Todos los animales corrieron a sus hogares, lejos de allí, y las plantas que antes bailaban, ahora se marchitaban sin poder hacer nada. La niebla comenzó a emanar del lago, que se tornaba cada vez más oscuro, y en pocos segundos toda la bruma cubría la zona. Óscar quería salir de allí. Estaba asustado y temblaba, pero cuando intentaba moverse, algo se lo impedía. Parecía encontrarse pegado al suelo, como si alguien le agarrase de los tobillos, y ejercía una fuerza aún mayor a la de la gravedad. Se sentía muy pesado y cansado. No aguantaba más consciente. Y, justo antes de acabar cayendo rendido, pudo entrever a la misma sombra que había visto el día anterior.

Óscar dio un brinco en la cama y se incorporó hasta quedar sentado. Se encontraba empapado en sudor y su corazón latía más rápido que nunca. Todo había sido un sueño, pero había parecido algo más que eso. Él realmente se había encontrado allí, aunque hubiera sido por unos segundos. Nunca se había sentido tan vivo y tan cerca de la muerte en un sueño. Se intentó incorporar para ir a lavarse la cara y cambiarse de pijama, aquel estaba demasiado sudado. Sin embargo, cuando hizo el esfuerzo, no pudo moverse. Otra vez volvía a sentir esa fuerza que lo empujaba y no le permitía desplazarse ni un solo palmo. Un humo negro entró en la habitación y comenzó a sobrevolarla a una gran velocidad. El muchacho seguía sin poder moverse, y tan solo pudo limitarse a observar como la sombra se paraba frente a sí y pasaba a adoptar la silueta de una persona, la misma que había visto mientras estaba en el lago y en sus sueños. Intentó proferir un grito de auxilio, pero tampoco podía hablar. Se encontraba mudo, inmóvil y con una sombra letal delante de sus ojos.

—El mundo es un lugar complicado cuando no queremos plantarle cara —musitó la sombra.

Óscar quiso adivinar a qué se refería con aquellas palabras, pero no tuvo tiempo. El fantasma se lanzó sobre él y clavó sus ojos rojizos en los del chico. Las garras de la monstruosa sombra rasgaron la camiseta del muchacho y llegaron hasta su corazón.

—Nunca olvides quién eres. Volveré a por ti… Si no vuelves tú antes a por mí.

Óscar logró soltar un grito ahogado y su abuelo entró rápidamente en su habitación con el candil en la mano. El muchacho estaba incorporado sobre su cama y varios chorros de sudor caían por su rostro. Se encontraba temblando y parecía bastante asustado.

—¿Qué te ocurre, Óscar? —le preguntó el abuelo sentándose en la cama de al lado y dejando la vela sobre la mesilla contigua.

—Creo que he tenido una pesadilla… Aunque parecía muy real —respondió el chico intentando asimilar qué le había ocurrido.

—¿Cómo de real? —inquirió el anciano con un tono preocupante.

—Primero estaba en un prado… Había un lago precioso, todo era encantador en aquel sitio, pero, de repente, la oscuridad inundaba la zona y se apoderaba de la luz. Después de eso, parecía que había despertado y estaba en esta habitación, pero una sombra entraba en ella y se tiraba sobre mí… Me decía que no olvidase quién soy, y que vendría a buscarme…

—Si es que no lo hacías tú antes —finalizó el abuelo.

Óscar frunció el ceño ante las palabras de Félix y lo miró preocupado. Había adivinado lo que iba a decir, lo que había dicho aquel ser oscuro. ¿Cómo? En su cabeza no había ninguna explicación lógica para lo que estaba pasando, y todo aquello comenzaba a ponerle los pelos de punta.

—Has visitado el lago, ¿cierto? —preguntó el hombre mirándolo preocupado.

El muchacho no sabía qué contestarle. Todo estaba siendo demasiado surrealista como para ser cierto. Quizás su abuelo estuviera loco, quizás todavía estaba en aquel sueño y eso formaba parte de la pesadilla. Cualquier cosa resultaba más viable que asumir que aquello estaba sucediendo realmente.

—Óscar… Sé que es complicado lo que estás viviendo ahora mismo, pero tienes que contestarme. ¿Has estado en el lago que hay junto al cementerio?

—Sí… —contestó sin saber si había hecho lo correcto.

Félix suspiró y dirigió su mirada al suelo. Sabía que antes o después pasaría, y no podría ocultárselo, por su propio bien.

—Lo que has vivido no ha sido un sueño —comenzó con seriedad—. Hay una antigua leyenda en el pueblo que dice que aquellos desventurados y agraciados que estén pasando por un mal momento, al visitar el lago podrán presenciar a la Sombra. No es un espíritu normal… Se dice que habita en aquella laguna desde los primeros tiempos y que siempre ha intentado mostrar esperanza a los desgraciados. Sin embargo…

El abuelo no pudo continuar. Muchos sentimientos afloraron en su interior y sabía que, si seguía relatando aquella historia, acabaría emocionándose delante de su nieto, y no quería eso.

—Sin embargo, ¿qué? —le presionó Óscar.

Félix tomó aire antes de finalizar su explicación.

—Sin embargo, todos los que sucumben a las esperanzas de la Sombra, acaban desaparecidos y no se vuelve a saber nada sobre ellos.

La historia del anciano había sido capaz de helar al chico por dentro, que empezó a temer por su vida. Ahora sabía que se enfrentaba a algo que era más real de lo que creía. Aunque, al fin y al cabo, no dejaba de ser una leyenda, podría ser todo una mera casualidad.

—Por favor. Te ruego que no te vuelvas a acercar a aquel lago —le suplicó el abuelo colocando su mano en la pierna de su nieto—. La Sombra no te podrá tocar si tú no vas a buscarla.

—Pero en el sueño, es decir, cuando me visitó… Fue capaz de hacer contacto conmigo. Yo noté cómo me arañó… noté que tocó mi corazón.

El rostro del hombre tornó por completo. Sus ojos se abrieron al escuchar aquello y el nerviosismo tomó su cuerpo. Quizás había llegado demasiado tarde.

—No volverá a pasar. Ese espíritu no volverá a acercarse a ti. Lo prometo.

Tras esas palabras, abandonó la habitación. Óscar no sabía si las palabras de su abuelo le habían tranquilizado, ya que no se sentía como si fuera un completo loco, o le habían asustado aún más. Un ente oscuro andaba detrás de él, y no tenía ni idea de cómo podía detenerlo.

El resto del día transcurrió como de costumbre en el pueblo. Por la mañana, Félix y Óscar estuvieron trabajando en la granja hasta el mediodía. Allí cuidaron de las gallinas, alimentaron a los gatos y reorganizaron parte del almacén. Esta vez, a diferencia del primer día, el muchacho prefirió no quejarse. Tenía temas más importantes por los que preocuparse. Comieron temprano, sobre la una. Era verano, pero eso no evitaba que su abuelo hubiera preparado un cocido típico, de esos suyos que dejaban a uno sin aliento durante varias horas. La siesta era algo sagrado. No se podía cambiar por nada. Félix se recostó en su tumbona mientras ponía las telenovelas de la cadena nacional. Era quizás el momento más aburrido para Óscar, pero, en cuanto el anciano se despertaba, echaban partidas de cartas y de parchís que podían durar horas.

La noche no tardó en llegar. Abuelo y nieto habían decidido salir a pasear por una zona de campo por la que circulaban constantemente pastores con su ganado y algunos perros de caza. A Óscar le agotaban los días allí, estaban todo el día moviéndose, quizás por eso su abuelo se echase la siesta cada día. Sin embargo, le gustaba parar en mitad del camino a descansar y a comer moras que recogían de los arbustos. Nunca tenía mucho tema de conversación con el anciano, pero tampoco le importaba. A él le llenaba la paz de aquel recóndito lugar que se había convertido en su paraíso. Amaba la soledad del pueblo, la falta de algarabía y la paz que abundaba en aquel rincón. A veces, lograba olvidar que no tenía su móvil al lado y se perdía en su propia imaginación.

—Chico —le llamó Félix—. Voy a irme ya al catre, ¿de acuerdo?

—Está bien —contestó Óscar, que estaba jugando a un Solitario con las cartas.

—Recuerda: si ocurre algo, llámame.

—Sí…

Félix había pasado desde el incidente con la Sombra todo el rato a su lado, y eso llegaba agobiarle un poco, incluso le había insistido en que durmiera con él esa noche. Óscar estuvo enredando hasta que comenzó a escuchar los ronquidos de su abuelo. En ese momento, supo que podía comenzar su propósito. Rápidamente, se cambió de ropa. Dejó su pijama debajo de la cama y se puso un chándal. Después, colocó una almohada en la cama y la arropó para simular que estuviera allí tumbado. El muchacho se dirigió hasta el corral, puso una silla junto a la pared y saltó sobre ella para llegar al tejado, en el que casi pudo resbalarse y precipitarse al vacío. Aun así, había sido una huida magistral. Óscar se deslizó sobre las tejas hasta caer en la calle de atrás. Allí encontró una bicicleta aparcada sin candado. No sabía cómo montar, nunca se le había dado bien. Cada vez que había intentado aprender, acababa estrellado contra el primer obstáculo que se cruzaba en su camino. Sin embargo, esta vez necesitaba apresurarse a su destino.

En apenas unos minutos, se encontraba en las puertas del cementerio. El recorrido había sido duro. Pudo caer varias veces de la bicicleta, pero al final logró mantener el equilibrio hasta llegar. El lugar era mucho más siniestro de lo que recordaba. Las sombras de los árboles se posaban sobre las paredes de cemento y en sus ramas vigilaban decenas de cuervos que seguían con su mirada el paso del chico. Óscar saltó la valla que lo separaba del prado. Allí continuaba el álamo caído por la tormenta del día anterior. Hasta aquel paraje, que le había resultado increíblemente bello el día anterior, ahora le parecía un verdadero infierno.

Un susurro llenó el ambiente. El muchacho sintió como algo le tocaba la nuca y se giró rápidamente, pero no había nada. Sabía que no estaba solo, que alguien, o algo, se encontraba allí con él, y que no tardaría en dejarse ver. Sin más dilación, echó a correr hasta llegar a la orilla del lago. El agua reflejó su rostro y los grillos comenzaron a entonar una melodía que logró relajarlo. Quizás todo habían sido imaginaciones suyas y aquel lugar seguía siendo tan tranquilo como siempre, solo que, al ser de noche, aterrorizaba un poco más.

De pronto, una luciérnaga pasó volando delante del muchacho y éste se sorprendió al verla. Nunca había podido estar tan cerca de una, y aquello le resultó un auténtico espectáculo. El bicho surcó el cielo y descendió lentamente hasta posarse sobre la superficie del lago. Óscar se arrodilló para poder observar mejor a la luciérnaga, pero cuando se dispuso a acercarse un poco más, su luz se apagó.

—Has venido… —susurró una voz familiar.

El muchacho vio cómo en el agua comenzaban a formarse figuras que reconocía. Primero vio reflejado su móvil, al que tanto añoraba y necesitaba, pero también era el que había sido el culpable de su marginación y de muchos de sus problemas; después, apareció su ciudad, aquella a la que había cogido asco durante sus años de vida. Allí se encontraban todas las personas que lo habían dañado durante tantos años; también aparecieron las siluetas de sus amigos y de su propio padre, las personas culpables de su desgracia y de su daño; y, finalmente, apareció su madre, la única que le había comprendido siempre, pero a la que sentía que había perdido con el paso del tiempo.

Sin darse cuenta, Óscar se encontraba ahogándose. Estaba cayendo al fondo del lago, que parecía no tener fin. Intentó salir, pero fue incapaz. La superficie parecía estar a kilómetros de distancia. La oscuridad del agua no le permitía vislumbrar nada, tan solo llenaba su mente de malos pensamientos y rencor. Poco a poco, comenzó a perder las fuerzas y no podía continuar nadando. Sintió cómo desfallecía. Finalmente, se rindió. Cerró los ojos y decidió no seguir peleando por salir de allí, por su vida, por todo lo que quería… Quizás morir allí no era tan malo, al fin y al cabo, llevaba varios años pensando que aquella era realmente su única solución para no sentirse como un desgraciado. Había perdido aquella lucha. Contra sus miedos, contra sus enemigos, contra sí mismo… Y ahí empezó a entender lo que significaba la Sombra. Si había podido tocarle, era porque todas aquellas circunstancias ya formaban parte de él, la Sombra no dejaba de ser una parte de su alma.

De pronto, algo le agarró. Sintió la mano de alguien cogiendo la suya, y lo elevó hasta llegar a tierra. Óscar escupió toda el agua que había tragado e intentó recobrar el aliento. Estaba empapado y tenía frío, pero eso no era nada comparado con lo angustiado que se sentía por haber estado a punto de morir.

—Te dije que no te tocaría.

Su abuelo. Él había sido el que le había sacado de aquel lugar. El único capaz de evitar su muerte. No sabría jamás cómo agradecérselo, ni tampoco sabría cómo había logrado encontrarlo a tiempo.

—Abuelo… —susurró el muchacho.

—Descansa… Mañana será un nuevo día, y todo esto habrá alcanzado su fin.

La noche fue larga. Óscar no paró de dar vueltas durante horas y horas intentando buscar una posición en la que lograse dormir sin sentir que aquella Sombra le observaba. Gracias a su abuelo se sentía mucho más seguro. Él le había salvado sin importarle lo que le pudiera pasar. Le quería y se lo había demostrado. Sin embargo, todavía no podía creer que ese mismo día podría haber perdido la vida, y toda la culpa era únicamente suya. La Sombra no era real, solamente eran sus inquietudes y traumas del pasado, que habían sido capaces de empujarle a un suicidio que, por suerte, no llegó a darse.

Aunque pensaba que ya se había librado de todo aquello, esa madrugada volvió a tener pesadillas relacionadas con los mismos sucesos. Era el mismo paisaje con el que había soñado la noche anterior, y tenía claro que era el lago que estaba enfrente del cementerio, no había duda. Sin embargo, esta vez no había una fauna idílica ni apacible; directamente, todo era oscuridad.

Entre la densa niebla que ocultaba la zona, había algo que resplandecía: era un alma buena. Junto a ella, se erigía la Sombra, la misma que había intentado acabar con él, aquella que le había mostrado sus males, su rencor y su odio, y que le había llevado a hacer lo que no debía. Óscar intentó diferenciar quién estaba con ella. Sabía que era una persona, pero no la distinguía con claridad. Entonces, decidió acercarse. A cada paso que daba, el alma resplandeciente se oscurecía cada vez más. La Sombra agarraba su espalda con una mano, mientras con la otra intentaba llegar hasta su corazón para volverlo oscuro. El muchacho reconoció la figura a la que la Sombra intentaba corromper. Era su abuelo.

Óscar dio un salto en la cama y se incorporó, poniéndose de pie. Acababa de tener una nueva pesadilla, pero esta vez le afectaba a su abuelo y no a él. Tan deprisa como pudo, el muchacho agarró uno de los candiles y se dirigió a la habitación de su abuelo. Por el camino, tropezó varias veces: primero, en la pata de la mesa que casi consigue derribarlo por completo, y después con una de las sillas que estaban colocadas cerca de la puerta. Como había supuesto, su abuelo no se encontraba allí. La cama estaba deshecha y los armarios desordenados por completo. La ropa se amontonaba en el suelo y varios marcos yacían rotos sobre la mesilla. Tan solo faltaba una de las fotos: la de su abuela.

Raudo, echó a correr hacia el cementerio. Sabía perfectamente lo que debía hacer, pero primero debía llegar a tiempo. Él era consciente de que en aquel momento un segundo podía costar una vida. ¿Por qué aquello no había acabado? ¿Por qué había afectado a su abuelo? La Sombra se componía de sus inseguridades, de su tristeza y de su miedo. ¿Acaso a él también le afectaba alguno de aquellos temas?

Las nubes empezaron a tomar el cielo y, en apenas unos segundos, una gran tormenta se había formado. Era como la de aquel día. Los rayos caían con fiereza y los truenos resonaban como si una orquesta estuviera anunciando el final. La lluvia cayó como si el diluvio universal se avecinase sobre el mundo, y Óscar no tardó en resbalar debido al suelo mojado. A pesar de todo, no frenó su carrera y continuó hacia su destino.

Cuando llegó al cementerio se encontró con una gran catástrofe. Algunas de las paredes se habían caído debido a la fuerte tormenta, al igual que el álamo que antes estaba en el suelo, ahora se encontraba ardiendo, probablemente por la culpa de un rayo. Óscar observó a su abuelo a lo lejos. Estaba parado frente al lago y no desviaba su mirada del agua. Corrió hacia él, pero una fuerza lo empujaba hacia atrás.

—¡¡¡Abuelo!!! —gritó para llamarle la atención. Sin embargo, éste ni se inmutó.

De pronto, la Sombra apareció tras el anciano y le susurró algo al oído. Dirigió su mirada al chico, que contemplaba inmóvil su actuación.

Félix también miró a su nieto. Durante unos segundos, sintió la esperanza que la Sombra le ofrecía en los ojos de aquel niño, pero sabía que eran falsas ilusiones. Toda su vida le habían hecho creer que habría un futuro mejor, pero al final todo deparaba en lo mismo: la muerte. El anciano saltó al agua, y el espíritu desapareció tras él. La fuerza que rodeaba a Óscar se difuminó y el chico cayó al suelo por la inercia. Rápidamente, se levantó y corrió por el prado. No le importaba estar manchado de barro, no le importaba estar fatigado, tan solo quería ayudar a su abuelo como él había hecho cuando se encontraba en problemas. Cuando llegó a la altura del lago, sin pensarlo, saltó dentro y se sumergió para alcanzarlo.

Descendió lo que le pareció una eternidad. No terminaba de entender por qué no se había ahogado y cómo era posible que estuviera aguantando tanto bajo el agua. Pronto comprendió que lo que le impulsaba era la verdadera esperanza, el amor y todo lo que le unía a su abuelo. Eso era más fuerte que la tristeza o el odio, era más fuerte que cualquier otra cosa que existiera el mundo. Por fin, logró distinguir a Félix, y aceleró el nado para agarrarlo por la muñeca y posteriormente también de su otro brazo. Lo sacó de allí con la misma velocidad con la que una estrella fugaz habría surcado el cielo, y, antes de que se diera cuenta, estaba reposando al anciano en la hierba para que exhalase toda el agua que había en su interior.

—Óscar… ¿Por qué me has salvado? Yo tendría que haberle puesto fin a todo esto —se lamentó el abuelo intentando incorporarse.

—¿Por qué? ¿Por qué tienes que ponerle fin a tu vida? ¿No te das cuenta de que es algo precioso?

—¿Algo precioso? Tan solo está llena de agonías, llena de tristeza y de problemas que intentan superarte día a día. La vida es tu enemiga, tan solo busca aplastarte.

—Eso es mentira. Nosotros, las personas, somos los únicos que intentamos destruirnos. No nos damos cuenta de que con cada decisión que tomamos, con cada acción que cometemos, tan solo logramos herirnos. Sin embargo, siempre será más sencillo culpar a otros que reconocer que lo que nosotros hacemos es lo incorrecto.

—¿Y qué más da eso ya? Tengo setenta y nueve años. ¿Te crees que tengo opciones de rectificar mis decisiones? He perdido a lo que más quería en esta vida… —deploró observando la foto mojada que llevaba en su bolsillo de su mujer.

—Abuelo… —dijo el chico agachándose para estar a su altura—. No puedes culparte por su muerte… ¿No te das cuenta? Es la causa de que la Sombra te visite. Siente tu dolor.

—¿Y qué quieres que haga? Ella era mi vida… Era mi todo. Es la mejor mujer que he conocido nunca… y me la arrebataron en un accidente de tráfico. Ella no se lo merecía. Dios me debería haber llevado a mí.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Félix que no aguantaba la situación. Habían pasado unos años desde su fallecimiento, pero aún no lo había superado. Cada noche se dormía pensando en ella, colocaba aquella foto en su mesilla y se arrepentía de que no haber podido hacer nada por salvarla.

—El destino a veces es cruel, pero tampoco podemos hacer nada contra él. Esté donde esté la abuela, estoy seguro de que quiere lo mejor para ti. Ella no querría verte así, ni que dejaras tu vida de lado. Puede que no la tengas a ella, pero me tienes a mí.

Abuelo y nieto se miraron y, tras unos segundos, se fundieron efusivamente en un abrazo. Ambos se sentían muy desgraciados con sus vidas, ambos habían experimentado la tristeza y las ganas de desaparecer y morir, pero algo les unía: la soledad. Habían sido visitados por la Sombra y habían recurrido a la esperanza que ella les daba en otro mundo, pero habían sabido salvarse, mutuamente, y ahora no podían separarse así como así.

—Vayamos a casa —le dijo el abuelo poniéndose en pie y colocando su mano en el hombro del chico.

Las nubes desaparecieron del cielo y los primeros rayos del alba iluminaron el camino de Óscar y Félix. Un nuevo viaje comenzaba, una nueva aventura. El destino, que a veces resultaba ser cruel, había decidido unirles. Y las decisiones del destino, como bien sabían ambos, a veces eran definitivas y consecuentes; y, en ocasiones, irreversibles.

El claxon del coche alarmó a Óscar de que su madre acababa de llegar. Lo había dejado aparcado frente a la puerta de la casa para no cargar con el equipaje hasta la plaza y para que su hijo pudiera abandonar aquel lugar lo antes posible.

Félix y Óscar, que esperaban la llegada de María, se asomaron a la puerta y recibieron a la mujer con especial afecto.

—¿Qué tal os encontráis?

—Bien —contestaron al unísono, lo cual provocó una sonrisa en la cara de ambos.

—Me alegro que así sea. ¿Has preparado tus cosas, cielo? —le preguntó a Óscar.

—Sí. El abuelo me ha ayudado.

—Voy a por ellas. Vosotros no os mováis de aquí, no sea que venga algún que otro coche —insistió Félix.

El anciano entró otra vez en su casa en busca de las maletas mientras que María y su hijo continuaban hablando.

—Mamá —cortó la conversación Óscar—. Tengo que pedirte un favor.

—¿Qué te ocurre? —preguntó preocupada.

—Quiero quedarme con el abuelo lo que queda de verano.

La respuesta del chico dejó totalmente sorprendida a la madre, que no creía lo que acababa de oír.

—¿Cómo?

—Sí. Digamos que… nos lo hemos pasado muy bien juntos, y me gustaría hacerle compañía estos meses. Además, me está enseñando a hacer tareas del campo y le estaba ayudando estos días a renovar la granja, no puedo dejarle a medias.

Félix asomó por la puerta con las maletas de su nieto y un par de bolsas de huevos para su hija. Al ver que los dos clavaban su mirada en él como si hubieran visto un fantasma les preguntó qué les ocurría.

—No pasa nada, papá —respondió María—. Simplemente que ha sido una pérdida de tiempo que hayas sacado las maletas de Óscar.

—¿Por qué?

—Al parecer, ha decidido quedarse contigo hasta que empiecen las clases. Así que… Espero que lo paséis bien —sonrió la madre sin saber muy bien qué decir.

Félix miró a su nieto con orgullo y emoción e, intentando no soltar ni una lágrima, cosa que le acabó resultando imposible, se lanzó a abrazar al chico con cariño.

—Gracias… gracias por permanecer a mi lado.

—Te prometí que me quedaría, y que el destino no lo podría impedir.

Óscar y Félix pasaron el resto del verano en el pueblo. El chico aprendió a montar a caballo, a pintar, a cuidar de las cosechas y decenas de tareas más que, finalmente, le acabaron resultando bastante atrayentes y divertidas. Por otra parte, Félix aprendió a desarrollar su imaginación gracias a la mentalidad de su nieto, y empezó a recobrar la felicidad que había tenido años atrás, cuando su mujer aún se mantenía viva.

Ambos comprendieron que la vida a veces es más bella de lo que realmente puede parecer, y que lo importante es disfrutar de los pequeños momentos que te brinda. Todo tiene un comienzo y un final, y todo lo que llega acaba pasando antes o después. Pero, siempre que algo se va, llega algo nuevo. Cada persona es la que decide si prefiere aprovechar esa oportunidad para el futuro o tirarla por la borda por continuar viviendo en su pasado.

El verano pasó y Óscar volvió a su ciudad. Ya no tenía miedo a que le pudieran hacer daño, ni siquiera a quedarse solo. Fue entonces, cuando realmente comenzó a ser feliz. Empezó a vivir el día a día, alejado de las redes sociales y procurando hacer más amigos cara a cara. Poco a poco se fue labrando sus amistades, y con ello su futuro. Prosperó como persona. Cada vez que podía, se acercaba para visitar a su abuelo y continuar ayudándole en su trabajo en la granja.

Entonces, comprendió que los miedos, la tristeza y las inseguridades no son nada comparado con la fuerza del amor y la familia. Eso puede con todo.

 

Autor: Andrés Astasio

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